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Mes: noviembre 2025

La verdad sobre los vampiros: lo que hay detrás del mito

La verdad sobre los vampiros: lo que hay detrás del mito

La verdad sobre los vampiros: lo que hay detrás del mito

Por Pablo Ruiz Osuna, escritor y folclorista

En el vídeo que comparto al final de esta entrada, «La verdad sobre los vampiros: el origen real», vuelvo sobre un tema que me acompaña desde hace años: esas criaturas que chupan sangre, salen de noche y se niegan a morirse del todo.

Como escritor y folclorista, llevo mucho tiempo rastreando este tipo de historias. En mi libro Guía de los seres mitológicos españoles ya dedico varias entradas a muertos inquietos, revenants y figuras “vampíricas” de nuestro propio folclore peninsular, que poco tienen que envidiar a Drácula. Y en distintas entrevistas y charlas —como mi participación en el programa 3×7 Cuadrado, o en otros podcasts sobre mitología y terror— siempre aparece la misma pregunta:

¿De verdad hubo “vampiros” o todo es literatura y cine?

La respuesta corta es: no hubo vampiros como los de Hollywood… pero sí hubo miedos, cadáveres sospechosos, enfermedades raras y mucha imaginación colectiva. Y de esa mezcla sale el monstruo.


Antes de Drácula: madres devoradoras y muertos inquietos

Cuando pensamos en vampiros solemos irnos directamente a Transilvania, pero el arquetipo es mucho más antiguo. En mis lecturas de fuentes clásicas, y también trabajando materiales para la Guía de los seres mitológicos españoles, aparecen varias figuras con rasgos “vampíricos”:

  • Lamia y las empusas griegas, demonios femeninos que devoran niños o seducen a hombres para alimentarse de ellos.

  • Las striges romanas, aves o mujeres brujas que chupan la sangre de los bebés.

  • En el folclore europeo medieval tenemos a los revenants: muertos que vuelven de la tumba para molestar a los vivos, contagiar pestes o, sencillamente, no estarse quietos.

En crónicas medievales, como las de Guillermo de Newburgh o Walter Map, ya aparecen relatos de cadáveres que salen del cementerio, apestan a corrupción y solo encuentran descanso cuando se les abre la tumba, se les corta la cabeza o se les atraviesa el pecho. Es decir: el kit vampírico ya estaba completo siglos antes de Bram Stoker.


El miedo se hace carne: “vampiros” históricos

Cuando preparo entrevistas o charlas sobre este tema suelo mencionar algunos casos que ayudan a entender por qué la gente creía (de verdad) que había vampiros:

  • Jure Grando, un campesino de Istria del siglo XVII, cuyo cadáver supuestamente se levantaba por las noches para perseguir a los vecinos. La solución fue abrir la tumba, cortarle la cabeza y clavarle una estaca.

  • Vlad Țepeș, el famoso “empalador”. No era un vampiro, sino un príncipe brutal en un contexto político muy complicado. Pero su fama de sanguinario, unida a su apellido “Drăculea”, inspiró a Stoker para construir a su conde.

  • Elizabeth Báthory, la llamada “condesa sangrienta”, acusada de torturar y asesinar a jóvenes. La leyenda dice que se bañaba en su sangre para conservar la juventud. No es exactamente un vampiro, pero su mito alimenta esa asociación entre aristocracia decadente, sangre y eternidad.

Cuando uno repasa estas historias con calma —como hice preparando mi libro y distintas entrevistas— se da cuenta de que el vampiro nace donde se cruzan violencia real, superstición y ganas de escandalizar al vecino.


Enfermedades que parecen sacadas de una película de terror

Otro aspecto que comento tanto en el vídeo como en mis proyectos de divulgación es el papel de ciertas enfermedades reales que, vistas con ojos pre-científicos, encajan demasiado bien con el arquetipo vampírico.

La más citada es la porfiria, un conjunto de trastornos metabólicos con síntomas muy llamativos:

  • Fotosensibilidad extrema: la luz del sol provoca ampollas, quemaduras y cicatrices.

  • Retracción de encías y coloración rojiza de los dientes, que hacen que sobresalgan como colmillos.

  • Piel pálida, anemia, debilidad…

Si unes alguien que huye del sol, tiene aspecto enfermizo, dientes inquietantes y una enfermedad misteriosa, el resultado, en una aldea del siglo XVIII, es bastante previsible.

A esto se suman otras posibles explicaciones:

  • La rabia, que provoca agresividad, hipersensibilidad a estímulos y miedo al agua.

  • La tuberculosis, con su combinación de palidez, pérdida de peso y sangre en la boca.

  • Los propios procesos de descomposición de un cadáver: cuerpos que parecen “crecer” en la tumba porque se retraen las encías y uñas, sangre líquida en la boca, gases que hacen gemir al cuerpo al pincharlo…

Todo eso, observado de noche, con una vela y muchas ganas de asustarse, termina dando lugar al diagnóstico más lógico de la época: “es un vampiro”.


Del folclore al icono pop

En mis investigaciones y en las entrevistas donde hablo de todo esto intento insistir en algo que a veces olvidamos: el vampiro literario es un refinado producto de la modernidad.

Primero llega el vampiro romántico de relatos como El Vampiro de Polidori; luego, a finales del XIX, Stoker publica Drácula, que mezcla folclore, medicina, viajes victorianos y mucho miedo a la sexualidad y a “lo extranjero”.

A partir de ahí, la criatura se convierte en icono cinematográfico: Nosferatu, Bela Lugosi, Christopher Lee… hasta llegar al vampiro adolescente, atormentado, glitter o superhéroe, según la década.

Cada época reinterpreta el mismo monstruo para hablar de sus propias obsesiones: el sexo, la aristocracia decadente, las enfermedades contagiosas, las adicciones, la explotación, la soledad…


España también tiene sus vampiros (aunque no los llame así)

En Guía de los seres mitológicos españoles me interesaba precisamente eso: recordar que no hace falta irse a Transilvania para encontrar figuras vampíricas. En distintos rincones de la península aparecen:

  • Brujas y meigas que “chupan” la energía o la salud de niños y ganado.

  • Muertos que vuelven a casa para exigir promesas incumplidas o reclamar justicia.

  • Espíritus familiares que se alimentan, simbólicamente, de la casa y de la familia a la que sirven.

Son relatos que, aunque no usen la palabra “vampiro”, comparten la misma intuición:

lo más inquietante no es lo que viene de fuera, sino lo que debería estar muerto… y no termina de irse.

En mis entrevistas suelo contar cómo muchas personas, al leer el libro o escuchar un programa, me escriben al blog para contar la historia del pueblo, de la abuela, del vecino que “se apareció” después del entierro. Es decir, el mito sigue vivo, solo que ahora lo canalizamos a través de podcasts, series y redes sociales.


Por qué me siguen fascinando los vampiros

Como folclorista, los vampiros me interesan menos como monstruos “reales” y más como espejos:

  • Nos hablan del miedo a la muerte, pero también del miedo a que otros vivan de nosotros.

  • Nos recuerdan que hemos utilizado la palabra “monstruo” para etiquetar a enfermos, marginados y disidentes.

  • Y muestran cómo una comunidad, cuando no comprende algo, construye una explicación sobrenatural muy coherente con sus valores y temores.

El vídeo que enlazo al final es, al fin y al cabo, una pieza más en ese trabajo de ir desentrañando capas: folclore, medicina, historia, literatura… Lo mismo que intento hacer en mis libros y en las entrevistas donde me invitan a hablar de estos temas.


Epílogo: matar al vampiro… o entenderlo

En los viejos relatos, la única forma de acabar con el vampiro era clavarle una estaca, quemarlo o decapitarlo. Hoy, el “ritual” es otro: conocer la historia, estudiar las enfermedades, revisar las fuentes, comparar tradiciones.

Pero hay algo que no cambia: seguimos necesitando historias de monstruos. Porque a través de ellos hablamos de lo que no nos atrevemos a decir directamente.

Si te interesan estas criaturas y su relación con otros seres del imaginario español, te invito a echar un vistazo a mi Guía de los seres mitológicos españoles y a las entrevistas y podcasts donde sigo explorando estos temas. Y, por supuesto, a ver el vídeo del programa, que fue el punto de partida de esta reflexión.

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¿Pueden los robots aprender ética? IA, alineamiento y el fantasma de la conciencia

¿Pueden los robots aprender ética? IA, alineamiento y el fantasma de la conciencia

¿Pueden los robots aprender ética? IA, alineamiento y el fantasma de la conciencia

En este episodio de 3×7 Cuadrado nos metemos en el corazón de un debate que ya no es de ciencia ficción: la Inteligencia Artificial ha dejado de ser un truco de laboratorio para convertirse en una tecnología cotidiana que escribe, conversa, resume, diseña y toma decisiones en contextos cada vez más complejos. A partir de ahí, abrimos tres preguntas que atraviesan todo el programa: qué significa que una IA sea “inteligente”, si puede (o debe) aprender ética y cómo alinearla con lo que realmente necesitamos.

Primero, aterrizamos el estado del arte. Hablamos de sistemas capaces de entender instrucciones en lenguaje natural, razonar a varios pasos y trasladar ese “razonamiento” a acciones prácticas: desde asistentes que redactan y planifican hasta robots que perciben el entorno y manipulan objetos con soltura creciente. Pero la clave no es solo “lo que hacen”, sino cómo lo aprenden: por datos, por refuerzo, con ejemplos humanos… y ahí asoma el primer reto ético.

La segunda parada es lo que llamamos la ética de las máquinas. ¿Cómo se “enseña” moral a un sistema que no siente ni sufre? Exploramos tres vías complementarias:

  1. Reglas y límites (lo normativo): marcos de seguridad, transparencia y trazabilidad para que el sistema sepa qué no debe hacer.

  2. Preferencias humanas: entrenar con feedback para que aprenda a elegir opciones más justas, útiles y menos dañinas, incluso cuando no hay una única respuesta correcta.

  3. Contexto y responsabilidad: diseñar con el humano “en el circuito” (supervisión real) y con auditorías que detecten sesgos y errores antes de que los sufran personas de carne y hueso.

Luego entramos en el terreno del alineamiento: que la IA optimice de verdad nuestros objetivos y no un sustituto torcido. Damos ejemplos cotidianos (pedimos “maximiza la productividad” y termina presionando comportamientos indeseables, o pedimos “minimiza el error” y excluye a minorías). La solución pasa por definir bien el objetivo, probar en escenarios adversos, medir impactos y—muy importante—permitir correcciones rápidas cuando algo sale mal. La ética, aquí, no es un adorno; es ingeniería de requisitos humanos.

¿Y la gran pregunta? ¿Son inteligentes? ¿Pueden tener una pequeña conciencia? Distinguimos entre competencia (hacer bien tareas), comprensión (sostener explicaciones coherentes) y conciencia (experiencia subjetiva). Hoy no hay pruebas de que las máquinas sientan; lo que vemos es comportamiento que imita rasgos de la inteligencia. Aun así, advertimos: si los sistemas muestran conductas cada vez más “intencionales”, necesitaremos criterios claros para tratarlos y gobernarlos, porque las consecuencias sociales y legales son reales aunque la conciencia no lo sea.

Para cerrar, conectamos con lo que nos toca como sociedad: riesgos (sesgos, desinformación, dependencia), oportunidades (acceso a justicia, educación personalizada, ciencia acelerada) y una hoja de ruta con sentido común: diseño responsable, evaluación continua, derechos y garantías para las personas, y una alfabetización digital que nos permita usar la IA sin ser usados por ella.

Si te interesa entender qué puede hacer ya la IA, cómo se educa en ética y qué hay de cierto en el mito de la “conciencia de las máquinas”, este episodio es para ti. Dale al play y cuéntame: ¿qué te inquieta más—que la IA no sea lo bastante inteligente… o que lo parezca demasiado?

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