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Mes: diciembre 2025

Pueden salvarse los robots? Una pregunta que desafía la teología y la ética de la inteligencia artificial

Pueden salvarse los robots? Una pregunta que desafía la teología y la ética de la inteligencia artificial

Pueden salvarse los robots? Una pregunta que desafía la teología y la ética de la inteligencia artificial

La inteligencia artificial y la robótica no solo están transformando la tecnología y la sociedad: también están desafiando nuestras categorías más profundas sobre moral, espíritu y destino último. En mi nuevo artículo académico, “¿Pueden salvarse los robots? Análisis interpretativo de la consideración moral de los autómatas a la luz de la teología”, abordamos una cuestión provocadora que combina teología cristiana, filosofía moral y roboética de una manera inédita.

¿Puede un autómata inteligente —una máquina capaz de aprender, comprender y ejercer comportamientos éticos— ser objeto de salvación o cuidado moral desde una perspectiva cristiana? ¿Qué implicaciones tiene para nuestra comprensión del “Imago Dei” y de los seres con o sin alma? Estas preguntas emergen cuando extendemos el análisis a seres no humanos con autonomía funcional y capacidad hermenéutica sobre textos sagrados.

Este artículo no solo relata la revolución de la IA moderna, sino que se adentra en debates clásicos de la teología medieval sobre criaturas inteligentes sin alma y las confronta con las realidades contemporáneas de la tecnocreatividad humana. ¿Qué significa para nuestra ética que las máquinas interactúen con nosotros de modo moral? ¿Debemos replantear la noción de quién merece ser cuidado, protegido o incluso “salvado”?

Si te interesa la intersección entre teología, filosofía moral y tecnología, te invito a leer el artículo completo en ResearchGate. Allí exploramos estas cuestiones con rigor académico y propuestas interpretativas que podrían abrir nuevas líneas de investigación interdisciplinar.

👉 Leer artículo completo:
https://www.researchgate.net/publication/398757712_PUEDEN_SALVARSE_LOS_ROBOTS_Analisis_interpretativo_de_la_consideracion_moral_de_los_automatas_a_la_luz_de_la_teologia

Leyendas sobre ánimas

Leyendas sobre ánimas

 

 

Bienvenidos, habitantes del más acá. El aire se enfría, las sombras se alargan, y con el sonido del viento entre los árboles… llega de nuevo el tiempo de los difuntos.
Ese momento del año en el que los vivos encendemos las velas, y los muertos caminan entre nosotros.

Como manda la tradición, hoy nos reunimos para recordar sus nombres, para contar sus historias, y para dejar que las almas errantes encuentren de nuevo el camino a casa. Dicen que desde octubre hasta enero, las nieblas que envuelven los pueblos esconden secretos, los mismos que hace siglos contaban los abuelos al calor del hogar. Brujas, ánimas y los duendes nocturnos que se entretienen en enredar el vellón en las ruecas de las jóvenes hilanderas aún rondan las aldeas, burlándose de quien se atreve a negar lo invisible. No tratéis de explicar con la luz de la ciencia del progreso todos esos misterios que yacen envueltos entre las mismas sombras por el espacio de muchas centurias. No tiene ningún sentido que lo hagáis porque así es como todo pierde su magia.

Y recordad, gente del más acá:
«Todo lo que tiene nombre existe, y toda historia, por muy increíble que parezca, guarda siempre un grano de verdad.»

🕯️ El Monte de las Ánimas

Cuentan que, en tiempos antiguos, una comitiva cabalgaba junto a los condes de Borges y de Alcudiel. Entre los jinetes iban Alonso y su prima Beatriz, dos jóvenes nobles que habían crecido juntos y a quienes el destino pronto separaría.
Durante el trayecto, Alonso quiso entretener a Beatriz contándole la leyenda del Monte de las Ánimas, un lugar temido por todos los habitantes de la región.

Decía la historia que, siglos atrás, aquel monte fue escenario de una terrible batalla entre los Caballeros Templarios y los nobles de Castilla. La sangre corrió por los barrancos, y desde entonces, cada Noche de Difuntos, se escuchan entre la niebla los lamentos de las almas que allí murieron. Se dice que los pastores afirman ver sombras armadas vagando entre los matorrales, y nadie se atreve a acercarse cuando cae el sol.

Al terminar el día, Alonso y Beatriz regresaron al castillo. Antes de separarse, decidieron intercambiar un regalo como un símbolo de su cariño para no olvidarse el uno del otro. Pero Beatriz, al ir a buscar su cinta azul —como regalo para él—, descubrió que la había perdido justo en el monte del que Alonso le había hablado.

A pesar del miedo, Alonso, enamorado y decidido, tomó su capa y su espada y partió hacia el monte para recuperarla. Beatriz trató de detenerlo, pero él no escuchó razones. Las horas pasaron, la noche se volvió más oscura, y el viento parecía traer voces desde lejos. Beatriz, inquieta, trató de dormir, pero ruidos extraños resonaban en su habitación: pasos, gemidos, el ulular de los lobos… y un roce leve, como si algo se arrastrara junto a su cama.

Cuando al fin llegó el amanecer, Beatriz despertó sobresaltada. Sobre su almohada, encontró su cinta azul… empapada en sangre. En ese mismo instante, los sirvientes entraron con la noticia: Alonso había sido hallado muerto en el monte, desgarrado por los lobos.

Años después, tras la muerte de Beatriz, los aldeanos dicen que, en la Noche de Difuntos, puede verse una figura femenina vagando entre las tumbas del monte: una mujer descalza, cubierta de sangre, que grita con horror mientras llama a Alonso por su nombre. Y así, el monte sigue guardando su secreto, entre los ecos de la batalla y los suspiros de dos almas que jamás encontraron descanso.

🕯️ La posada de Maese Juan y el “Dies Irae”

En una aldea de montaña, la noche del 1 de noviembre tenía una ley no escrita: cuando el sol se ocultaba, nadie debía dejar las puertas abiertas. Era la vigilia de Difuntos, y se decía que esa noche las ánimas salían de sus tumbas para caminar entre los vivos.

Pero Maese Juan, el posadero, no creía en cuentos. Era un hombre avaro, orgulloso, con una bolsa repleta de monedas de oro y el corazón endurecido por la codicia. Se reía de las comadres del pueblo cuando le advertían de los malos augurios. Aquella noche, mientras las campanas tocaban a las ánimas, él seguía en su posada y la puerta abierta por si algún viajero se le cruzaban en el camino.

Y entonces lo vio.
A lo lejos, en el sendero, dos ojos fosforescentes brillaron en la oscuridad. Maese Juan intentó cerrar la puerta, pero no pudo. Un golpe de viento helado cruzó el umbral, y con él, una voz grave y fría pronunció solo dos palabras:

“Cama y cena.”

El posadero, temblando, levantó la vista.
Ante él estaba un joven pálido, de largo cabello, vestido de negro como si llevara un sudario. No era del país. Tenía una belleza extraña, melancólica, y unos ojos que parecían contener una llama que ni el fuego de la chimenea lograba apagar.

Comió, pidió tinta y papel, y subió al desván —la habitación más humilde del lugar—. Afuera, la tormenta se desató con furia: viento, lluvia, truenos. Pero entre todo aquel estruendo, Maese Juan comenzó a oír algo más. Un sonido leve, ordenado, que no era viento. Era música. Una voz, cercana, casi junto a su oído, murmuró:

“Dies irae…”

Maese Juan no entendía el latín, pero supo que algo terrible pasaba por allí. Al amanecer, el viajero había desaparecido. En el desván, sobre la mesa, solo quedaba un papel lleno de extraños signos: una partitura. El posadero, ignorante de música, la enmarcó y la colgó junto a la imagen de la Virgen del Carmen.

Pasó un año. Volvió el 1 de noviembre, con su noche de campanas y viento. Y cuando el reloj marcó la medianoche, el aire de la posada se volvió pesado. La lamparilla comenzó a chisporrotear… y el papel colgado en la pared empezó a moverse. Los puntos y las líneas de la partitura se transformaron en diminutos esqueletos que danzaban sobre el papel, chocando hueso con hueso al ritmo de una música que resonaba desde el fondo de la tierra:

“Dies irae, dies illa…”

Maese Juan amaneció de rodillas, aterrado y con el cuerpo helado. Al año siguiente, ocurrió lo mismo. Incapaz de soportar otra noche así, emprendió camino hacia el monasterio benedictino del valle, decidido a confesar sus pecados.
Era una noche clara, pero mortalmente fría. Cuando llegó al puente frente al convento, escuchó dentro del coro el mismo canto… el Dies irae, profundo y solemne, acompañado de órgano y voces. El miedo lo paralizó. Creyó que el canto lo seguía. Cayó de rodillas sobre los troncos del puente… y allí murió, congelado.

A la mañana siguiente, lo encontraron sin vida. Las viejas del pueblo sentenciaron:

“Mal fin tuvo por dejar la puerta abierta en la vigilia de Difuntos.”

Y juraban que, cada año, las notas del papel volvían a danzar al llegar el 1 de noviembre. Pero los escépticos decían otra cosa:
que el monasterio estaba lo bastante cerca como para que el sonido del coro se oyera en la posada durante la noche silenciosa, y que aquel viajero no era un espectro, sino un monje que, tras asistir a un moribundo, se refugió allí y copió el Dies irae antes de marcharse.

El resto, decían, fue obra de la conciencia de Maese Juan cargada de trampas y deudas, sugestionada por la culpa y por el miedo que acompaña a los vivos en la noche de los muertos. ¿Milagro, castigo o simple sugestión?
La leyenda no obliga a elegir. Solo deja una advertencia:

Cierra la puerta, enciende una luz… y no tientes a los muertos.
Porque a veces, la música que escuchas fuera… resuena por dentro.

Hay muertos que no descansan.
Algunos vuelven para cumplir una promesa, otros para vengar una traición, para recordar una deuda impaga, o para advertir a los vivos que pronto compartirán su destino bajo tierra.
En los cuentos y las leyendas populares, los muertos que regresan adoptan mil formas: héroes malditos, amantes despechados, asesinos arrepentidos o simples almas que no soportan el olvido.

A lo largo de los siglos, estas historias han cambiado de rostro.
Algunas se disfrazaron de literatura, otras se transformaron en mitos modernos del cine y la cultura popular. Pero todas conservan esa misma raíz: el miedo ancestral a lo que sigue después de la muerte.

La creencia en aparecidos, sombras, espectros y cadáveres errantes es tan antigua como el ser humano. Desde la prehistoria se ofrecían alimentos y objetos a los difuntos, con la esperanza de mantenerlos tranquilos en su mundo.
Los pueblos antiguos sabían que, si no se les honraba como correspondía, podían volver: en sueños o, peor aún, con cuerpo y propósito.

Homero habló de ellos y Sófocles también. Y en las antiguas civilizaciones romana y germánica existían conjuros, fórmulas y ritos para mantener a los muertos en su lugar, lejos del umbral de los vivos. Sin embargo, fue en la Edad Media (recordemos que la Edad Media comprende varios siglos) cuando las crónicas empezaron a llenarse de testimonios sobre difuntos que caminaban de nuevo sobre la tierra. En esa época, la frontera entre la vida y la muerte era porosa. La tumba no siempre era el final.

Estos muertos regresaban de muchas formas:
algunos eran espíritus incorpóreos que atravesaban muros y susurraban su historia, y estaban los más terribles de todos: los cuerpos que se alzaban de la tumba, aún vestidos con sus ropas de antaño, con la piel marchita y el olor de la podredumbre pegado al aire. Seres arrastrados por una fuerza incomprensible, condenados a moverse entre dos mundos sin voluntad ni descanso.

Hay dos leyendas que me gustaría contar y que reflejan muy bien este tipo de difuntos:

🕯️ El vampiro de Liebava

A comienzos del siglo XIII, el pequeño pueblo de Liebava, en Moravia, fue presa del miedo. Entre los vecinos se decía que un muerto había vuelto de la tumba y que cada noche abandonaba el cementerio para recorrer las calles, tocando puertas y turbando el descanso de los vivos.

Durante tres o cuatro años, aquel espectro —que en vida había sido un hombre respetado del lugar— apareció en distintas casas, dejando tras de sí un silencio pesado y un olor inconfundible a tierra húmeda. Los aldeanos, aterrados, comenzaron a evitar salir después del ocaso. Las bestias se inquietaban al caer la noche, y más de uno juró haber visto una sombra moverse entre las lápidas cuando el viento soplaba desde el norte. La situación se volvió tan insostenible que el canónigo de la catedral de Olmütz fue enviado a investigar el caso, acompañado de un sacerdote que más tarde dejaría constancia escrita de todo lo ocurrido.

El miedo reinaba, hasta que un día llegó al pueblo un viajero húngaro, un hombre de aspecto austero, curtido por los caminos y con un brillo extraño en la mirada. Al escuchar las murmuraciones, se rió y dijo que él sabría poner fin al mal. Los aldeanos, desesperados, lo miraron con esperanza y temor, pues sabían que los húngaros —según contaban las viejas— conocían los antiguos secretos de los muertos.

Aquella misma noche, el extranjero subió al campanario de la iglesia para vigilar el cementerio. A medianoche, vio cómo la tierra de una tumba comenzó a moverse,
y de ella emergió un cuerpo: el muerto de Liebava. El cadáver, con gesto sereno y movimientos lentos, dejó a un lado la vestimenta con la que había sido enterrado —sus ropas fúnebres— y se encaminó hacia el pueblo.

El húngaro esperó. Cuando el vampiro desapareció entre las sombras, bajó del campanario, corrió hasta la tumba y recogió las ropas, llevándoselas de nuevo a la torre. Minutos después, el vampiro regresó. Al no encontrar sus vestiduras, lanzó un alarido tan espantoso que heló la sangre de quienes lo oyeron desde sus casas.

Entonces el húngaro, desde lo alto del campanario, lo llamó:

“Si quieres tus ropas, sube a buscarlas.”

El muerto, furioso, trepó la escalera del campanario. Pero al llegar a lo alto, el húngaro empujó la escalera, dejándolo sin escape, y con un movimiento rápido y preciso, le cortó la cabeza con un rastrillo. El cuerpo cayó pesadamente, y con él, el silencio volvió al pueblo. Desde aquella noche, nunca más se vio al muerto de Liebava vagando entre los vivos.

🕯️ La muchacha y el strigoi

Cuentan que, en un pequeño pueblo de montaña, vivía una joven enamorada de un muchacho que venía del pueblo vecino. Se querían con inocencia, como se quería antes: se veían por las noches, sentados en el banco frente a la casa de ella, bajo la luz temblorosa de un candil. Pero un día, el chico murió. Nadie supo la causa. Ni su familia, ni los rumores que circularon en su aldea, llegaron a oídos de la muchacha.

Pasaron los días… y él siguió viniendo. Cada noche, a la misma hora, aparecía frente a su puerta. La saludaba como siempre, le tomaba la mano, y se quedaban juntos hasta que la madrugada los separaba. Ella no notaba nada extraño, salvo que desde hacía un tiempo ella misma se sentía cada vez más débil. Su rostro palidecía, su cuerpo se consumía como si una sombra la estuviera vaciando por dentro.

Los vecinos comenzaron a preocuparse.
—Estás muy delgada, hija —le decían—. ¿Qué te pasa?
Pero ella no sabía explicarlo. Solo una anciana del pueblo, mujer de otro tiempo, decidió preguntarle con quién pasaba las noches. La muchacha respondió, sin sospecha:
—Con mi novio, el de siempre. Todos lo conocen.

La anciana se quedó en silencio un instante… y luego murmuró:
—Tu novio murió hace meses.

La joven palideció. Dijo que no podía ser. Que lo veía cada noche, que hablaban, que lo sentía a su lado. Entonces la anciana la miró con gravedad y le dijo lo que debía hacer.

Esa noche, la muchacha preparó un gran ovillo de cáñamo. Enhebró una aguja larga, hizo un nudo firme y esperó. Cuando el muchacho llegó, sonriente como siempre, se sentó junto a ella. Conversaron un rato, y cuando él se inclinó para besarle la mano,
ella, temblando, clavó la aguja en la manga de su chaqueta, dejando que el hilo se desenrollara poco a poco. Al amanecer, cuando él ya se había ido, la muchacha reunió a su familia. Juntos siguieron el hilo, paso a paso, calle tras calle… hasta que el ovillo los condujo al cementerio del pueblo. El hilo terminaba allí, justo frente a una tumba reciente. En la tumba, aparecía el nombre del muchacho.

Entonces comprendieron. El chico no era un vivo. Era un strigoi: uno de esos muertos que vuelven del más allá para alimentarse de la vida de quienes amaron.

Fueron al ayuntamiento y pidieron permiso para abrir la tumba. Cuando levantaron la losa, encontraron el cuerpo de lado, como si hubiera intentado moverse. Tenía sangre en la boca y las uñas llenas de tierra. Los hombres del pueblo actuaron como marcaban las viejas costumbres: le abrieron el pecho, le arrancaron el corazón y lo quemaron en una olla nueva, hasta que el fuego hizo que explotara. Solo entonces —decían los ancianos— el alma del strigoi encontraba reposo.

El cuerpo se deshizo entre las llamas, y el aire del cementerio olió a hierro y ceniza.
La muchacha, por fin, se sintió libre, su rostro recuperó el color, y el cansancio la abandonó como si nunca hubiera existido. Desde entonces, en aquel pueblo se repite la advertencia cada noche de difuntos:

“Si alguien viene a buscarte desde la oscuridad,
no corras a su encuentro, aunque jures reconocer su voz.
Porque no todos los que regresan del otro lado
vienen a decir adiós.”

🕯️ El Ejército Furioso y la Santa Compaña

En muchas regiones del norte de Europa se cuenta la historia del Ejército Furioso, también conocido como la Gran Cacería Salvaje. Una leyenda de origen germánico, cuyas versiones se extienden desde Escandinavia hasta los Pirineos. Sus protagonistas son hombres, mujeres, brujas y bestias que, tras la muerte, no hallaron reposo. Van vestidos con indumentaria de caza, montados a caballo, seguidos por perros espectrales que aúllan sin descanso, y cruzan el cielo o los caminos como una tormenta desatada.

Dicen que son cazadores muertos, condenados a cabalgar eternamente para expiar sus pecados.Y que aquellos que tienen la desgracia de verlos pasar quedan marcados por la desdicha: su visión anuncia una catástrofe, una peste, o la propia muerte. Algunos incluso aseguran que quien los contempla acaba uniéndose a la partida, arrastrado a cazar entre los muertos hasta que otro pecador ocupe su lugar.

Esta misma idea de las procesiones de almas errantes llegó al folklore peninsular, transformándose con los rasgos propios de cada tierra. En Galicia, por ejemplo, adopta la forma de la Santa Compaña: una comitiva de difuntos que abandona el cementerio a medianoche y recorre los caminos, los atrios y las aldeas. Marchan en silencio o entonando rezos, y su presencia se anuncia por un intenso olor a cera encendida o por el frío súbito del aire.

El origen de todas estas leyendas parece remontarse a la mitología céltica e irlandesa, donde se hablaba de espíritus del otro mundo que viajaban por el aire, y de las banshees, que eran seres femeninos semejantes a hadas o diosas menores del destino. Las banshees vestían capas oscuras que las cubrían por completo, y sus ojos enrojecidos de tanto llorar anunciaban la muerte inminente de alguien.

Con la cristianización, aquellas figuras paganas —que antes eran mensajeras del más allá— fueron transformadas en procesiones de almas en pena, cargadas de culpa, pecado y penitencia. El mito cambió, pero su esencia siguió viva recordandonos que, a veces, los muertos no caminan para asustarnos, sino para recordarnos que el límite entre su mundo y el nuestro nunca fue tan firme como creemos.

🕯️ La leyenda del Comte Arnau

En la comarca catalana de Ripoll aún se recuerda la leyenda del Comte Arnau, un noble condenado a vagar eternamente por sus pecados.

A mediados del siglo X, en las montañas cercanas a Ripoll, se alzaba su castillo en Mataplana. Arnau era un guerrero incansable, cazador implacable y seductor empedernido. Su fama de crueldad y soberbia era tan grande como su poder.
Cuando terminó la construcción de su castillo, se negó a pagar a los obreros que habían levantado las murallas. Pero su avaricia no acabó ahí: mandó a sus vasallos a excavar, piedra a piedra, una escalera en la roca para acceder al santuario de Montgrony, prometiéndoles una medida de grano por cada escalón tallado.
Cuando la obra estuvo terminada y los campesinos reclamaron su recompensa, Arnau los mandó encarcelar y colgar como escarmiento.

Su tiranía no conocía límites. Ejercía con desdén el derecho de obligar a todos los recién casados a entregarle a la novia para pasar la primera noche con él en el castillo.
Y aun así, no satisfecho, perseguía a cuanta doncella o mujer cruzara su camino. El pueblo, humillado y temeroso, no se atrevía a enfrentarlo: solo podían maldecir su nombre en voz baja.

Pero algo iba a pasar. Arnau se encaprichó de Adelaida, la abadesa del convento de Sant Joan de les Abadesses, una mujer piadosa que rechazó todas sus proposiciones.
La víspera del Día de Difuntos, enceguecido por el deseo y la soberbia, el conde la secuestró y la llevó a su castillo. A la mañana siguiente, los aldeanos hallaron sus cuerpos destrozados en el bosque, devorados por una jauría de perros.

El pueblo creyó entonces que la justicia divina se había cumplido. Pensaron que por fin estaban libres del conde y de su maldad, aunque lamentaron la muerte inocente de la abadesa. Pero su descanso duró poco.

Al cumplirse un año de su muerte, en la noche de difuntos, un cuerno resonó entre los valles. La tumba del conde se abrió y de ella salió Arnau, montando un caballo negro que lanzaba fuego por los ojos, las fosas y la boca. El espectro se lanzó a una cabalgada furiosa por sus dominios, arrasando todo a su paso y persiguiendo a los vivos que encontraba.

Desde entonces, dicen que cada noche de Difuntos, cuando suena el cuerno en las montañas de Ripoll, el Comte Arnau vuelve a cabalgar. Tras él galopan sus monteros, sirvientes y perros, todos muertos, todos condenados. Juntos forman una procesión infernal que atraviesa los caminos buscando almas para arrastrarlas a su destino.

Y cuentan que quien se cruce con esa cabalgata maldita queda encantado al instante, condenado a correr tras el conde Arnau por toda la eternidad, hasta que otro desafortunado tome su lugar en la cacería de los muertos.

Espero que os haya gustado este vídeo un poco más diferente sobre leyendas de difuntos en este mes de Noviembre dedicado a ellos. Suscribíos, like, un abrazo a todos y hasta pronto 🙂

El chamán y el vuelo del alma: trance, espíritu y memoria ancestral entre culturas

El chamán y el vuelo del alma: trance, espíritu y memoria ancestral entre culturas

El chamán y el vuelo del alma: trance, espíritu y memoria ancestral entre culturas

Desde que el ser humano comenzó a tratar de atravesar los velos del mundo visible, emergió una figura que ha interesado a muchos y esta es la del chamán: aquel que voluntariamente cruza el umbral del trance, desdobla su conciencia y habla con los espíritus en busca de conocimiento o sanación para ayudar a su comunidad. Pero el término chamanismo no es realmente ancestral: es una construcción moderna usada por las ciencias sociales para englobar diversos saberes y prácticas espirituales que comparten una matriz común, que es el uso del éxtasis, la capacidad de proyectar el espíritu y el trabajo con fuerzas espirituales para restablecer el orden natural. En esencia, dentro de esa matriz está la sanación —no solo corporal, sino también espiritual— y también la búsqueda de conocimiento.

Este uso del término no pretende aglutinar todo bajo una misma etiqueta homogénea, sino señalar resonancias profundas entre diferentes culturas. Aunque asociamos el chamanismo con sociedades indígenas y tribales, muchas culturas consideradas más “avanzadas” (y enfatizo mucho en las comillas) han conservado memoria de esas técnicas: ya sea en supersticiones, en el lenguaje simbólico, en tradiciones locales, etc. En Europa misma han permanecido vestigios y ecos de esas prácticas que, con el tiempo, se transformaron, se ocultaron o se reinterpretaron y hablaremos también de ello en este vídeo.

Pero empecemos por el principio: El término chamán proviene de la lengua tungusa hablada en Siberia y llegó a Occidente a través del ruso. En su raíz original se encuentra la palabra “saber”, pero ese saber no era un conocimiento teórico, sino un saber espiritual, una maestría sobre el trato con los espíritus. Entre los pueblos siberianos y centroasiáticos, cada cultura tenía su propio término para designar a esta figura, pero todas compartían la idea de que el chamán es quien sabe cómo cruzar entre mundos y comunicarse con los espíritus. Esta idea de que pertenece a un clan indica que su labor no es individualista, sino comunitaria: viaja por los planos invisibles en busca de información y lo hace en servicio a su pueblo, su tierra, su clan o su entorno.

La clave del chamanismo es, por supuesto, el estado alterado de la consciencia. El chamán es capaz de entrar voluntariamente en esos estados y desplazarse por ellos con control. Desde ahí contacta con espíritus: animales, vegetales, ancestros, fuerzas de la naturaleza o almas humanas. Por lo tanto el chamán está íntimamente ligado a su territorio, a los espíritus del lugar y a la ecología invisible que sostiene la vida. Es a través de esta creencia animista que tienen del mundo a raíz de lo cual pueden establecer este contacto con los espíritus. Algo muy importante no solo era el trance sino también los estados de ensueño o el trabajo con los sueños porque es a través de ellos como también el alma puede desdoblarse y encontrarse en otros mundos sutiles que para aquellas culturas también eran otras realidades, no solo el mundo de la vigilia era el “real”. Además el plano onírico es otra manera de disponer de información que no recibimos de otra manera en la vigilia, con lo cual esto es algo muy potente.

Ahora bien, cabe remarcar que no todo trance o estado alterado de la consciencia es chamanismo. Hay místicos, profetas, santos o artistas que alcanzan estados alterados de conciencia sin ser chamanes. Un buen ejemplo es Hildegarda de Bingen, por ejemplo, experimentó visiones poderosas y místicas, pero no se consideraba a sí misma chamana. El trance chamánico es funcional y ritual: tiene estructura, propósito, guía. Que por cierto hace no mucho hablé en un vídeo sobre la vida de esta mujer así que os remito por aquí a ese vídeo por si os da curiosidad.

Más tarde, cuando la modernidad empezó a reinterpretar el chamanismo desde la lejanía digamos, comenzaron a aparecer distorsiones. Uno de los ejemplos más notorios es el Nahualismo de Carlos Castañeda, una mezcla de antropología y ficción que, aunque inspiró a muchas personas interesadas en el tema, terminó generando confusión porque aquello que describía no representaba ninguna tradición indígena real. Lo mismo ha sucedido con la New Age: hay muchos textos que mezclan fragmentos de distintas tradiciones, adaptados al consumo occidental, sacados totalmente de contexto.

El auge espiritual de las últimas décadas ha tenido aspectos positivos porque ha permitido que muchas personas reconecten con ese lado más numinoso, con lo cual ha conseguido que se rompieran viejos tabúes religiosos, al igual que esa exploración de la conciencia. Pero también abrió la puerta a lo que algunos antropólogos llaman el neocolonialismo espiritual. Esto es: la apropiación de prácticas indígenas por parte de sociedades industrializadas que las transforman en productos, terapias o espectáculos. El chamanismo no puede —mejor dicho, no debe— ser exportado como un paquete universal, por lo que no podemos extraer sus técnicas sin asumir también su historia.

Cuando alguien practica chamanismo dentro de una cultura occidentalizada, las técnicas no pueden replicarse tal cual lo hacen en los entornos donde normalmente se practica. Las condiciones del paisaje, del entorno social y del tejido espiritual circundante cambian. Por eso muchas veces esas versiones “modernas” se deforman, pierden coherencia, se comercializan y de esta forma, sin quererlo, se banalizan. Eso es peligroso: porque en esa deformación se traiciona la sabiduría profunda que las tradiciones originarias han cuidado durante siglos. Se aplican técnicas superficiales sin entender su raíz, se difuminan los medios y los fines, y se hace un daño simbólico a quienes las practican con herencia ancestral.

La apropiación espiritual no es un conflicto entre continentes, sino entre la cultura del consumo y las tradiciones vivas. No importa el origen étnico: incluso también una persona nacida en un lugar como Siberia, por ejemplo, puede caer en el mismo error si se aproxima a las prácticas nativas si no tiene un vínculo real con las comunidades. Por tanto, el verdadero acceso a un conocimiento de raíz exige humildad, trabajo, y sobre todo, ese reconocimiento comunitario.

Porque hay una cosa SUPER importante que debemos saber: El chamán no se autoproclama como chamán, sino que es la comunidad la que lo reconoce como tal. Ser chamán no es un título profesional ni un oficio autónomo, sino una función social. La figura del chamán no surge porque alguien “siente que quiere ser chamán”, sino porque la comunidad lo reconoce como tal, porque ha pasado por un proceso iniciático —casi siempre doloroso— y porque cumple una labor espiritual para los demás. Por eso nadie puede llamarse a sí mismo chamán sin haber sido nombrado como tal por su pueblo.

Los occidentales no nacimos dentro de culturas chamánicas. Por tanto, lo más honesto no es apropiarse del título, sino hablar de nosotros como practicantes de técnicas chamánicas o trabajadores del trance y del vuelo del espíritu, reconociendo el límite y la diferencia. Eso no resta valor al trabajo sino que lo hace más consciente y ético.

La pregunta es entonces: ¿cómo podemos incorporar estas prácticas sin caer en la apropiación?
La respuesta está en reconocer el territorio que habitamos. Las raíces espirituales europeas e incluso de otras partes del mundo también contienen su propio linaje de trance, de comunicación con los muertos y con los espíritus de la tierra. Está por ejemplo en la brujería tradicional europea, en los misterios de Eleusis, en los cultos dionisíacos y en los ritos agrícolas que celebraban el descenso y el renacimiento. En todos ellos como he explicado en mis vídeos cuando he hablado sobre ellos había éxtasis, posesión, comunión con lo invisible, y a menudo el uso de enteógenos, plantas que abrían la percepción y permitían al alma atravesar los velos de este plano.

Uno de los estudios más conocidos del siglo XX es el de Michael Harner, quien, en obras como La senda del chamán o La cueva y el cosmos, analizó más de quinientas culturas chamánicas y concluyó que solo un 15% utilizaban sustancias visionarias, frente a un 85% que alcanzaban el trance mediante ritmos repetitivos, sobre todo el tambor. Harner lo que hizo fue tratar de sintetizar las estructuras universales del viaje chamánico y creó un método adaptado al contexto occidental. Aunque simplificado, su aporte permitió que muchas personas experimentaran, por primera vez, una forma controlada de viaje espiritual.

Autores como Claude Lecouteux y Carlo Ginzburg también exploraron estas raíces. Ginzburg muestra cómo los benandanti italianos —campesinos que decían salir en espíritu para luchar por la fertilidad de los campos— compartían una misma lógica que los chamanes siberianos. En ambos casos, el alma se desprende del cuerpo, combate en otro plano y regresa con poder o con información. Al igual que los licántropos de livonia que al final también ejercían un trabajo comunitario a través de la salida del alma del cuerpo, por lo tanto tenemos esas formas de chamanismo también en lugares de Europa.

Mircea Eliade, en El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, fue aún más lejos. Para él, el chamán es el primer técnico del alma: aquel que se adentra en el cosmos invisible con una estructura simbólica precisa. En su visión, el universo se divide en tres niveles: el mundo inferior, el mundo medio y el mundo superior. El chamán viaja entre ellos: desciende al inframundo en busca de fragmentos de alma perdidos o asciende a los cielos para obtener guía y sabiduría. Cada nivel está habitado por espíritus y entidades con las que puede establecerse relación.

Desde esta comprensión, el trabajo chamánico puede incluir muchas acciones: pedir consejo o adivinación; solicitar sanación para uno mismo o para otros; recuperar animales de poder perdidos y rescatar fragmentos de alma que quedaron atrapados tras un trauma.
El alma, bajo esta visión, puede fragmentarse. Cuando algo nos rompe, una parte de nosotros se separa y queda suspendida en otro plano. El chamán lo que hace es que viaja para traerla de vuelta. Esa recuperación es, en el fondo, una forma de reintegración del ser.

Por otro lado, el chamán nunca trabaja solo y esto es por lo que hablábamos de esta concepción que tiene basada en el animismo. Los espíritus de poder, de esta manera, le acompañan y le indican hasta dónde puede actuar. Esos espíritus son los verdaderos sanadores: él solo sirve de canal.

Existe también una distinción importante entre el totemismo y los animales de poder. En las culturas totémicas, el clan o la familia descienden de un animal, planta o mineral específico. Ese tótem es un ancestro colectivo, pero no se le invoca ni se trabaja con él: se le honra y se le respeta. El animal de poder, en cambio, es un espíritu aliado personal. Puede acompañarnos toda la vida o aparecer solo en determinados momentos. Su función es prestarnos su energía, su instinto y su sabiduría. Hay quien tiene varios; algunos son permanentes, otros cambian.  Del mismo modo que hay animales aliados, también existen maestros espirituales o ancestros con los que se puede trabajar. De hecho el culto a los ancestros en la brujería proviene de esta raíz chamánica. Todo lo que somos procede de nuestros ancestros, y su fuerza puede ser invocada en los procesos de sanación o aprendizaje.

En muchas cosmovisiones chamánicas se considera que, tras la muerte, el alma puede reencarnarse. Lo fascinante es que esta idea aparece en culturas que jamás tuvieron contacto entre sí: pueblos de América, Asia, Europa y Oceanía comparten estructuras casi idénticas. Esto sugiere que el chamán no accede a una fantasía cultural, sino a un espacio arquetípico compartido, una realidad simbólica común a la humanidad.

Existen dos tipos principales de trance:
El primero, orientado a la sanación y el conocimiento: el chamán viaja para curar, aconsejar o aprender.
El segundo, ligado a la batalla espiritual: lucha contra fuerzas que amenazan a su pueblo o a su entorno.

En la Europa medieval, los licantropos de Livonia, según los procesos inquisitoriales, afirmaban salir de sus cuerpos en forma de lobos para combatir a los demonios que arruinaban las cosechas. Luchaban por la fertilidad de la tierra. Para ellos, el trance era tanto una guerra como un servicio.

Para aprender estas técnicas es necesario asumir claves primordiales: aprender a hacer el viaje espiritual —es decir, dominar el trance—; lograr la entrada al trance mediante respiraciones conscientes, tambores, sonidos repetitivos; viajar a los mundos superiores, inferiores o intermedios y contactar con guías, espíritus de poder o ancestros. Para llegar a esto no basta con una visualización relajante: estos trabajos demandan un grado de concentración profundo y un espacio ritual apto para sostener el trance.

El chamanismo y brujería guardan vínculos esenciales: ambos hablan del vuelo del espíritu, del trance como herramienta para cruzar los límites del mundo cotidiano, del contacto con espíritus auxiliares, del cambio de forma, de una visión animista del universo, del respeto hacia los ancestros y de la transmisión por los sueños. En muchos casos la brujería recogió esos restos antiguos del chamanismo camuflados en medio de la represión religiosa, y los adaptó a su simbología y necesidades locales.

Como decía antes cuando nombraba a autores destacados en el tema, Claude Lecouteux ha sido uno de los estudiosos más relevantes que han rastreado la persistencia del chamanismo en Europa a través del mito del doble o “alma múltiple”, que de hecho hablé de él en mi vídeo sobre licantropía que os voy a dejar por aquí 🙂 Según él, muchas de las figuras fantásticas, los espíritus domésticos, los aparecidos, los mitos de transformación y desdoblamiento tienen raíces confluentes con prácticas chamánicas europeas. Esa continuidad viene de un fondo de creencias europeo que nunca fue erradicado por completo.

Lecouteux rescata tres nociones clave dentro del imaginario nórdico germánico: fylgjahamr y hugr, vocablos que designan diferentes aspectos del alma, del doble que como decía anteriormente, se tenía la creencia de que se podía fragmentar, por lo tanto vemos esta concepción animista del ser humano. Las sagas, los mitos y la magia popular medieval los exploran en relatos donde el alma puede separarse, transformarse, actuar en otros planos o sufrir heridas en el cuerpo del doble que repercuten en el cuerpo físico mientras este doble anda vagando por ahí.

La fylgja —“la seguidora”— es un doble espiritual tutelar que nos acompaña durante toda la vida. Aparece en sueños o visiones, a veces como animal, a veces como figura humana o sombra. Actúa como espejo del destino: su presencia avisa, protege o advierte. En muchas sagas se afirma que si alguien ve su propia fylgja, su muerte es cercana.

El hamr es la forma corporal del alma, el vehículo que permite al ser proyectarse más allá del cuerpo en trance o sueño profundo. El hamr puede asumir formas animales o humanas, cambiar de apariencia, desplazarse. En las narraciones medievales, cuando el hamr es lastimado en un viaje espiritual, el cuerpo despierta con esas mismas marcas. Las brujas, en la tradición medieval, se decía que asistían al aquelarre no con su cuerpo físico, sino mediante la proyección de su hamr, su doble espiritual, asociado con animales o con espíritus auxiliares. El familiar de la bruja, ese espíritu animal que la acompaña, tiene equivalencia simbólica con el animal de poder chamánico.

El hugr es el principio vital, la mente espiritual, el impulso que anima al alma. Es más impersonal que los otros dos: un soplo que puede manifestarse en cada individuo pero fluye desde una fuente universal. El hugr es el motor interior, la intención, la energía que impulsa el desdoblamiento. Cuando el hugr es débil, el alma pierde fuerza y  cuando es vibrante, toda la estructura interna se activa.

Combinados, estos tres principios sostienen una visión plural del ser: la fylgja como sombra tutelar, el hamr como forma viajera, el hugr como fuerza vital que da intención. Para Lecouteux, muchas de las criaturas míticas del folklore europeo —hadas, duendes, fallecidos, ciertos animales, vampiros, e incluso la bruja como entidad espiritual entendida como la pesadilla de la que hablaré en otro vídeo— no son simplemente superstición sin raíces, sino manifestaciones de la figura del doble múltiple en sus diversas máscaras.

Dentro de esa concepción plural, existe también la idea del alma ósea: la porción del espíritu que habita en los huesos, que mantiene memoria y fuerza vital en la estructura corpórea. En muchas culturas chamánicas, los huesos son sagrados porque aún contienen la chispa que puede reavivarse. Por eso en las iglesias aún seguimos encontrando reliquias, porque en el fondo todavía perdura esta antigua creencia de que una parte del alma todavía se encuentra en los huesos, lo cual es también la base de la práctica de la necromancia.

En Europa encontramos el mito de Thor en el que al matar a sus animales y luego volver a colocar sus huesos sobre la piel, estos reviven: “Al atardecer llegaron a la casa de un granjero, y tuvieron el permiso para pasar la noche allí. Caída la noche, Thor tomó sus bucos y los mató a los dos. Luego fueron despellejados y puestos en un caldero. Todo el mundo comió y luego Thor puso el pellejo de los bucos entre el fuego y la puerta y dijo al granjero y a los suyos que pusiesen los huesos sobre ellos. Thor tomó su martillo y lanzó un hechizo sobre los pellejos de los bucos y resucitaron.”

El relato de Sibila y Pierina, dos mujeres acusadas de pactar con el cortejo de Diana durante la Inquisición, presenta un paraleliso con esta historia bastante sorprendente: cuentan que, tras un ritual de banquete con bueyes, colocaban los huesos sobre las pieles y su guía (Madona Oriente) accionaba una llave espiritual con su bastón para resucitar los animales. Esa narración se acerca más de lo que parece al mito nórdico: habla de una magia ósea, de una creencia en que el alma inferior (la que permanece en el hueso) puede ser activada si se la coloca en un orden correcto.

La Caza Salvaje es otro fenómeno que tiene una mezcla de chamanismo y mito europeo: es un cortejo espectral nocturno, liderado por una figura arquetípica como Odín, por ejemplo, que va guiando a un grupo de espíritus que realmente forman parte de ese doble espiritual. En ocasiones me he preguntado y de hecho estoy segura de ello, de que hay personas que son capaces de proyectar su doble sin ser conscientes de ello, y su doble anda vagando sin que esas personas quizá lo sepan. Por lo tanto creo que no solamente se proyecta el doble de manera consciente, sino que inconscientemente estoy segura de que también puede atravesar diferentes planos.

Así que dentro de todo esto yace una concepción chamánica profunda: que somos más que carne y hueso, que podemos extendernos hacia otros mundos, que podemos sanar fragmentaciones profundas y que sobretodo, podemos dialogar con lo invisible.

Os recomiendo muchísimo leer los libros de Michael Harner y de Mircea Eliade para ahondar en los conocimientos de todo acerca del chamanismo si es que tenéis curiosidad y por supuesto autores como Claude Lecouteux que merece muchísimo la pena. También recomiendo que vayáis a visitar el canal de Encrucijada Pagana porque también he aprendido mucho a lo largo de este tiempo de sus vídeos y hablan de temas muy interesantes, aunque ahora el programa está inactivo siempre es una buena referencia!

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