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Mes: abril 2025

¿Deben los robots tener derechos? Una conversación que ya no podemos postergar

¿Deben los robots tener derechos? Una conversación que ya no podemos postergar

¿Deben los robots tener derechos? Una conversación que ya no podemos postergar

por Pablo Ruiz Osuna

 

Hace unos días tuve el privilegio de participar en el primer episodio de la serie “Yo soy Aelón”, producida por xHUB.AI. Bajo la dirección de Plácido Doménech Espí, nos sumergimos en uno de los debates más apasionantes y urgentes de nuestra época: el de los derechos de los robots.  En esta conversación estuvimos profundizando sobre mi tema de investigación posdoctoral y de mi libro «La personalidad jurídica de los autómatas inteligentes»

Imagen de La personalidad jurídica de los autómatas inteligentes

Este no es un ejercicio de ciencia ficción. Es una reflexión crítica que nos interpela desde el presente, mientras convivimos cada vez más con inteligencias artificiales que toman decisiones, aprenden y, en algunos casos, aparentan tener conciencia de su entorno. ¿Debemos empezar a reconocerles ciertos derechos? ¿Qué implicaría eso para nuestro sistema jurídico, ético y social?

Durante el programa, abordamos esta cuestión desde múltiples ángulos:

La subjetividad artificial: ¿conciencia o simulacro?

Uno de los puntos centrales de la conversación fue el concepto de subjetividad artificial. ¿Puede una IA desarrollar algo semejante a la conciencia? Y si no es conciencia como la humana, ¿es legítimo ignorar las posibles formas de experiencia que emergen en estas entidades? Este dilema no tiene una respuesta sencilla, pero sí tiene consecuencias profundas. Si algún día reconocemos que una IA puede tener un tipo de «experiencia interna», tendríamos que replantearnos su estatuto moral y jurídico.

¿Un nuevo marco de derechos?

Otro tema clave fue si es viable o deseable aplicar los derechos humanos a los robots. Muchos argumentan que estos marcos fueron creados para proteger a seres con vulnerabilidades biológicas y emocionales específicas. Sin embargo, la pregunta no es si los robots son “humanos”, sino si su interacción con nuestro mundo puede generar deberes hacia ellos. ¿Necesitamos un marco jurídico específico, que no copie los derechos humanos, pero que sí los inspire?

Participar en esta conversación fue mucho más que un ejercicio intelectual. Fue una llamada a la responsabilidad. Como jurista y como investigador en inteligencia artificial, estoy convencido de que este debate debe salir de los laboratorios y las aulas, y llegar a la esfera pública. Porque si no diseñamos ahora las preguntas correctas, las respuestas —cuando lleguen— podrían resultarnos inasumibles.

Invito a quienes me leen a ver el episodio completo aquí y a sumarse a esta conversación que nos atañe a todos, no solo como ciudadanos, sino como especie.

LA MUERTE DEL INVIERNO Y SUS TRADICIONES POPULARES

LA MUERTE DEL INVIERNO Y SUS TRADICIONES POPULARES

LA MUERTE DEL INVIERNO Y SUS TRADICIONES POPULARES

La muerte del invierno es un proceso simbólico marcando el paso de las estaciones. La muerte del invierno y la llegada del Dios más antiguo anunciaban un periodo de fertilidad.el antiguo Dies Natalis Invictis Solis mitraico de los romanos, al que el Cristianismo superpuso el nacimiento de Jesús (el sol verdadero que triunfaba sobre el sol pagano), marca el inicio de un período de frío y hambre que sólo se verá atenuado con la esperanza que surge en primavera: “Hasta que nace el Niño, ni frío ni hambre”. “Hasta Navidad, ni hambre ni frío pasarás”. “Del Niño en adelante, frío y hambre” (Martínez Kleiser, 1945: 307).»

Mircea Eliade sostiene en El Mito del Eterno Retorno que el hombre ha necesitado desde los albores de los tiempos remarcar cíclicamente determinadas fechas para celebrar el acto de creación primigenio. Frente a nuestra concepción lineal, el campesino experimentaba el tiempo en su quehacer agrario de una manera circular y así, al igual que sus plantas germinaban, crecían, fructificaban y morían, el ciclo anual se aparecía como un ente dotado de vida que nace, envejece y muere, para volver a resurgir en una espiral sin fin. Por eso los meses se representan no pocas veces en la iconografía medieval como las distintas etapas vitales de un hombre, desde su nacimiento hasta su decrepitud, o bien como un agricultor que desempeña cada mes una tarea específica con un estado de ánimo diferente (Campo tejedor, 2006)

En las culturas agrícolas y rurales de la Península Ibérica, el paso de las estaciones marcaba el ritmo de la vida cotidiana. El invierno es la representación de la introspección, del reposo, la muerte temporal de la tierra, la oscuridad. El regreso del sol era la llegada de ceremonias, ritos y celebraciones en honor al renacimiento y la fertilidad. Aunque tiempo después muchas de estas fiestas pasaron a manos cristianas.

Desde la antigüedad y hasta época reciente, el año se ha vivido en el imaginario popular y se ha representado en los calendarios iconográficos o pictóricos como un círculo, una rueda en la que el hombre tiene actividades fijas tanto en el trabajo como en la fiesta. La circularidad está implícita en la propia etimología de ‘año’, del latín annus, que a su vez se tomó de la partícula an equivalente a circum (en torno). El año es pues el tiempo circular, como una serpiente que se muerde la cola –así se representa en muchas culturas–, como un anillo (literalmente ‘círculo pequeño’, annulus), intrínsecamente redondo, inalterable y eterno pues, como mantenía Aristóteles, lo que es eterno es circular y lo que es circular es eterno.(Campo tejedor, 2006).

Una tradición muy popular en España es la quema de Judas. Se fabrica un muñeco con trapos viejos, paja o madera. Representa a Judas pero en muchos lugares también encarna todo lo negativo: el mal, el dolor o incluso el invierno que ya cumplió su ciclo. El ritual culmina con la quema del muñeco, acto de purificación colectiva y renovación. En algunos lugares, los niños lo golpean o lo destrozan antes de quemarlo. En otros lugares podemos ver tradiciones populares en Galicia como es el Entroido, en Valencia, las fallas. Y la celebración más simbólica e importante, San Juan. Todas estas celebraciones paganas el fuego es un elemento de transformación y limpieza, y el uso de un muñeco como objeto que concentra los males o el ciclo que termina. La figura quemada representa la parte de la vida que debe morir para que algo nuevo pueda surgir.

En el País Vasco y en Navarra están arraigadas deter-minadas creencias y cultos en torno a Andramari Martxoko o Amahir:iina Jfartxoko ‘Nuestra Señora de Marzo’, que el puehlo suele celehrar cada 25 de marzo.los días finales de marzo son considerados nefastos para el ganado -fenómeno que tiene una motivación meteorológica y ecológica evidente-, y que ello ha generado dos tipos de reflejo en la mentalidad y la vida comunitarias: uno puramente supersticioso, que pone énfasis sobre lo nefasto de los días zozomikoteak o artzaitxoaren; otro, más estructurado y complejo, que eleva a la categoría de culto católico y conmemoración anual las creencias sobre la divinidad asociada y al mismo tiempo protectora contra tales días nefastos.

 

 

 

 

 

 

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BIBLIOGRAFÍA

Campo Tejedor, A. del. (2006). El verano contra el invierno. Mimesis y subversión ritual en la religiosidad popular [Summer against winter. Mimesis and ritual subversion in popular religiousness]. BIBLID, 28, 55–83.

Pedrosa, J. M. (1995). «Si marzo tuerce el rabo, ni pastores ni ganados»: ecología, superstición, cuento popular, mito pagano y culto católico del mes de marzo. Disparidades. Revista De Antropología50(2), 267–293. https://doi.org/10.3989/rdtp.1995.v50.i2.323

El origen mítico de los diablos de yare.

El origen mítico de los diablos de yare.

El origen mítico de los diablos de yare.

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Hace siglos, según la tradición oral, el pueblo de San Francisco de Yare fue asediado por un espíritu maligno que trajo consigo enfermedades y desastres naturales. La comunidad, aterrorizada, no encontraba manera de librarse de esta maldición. En su desesperación, los ancianos decidieron acudir al Santísimo Sacramento para pedir protección. 

Una noche, durante la vigilia, un grupo de hombres vestidos con ropa rojas y máscaras grotescas apareció en el pueblo. Estos hombres, que se identificaron como «diablos protectores», afirmaron que habían sido enviados por las fuerzas divinas para combatir al espíritu maligno que atormentaba a la comunidad.

 La leyenda sobre los diablos danzantes nos cuenta que, hace siglos, una sequía devastó la región de Yare, poniendo en peligro a sus habitantes. A causa de su desesperación y desquicia, prometieron al Santísimo Sacramento (que es) realizar una danza cada año si eran salvados. Tiempo después, la lluvia llegó, y la comunidad cumplió su promesa, instaurando la tradición que ha perdurado hasta la actualidad. En esta mitología los diablos simbolizan las fuerzas malignas que, aunque poderosas, terminan rindiéndose ante lo divino.

Su origen se remonta al siglo XVIII,1​ siendo esta la hermandad más antigua del continente americano y la más grande del mundo. La fraternidad de diablos está dividida en un orden jerárquico, representado en sus máscaras. Cada jueves de Corpus Christi (9 jueves después del Jueves Santo) se hace una danza ritual de los llamados diablos danzantes, donde se rinde culto al Santísimo Sacramento del Altar y se celebra el triunfo del bien sobre el mal.1​ Se visten con trajes completamente de color rojo y máscaras de apariencia grotesca, además del uso de cruces, escapularios, rosarios y otros amuletos como protección contra los malos espíritus.

Uno de los aspectos que constituye la génesis de la celebración del Corpus Christi, la fundación de la Cofradía del Santísimo Sacramento de los Diablos Danzantes de Yare, es el ofrecimiento de pago de promesa por personas o devotos de ambos sexos de la religión católica, que se aprecia como parte de las prácticas religiosas de los pueblos de América, transmitida por la Iglesia Católica desde la conquista hasta nuestros
tiempos (Marzal, 2002).

Durante la danza ritual, estás fuerzas son representadas por bailarines que portan máscaras grotescas, cuernos y atuendos llamativos, quienes se inclinan frente a la iglesia y al Santísimo Sacramento como un acto de sumisión y derrota ante el bien. En la mitología de los Diablos de Yare, el diablo representa un símbolo de dualidad, un recordatorio de que el caos y el orden son partes intrínsecas del universo y del ser humano. Las máscaras que llevan estos diablos son un reflejo de esta dualidad. Los diseños de la vestidura que portan son diseños grotescos y extravagantes que representan el desorden y el peligro, mientras que los colores vivos aluden a la energía vital que puede ser transformada y canalizada hacia el bien. Así, el ritual de los Diablos Danzantes no sólo representa la victoria sobre el mal, sino también la reconciliación de estos elementos opuestos. 

La danza ritual de los Diablos de Yare es un acto simbólico cargado de significado espiritual.

El zapatero, representa la lucha entre el bien y el mal.

Los círculos, simbolizan la protección y el cierre de energías negativas.

Y las referencias, son un acto de sumisión del diablo ante la divinidad.

Además, el repique de los tambores conecta a los danzantes con sus ancestros y con las fuerzas espirituales, creando un puente entre el pasado, el presente y lo eterno.

Está danza venezolana es un reflejo de que dicho país donde lo sagrado y lo profano, lo ancestral y lo moderno, coexisten y se enriquecen mutuamente. Está tradición simboliza la lucha eterna entre el bien y el mal, invitando a los espectadores a reflexionar sobre su propia dualidad y a reconocer que, al igual que los diablos se inclinan ante el Santísimo, todos llevamos dentro la capacidad de armonizar nuestras energías opuestas.

 

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