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Mes: octubre 2024

Los elfos de las minas 

Los elfos de las minas 

  Los elfos de las minas 

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De la gran familia de los duendes, podemos destacar por su singularidad y extrañeza los conocidos como «elfos de las minas». Estas criaturas usualmente tomaban la forma de ancianos diminutos que hacían bromas y advertían a los mineros sobre peligros, los guiaban hacia tesoros o castigaban sus transgresiones. Vivían en lo profundo de las minas, especialmente aquellas que guardaban joyas y metales preciosos.  Podían llegar a alguna clase de «trato» o acuerdo con los humanos, siempre que estos últimos guardaran un profundo respeto a dicha alianza y no les ofendieran en modo alguno.

Knockers

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En Inglaterra y Escocia se cree en unos genios de la mina llamados knockers (golpeadores). Los mineros afirmaban que se trataba de las almas en pena de los judíos, que habían sido llevados a Roma a trabajar en las minas(Mazadiego Martínez & Puche Riart, 1999).

Se les llama «pequeños mineros» debido a su estatura enana, que es de aproximadamente dos pies. Tienen un aspecto venerable y están vestidos como mineros, con una prenda adornada y un delantal de cuero alrededor de la cintura. Este tipo no suele molestar a los mineros, pero merodean en los túneles y realmente no hacen nada, aunque fingen estar ocupados en todo tipo de labores, a veces excavando mineral y, otras veces, poniendo en cubos lo que han excavado. A veces arrojan guijarros a los trabajadores, pero rara vez los lastiman, a menos que los trabajadores primero se burlen de ellos o los maldigan… Los gnomos mineros son especialmente activos en las excavaciones donde ya se ha encontrado metal o donde hay esperanzas de descubrirlo, y provocan que los mineros trabajen con más vigor.(Agricola, 1549: 77-79).

Supuestamente, los «pequeños mineros» se reunían debajo de la casa donde los niños eran especialmente buenos. Si escuchaban y estaban muy quietos después de haberse ido a la cama, y se suponía que debían estar durmiendo, quizás podrían escuchar a sus pequeños amigos martilleando con sus pequeñas herramientas. Es sorprendente cuántos habitantes de los pueblos mineros aún cuentan cómo eran arrullados por el golpeteo rítmico desde las profundidades. Si la roca era especialmente dura y el golpeteo inusualmente fuerte, a los niños se les decía que los Tommyknockers debían haber estado usando herramientas dobles la noche anterior  (James, 1992: 153).

Kobold

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Aunque hay mucha deliberación sobre el origen de los kobolds, se cree que descienden de los antiguos kobaloi griegos, criaturas parecidas a duendes que a menudo eran invocadas por los seguidores del dios Dionisio y los pícaros. Incluso entonces, eran conocidos como bromistas y embaucadores, que simultáneamente ayudaban al dios Dionisio en sus actividades báquicas.

El Kobold es exactamente el mismo ser que el Nis danés, el Brownie escocés y el Hobgoblin inglés. Realiza los mismos servicios para la familia a la que se adhiere.

Cuando el Kobold está a punto de entrar en algún lugar, primero prueba la disposición de la familia de esta manera: trae astillas y aserrín a la casa, y arroja suciedad en los recipientes de leche. Si el dueño de la casa se asegura de que las astillas no se dispersen y que la suciedad permanezca en los recipientes, y bebe la leche de ellos, el Kobold se queda en la casa mientras haya un miembro de la familia vivo.

El cambio de sirvientes no afecta al Kobold, que permanece allí. La criada que se va debe recomendar a su sucesora que lo cuide y lo trate bien. Si no lo hace, las cosas le van mal hasta que también se ve obligada a dejar el lugar. (KEIGHTLEY, 1892)

Hödeken.

Otro Kobold o espíritu doméstico se instaló en el palacio del obispo de Hildesheim. Se le llamaba Hödeken o Hütchen, que significa «Pequeño Sombrero», debido a que siempre llevaba un pequeño sombrero de fieltro que le cubría gran parte del rostro. Tenía una disposición amable y servicial, y a menudo advertía al obispo y a otros sobre lo que estaba por suceder, además de asegurarse de que los vigilantes no se quedaran dormidos en sus puestos.

Sin embargo, era peligroso ofenderlo. Uno de los pinches de la cocina del obispo solía lanzarle suciedad y salpicarlo con agua sucia. Hödeken se quejó al jefe de cocina, quien solo se rió de él y dijo: «¿Eres un espíritu y tienes miedo de un niño pequeño?» «Ya que no quieres castigar al niño,» respondió Hödeken, «en unos días te mostraré cuánto miedo me da él,» y se marchó muy ofendido. Poco después, encontró al niño dormido junto al fuego, lo estranguló, lo desmembró y lo puso en la olla sobre el fuego. Cuando el cocinero lo reprendió por lo que había hecho, Hödeken exprimió sapos sobre toda la carne que estaba en el fuego, y poco después arrojó al cocinero desde el puente al profundo foso. Finalmente, la gente tuvo tanto miedo de que incendiara la ciudad y el palacio, que el obispo lo exorcizó y lo desterró.

Uno de los principales hechos de Hödeken fue el siguiente. Había un hombre en Hildesheim que tenía una esposa de conducta ligera, y una vez, cuando iba a emprender un viaje, le habló a Hödeken y le dijo: «Amigo mío, cuida de mi esposa mientras esté fuera y asegúrate de que todo esté en orden.» Hödeken aceptó, y cuando la esposa, después de la partida de su marido, hacía venir a sus amantes y se disponía a divertirse con ellos, Hödeken siempre se interponía, adoptando formas aterradoras para ahuyentarlos; o, cuando alguno de ellos se acostaba en la cama, lo lanzaba al suelo con tal fuerza que le rompía las costillas. Así les iba, uno tras otro, mientras la mujer los introducía en su cámara, de modo que nadie se atrevía a acercarse a ella. Finalmente, cuando el marido regresó a casa, el fiel guardián de su honor se presentó ante él lleno de alegría y dijo: «Tu regreso me es muy grato, pues así puedo librarme de la tarea y la inquietud que me impusiste.» «¿Quién eres tú?» preguntó el hombre. «Soy Hödeken,» respondió, «a quien, al partir, encomendaste el cuidado de tu esposa. Para complacerte, la he vigilado esta vez y la he mantenido libre de adulterio, aunque con gran esfuerzo y sin descanso. Pero te ruego que nunca más me encargues su cuidado, pues preferiría vigilar y responder por todos los cerdos de Sajonia que por una mujer así, pues fueron tantos los artificios y tramas que ideó para engañarme.» (KEIGHTLEY, 1892: 256).

 

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Las Erinias

Las Erinias

Las Erinias

imagen de: Natasha Fitch

 

Son deidades femeninas ligadas al inframundo y a las fuerzas ctónicas. Hijas de la Noche y de Cronos, residían en el Érebo, un reino oscuro donde gobiernan las sombras y habitan los muertos (J. Méndez, abril de 2022. Las Erinias. Roma infinita). Su origen se remonta con total seguridad a la Madre en su forma de Serpiente, una figura que simboliza su papel como guardiana de la vida y portadora de la muerte. Las Erinias son deidades que evocan la figura arquetípica de la «Madre» o la «Gran Madre», una entidad que en diversas culturas antiguas estaba asociada con la naturaleza y la creación. El origen antiguo de las Erinias está vinculado con la imagen de una «Madre primordial» simbolizada por una serpiente, que gobierna tanto la vida como la muerte, siendo una de las figuras más poderosas y fundamentales de la mitología y el pensamiento antiguo. En el Neolítico, fue venerada en altares domésticos y se la representaba con serpientes en lugar de cabello, lo que simbolizaba su sabiduría y omnisciencia (López A. «De Erinias y Euménides: Derecho y Simbolismo»).

Aunque Homero y otros poetas mencionan a una o más Erinias, no es hasta el siglo V a.C. que estos nombres aparecen claramente en las tragedias de la mitología griega, conocidas como:

  • Megera, también conocida como «la celosa», representa el rencor, la envidia y, por supuesto, los celos. Es la encarnación del odio y la responsable de sembrar disputas, quejas y conflictos entre los hombres. Castiga especialmente los crímenes relacionados con el matrimonio, en particular los de infidelidad. Megera es la Erinia más vengativa, susurra constantemente en los oídos de sus víctimas, recordándoles sus errores hasta que no logran escapar jamás.
  • Alecto, «la implacable», representa la rabia y la manía. Es la Erinia que siempre está enfadada y jamás descansa. Ella impone castigos rigurosos a las faltas morales, como la ira y el orgullo, desatando plagas y maldiciones en consecuencia. Persigue sin descanso al delincuente con antorchas encendidas, impidiéndole tener un sueño tranquilo.
  • Tisífone, «la vengadora», sigue incansablemente todos los homicidios, prestando especial atención a los parricidios, fratricidios y otros asesinatos. Representa la venganza, atormentando a los culpables de tal manera que se vuelven locos.

Como las Erinias eran fuerzas superiores antes de la llegada de los dioses, no se sometían a la autoridad de Zeus. Actuaban con justicia, aunque de forma implacable, torturando incluso a los condenados que se encontraban en el Tártaro, la región del Érebo donde residen los espíritus de los muertos. Se las invocaba mediante la maldición realizada por quien reclamaba venganza. Son deidades femeninas que no utilizan el razonamiento ni sus emociones, ya que su furia y sentido de justicia hacen que sus trabajos sean realizados de forma rápida y eficaz.

Son protectoras del cosmos frente al caos. Las Erinias se presentan bajo la imagen de una mujer mayor, con rasgos envejecidos y piel oscura y tenebrosa. De su espalda despliegan grandes alas de murciélago; sus ojos, oscuros y llenos de furia, parecen ensangrentados. En sus brazos llevan serpientes enrolladas y sobre su cabeza, portan látigos largos y antorchas encendidas. Son muchos los relatos griegos que hablan de su presencia, desde Las Euménides hasta La Ilíada.

 

Hay una festividad en honor a las Erinias, llamada Nefalia, en la que se las honra con libaciones de aguamiel y ofrendas de ovejas negras como forma de sacrificio. A ellas les estaban consagradas la tórtola blanca y la flor del narciso. Su santuario estaba ubicado en Atenas y en Colono, donde, además de un santuario, había una arboleda cuya entrada estaba totalmente prohibida, castigando con ira a quienes osaban incumplir la norma. El culto de las Erinias también se encontraba en Megalópolis, donde se las conocía con el nombre de Manías, «las que te hacen enloquecer». Por su apariencia y por no estar bajo el poder de los demás dioses, a menudo se las confundía con las Gorgonas y las Arpías (J. Méndez, abril de 2022. Las Erinias. Roma infinita).

imagen de: Gema morales pino

La furia de las Erinias solo podía ser apaciguada mediante un ritual de purificación y la realización de una tarea asignada para expiar las culpas. Estas diosas también servían a Hades y Perséfone en el Inframundo, donde supervisaban el castigo de los criminales en las Mazmorras de los Condenados. Las Sorores Genitae Nocte (Hermanas nacidas de la noche) o Erinias eran divinidades implacables, portadoras de fatalidad. Custodiaban las puertas diamantinas de las mazmorras mientras peinaban las serpientes negras que colgaban de sus cabellos. Tisífone, con su cabello desordenado, sacudía sus mechones blancos y apartaba las serpientes que cubrían su rostro. La temible diosa tomó una antorcha empapada en sangre, se vistió con una túnica roja manchada de sangre goteante y enrolló una serpiente alrededor de su cintura. La siniestra Erinia se levantó, extendiendo sus brazos entrelazados con serpientes, y al sacudir su cabello, las serpientes se desprendieron emitiendo silbidos. Algunas reptaban por sus hombros, mientras que otras se deslizaban por su pecho, escupiendo veneno y agitando sus lenguas con un silbido espeluznante. Luego arrancó dos serpientes de su cabello con un propósito fatal y las lanzó hacia Atamante e Ino. Las serpientes, al retorcerse y exhalar su aliento pestilente, no dejaron heridas visibles, pero sus colmillos venenosos afectaron las mentes de sus víctimas. Además, Tisífone preparó un veneno con espuma de Cerbero, veneno de Equidna, delirios, locura, cegueras mentales y deseos de asesinato. Mezcló estos ingredientes con sangre fresca en un caldero de bronce, agitando la mezcla con una vara de cicuta verde. Una vez que la poción estuvo lista, la derramó sobre los pechos de sus víctimas, llevándolos al borde de la locura. Luego agitó su antorcha, creando círculos de fuego, y liberó la serpiente que llevaba ceñida a su cintura (Metamorfosis, IV, 451 y ss.).

La creencia principal en torno a las Euménides radica en la maldición que recae sobre quien destruye la felicidad y paz de su familia, una maldición que un padre invoca. Además de castigar los crímenes tras la muerte, las Euménides también eran vistas como diosas del destino, quienes, junto con Zeus y las Parcas, condenaban a los hombres a sufrir miseria y desgracia (Il. XIX. 87, Od. XV. 234). Ninguna oración, sacrificio o lágrima podía conmoverlas o proteger a su objetivo, y cuando temían que un criminal pudiera escapar, invocaban la ayuda de Dicé, con quien estaban estrechamente vinculadas, teniendo como único propósito la preservación de la justicia estricta. En la era moderna, su representación ha evolucionado según el período y su iconografía, manteniendo una fuerte presencia en el arte pictórico y literario, como se observa en obras como el Infierno de Dante o el Fausto de Goethe, donde las furias también hacen su aparición (Bejarano, A. A. Consideraciones de las Erinias. XXX Seminario de Iconografía Clásica UCM: Monstruos y seres híbridos. MYTHOS UCM).

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El mito del autómata inteligente

El mito del autómata inteligente

El mito del autómata inteligente

Imagen del Story Pin

imagen de: MR_EL

 

Recientemente, tuve el honor de ver publicado mi artículo titulado «El mito del autómata inteligente: Gólems, Hómunculos y vida artificial en la Edad Media», en la revista especializada Acta Maleficarum, una edición especial que rinde homenaje a los mitos y leyendas de la Semana Cidiana. En este artículo, exploro el antiguo deseo humano de crear vida artificial, a través del análisis de mitos como el Gólem, los homúnculos y otras creaciones que desafían la barrera entre la vida y la automatización.

El estudio parte de las primeras representaciones en la mitología griega, como Prometeo y Pandora, quienes desafiaron el orden divino al entregar a los humanos poderes reservados solo para los dioses. Estos mitos anticipan la tensión que luego se manifestará durante la Edad Media en torno a la creación de vida artificial. En ese periodo, se desarrollaron varias representaciones de seres creados por el hombre, como los homúnculos, pequeños seres artificiales nacidos en laboratorios alquímicos, y los Gólems, figuras de barro a las que se otorgaba vida temporalmente a través de rituales mágicos.

Descripción: Imagen de la portada del artículo (link al final del artículo)

El artículo resalta que estas creaciones, ya fueran de barro, metal o mediante fórmulas alquímicas, reflejan la ambivalencia de la humanidad frente a su capacidad de imitar la vida. Si bien el hombre busca convertirse en creador, estas historias nos advierten de los peligros inherentes en tal ambición. La creación artificial se concibe como una transgresión al orden divino, y a menudo el creador termina destruido o apartado de su creación, como un eco del mito de Prometeo castigado por Zeus.

A lo largo de los siglos, estas narrativas mitológicas han sido un espejo de las inquietudes humanas sobre el poder y las limitaciones de la ciencia y la tecnología. En tiempos medievales, a través de la alquimia y la magia, los intentos de crear autómatas o seres vivos artificiales continuaron desafiando tanto los límites del conocimiento como las fronteras morales y filosóficas.

Finalmente, mi análisis ubica estas historias en el contexto de nuestra evolución tecnológica, destacando cómo la fascinación por la creación de vida artificial ha evolucionado hasta nuestros días. A través de estas narrativas, se revela un miedo persistente: que lo que creamos termine por superar nuestro control, una advertencia que resuena con fuerza en la era de la inteligencia artificial.

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ENFERMEDADES, PLAGAS Y EPIDEMIAS EN LA MITOLOGÍA

ENFERMEDADES, PLAGAS Y EPIDEMIAS EN LA MITOLOGÍA

ENFERMEDADES, PLAGAS Y EPIDEMIAS EN LA MITOLOGÍA/DISEASES, PLAGUES, AND EPIDEMICS IN MYTHOLOGY

En vista de los tiempos que corren y ya que de pandemias y enfermedad va la cosa estos meses, no puedo evitar dedicar unas líneas a tratar aquí el tema y hacer referencia a algunas de las más destacadas epidemias, plagas y devastaciones que, según algunas mitologías, asolaron la humanidad. Muchas de estas plagas fueron enviadas o creadas por sus dioses con una determinada finalidad: dañar a la humanidad o castigarla por un comportamiento que no pensaban tolerar. Aunque, en ocasiones son los mismos dioses quienes frenan a otros y evitan la calamidad.

De entre todas estas calamidades, destaca la de la plagas de Egipto, que supongo que todos conocemos. Aquella en la que Yahveh envía, una tras otra, hasta 10 plagas para que los egipcios liberen a su pueblo de la esclavitud. Envió ranas, langostas, piojos e incluso peste al ganado.

Similar a estas fueron las plagas de Louhi o Loviatar, diosa finesa que nace de Tuoni y Tuonetar (dioses del inframundo) y  tras quedar embarazada del viento del Este dio a luz a 9 desastres y enfermedades. Según el Kalévala (poema finés escrito en el siglo XIX), la diosa llevó a estas nueve criaturas pesadas en su seno y nadie quiso darle cobijo ni ayudarle. Solamente una reina, considerada una bruja, le ayudó a dar a luz tras 9 años de sufrimiento. Al nacer, fueron conocidos como «todas las enfermedades y plagas de las tierras del norte» (Cáncer, Cólico, Gota, Fiebre, Úlcera, etc.). Según los eruditos de la Edad Media, estas eran las enfermedades más comunes en la época. A esta diosa se la conoce también como «Madre de los 9 desastres«. Se dice que lo último que dio a luz fue la Envidia, la peor de todas las plagas.

Otra de las ‘plagas’ más conocidas de la mitología es aquella que desata Pandora al abrir su «caja» (frasco o jarro en realidad, mala traducción heredada del siglo XVI por Erasmo de Rotterdam).  Hesíodo nos dice en el mito que, al abrir este recipiente, la humanidad pasa de la Edad de Oro a la de Plata; una era de enfermedad, catástrofe y muerte. Hay que recordar que este regalo le fue enviado por los dioses como castigo porque Prometeo les robó el fuego para los humanos.  No podemos olvidar tampoco la epidemia que en el siglo IV a.C. asoló Grecia, en concreto Tebas. Ocasionada por los actos del rey Edipo y su estirpe maldita, pues los dioses provocaron que se desataran estas consecuencias como castigo. En realidad, se cree que pudo ser consecuencia de la ingestión de leche no filtrada o carne de vacas infectadas. Pero no sólo Tucídides nos habla de esta epidemia durante la Guerra del Peloponeso, ya en la Ilíada se nos cuenta que una epidemia mermaba a los aqueos sus fuerzas y el ejército griego sufre muchas bajas por esta causa.

En otras mitologías como la Egipcia podemos encontrar epidemias o enfermedades que los dioses envían como castigo. Es el caso de Sekhmet o La Terrible, diosa de la guerra y la venganza, a la que el dios supremo Ra envió para castigar a la humanidad por adorar a otros dioses cuando él se empezó a aburrir de los humanos. Sekhmet creó enfermedades y epidemias que, cuando Ra se arrepintió, ya eran imparables. Así que tintó toneles de cerveza y los hizo pasar por sangre. Ella, emborrachándose al bebérsela, cayó en un sueño y tras esto, Ra creó nuevos dioses protectores, pues las enfermedades pasaron a formar parte de la humanidad.

Esta no es la única referencia Egipcia que tenemos de una diosa que se convierte en una plaga. Ya hablamos antes de la famosa plaga de las ranas, enviada por el dios judío. Esta plaga se asocia con la diosa Heket, a quienes las egipcias adoraban, puesto que simbolizaba la fertilidad y protección. Matar a una rana estaba prohibido y castigado. Por ello, se les envió esta plaga, para que en vez de adorar a esta diosa, pasasen a odiarla de inmediato y dejar de confiar en la protección de una vida larga y eterna.

Si incluimos otras mitologías como la hindú o la tibetana, encontramos también referencias de enfermedades o epidemias. En el primer caso, el mundo se crea de dos huevos y surgen todas las enfermedades infecciosas y armas dañinas de la cáscara de uno de ellos: el que crean el dios Munpa Zerden y la deidad oscura femenina; mientras que los hindúes consideran que todas las enfermedades nacen de la gota de sudor de uno de sus dioses principales, Shiva, intentando dar caza al animal que sacrificarían en el banquete al que no le invitaron. Él mismo prometió esparcirlas y disgregarlas para que no fueran tan dañinas, si finalmente le invitaban.

ENGLISH

In light of current times and the focus on pandemics and illness in recent months, I cannot help but dedicate a few lines to this subject and reference some of the most notable epidemics, plagues, and devastations that, according to various mythologies, ravaged humanity. Many of these plagues were sent or created by their gods for a specific purpose: to harm or punish humanity for behavior they would not tolerate. However, at times, it is the gods themselves who intervene to stop others and prevent disaster.

Among all these calamities, the plagues of Egypt stand out, which I suppose everyone knows. This is where Yahweh sends, one after another, up to 10 plagues to compel the Egyptians to release his people from slavery. He sent frogs, locusts, lice, and even pestilence upon the livestock.

Similar to these are the plagues of Louhi or Loviatar, the Finnish goddess born of Tuoni and Tuonetar (gods of the underworld). After becoming pregnant by the East Wind, she gave birth to nine disasters and diseases. According to the Kalevala (a Finnish poem written in the 19th century), the goddess carried these nine heavy creatures in her womb, but no one would shelter her or offer her help. Only one queen, considered a witch, assisted her in giving birth after nine years of suffering. Upon birth, they were known as «all the diseases and plagues of the northern lands» (Cancer, Colic, Gout, Fever, Ulcer, etc.). According to medieval scholars, these were the most common diseases of the time. This goddess is also known as the «Mother of the Nine Disasters.» It is said that the last thing she gave birth to was Envy, the worst of all plagues.

Another of the most famous «plagues» in mythology is the one unleashed by Pandora when she opens her «box» (actually a jar, a mistranslation inherited from the 16th century by Erasmus of Rotterdam). Hesiod tells us in the myth that, upon opening this container, humanity transitions from the Golden Age to the Silver Age, an era of disease, catastrophe, and death. It’s important to remember that this gift was sent by the gods as punishment because Prometheus stole fire for the humans.

We must also not forget the epidemic that ravaged Greece, specifically Thebes, in the 4th century BC. It was caused by the actions of King Oedipus and his cursed lineage, as the gods unleashed these consequences as punishment. In reality, it is believed to have been due to the ingestion of unfiltered milk or meat from infected cows. But it wasn’t just Thucydides who wrote about this epidemic during the Peloponnesian War; in the Iliad, we are also told of an epidemic that weakened the Achaeans, and the Greek army suffered many losses because of it.

In other mythologies, like the Egyptian, we can find epidemics or diseases sent by the gods as punishment. This is the case with Sekhmet, or «The Terrible,» the goddess of war and vengeance, whom the supreme god Ra sent to punish humanity for worshiping other gods when he grew bored of humans. Sekhmet created diseases and epidemics that, once Ra regretted it, had already become unstoppable. So, he dyed barrels of beer to make them look like blood. She, getting drunk after drinking it, fell into a deep sleep, and afterward, Ra created new protective gods, as the diseases had become part of humanity.

This is not the only Egyptian reference we have of a goddess becoming a plague. We already mentioned the famous plague of frogs, sent by the Jewish god. This plague is associated with the goddess Heket, whom Egyptian women worshiped, as she symbolized fertility and protection. Killing a frog was forbidden and punishable. For this reason, this plague was sent, so that instead of worshiping this goddess, they would immediately come to despise her and lose trust in her protection of a long and eternal life.

 

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Duendes de las selvas amazónicas

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El shapshico

imagen de Jean Baptiste

 

En la jungla hay espíritus que pueden causar un daño serio. Uno de ellos es el shapshim o chullachaqui, que posee un jardín en la selva y es muy celoso de él. Es el guardián de las plantas y los animales. El siguiente relato de José Huaniri sugiere que el shapshico es un espíritu encarnado en un animal. La aparente contradicción entre ser un animal y ser invisible se resuelve al tratarse de un espíritu incorporado, que puede tener ambas propiedades simultáneamente:

«Este shapshico tiene su jardín en la selva. Si cortas un árbol en su jardín, te lastima. Es un hombrecillo que vive allí, un animal, un pequeño demonio. El shapshico usa proyectiles. El sanador extraerá el proyectil (virale) y te calmarás. No puedes ver a un shapshico ni hablar con él.» (TKU 871194)

Leyenda del shapshico

La intensa oscuridad del bosque, los eternos caminos trazados por los machetes, la espesa maleza que impide el paso a los pálidos transeúntes de la noche, la monotonía de la luna, el aullar de los otorongos y la leve sensación de conocer el mismo Hades acompañaron a José durante el largo recorrido hacia la cocha. Era de noche y José esperaba llegar con los primeros rayos del sol a las espesas aguas de la cocha Typishca. El camino fue pesado, pero tenía que pescar para poder alimentar a su familia. Atrás, en su humilde casa de madera, quedaron sus hijos y su mujer, orando al dios ausente. Para José, sus únicos compañeros durante la travesía fueron su arpón y la malgastada tarrafa que heredó de su abuelo.

Marchaba sin mirar atrás, con algunos tragos de aguardiente para disipar el miedo, pues se decía que aquella cocha estaba maldita.

En el trayecto se encontró con algunos mashos inertes en el suelo. La sangre de aquellos seres de la noche hedía, invadiendo su nariz con su olor putrefacto. En respuesta al nauseabundo olor, José se tapó la nariz usando la sucia manga de su camiseta. Aquellos desdichados mashos habían sufrido una muerte extraña. Tenían el estómago abierto y se podían apreciar sus vísceras. Este incidente le llamó mucho la atención y prosiguió su camino, pensando en aquella abominable escena.

Los efectos del aguardiente habían desaparecido y aún le quedaban tres horas de caminata cuando, súbitamente, un sonido desgarrador invadió sus oídos.

«Una mujer, estoy seguro, pobre de ella», se dijo José.

Continuó avanzando por el sendero que días antes había trazado con Andrés, el mayor de sus hijos. La noche se volvía más densa. El miedo se apoderaba de él. La desesperación por llegar a su destino invadía su alma. De pronto, sintió nostalgia, pero no una nostalgia propia de los viajeros por su tierra natal. La de José era diferente; sentía como si una parte de su alma pidiera regresar y abrazar a su familia. Sí, sentía nostalgia por su familia, sentía que, si esa fuera su última noche sobre el estrepitoso suelo amazónico, querría pasarla al lado de ellos. Pero, como dije antes, José tenía que pescar para poder sobrevivir y llevar comida a su hogar.

Por fin llegó a la cocha y empezó a preparar sus cosas para la faena, pero de pronto apareció un demonio con grandes cuernos y rabo caprino. Era como le habían contado sus antepasados. Tenía el cuerpo alargado pero de proporciones gnómicas, y el color rojo carmesí de su piel resaltaba entre la oscura noche. De inmediato, José comenzó a vomitar desde lo más profundo de sus entrañas el pango que su mujer le había preparado con tanto amor.

«¿Qué quieres de mí, maldito?», dijo José.

«Tu sangre. Quiero devorar tus tripas y hacer un festín con tus extremidades», dijo violentamente aquel monstruo que había escapado del averno.

«Tendrás que venir por mí, demonio», dijo José con voz temerosa.

«¿Qué? ¿No sabes quién soy, humano? Soy el shapshico, y esta será tu tumba.»

Valiéndose del viejo arpón, José se abalanzó contra el demonio. Aquel intento de salvar su vida no sirvió de nada. El demonio esquivó la estocada y lo golpeó violentamente. La sangre escarlata brotaba de su pálida cara. La luz del alba comenzaba a aparecer entre los árboles de cedro. Era casi la hora de cerrar la puerta del averno, cuando los demonios regresan a la eterna guarida de sus miserables vidas, de modo que el shapshico desapareció, no sin antes advertirle que si lo encontraba de nuevo lo mataría sin titubear.

El pescador regresó a casa fatigado, pero con la recompensa de haber tenido una buena jornada. «No hay nada mejor que ver a la familia esperando en la puerta tu llegada», pensó José. Pero esa felicidad se tornó efímera cuando recordó que pronto tendría que regresar nuevamente a aquella cocha maldita.

Pues el alimento se acabará pronto, y con arpón y tarrafa en mano, José emprenderá nuevamente el viaje a los confines de lo desconocido… a la cocha del shapshico.

Mayantu

According to legend, deep in the Amazon rainforest of Peru, lurks the Mayantu, a reptilian, goblin-like creature with a scaly body and the face of a toad. The creature is shown in a dark, dense jungle setting, surrounded by thick foliage, towering trees, and mist. Its body is covered in dark, slimy scales, with a grotesque toad-like face, wide mouth, bulging eyes, and sharp teeth. The atmosphere is eerie and foreboding, with shadows and dim light filtering through the jungle canopy, creating an ominous, mysterious scene.

 

El Mayantu simboliza a la fuerza espiritual de la selva, es un ente que vaga entre dos planos dimensionales: el físico y el espiritual, para manifestarse adquiere una forma pseudo animal que ocasiona la confusión, pero las personas que lo han visto, de no haberlo hecho hubieran perecido por alguno de los inciertos peligros que refugia la selva amazónica, puesto que es un duende anfibio reptiloide, que ayuda a hombres necesitados, sólo a aquellos que no representan peligro o detrimento para la vida silvestre, ya que es un ser protector de la biodiversidad ecológica generada en el caldo biológico de la Amazonía

Leyenda tradicional del Mayantu:

Mi abuelo cuenta lo que sucedió en un tiempo cuando la Amazonia no estaba muy poblada y los españoles aún no habían llegado a la selva. Solo los aborígenes habitaban esta vasta selva, que respiraba aires de tranquilidad y misticismo, porque ellos protegían y cuidaban cada elemento de la naturaleza, como el agua, los árboles y los animales.

Un día, muy dentro de la selva, los indígenas yaguas estaban celebrando sus fiestas típicas. Todos estaban reunidos en su maloca, desde los más grandes hasta los más pequeños. Las mujeres danzaban para el pueblo. El curaca, que era el jefe máximo, se encargaba de velar por el bienestar de su comunidad junto con otros hombres valientes, y ellos eran los únicos que podían ver al mayantú, el demonio de la selva. Este les daba instrucciones sobre cómo cazar, pescar y curar.

Sin embargo, la mujer del curaca estaba empeñada en conocer al mayantú, aunque su marido le había advertido que era peligroso, pues el encuentro era solo para hombres. Pero ante tanta insistencia de su mujer, el curaca accedió y le dijo que a la medianoche irían muy adentro del monte y que ella debía estar preparada porque el mayantú era muy feo, y que tan solo sentir su presencia podía crear un mal aire y propiciar la muerte.

Llegó el momento indicado y el curaca comenzó a llamar al mayantú en su idioma yagua. De repente, el mayantú se acercó emitiendo estruendosos sonidos. El curaca, al sentir su presencia, se postró y le dijo que estaba a su disposición para recibir sus instrucciones. De pronto, su mujer, que había estado escondida entre los follajes y hojarascas, salió de su escondite. Cuando el mayantú se percató de su presencia, dio un grito espantoso que hizo que la mujer cayera desmayada al suelo. Mientras tanto, el mayantú le recriminaba al curaca por haberle hecho enfadar al traer a su mujer, y se alejaba diciendo que nunca más regresaría y que, por eso, tendrían que sufrir.

El curaca se levantó y corrió hacia donde estaba su mujer desmayada. Hizo unos rezos invocando a los espíritus de los árboles para que le ayudaran a vivir, pero ellos se negaron; invocó a los espíritus de las aguas y también se negaron; por último, invocó a los espíritus de los animales, pero tampoco accedieron a su petición.

La sacha runa (madre del monte), que se encontraba cerca, oyó los gritos desesperados del hombre y le dijo que su mujer ya no viviría, y que si quería tener de vuelta al mayantú, debía sacrificar a su mujer y regar su sangre por todo el monte. El curaca se negó y regresó a su pueblo, donde estaba su tribu. Desesperados, le dijeron que llevaban dos días sin comer porque no podían cazar, ya que no encontraban ningún animal; que muchos de los suyos estaban muriendo, pues ya no sabían cómo curar sus enfermedades, y, lo que era peor, no sabían qué había sucedido con el mayantú.

Entonces, el curaca les contó la verdad y ellos no esperaron más. Hicieron tal como la sacha runa había indicado y regaron la sangre de la mujer por todo el monte, invocando el regreso del demonio. De repente, el mayantú se apareció transformado en hombre, y les dijo que seguiría enseñándoles cómo cazar, pescar y curar sus enfermedades, con la condición de que cuidaran el bosque.

Desde entonces, esta tribu de la Amazonia peruana celebra cada mes de febrero el día del mayantú, realizando una gran fiesta de disfraces de diablos, agradeciéndole y prometiéndole su obediencia.

El Supay

A depiction of the mythical Mayantú, a demon spirit of the Amazon jungle, as described in folklore. The Mayantú has large horns, a caprine tail, and crimson red skin. It has a humanoid but elongated and gnomic body, standing ominously in a dark, dense jungle at night. The figure appears fearsome with glowing eyes, partially hidden in the shadows, surrounded by towering trees, vines, and mist. The atmosphere is eerie, with only a sliver of moonlight piercing through the thick jungle canopy, highlighting the demon’s grotesque features and creating a sense of dread.

 

supay en el idioma quechua se refiere a un demonio o duende. Es un
espíritu al que le gusta hacer bromas, y sobre todo, hacer extraviar a los
que andan por el bosque al que protege en sus dominios.

Supay es un tipo de entidades espirituales dentro de la mitología Inca. De acuerdo al diccionario quechua-castellano de 1560 del fraile Domingo de Santo Tomás, el término en su forma original era neutral y podía ser utilizado para referirse a un espíritu moralmente bueno.Supay es comúnmente descrito con una apariencia «demoníaca», pues tenía largos cuernos, ojos vidriosos y penetrantes, un rostro felinico poblado de largos colmillos y largas orejas. Supay también tiene la habilidad de transformarse en un hombre inca apuesto o mujer inca muy bella. Estas habilidades lo volvían un ser muy peligroso para aquellos que no le mostraban respeto.

Leyenda tradiconal del Supay

Cajocuma es un caserío ubicado a orillas de la quebrada que lleva su nombre. Esta quebrada desemboca en el río Tigre. En este pueblo vivía Omar con su mujer Claudia y sus dos pequeños hijos. Cada día, él se levantaba muy temprano para ir a su chacra, que estaba a dos horas del pueblo. El caserío estaba rodeado por la majestuosa vegetación de la zona, y las casas estaban construidas separadas unas de otras, con un espacio libre de aproximadamente cincuenta metros entre ellas, cubierto de grama y muchos árboles frutales.

Omar regresaba antes del atardecer todos los días con algún racimo de plátano y carne fresca del monte. Después de un breve y reconfortante descanso bajo el árbol de lupuna, que desde hace mucho tiempo yacía acostado imponente en la mitad del camino hacia la chacra de Omar, probablemente debido a una fuerte tormenta que lo había obligado a abandonar sus alturas y quedar relegado para siempre en el suelo del bosque.

En aquella época hubo una escasez de alimentos. La cocha a la que solían ir a pescar se estaba secando, y los peces salían de ella buscando un lugar más amplio. Por eso, Omar decidió ir de pesca a otra cocha en compañía de su vecino Luis, un hombre mayor, de aspecto vehemente, que al igual que Omar también era pescador. El lago al que deseaban ir estaba a unos cuatro días del pueblo, navegando por un pequeño riachuelo y a una hora de viaje surcando el río. Debían partir pronto, ya que la situación se complicaba cada vez más porque la cocha se secaba rápidamente. El día anterior prepararon todo para el viaje: redes, arpones, mucha fariña y todo lo indispensable para este tipo de travesía.

Cuando salieron, la mañana estaba despejada, y parecía que nada fuera de lo común sucedería. Después del largo viaje, ambos tenían amplias sonrisas dibujadas en sus rostros, pues los peces ya se metían en la red. «Es buen momento, porque nadie más conoce esta cocha,» dijo Omar sonriente, mientras Luis se disponía a subir los peces a su canoa.

El lugar estaba deshabitado. Muchos árboles imponentes se alzaban alrededor del lago.

—»Luis, vamos por un poco de carne fresca para salar», dijo Omar. «Hay muchos sajinos por estos lugares, veshito.»

—»Vamos antes de que el sol caliente más», contestó Luis.

En el campamento que ambos habían levantado muy cerca de la orilla, dejaron sus cosas junto a algunas quirumas que encontraron por ahí, y se internaron en el bosque. La selva por donde se movían era muy tupida; solo se oían algunos monos gritando, pájaros cantando y su quieta respiración.

—»Shh… puedes verlos. Allá, entre esos arbustos…», dijo Omar mientras se preparaba para disparar el arma que llevaba consigo.

—»Con mucho cuidado, no los vayas a espantar, veshito», respondió Luis.

Se oyó el retumbante sonido en la inmensidad de la selva, y al instante estaban tras un pequeño grupo de sajinos que se movían velozmente entre la abundante vegetación. En la intensa cacería, se toparon con las huellas de un jaguar que también seguía los pasos de los animales, al igual que ellos… pero continuaron hechizados por la caza.

De repente, hubo una profunda pausa que pareció durar una eternidad, hasta que llegaron a un claro y volvieron a la realidad. El sol se ocultaba rápidamente, y el anochecer estaba por llegar. Se asustaron, pues sabían que, debido a la distancia, no llegarían a tiempo a su campamento y no querían pasar la noche en la selva, a merced de las fieras.

Abandonando todo deseo de continuar con la caza de los sajinos, comenzaron la ardua tarea de regresar a salvo al campamento.

—»Debemos encontrar el arroyo que desemboca en la cocha donde está el campamento, veshito», sugirió Luis.

—»Vamos, Luis, es por acá», le dijo Omar, señalando con el dedo en la dirección donde creía que estaba el campamento. «Si nos apuramos, llegaremos a tiempo.»

Omar iba delante a paso acelerado, y Luis le seguía de cerca, moviéndose entre la maleza y los árboles que encontraban a su paso.

—»No vayas tan rápido», dijo Luis, ya cansado por el largo trayecto que habían recorrido, mientras se sentaba sobre el tronco de un pequeño árbol tendido en el camino.

—»Falta poco, veshito. Vamos», respondió Omar.

Pero, en realidad, se estaban adentrando cada vez más en el centro de esa tupida selva. De pronto, Luis se estremeció y un sudor frío recorrió su cuerpo. Por un momento, mientras bajaba la cabeza, no se percató del destino que le aguardaba. Al levantarla para decirle a Omar que creía que estaban caminando en círculos, se dio cuenta de que el hombre al que con gran esfuerzo estaba siguiendo no era más que un pequeño hombrecito a lo lejos, quien, con una risita burlona, le dirigía una mirada antes de desaparecer en un instante, dejando su risa flotando en el aire.


Hacía mucho tiempo que Luis había perdido el rastro de Omar en aquel alocado recorrido. Mientras tanto, Omar, preocupado porque Luis no le seguía, regresó sobre sus pasos, llamándolo a grandes voces sin obtener ninguna respuesta; solo la inmensidad de la selva devolvía el eco de su voz. Lo buscó hasta el cansancio, pero no pudo encontrarlo. Temiendo perderse al igual que su desafortunado compañero, Omar continuó solo por el camino de regreso. Ahora comprendía que el supay les estaba jugando una de sus acostumbradas patrañas con el propósito de extraviarlos.

Con suerte, llegó hasta la corriente que desembocaba en la cocha y, aferrándose a un tronco a manera de balsa, muy cansado, logró regresar al campamento. Allí encontró sus cosas muy revueltas, como si alguien hubiera querido jugarle una broma pesada. Finalmente, Omar regresó a su pueblo triste y agotado, aunque con el alimento que necesitaban. Pero Luis no tuvo la misma suerte.

Omar y otros vecinos regresaron al mismo lugar para buscar a Luis, con la esperanza de encontrarlo sano. Sin embargo, a pesar de todos sus esfuerzos, no lo lograron.

La selva tiene muchos secretos muy bien guardados. Este es uno de ellos. Nadie sabe qué fue lo que pasó con Luis… solo el supay lo sabe.

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Bibliografía

KAMPPINEN, MAITI, «ESPIRITUS INCORPORADOS: THE ROLES OF PLANTS
AND ANIMALS IN THE AMAZONIAN MESTIZO FOLKLORE», ,. Ethnoblol. 6(2):1998, 141-146

https://leyendarioamazonico.blogspot.com/2008/04/mayantu.html

EL MAYANTÚ Y OTROS ESCRITOS Mito y folclore de la Amazonia peruanaUniversidad Nacional de la Amazonia Peruana (UNAP)

Cuentas Ormachea, Enrique (1986). «La Diablada: una expresión de coreografía mestiza del altiplano del Collao». Boletín de Lima (Lima) (44): 35.

 

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