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Mes: enero 2021

¡Envíanos tu leyenda!

¡Envíanos tu leyenda!

¡Envíanos tu leyenda!

Buenos días a todos.

Hace un tiempo decidimos crear este blog para la conservación y recuperación de leyendas de España y, también, del resto del mundo. La idea era que, con el tiempo, este blog tuviera un espacio en internet en que las personas pudieran conocer los mitos de alrededor del mundo.

Si quieres, estimado lector, puedes enviarnos una leyenda que se explicara en tu pueblo o ciudad natal. Intentaremos investigar al respecto e incluirlas en nuestro blog o en futuras publicaciones como hicimos con nuestro libro «Guía de los seres mitológicos españoles»  el cual, por cierto está recaudando fondos para una segunda edición.

Adquiérelo Aquí: https://guiadelosseresmitologicos.com/adquiere-nuestros-libros/

La leyenda del malvado duende Todín

La leyenda del malvado duende Todín

La leyenda del malvado duende Todín

 

 

Los trasgos son insidiosos y excéntricos; ocupan la cúspide de su escala de valores molestar y perturbar la paz. Cuando pueden rompen y arrojan objetos, provocan pesadillas e inquietan a los desdichados que se cruzan en su camino. Las leyendas así lo atestiguan, pues siempre que aparece el trasgo, la amargura anida en los corazones de sus víctimas.

He añadido una curiosa leyenda de un trasgo algo perturbadora. Aunque en la leyenda se refiere a él como un duende, a mi juicio esta leyenda debe encontrase entre la de los trasgos

Érase una vez un joven pescador llamado Andrés, de sonrisa franca y rostro agradable, de fuertes brazos que trabajaba incansablemente para el sostén de su familia y que convivía con el mar y la soledad. Era hombre de pocas palabras y todos los atardeceres embarcaba en su lancha rumbo al océano y a sí mismo. Un día, ya muy entrada la noche, larga su red cerca de la playa del Osmo, en Corme, y observa que, en el umbral de la urna del mismo nombre, había una hoguera y que a su alrededor danzaban, dando vueltas y más vueltas, unos extraños pequeños seres, semejantes a los hombres, de tez blanquecina, ojos verdosos y vestimenta de chillones colores rojos y verdes.

Uno de ellos, al percibir la presencia del pescador, se encamina hacia él y, desde la orilla, entre el rumor del agua, le pregunta su nombre.

―Me llamo Andrés ―le contesta nervioso y temblando de pies a cabeza.

―Yo soy el duende Todín ―le dice mientras se acerca a la barca, moviéndose como pez a través de las aguas.

Andrés, asustado, no soltaba palabra; entre tanto, lo observaba fijamente; pero al cabo de un rato comenzó a tranquilizarse cuando vio que aquel extraño ser, de mirada vivaracha pero serena, parecía inofensivo.

De pronto, el duende lo coge de un brazo, se sienta frente a él, remira rectamente a los ojos y le dice:

―No temas, me caes bien y quiero ayudarte.

La noche avanzaba y la conversación entre ellos se hacía ininterrumpida y amena. Andrés no tardó en darse cuenta de lo endiabladamente inteligente y tortuoso que era Todín y presentía que una amistad, aunque extraña, estaba naciendo. Al amanecer, con los primeros rayos de la aurora, el pescador recoge la red y queda admirado al observar que estaba repleta de los más variados peces.

―Ya sabes ―le dice el duende―, cuando quieras tener una abundante pesca, te acercas a esta playa, me llamas tres veces y, mientras hablamos amistosamente, tu red se llenará de peces.

―De acuerdo, ya te buscaré ―dijo el pescador, guiñando un ojo.

Andrés, como era prudente, no quería abusar de la magnanimidad del duende y procuraba ir solo a la playa del Osmo cuando la pesca en otros lugares escaseaba o el mar de estas atlánticas costas se enfurecía.

Pasó el tiempo y, un día, Todín le confiesa que es un ser muy poderoso, ya que posee tres monedas de oro con poderes mágicos, pero solo se las daría a una buena persona, y él se lo parecía.

―Quiero compartir contigo, mi buen amigo, ―le dice el astuto duende― este poder mágico que tengo gracias al designio de mis antepasados.

A decir verdad, Andrés era desconfiado. No creía en regalos en apariencia desinteresados. Aunque trabajaba hasta la saciedad todas las noches del año, por experiencia sabía que de la pobreza no era fácil escapar. Era un pobre pescador, como lo fue su padre y había sido su abuelo.

Todín le introdujo en la urna, iluminada por velas aromáticas en candelabros de oro con forma de búhos de la buena suerte. Sobre mesas ovaladas había esmeraldas en bandejas de marfil y enormes caracolas llenas de perlas. Abre un cofre de madera de ébano y saca tres monedas.

La primera que le mostró era la moneda de la salud. En una de sus caras tenía tallada una ninfa con un cáliz entre sus manos, y le dice:

―Con ella vivirás muchos, muchos años, conocerás a los nietos de tus nietos e ignorarás el dolor.

La segunda era la de las riquezas. En ella se veía un cofre lleno de las más variadas joyas; y le comunica:

Todo lo que ambiciones lo tendrás.

La tercera era la de la sabiduría. En su dorso se percibía una serpiente; y le explica:

―Nada ignorarás y serás sabio. El que goza de la sabiduría está en posesión de la verdad.

―La verdad para mí es algo muy sencillo ―responde el pescador―: es lo que está bien; lo demás, si no es falso, me lo parece.

Andrés permaneció en silencio durante un buen rato y, por fin, con aire resignado y con voz suave, le preguntó:

―¿A cambio de qué?

Sin hacerse rogar, responde el duende:

―En trueque de tu alma.

De nuevo guardó un prolongado silencio, no había motivo para tener miedo, y no tenía; se trataba simplemente de expresar un deseo y, además, él era sincero por naturaleza, como suele ocurrir con la gente de la costa.

―De acuerdo, acepto el canje, si me das otra moneda más ―expresa Andrés.

Cordial, pero con una cordialidad que parecía fría, distante; porque intuía que no era él quien dominaba la situación, Todin le responde:

―No te preocupes, tengo muchas, la del amor, que ningún rayo la podrá destruir ni toda el agua del mar apagarlo; la del poder…

―Solo quiero, además de las tres primeras, la moneda de la caridad ―responde el pescador.

Perplejo, lleno de desesperación y furioso ante tan inesperada petición, se quedó petrificado de rabia; mas, intentando disimular su enojo, replicó el duende, profundamente sorprendido:

―¿Por qué la moneda de la caridad? Esa es la única que no tengo.

Lamenta no poder concederle esa moneda e intenta, una y otra vez, convencerlo de las cualidades de las otras que le había ofrecido, pero sus tentativas resultaron inútiles y sus argumentos terminaban en rotundos fracasos, a pesar de que sus palabras golpeaban en los oídos del obstinado pescador, con tenacidad e ininterrumpidamente, como agua en la roca.

―No insistas, no podrás convencerme ―responde Andrés―, puede parecer soberbia o tal vez ingenuidad, pero esas tres monedas sin caridad humana no me interesan; lo nimio, a menudo, es lo importante.

Agradeció su gentileza lo mejor posible y se despidió de inmediato y, bogando a ritmo lento, se aleja en su lancha hacia altamar, mientras con voz clara pero serena, le dice:

Tres monedas me ofreciste para que te entregue el alma. Aunque viviera mil años,

los reyes me envidiaran,

los hombres me conocieran

y los sabios me encumbraran; no quiero cambiar de vida

ni tampoco trocar mi alma.

Ni la salud, ni riquezas,

ni sabiduría tanta,

son lo bastante importantes ni son suficiente paga

para dejar estos mares, por vida, dinero y fama.

Si no tienes caridad,

el vivir no importa nada, la riqueza enorgullece, la sabiduría ufana[1].

Esta leyenda difiere de cuantas he podido consultar. Aquí el trasgo tiene un comportamiento completamente distinto. Esta vez, lejos de perturbar y molestar a los habitantes de una casa, Todín busca la ruina del incauto que caiga en sus argucias. He encontrado leyendas referidas a los seres elementales que insinúan que tratar con ellos conlleva la perdición, pero esta es la única que he encontrado referida en estos términos a los trasgos.

¿Quieres saber más? Esta es solo una de las leyendas recogida en nuestro libro «Guía de los seres mitológicos españoles» cómpralo aquí:

https://es.ulule.com/2-edicion-guia-de-los-seres-mitologicos-espa-oles/

Bibliografía

[1] Cousillas Rodríguez, Manuel: «Los duendes en la literatura española», op. cit. pág. 66-68.

 

 

Leyendas de vampiros ( parte 1)

Leyendas de vampiros ( parte 1)

Leyendas de vampiros ( parte 1)

Buenas noches a todos. Abrimos una nueva sección en que iremos recopilando leyendas sobre el mundo de los vampiros. Esperamos que este espacio sirva para que todo este saber pueda preservarse. Hoy os traemos dos leyendas extraídas del tratado de Agustín Calmet y que analizamos en nuestro libro.

Durante la llamada «epidemia vampírica», Don Agustín Calmet recogió multitud de episodios vampíricos en su tratado, de los que recojo los que me han resultado más ilustrativos:

Leyenda 1

Hace alrededor de quince años que un soldado que estaba de guarnición, hospedado por un campesino , en la frontera de Hungría, vio entrar en la casa, cuando estaba sentado a la mesa con su anfitrión, a un desconocido que se sentó también a la mesa con ellos.

El dueño de la casa fue extrañamente asustado de ello, lo mismo que el resto de la reunión. El soldado no sabía qué pensar, ignorante como estaba de la cuestión. Pero, habiendo muerto el amo de la casa al día siguiente, el soldado se informó de lo que era. Le dijeron que era el padre de su huésped, muerto y enterrado hacía más de diez años, quien así había venido a sentarse a su lado, y le había anunciado y causado la muerte.

El soldado informó primeramente al regimiento, y el regimiento lo hizo saber al cuartel general, que comisionó al conde de Cabreras, capitán del regimiento de infantería Alandetti, para que informase del hecho. Habiéndose trasladado al lugar con otros oficiales, un cirujano y un auditor tomaron declaración a todas las personas de la casa, que atestiguaron de manera uniforme que el re‑viviente era el padre del dueño de la casa, y que todo lo que el soldado había dicho y referido era la verdad exacta, lo que fue también atestiguado por todos los habitantes del lugar.

En consecuencia, se hizo desenterrar el cuerpo del espectro, y se le encontró como el de un hombre que acabase de expirar, y su sangre como la de un hombre vivo. El conde de Cabreras hizo que le cortasen la cabeza, antes de volverlo a depositar en la tumba. Se informó además de otros re‑vivientes semejantes, entre otros de un hombre muerto hacía más de treinta años, que había vuelto en tres ocasiones a su casa y siempre a la hora de la comida: la primera vez había chupado la sangre del cuello a su propio hermano; la segunda, a uno de sus hijos; y la tercera, a un criado de la casa; los tres habían muerto al instante. Basándose en esta declaración el comisario hizo desenterrar al hombre y, encontrándolo como al primero, con la sangre fluida como la tendría un hombre vivo, ordenó que con un clavo de gran tamaño le atravesasen las sienes, y que después lo colocasen de nuevo en la tumba.

Hizo quemar a un tercero, enterrado hacía más de dieciséis años, y que había chupado la sangre y causado la muerte a dos de sus hijos. El comisario habiendo hecho su informe al cuartel general, se envió luego a la corte del emperador, que ordenó que enviasen oficiales de guerra, de justicia, médicos y cirujanos, y algunos sabios para examinar las causas de tan extraordinarios acontecimientos. Quien nos ha referido estas particularidades las había conocido del señor conde de Cabreras en Freiburg im Breisgau en 1730[1].

LEYENDA 2

Hace alrededor de cinco años que un cierto heiduque habitante de Médreïga, llamado Arnold Paul, fue aplastado por la caída de un carro de heno. Treinta días después de su muerte, cuatro personas murieron súbitamente y de la manera que mueren, según la tradición del país, los que son perturbados por los vampiros. Se acordaron entonces que este Arnold Paul había contado a menudo que, en los alrededores de Cassova y en las lindes de la Serbia turca, había sido atormentado por un vampiro turco (pues también creen que los que han sido en vida vampiros pasivos se convierten en activos después de su muerte, es decir, que los que han sido chupados chupan también a su vez); pero que había encontrado el medio de curarse, comiendo tierra del sepulcro del vampiro y frotándose con su sangre; precaución que no le impidió, sin embargo, llegar a serlo después de su muerte, porque fue exhumado cuarenta días después del entierro, y encontraron en su cadáver todas las marcas de un archi vampiro. El cuerpo estaba bermejo; los cabellos, las uñas y la barba se habían renovado; y las venas estaban todas llenas de sangre fluida, que rezumaba de todas las partes del cuerpo en el sudario en el que había sido envuelto. El hadnagi o baile del lugar, en presencia del cual se hizo la exhumación, y que era un hombre experto en vampirismo, hizo clavar, según la costumbre, en el corazón del difunto Arnold Paul una estaca muy aguda, con la que le atravesaron el cuerpo de parte aparte, lo que le hizo dar, según dicen, un espantoso grito, como si estuviese aún con vida. Hecho lo cual, le cortaron la cabeza y lo quemaron. Después se usó el mismo procedimiento con los cadáveres de las otras cuatro personas muertas de vampirismo, por miedo de que fuesen a matar a otros a su vez

¿Quieres saber más? Adquiere nuestro libro: https://es.ulule.com/2-edicion-guia-de-los-seres-mitologicos-espa-oles/

Bibliografía

[1] Calmet, Agustín: Tratado sobre los vampiros, op. cit. pág. 44-45.

el lado oscuro de las hadas (parte 2)

el lado oscuro de las hadas (parte 2)

                  El lado oscuro de las hadas (parte 2)

Hace unos días comenzamos en este blog un pequeño apartado en que reflexionaba sobre la parte oscura del mundo feérico. Muchos me pidieron que ahondara en tan extraña cuestión y, tras mucho detenimiento, he decidido redactar estas líneas.

En el anterior post nos referimos a esa oscura aura que envuelve estas criaturas y sus encuentros con los humanos. Pues bien, conviene ahora que profundicemos sobre dicha cuestión, con la esperanza de que uno se guarde y mucho de tomarse a la ligera los avistamientos de estas entidades.

Su naturaleza es distinta a la nuestra a la nuestra y, por ende, su propio devenir puede ser nocivo para los humanos. Contaba  el reverendo Robert Kirk allá en el 1691 en su tratado, La comunidad secreta, algunas de las costumbres de las hadas que podían ser nocivas para los humanos. Por ejemplo, las hadas tienden a bailar durante horas en una especie de gran círculo mágico. Si el humano topa con  dicho ritual, debe guardarse de no unirse a ellas, pues ese trance puede durar días y puede provocar la muerte al sujeto bien  por agotamiento o por inanición.

A veces el solo avistamiento del hada provoca un enamoramiento febril en el hombre ( o mujer) hasta tal punto que, quienes dicen haberlas visto caían en una profunda melancolía si no podían volver a verlas e, incluso, morían tras una larga agonía. Podemos ver un ejemplo en el celebérrima leyenda de Bécquer «la mujer de ojos verdes»:

Herido va el ciervo… herido va; no hay duda. Se ve el rastro de la sangre entre las zarzas del monte, y al saltar uno de esos lentiscos han flaqueado sus piernas… Nuestro joven señor comienza por donde otros acaban… en cuarenta años de montero no he visto mejor golpe… ¡Pero por San Saturio, patrón de Soria! cortadle el paso por esas carrascas, azuzad los perros, soplad en esas trompas hasta echar los hígados, y hundidle á los corceles una cuarta de hierro en los ijares: ¿no véis que se dirige hacia la fuente de los Álamos, y si la salva antes de morir podemos darle por perdido?

Las cuencas del Moncayo repitieron de eco en eco el bramido de las trompas, el latir de la jauría desencadenada y las voces de los pajes resonaron con nueva furia, y el confuso tropel de hombres, caballos y perros se dirigió al punto que Iñigo, el montero mayor de los marqueses de Almenar, señalara como el más á propósito para cortarle el paso á la res.

Pero todo fué inútil. Cuando el más ágil de los lebreles llegó á las carrascas jadeante y cubiertas las fauces de espuma, ya el ciervo, rápido como una saeta, las había salvado de un solo brinco, perdiéndose entre los matorrales de una trocha que conducía á la fuente.

—¡Alto!… ¡Alto todo el mundo! gritó Iñigo entonces; estaba de Dios que había de marcharse. Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron las trompas, y los lebreles dejaron refunfuñando la pista á la voz de los cazadores. En aquel momento se reunía á la comitiva el héroe de la fiesta, Fernando de Argensola, el primogénito de Almenar.

—¿Qué haces? exclamó dirigiéndose á su montero, y en tanto, ya se pintaba el asombro en sus facciones, ya ardía la cólera en sus ojos. ¿Qué haces, imbécil? ¡Ves que la pieza está herida, que es la primera que cae por mi mano, y abandonas el rastro y la dejas perder para que vaya á morir en el fondo del bosque! ¿Crees acaso que he venido á matar ciervos para festines de lobos?

—Señor, murmuró Iñigo entre dientes, es imposible pasar de este punto.

—¡Imposible! ¿y por qué?

—Porque esa trocha, prosiguió el montero, conduce á la fuente de los Alamos; la fuente de los Alamos, en cuyas aguas habita un espíritu del mal. El que osa enturbiar su corriente, paga caro su atrevimiento. Ya la res habrá salvado sus márgenes; ¿cómo la salvaréis vos sin atraer sobre vuestra cabeza alguna calamidad horrible? Los cazadores somos reyes del Moncayo, pero reyes que pagan un tributo. Pieza que se refugia en esa fuente misteriosa, pieza perdida.

—¡Pieza perdida! Primero perderé yo el señorío de mis padres, y primero perderé el ánima en manos de Satanás, que permitir que se me escape ese ciervo, el único que ha herido mi venablo, la primicia de mis excursiones de cazador… ¿Lo ves?… ¿lo ves?… Aún se distingue á intervalos desde aquí… las piernas le faltan, su carrera se acorta; déjame… déjame… suelta esa brida, ó te revuelco en el polvo.. ¿Quién sabe si no le daré lugar para que llegue á la fuente? y si llegase, al diablo ella, su limpidez y sus habitadores. ¡Sus! ¡Relámpago! ¡sus, caballo mío! si lo alcanzas, mando engarzar los diamantes de mi joyel en tu serreta de oro.

Caballo y jinete partieron como un huracán.

Iñigo los siguió con la vista hasta que se perdieron en la maleza; después volvió los ojos en derredor suyo; todos, como él, permanecían inmóviles y consternados.

El montero exclamó al fin:

—Señores, vosotros lo habéis visto; me he expuesto á morir entre los pies de su caballo por detenerle. Yo he cumplido con mi deber. Con el diablo no sirven valentías. Hasta aquí llega el montero con su ballesta; de aquí adelante, que pruebe á pasar el capellán con su hisopo.

II

—Tenéis la color quebrada; andáis mustio y sombrío; ¿qué os sucede? Desde el día, que yo siempre tendré por funesto, en que llegásteis á la fuente de los Álamos en pos de la res herida, diríase que una mala bruja os ha encanijado con sus hechizos.

Ya no váis á los montes precedido de la ruidosa jauría, ni el clamor de vuestras trompas despierta sus ecos. Sólo con esas cavilaciones que os persiguen, todas las mañanas tomáis la ballesta para enderezaros á la espesura y permanecer en ella hasta que el sol se esconde. Y cuando la noche oscurece y volvéis pálido y fatigado al castillo, en balde busco en la bandolera los despojos de la caza. ¿Qué os ocupa tan largas horas lejos de los que más os quieren?

Mientras Iñigo hablaba, Fernando, absorto en sus ideas, sacaba maquinalmente astillas de su escaño de ébano con el cuchillo de monte.

Después de un largo silencio, que sólo interrumpía el chirrido de la hoja al resbalarse sobre la pulimentada madera, el joven exclamó dirigiéndose á su servidor, como si no hubiera escuchado una sola de sus palabras.

—Iñigo, tú que eres viejo, tú que conoces todas las guaridas del Moncayo, que has vivido en sus faldas persiguiendo á las fieras, y en tus errantes excursiones de cazador subiste más de una vez á su cumbre, dime: ¿has encontrado por acaso una mujer que vive entre sus rocas?

—¡Una mujer! exclamó el montero con asombro y mirándole de hito en hito.

—Sí, dijo el joven; es una cosa extraña lo que me sucede, muy extraña… Creí poder guardar ese secreto eternamente, pero no es ya posible; rebosa en mi corazón y asoma á mi semblante. Voy, pues, á revelártelo… Tú me ayudarás á desvanecer el misterio que envuelve á esa criatura, que al parecer solo para mí existe, pues nadie la conoce, ni la ha visto, ni puede darme razón de ella. El montero, sin despegar los labios, arrastró su banquillo hasta colocarle junto al escaño de su señor, del que no apartaba un punto los espantados ojos. Este, después de coordinar sus ideas, prosiguió así:

—Desde el día en que á pesar de tus funestas predicciones llegué á la fuente de los Álamos, y atravesando sus aguas recobré el ciervo que vuestra superstición hubiera dejado huir, se llenó mi alma del deseo de la soledad.

Tú no conoces aquel sitio. Mira, la fuente brota escondida en el seno de una peña, y cae resbalándose gota á gota por entre las verdes y flotantes hojas de las plantas que crecen al borde de su cuna. Aquellas gotas que al desprenderse brillan como puntos de oro y suenan como las notas de un instrumento, se reúnen entre los céspedes, y susurrando, susurrando como un ruido semejante al de las abejas que zumban en torno de las flores, se alejan por entre las arenas, y forman un cauce, y luchan con los obstáculos que se oponen á su camino, y se repliegan sobre sí mismas, y saltan, y huyen, y corren, unas veces con risa, otras con suspiros, hasta caer en un lago. En el lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres, cantares, yo no sé lo que he oído en aquel rumor cuando me he sentado solo y febril sobre el peñasco, á cuyos pies saltan las aguas de la fuente misteriosa para estancarse en una balsa profunda, cuya inmóvil superficie apenas riza el viento de la tarde.

Todo es allí grande. La soledad con sus mil rumores desconocidos, vive en aquellos lugares y embriaga el espíritu en su inefable melancolía. En las plateadas hojas de los álamos, en los huecos de las peñas, en las ondas del agua, parece que nos hablan los invisibles espíritus de la naturaleza, que reconocen un hermano en el inmortal espíritu del hombre.

Cuando al despuntar la mañana me veías tomar la ballesta y dirigirme al monte, no fué nunca para perderme entre sus matorrales en pos de la caza, no; iba á sentarme al borde de la fuente, á buscar en sus ondas… no sé qué, ¡una locura! El día en que salté sobre ella con mi Relámpago, creí haber visto brillar en su fondo una cosa extraña… muy extraña… los ojos de mujer.

Tal vez sería un rayo de sol que serpeó fugitivo entre su espuma; tal vez una de esas flores que flotan entre las algas de su seno, y cuyos cálices parecen esmeraldas… no sé: yo creí ver una mirada que se clavó en la mía; una mirada que encendió en mi pecho un deseo absurdo, irrealizable: el de encontrar una persona con unos ojos como aquellos.

En su busca fui un día y otro á aquel sitio.

Por último, una tarde… yo me creí juguete de un sueño… pero no, es verdad, la he hablado ya muchas veces, como te hablo á tí ahora… una tarde encontré sentada en mi puesto, y vestida con unas ropas que llegaban hasta las aguas y flotaban sobre su haz, una mujer hermosa sobre toda ponderación. Sus cabellos eran como el oro; sus pestañas brillaban como hilos de luz, y entre las pestañas volteaban inquietas unas pupilas que yo había visto… sí; porque los ojos de aquella mujer eran los ojos que yo tenía clavados en la mente; unos ojos de un color imposible; unos ojos…

—¡Verdes! exclamó Iñigo con un acento de profundo terror, é incorporándose de un salto en su asiento.

Fernando le miró á. su vez como asombrado de que concluyese lo que iba á decir, y le preguntó con una mezcla de ansiedad y de alegría:

—¿La conoces?

—¡Oh, no! dijo el montero. ¡Líbreme Dios de conocerla! Pero mis padres, al prohibirme llegar hasta esos lugares, me dijeron mil veces que el espíritu, trasgo, demonio ó mujer que habita en sus aguas, tiene los ojos de ese color. Yo os conjuro, por lo que más améis en la tierra, á no volver á la fuente de los Álamos. Un día ú otro os alcanzará su venganza, y expiaréis, muriendo, el delito de haber encenagado sus ondas.

—¡Por los que más amo!… murmuró el joven con una triste sonrisa.

—¡Sí, prosiguió el anciano; por vuestros padres, por vuestros deudos, por las lágrimas de la que el cielo destina para vuestra esposa, por las de un servidor que os ha visto nacer…

—¿Sabes tú lo que más amo en este mundo? ¿Sabes tú por qué daría yo el amor de mi padre, los besos de la que me dió la vida, y todo el cariño que pueden atesorar todas las mujeres de la tierra? Por una mirada, por una sola mirada de esos ojos… ¡Cómo podré yo dejar de buscarlos!

Dijo Fernando estas palabras con tal acento, que la lágrima que temblaba en los párpados de Iñigo se resbaló silenciosa por su mejilla, mientras exclamó con acento sombrío: ¡Cúmplase la voluntad del cielo!

III

—¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu patria? ¿En dónde habitas? Yo vengo un día y otro en tu busca, y ni veo el corcel que te trae á estos lugares, ni á los servidores que conducen tu litera. Rompe de una vez el misterioso velo en que te envuelves como en una noche profunda, yo te amo, y, noble ó villana, seré tuyo, tuyo siempre…

El sol había traspuesto la cumbre del monte; las sombras bajaban á grandes pasos por su falda; la brisa gemía entre los álamos de la fuente, y la niebla, elevándose poco á poco de la superficie del lago, comenzaba á envolver las rocas de su margen.

Sobre una de estas rocas, sobre una que parecía próxima á desplomarse en el fondo de las aguas, en cuya superficie se retrataba temblando el primogénito de Almenar, de rodillas á los pies de su misteriosa amante, procuraba en vano arrancarle el secreto de su existencia.

Ella era hermosa, hermosa y pálida, como una estatua de alabastro. Uno de sus rizos caía sobre sus hombros, deslizándose entre los pliegues del velo como un rayo de sol que atraviesa las nubes, y en el cerco de sus pestañas rubias brillaban sus pupilas como dos esmeraldas sujetas en una joya de oro.

Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios se removieron como para pronunciar algunas palabras, pero sólo exhalaron un suspiro, un suspiro débil, doliente, como el de la ligera onda que empuja una brisa al morir entre los juncos.

—¡No me respondes! exclamó Fernando al ver burlada su esperanza; ¿querrás que dé crédito á lo que de tí me han dicho? ¡Oh! No… Háblame: yo quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo amarte, si eres una mujer…

—O un demonio… ¿Y si lo fuese?

El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió por sus miembros; sus pupilas se dilataron al fijarse con más intensidad en las de aquella mujer, y fascinado por su brillo fosfórico, demente casi, exclamó en un arrebato de amor:

—Si lo fueses… te amaría… te amaría como te amo ahora, como es mi destino amarte, hasta más allá de esta vida, si hay algo más allá de ella.

—Fernando, dijo la hermosa entonces con una voz semejante á una música: yo te amo más aún que tú me amas; yo, que desciendo hasta un mortal, siendo un espíritu puro. No soy una mujer como las que existen en la tierra; soy una mujer digna de tí, que eres, superior á los demás hombres. Yo vivo en el fondo de estas aguas; incorpórea como ellas, fugaz y trasparente, hablo con sus rumores y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al que osa turbar la fuente donde moro; antes le premio con mi amor, como á un mortal superior á las supersticiones del vulgo, como á un amante capaz de comprender mi cariño extraño y misterioso.

Mientras ella hablaba así, el joven, absorto en la contemplación de su fantástica hermosura, atraído como por una fuerza desconocida, se aproximaba más y más al borde de la roca. La mujer de los ojos verdes prosiguió así:

—¿Ves, ves el límpido fondo de ese lago, ves esas plantas de largas y verdes hojas que se agitan en su fondo?… Ellas nos darán un lecho de esmeraldas y corales… y yo… yo te daré una felicidad sin nombre, esa felicidad que has soñado en tus horas de delirio, y que no puede ofrecerte nadie… Ven, la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino… las ondas nos llaman con sus voces incomprensibles, el viento empieza entre los álamos sus himnos de amor; ven… ven…

La noche comenzaba á extender sus sombras, la luna rielaba en la superficie del lago, la niebla se arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos que corren sobre el haz de las aguas infectas… Ven… ven… estas palabras zumbaban en los oídos de Fernando como un conjuro. Ven… y la mujer misteriosa le llamaba al borde del abismo, donde estaba suspendida, y parecía ofrecerle un beso… un beso…

Fernando dió un paso hacia ella… otro… y sintió unos brazos delgados y flexibles que se haban á su cuello, y una sensación fría en sus labios ardorosos, un beso de nieve… y vaciló… y perdió pie, y cayó al agua con un rumor sordo y lúgubre.

Las aguas saltaron en chispas de luz, y se cerraron sobre su cuerpo, y sus círculos de plata fueron ensanchándose, ensanchándose hasta espirar en las orillas.

Tras la lectura de estas líneas, la conclusión es que  el hada ejerce sobre el incauto joven una poderosa influencia que enturbia su mente hasta tal punto que le lleva a la muerte….

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Bibliografía

-Becquer, Gustavo Adolfo «Rimas y leyendas»

-Ruiz Osuna, Pablo y Reñé Quilés, David «Guía de los seres mitológicos españoles»

-https://es.wikisource.org/wiki/Los_ojos_verdes

 

 

El lado oscuro de las hadas (parte 1)

El lado oscuro de las hadas (parte 1)

El lado oscuro de las hadas

Hasta la fecha, en este blog nos hemos centrado en el análisis de los atributos positivos de estas enigmáticas criaturas, pero rara vez hemos hecho mención al lado oscuro de estos personajes. Nos referimos a que, en los antiguos testimonios de encuentros con las hadas, encontramos referencias a prácticas antropófagas, rapto sexual, engaño, hipnosis, manipulación entre otros.

En ocasiones, el encuentro con el hada es absolutamente traumático para el contactado. Bien sea por el desasosiego que sufre con posterioridad o por que el hada decide retenerlo en sus dominios, lo cierto es que esa persona no vuelve a ser la misma.

Los protagonistas del rapto los encontramos entre toda la gama de personajes que pueblan la mitología: dioses olímpicos, divinidades menores, gigantes, ninfas, sátiros, centauros, héroes y mortales aunque algunas de ellas han alcanzado mayor popularidad y han sido objeto de múltiples representaciones iconográficas como el rapto de Europa o el rapto de Helena.

Es lógico pensar que este hecho del rapto, popularizado en la mitología, sea un reflejo de la situación real existente en las primitivas sociedades en las que la mujer o el muchacho joven, pues ambos son objeto del deseo según veremos, formaban parte del lote de la naturaleza de la que cualquier varón podía incautarse y las diferencias en los distintos casos estriban en los componentes
que acompañan a la acción como es la sorpresa, la astucia, la violencia, pasión, etc.

Un ejemplo de esto es el caso de Co. Wicklow cuando una niña desapareció durante tres días. Toda la comunidad la buscó por todas partes, buscando en los campos, zanjas y bosques, pero fue en vano. Cuando la niña finalmente reapareció, les contó a sus padres que había sido secuestrada por pequeños hombres de rojo. La niña logró superar su terrible experiencia, pero el lugar del secuestro fue registrado por los lugareños y conservado para asegurarse de que nadie más sufriera el mismo destino…

En nuestro libro Guía de lo seres mitológicos españoles  hemos recopilado un sinfín de relatos sobre encuentros peligrosos con las hadas… os invitamos a que descubráis que eran estos seres en realidad….

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Bibliografía

-Assela Alamillo EL RAPTO EN LA MITOLOGÍA CLÁSICA

-RUIZ OSUNA Pablo y REÑÉ QUILES, David «Guía de los seres mitológicos españoles»

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