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Leyendas sobre ánimas

Leyendas sobre ánimas

 

 

Bienvenidos, habitantes del más acá. El aire se enfría, las sombras se alargan, y con el sonido del viento entre los árboles… llega de nuevo el tiempo de los difuntos.
Ese momento del año en el que los vivos encendemos las velas, y los muertos caminan entre nosotros.

Como manda la tradición, hoy nos reunimos para recordar sus nombres, para contar sus historias, y para dejar que las almas errantes encuentren de nuevo el camino a casa. Dicen que desde octubre hasta enero, las nieblas que envuelven los pueblos esconden secretos, los mismos que hace siglos contaban los abuelos al calor del hogar. Brujas, ánimas y los duendes nocturnos que se entretienen en enredar el vellón en las ruecas de las jóvenes hilanderas aún rondan las aldeas, burlándose de quien se atreve a negar lo invisible. No tratéis de explicar con la luz de la ciencia del progreso todos esos misterios que yacen envueltos entre las mismas sombras por el espacio de muchas centurias. No tiene ningún sentido que lo hagáis porque así es como todo pierde su magia.

Y recordad, gente del más acá:
«Todo lo que tiene nombre existe, y toda historia, por muy increíble que parezca, guarda siempre un grano de verdad.»

🕯️ El Monte de las Ánimas

Cuentan que, en tiempos antiguos, una comitiva cabalgaba junto a los condes de Borges y de Alcudiel. Entre los jinetes iban Alonso y su prima Beatriz, dos jóvenes nobles que habían crecido juntos y a quienes el destino pronto separaría.
Durante el trayecto, Alonso quiso entretener a Beatriz contándole la leyenda del Monte de las Ánimas, un lugar temido por todos los habitantes de la región.

Decía la historia que, siglos atrás, aquel monte fue escenario de una terrible batalla entre los Caballeros Templarios y los nobles de Castilla. La sangre corrió por los barrancos, y desde entonces, cada Noche de Difuntos, se escuchan entre la niebla los lamentos de las almas que allí murieron. Se dice que los pastores afirman ver sombras armadas vagando entre los matorrales, y nadie se atreve a acercarse cuando cae el sol.

Al terminar el día, Alonso y Beatriz regresaron al castillo. Antes de separarse, decidieron intercambiar un regalo como un símbolo de su cariño para no olvidarse el uno del otro. Pero Beatriz, al ir a buscar su cinta azul —como regalo para él—, descubrió que la había perdido justo en el monte del que Alonso le había hablado.

A pesar del miedo, Alonso, enamorado y decidido, tomó su capa y su espada y partió hacia el monte para recuperarla. Beatriz trató de detenerlo, pero él no escuchó razones. Las horas pasaron, la noche se volvió más oscura, y el viento parecía traer voces desde lejos. Beatriz, inquieta, trató de dormir, pero ruidos extraños resonaban en su habitación: pasos, gemidos, el ulular de los lobos… y un roce leve, como si algo se arrastrara junto a su cama.

Cuando al fin llegó el amanecer, Beatriz despertó sobresaltada. Sobre su almohada, encontró su cinta azul… empapada en sangre. En ese mismo instante, los sirvientes entraron con la noticia: Alonso había sido hallado muerto en el monte, desgarrado por los lobos.

Años después, tras la muerte de Beatriz, los aldeanos dicen que, en la Noche de Difuntos, puede verse una figura femenina vagando entre las tumbas del monte: una mujer descalza, cubierta de sangre, que grita con horror mientras llama a Alonso por su nombre. Y así, el monte sigue guardando su secreto, entre los ecos de la batalla y los suspiros de dos almas que jamás encontraron descanso.

🕯️ La posada de Maese Juan y el “Dies Irae”

En una aldea de montaña, la noche del 1 de noviembre tenía una ley no escrita: cuando el sol se ocultaba, nadie debía dejar las puertas abiertas. Era la vigilia de Difuntos, y se decía que esa noche las ánimas salían de sus tumbas para caminar entre los vivos.

Pero Maese Juan, el posadero, no creía en cuentos. Era un hombre avaro, orgulloso, con una bolsa repleta de monedas de oro y el corazón endurecido por la codicia. Se reía de las comadres del pueblo cuando le advertían de los malos augurios. Aquella noche, mientras las campanas tocaban a las ánimas, él seguía en su posada y la puerta abierta por si algún viajero se le cruzaban en el camino.

Y entonces lo vio.
A lo lejos, en el sendero, dos ojos fosforescentes brillaron en la oscuridad. Maese Juan intentó cerrar la puerta, pero no pudo. Un golpe de viento helado cruzó el umbral, y con él, una voz grave y fría pronunció solo dos palabras:

“Cama y cena.”

El posadero, temblando, levantó la vista.
Ante él estaba un joven pálido, de largo cabello, vestido de negro como si llevara un sudario. No era del país. Tenía una belleza extraña, melancólica, y unos ojos que parecían contener una llama que ni el fuego de la chimenea lograba apagar.

Comió, pidió tinta y papel, y subió al desván —la habitación más humilde del lugar—. Afuera, la tormenta se desató con furia: viento, lluvia, truenos. Pero entre todo aquel estruendo, Maese Juan comenzó a oír algo más. Un sonido leve, ordenado, que no era viento. Era música. Una voz, cercana, casi junto a su oído, murmuró:

“Dies irae…”

Maese Juan no entendía el latín, pero supo que algo terrible pasaba por allí. Al amanecer, el viajero había desaparecido. En el desván, sobre la mesa, solo quedaba un papel lleno de extraños signos: una partitura. El posadero, ignorante de música, la enmarcó y la colgó junto a la imagen de la Virgen del Carmen.

Pasó un año. Volvió el 1 de noviembre, con su noche de campanas y viento. Y cuando el reloj marcó la medianoche, el aire de la posada se volvió pesado. La lamparilla comenzó a chisporrotear… y el papel colgado en la pared empezó a moverse. Los puntos y las líneas de la partitura se transformaron en diminutos esqueletos que danzaban sobre el papel, chocando hueso con hueso al ritmo de una música que resonaba desde el fondo de la tierra:

“Dies irae, dies illa…”

Maese Juan amaneció de rodillas, aterrado y con el cuerpo helado. Al año siguiente, ocurrió lo mismo. Incapaz de soportar otra noche así, emprendió camino hacia el monasterio benedictino del valle, decidido a confesar sus pecados.
Era una noche clara, pero mortalmente fría. Cuando llegó al puente frente al convento, escuchó dentro del coro el mismo canto… el Dies irae, profundo y solemne, acompañado de órgano y voces. El miedo lo paralizó. Creyó que el canto lo seguía. Cayó de rodillas sobre los troncos del puente… y allí murió, congelado.

A la mañana siguiente, lo encontraron sin vida. Las viejas del pueblo sentenciaron:

“Mal fin tuvo por dejar la puerta abierta en la vigilia de Difuntos.”

Y juraban que, cada año, las notas del papel volvían a danzar al llegar el 1 de noviembre. Pero los escépticos decían otra cosa:
que el monasterio estaba lo bastante cerca como para que el sonido del coro se oyera en la posada durante la noche silenciosa, y que aquel viajero no era un espectro, sino un monje que, tras asistir a un moribundo, se refugió allí y copió el Dies irae antes de marcharse.

El resto, decían, fue obra de la conciencia de Maese Juan cargada de trampas y deudas, sugestionada por la culpa y por el miedo que acompaña a los vivos en la noche de los muertos. ¿Milagro, castigo o simple sugestión?
La leyenda no obliga a elegir. Solo deja una advertencia:

Cierra la puerta, enciende una luz… y no tientes a los muertos.
Porque a veces, la música que escuchas fuera… resuena por dentro.

Hay muertos que no descansan.
Algunos vuelven para cumplir una promesa, otros para vengar una traición, para recordar una deuda impaga, o para advertir a los vivos que pronto compartirán su destino bajo tierra.
En los cuentos y las leyendas populares, los muertos que regresan adoptan mil formas: héroes malditos, amantes despechados, asesinos arrepentidos o simples almas que no soportan el olvido.

A lo largo de los siglos, estas historias han cambiado de rostro.
Algunas se disfrazaron de literatura, otras se transformaron en mitos modernos del cine y la cultura popular. Pero todas conservan esa misma raíz: el miedo ancestral a lo que sigue después de la muerte.

La creencia en aparecidos, sombras, espectros y cadáveres errantes es tan antigua como el ser humano. Desde la prehistoria se ofrecían alimentos y objetos a los difuntos, con la esperanza de mantenerlos tranquilos en su mundo.
Los pueblos antiguos sabían que, si no se les honraba como correspondía, podían volver: en sueños o, peor aún, con cuerpo y propósito.

Homero habló de ellos y Sófocles también. Y en las antiguas civilizaciones romana y germánica existían conjuros, fórmulas y ritos para mantener a los muertos en su lugar, lejos del umbral de los vivos. Sin embargo, fue en la Edad Media (recordemos que la Edad Media comprende varios siglos) cuando las crónicas empezaron a llenarse de testimonios sobre difuntos que caminaban de nuevo sobre la tierra. En esa época, la frontera entre la vida y la muerte era porosa. La tumba no siempre era el final.

Estos muertos regresaban de muchas formas:
algunos eran espíritus incorpóreos que atravesaban muros y susurraban su historia, y estaban los más terribles de todos: los cuerpos que se alzaban de la tumba, aún vestidos con sus ropas de antaño, con la piel marchita y el olor de la podredumbre pegado al aire. Seres arrastrados por una fuerza incomprensible, condenados a moverse entre dos mundos sin voluntad ni descanso.

Hay dos leyendas que me gustaría contar y que reflejan muy bien este tipo de difuntos:

🕯️ El vampiro de Liebava

A comienzos del siglo XIII, el pequeño pueblo de Liebava, en Moravia, fue presa del miedo. Entre los vecinos se decía que un muerto había vuelto de la tumba y que cada noche abandonaba el cementerio para recorrer las calles, tocando puertas y turbando el descanso de los vivos.

Durante tres o cuatro años, aquel espectro —que en vida había sido un hombre respetado del lugar— apareció en distintas casas, dejando tras de sí un silencio pesado y un olor inconfundible a tierra húmeda. Los aldeanos, aterrados, comenzaron a evitar salir después del ocaso. Las bestias se inquietaban al caer la noche, y más de uno juró haber visto una sombra moverse entre las lápidas cuando el viento soplaba desde el norte. La situación se volvió tan insostenible que el canónigo de la catedral de Olmütz fue enviado a investigar el caso, acompañado de un sacerdote que más tarde dejaría constancia escrita de todo lo ocurrido.

El miedo reinaba, hasta que un día llegó al pueblo un viajero húngaro, un hombre de aspecto austero, curtido por los caminos y con un brillo extraño en la mirada. Al escuchar las murmuraciones, se rió y dijo que él sabría poner fin al mal. Los aldeanos, desesperados, lo miraron con esperanza y temor, pues sabían que los húngaros —según contaban las viejas— conocían los antiguos secretos de los muertos.

Aquella misma noche, el extranjero subió al campanario de la iglesia para vigilar el cementerio. A medianoche, vio cómo la tierra de una tumba comenzó a moverse,
y de ella emergió un cuerpo: el muerto de Liebava. El cadáver, con gesto sereno y movimientos lentos, dejó a un lado la vestimenta con la que había sido enterrado —sus ropas fúnebres— y se encaminó hacia el pueblo.

El húngaro esperó. Cuando el vampiro desapareció entre las sombras, bajó del campanario, corrió hasta la tumba y recogió las ropas, llevándoselas de nuevo a la torre. Minutos después, el vampiro regresó. Al no encontrar sus vestiduras, lanzó un alarido tan espantoso que heló la sangre de quienes lo oyeron desde sus casas.

Entonces el húngaro, desde lo alto del campanario, lo llamó:

“Si quieres tus ropas, sube a buscarlas.”

El muerto, furioso, trepó la escalera del campanario. Pero al llegar a lo alto, el húngaro empujó la escalera, dejándolo sin escape, y con un movimiento rápido y preciso, le cortó la cabeza con un rastrillo. El cuerpo cayó pesadamente, y con él, el silencio volvió al pueblo. Desde aquella noche, nunca más se vio al muerto de Liebava vagando entre los vivos.

🕯️ La muchacha y el strigoi

Cuentan que, en un pequeño pueblo de montaña, vivía una joven enamorada de un muchacho que venía del pueblo vecino. Se querían con inocencia, como se quería antes: se veían por las noches, sentados en el banco frente a la casa de ella, bajo la luz temblorosa de un candil. Pero un día, el chico murió. Nadie supo la causa. Ni su familia, ni los rumores que circularon en su aldea, llegaron a oídos de la muchacha.

Pasaron los días… y él siguió viniendo. Cada noche, a la misma hora, aparecía frente a su puerta. La saludaba como siempre, le tomaba la mano, y se quedaban juntos hasta que la madrugada los separaba. Ella no notaba nada extraño, salvo que desde hacía un tiempo ella misma se sentía cada vez más débil. Su rostro palidecía, su cuerpo se consumía como si una sombra la estuviera vaciando por dentro.

Los vecinos comenzaron a preocuparse.
—Estás muy delgada, hija —le decían—. ¿Qué te pasa?
Pero ella no sabía explicarlo. Solo una anciana del pueblo, mujer de otro tiempo, decidió preguntarle con quién pasaba las noches. La muchacha respondió, sin sospecha:
—Con mi novio, el de siempre. Todos lo conocen.

La anciana se quedó en silencio un instante… y luego murmuró:
—Tu novio murió hace meses.

La joven palideció. Dijo que no podía ser. Que lo veía cada noche, que hablaban, que lo sentía a su lado. Entonces la anciana la miró con gravedad y le dijo lo que debía hacer.

Esa noche, la muchacha preparó un gran ovillo de cáñamo. Enhebró una aguja larga, hizo un nudo firme y esperó. Cuando el muchacho llegó, sonriente como siempre, se sentó junto a ella. Conversaron un rato, y cuando él se inclinó para besarle la mano,
ella, temblando, clavó la aguja en la manga de su chaqueta, dejando que el hilo se desenrollara poco a poco. Al amanecer, cuando él ya se había ido, la muchacha reunió a su familia. Juntos siguieron el hilo, paso a paso, calle tras calle… hasta que el ovillo los condujo al cementerio del pueblo. El hilo terminaba allí, justo frente a una tumba reciente. En la tumba, aparecía el nombre del muchacho.

Entonces comprendieron. El chico no era un vivo. Era un strigoi: uno de esos muertos que vuelven del más allá para alimentarse de la vida de quienes amaron.

Fueron al ayuntamiento y pidieron permiso para abrir la tumba. Cuando levantaron la losa, encontraron el cuerpo de lado, como si hubiera intentado moverse. Tenía sangre en la boca y las uñas llenas de tierra. Los hombres del pueblo actuaron como marcaban las viejas costumbres: le abrieron el pecho, le arrancaron el corazón y lo quemaron en una olla nueva, hasta que el fuego hizo que explotara. Solo entonces —decían los ancianos— el alma del strigoi encontraba reposo.

El cuerpo se deshizo entre las llamas, y el aire del cementerio olió a hierro y ceniza.
La muchacha, por fin, se sintió libre, su rostro recuperó el color, y el cansancio la abandonó como si nunca hubiera existido. Desde entonces, en aquel pueblo se repite la advertencia cada noche de difuntos:

“Si alguien viene a buscarte desde la oscuridad,
no corras a su encuentro, aunque jures reconocer su voz.
Porque no todos los que regresan del otro lado
vienen a decir adiós.”

🕯️ El Ejército Furioso y la Santa Compaña

En muchas regiones del norte de Europa se cuenta la historia del Ejército Furioso, también conocido como la Gran Cacería Salvaje. Una leyenda de origen germánico, cuyas versiones se extienden desde Escandinavia hasta los Pirineos. Sus protagonistas son hombres, mujeres, brujas y bestias que, tras la muerte, no hallaron reposo. Van vestidos con indumentaria de caza, montados a caballo, seguidos por perros espectrales que aúllan sin descanso, y cruzan el cielo o los caminos como una tormenta desatada.

Dicen que son cazadores muertos, condenados a cabalgar eternamente para expiar sus pecados.Y que aquellos que tienen la desgracia de verlos pasar quedan marcados por la desdicha: su visión anuncia una catástrofe, una peste, o la propia muerte. Algunos incluso aseguran que quien los contempla acaba uniéndose a la partida, arrastrado a cazar entre los muertos hasta que otro pecador ocupe su lugar.

Esta misma idea de las procesiones de almas errantes llegó al folklore peninsular, transformándose con los rasgos propios de cada tierra. En Galicia, por ejemplo, adopta la forma de la Santa Compaña: una comitiva de difuntos que abandona el cementerio a medianoche y recorre los caminos, los atrios y las aldeas. Marchan en silencio o entonando rezos, y su presencia se anuncia por un intenso olor a cera encendida o por el frío súbito del aire.

El origen de todas estas leyendas parece remontarse a la mitología céltica e irlandesa, donde se hablaba de espíritus del otro mundo que viajaban por el aire, y de las banshees, que eran seres femeninos semejantes a hadas o diosas menores del destino. Las banshees vestían capas oscuras que las cubrían por completo, y sus ojos enrojecidos de tanto llorar anunciaban la muerte inminente de alguien.

Con la cristianización, aquellas figuras paganas —que antes eran mensajeras del más allá— fueron transformadas en procesiones de almas en pena, cargadas de culpa, pecado y penitencia. El mito cambió, pero su esencia siguió viva recordandonos que, a veces, los muertos no caminan para asustarnos, sino para recordarnos que el límite entre su mundo y el nuestro nunca fue tan firme como creemos.

🕯️ La leyenda del Comte Arnau

En la comarca catalana de Ripoll aún se recuerda la leyenda del Comte Arnau, un noble condenado a vagar eternamente por sus pecados.

A mediados del siglo X, en las montañas cercanas a Ripoll, se alzaba su castillo en Mataplana. Arnau era un guerrero incansable, cazador implacable y seductor empedernido. Su fama de crueldad y soberbia era tan grande como su poder.
Cuando terminó la construcción de su castillo, se negó a pagar a los obreros que habían levantado las murallas. Pero su avaricia no acabó ahí: mandó a sus vasallos a excavar, piedra a piedra, una escalera en la roca para acceder al santuario de Montgrony, prometiéndoles una medida de grano por cada escalón tallado.
Cuando la obra estuvo terminada y los campesinos reclamaron su recompensa, Arnau los mandó encarcelar y colgar como escarmiento.

Su tiranía no conocía límites. Ejercía con desdén el derecho de obligar a todos los recién casados a entregarle a la novia para pasar la primera noche con él en el castillo.
Y aun así, no satisfecho, perseguía a cuanta doncella o mujer cruzara su camino. El pueblo, humillado y temeroso, no se atrevía a enfrentarlo: solo podían maldecir su nombre en voz baja.

Pero algo iba a pasar. Arnau se encaprichó de Adelaida, la abadesa del convento de Sant Joan de les Abadesses, una mujer piadosa que rechazó todas sus proposiciones.
La víspera del Día de Difuntos, enceguecido por el deseo y la soberbia, el conde la secuestró y la llevó a su castillo. A la mañana siguiente, los aldeanos hallaron sus cuerpos destrozados en el bosque, devorados por una jauría de perros.

El pueblo creyó entonces que la justicia divina se había cumplido. Pensaron que por fin estaban libres del conde y de su maldad, aunque lamentaron la muerte inocente de la abadesa. Pero su descanso duró poco.

Al cumplirse un año de su muerte, en la noche de difuntos, un cuerno resonó entre los valles. La tumba del conde se abrió y de ella salió Arnau, montando un caballo negro que lanzaba fuego por los ojos, las fosas y la boca. El espectro se lanzó a una cabalgada furiosa por sus dominios, arrasando todo a su paso y persiguiendo a los vivos que encontraba.

Desde entonces, dicen que cada noche de Difuntos, cuando suena el cuerno en las montañas de Ripoll, el Comte Arnau vuelve a cabalgar. Tras él galopan sus monteros, sirvientes y perros, todos muertos, todos condenados. Juntos forman una procesión infernal que atraviesa los caminos buscando almas para arrastrarlas a su destino.

Y cuentan que quien se cruce con esa cabalgata maldita queda encantado al instante, condenado a correr tras el conde Arnau por toda la eternidad, hasta que otro desafortunado tome su lugar en la cacería de los muertos.

Espero que os haya gustado este vídeo un poco más diferente sobre leyendas de difuntos en este mes de Noviembre dedicado a ellos. Suscribíos, like, un abrazo a todos y hasta pronto 🙂

El chamán y el vuelo del alma: trance, espíritu y memoria ancestral entre culturas

El chamán y el vuelo del alma: trance, espíritu y memoria ancestral entre culturas

El chamán y el vuelo del alma: trance, espíritu y memoria ancestral entre culturas

Desde que el ser humano comenzó a tratar de atravesar los velos del mundo visible, emergió una figura que ha interesado a muchos y esta es la del chamán: aquel que voluntariamente cruza el umbral del trance, desdobla su conciencia y habla con los espíritus en busca de conocimiento o sanación para ayudar a su comunidad. Pero el término chamanismo no es realmente ancestral: es una construcción moderna usada por las ciencias sociales para englobar diversos saberes y prácticas espirituales que comparten una matriz común, que es el uso del éxtasis, la capacidad de proyectar el espíritu y el trabajo con fuerzas espirituales para restablecer el orden natural. En esencia, dentro de esa matriz está la sanación —no solo corporal, sino también espiritual— y también la búsqueda de conocimiento.

Este uso del término no pretende aglutinar todo bajo una misma etiqueta homogénea, sino señalar resonancias profundas entre diferentes culturas. Aunque asociamos el chamanismo con sociedades indígenas y tribales, muchas culturas consideradas más “avanzadas” (y enfatizo mucho en las comillas) han conservado memoria de esas técnicas: ya sea en supersticiones, en el lenguaje simbólico, en tradiciones locales, etc. En Europa misma han permanecido vestigios y ecos de esas prácticas que, con el tiempo, se transformaron, se ocultaron o se reinterpretaron y hablaremos también de ello en este vídeo.

Pero empecemos por el principio: El término chamán proviene de la lengua tungusa hablada en Siberia y llegó a Occidente a través del ruso. En su raíz original se encuentra la palabra “saber”, pero ese saber no era un conocimiento teórico, sino un saber espiritual, una maestría sobre el trato con los espíritus. Entre los pueblos siberianos y centroasiáticos, cada cultura tenía su propio término para designar a esta figura, pero todas compartían la idea de que el chamán es quien sabe cómo cruzar entre mundos y comunicarse con los espíritus. Esta idea de que pertenece a un clan indica que su labor no es individualista, sino comunitaria: viaja por los planos invisibles en busca de información y lo hace en servicio a su pueblo, su tierra, su clan o su entorno.

La clave del chamanismo es, por supuesto, el estado alterado de la consciencia. El chamán es capaz de entrar voluntariamente en esos estados y desplazarse por ellos con control. Desde ahí contacta con espíritus: animales, vegetales, ancestros, fuerzas de la naturaleza o almas humanas. Por lo tanto el chamán está íntimamente ligado a su territorio, a los espíritus del lugar y a la ecología invisible que sostiene la vida. Es a través de esta creencia animista que tienen del mundo a raíz de lo cual pueden establecer este contacto con los espíritus. Algo muy importante no solo era el trance sino también los estados de ensueño o el trabajo con los sueños porque es a través de ellos como también el alma puede desdoblarse y encontrarse en otros mundos sutiles que para aquellas culturas también eran otras realidades, no solo el mundo de la vigilia era el “real”. Además el plano onírico es otra manera de disponer de información que no recibimos de otra manera en la vigilia, con lo cual esto es algo muy potente.

Ahora bien, cabe remarcar que no todo trance o estado alterado de la consciencia es chamanismo. Hay místicos, profetas, santos o artistas que alcanzan estados alterados de conciencia sin ser chamanes. Un buen ejemplo es Hildegarda de Bingen, por ejemplo, experimentó visiones poderosas y místicas, pero no se consideraba a sí misma chamana. El trance chamánico es funcional y ritual: tiene estructura, propósito, guía. Que por cierto hace no mucho hablé en un vídeo sobre la vida de esta mujer así que os remito por aquí a ese vídeo por si os da curiosidad.

Más tarde, cuando la modernidad empezó a reinterpretar el chamanismo desde la lejanía digamos, comenzaron a aparecer distorsiones. Uno de los ejemplos más notorios es el Nahualismo de Carlos Castañeda, una mezcla de antropología y ficción que, aunque inspiró a muchas personas interesadas en el tema, terminó generando confusión porque aquello que describía no representaba ninguna tradición indígena real. Lo mismo ha sucedido con la New Age: hay muchos textos que mezclan fragmentos de distintas tradiciones, adaptados al consumo occidental, sacados totalmente de contexto.

El auge espiritual de las últimas décadas ha tenido aspectos positivos porque ha permitido que muchas personas reconecten con ese lado más numinoso, con lo cual ha conseguido que se rompieran viejos tabúes religiosos, al igual que esa exploración de la conciencia. Pero también abrió la puerta a lo que algunos antropólogos llaman el neocolonialismo espiritual. Esto es: la apropiación de prácticas indígenas por parte de sociedades industrializadas que las transforman en productos, terapias o espectáculos. El chamanismo no puede —mejor dicho, no debe— ser exportado como un paquete universal, por lo que no podemos extraer sus técnicas sin asumir también su historia.

Cuando alguien practica chamanismo dentro de una cultura occidentalizada, las técnicas no pueden replicarse tal cual lo hacen en los entornos donde normalmente se practica. Las condiciones del paisaje, del entorno social y del tejido espiritual circundante cambian. Por eso muchas veces esas versiones “modernas” se deforman, pierden coherencia, se comercializan y de esta forma, sin quererlo, se banalizan. Eso es peligroso: porque en esa deformación se traiciona la sabiduría profunda que las tradiciones originarias han cuidado durante siglos. Se aplican técnicas superficiales sin entender su raíz, se difuminan los medios y los fines, y se hace un daño simbólico a quienes las practican con herencia ancestral.

La apropiación espiritual no es un conflicto entre continentes, sino entre la cultura del consumo y las tradiciones vivas. No importa el origen étnico: incluso también una persona nacida en un lugar como Siberia, por ejemplo, puede caer en el mismo error si se aproxima a las prácticas nativas si no tiene un vínculo real con las comunidades. Por tanto, el verdadero acceso a un conocimiento de raíz exige humildad, trabajo, y sobre todo, ese reconocimiento comunitario.

Porque hay una cosa SUPER importante que debemos saber: El chamán no se autoproclama como chamán, sino que es la comunidad la que lo reconoce como tal. Ser chamán no es un título profesional ni un oficio autónomo, sino una función social. La figura del chamán no surge porque alguien “siente que quiere ser chamán”, sino porque la comunidad lo reconoce como tal, porque ha pasado por un proceso iniciático —casi siempre doloroso— y porque cumple una labor espiritual para los demás. Por eso nadie puede llamarse a sí mismo chamán sin haber sido nombrado como tal por su pueblo.

Los occidentales no nacimos dentro de culturas chamánicas. Por tanto, lo más honesto no es apropiarse del título, sino hablar de nosotros como practicantes de técnicas chamánicas o trabajadores del trance y del vuelo del espíritu, reconociendo el límite y la diferencia. Eso no resta valor al trabajo sino que lo hace más consciente y ético.

La pregunta es entonces: ¿cómo podemos incorporar estas prácticas sin caer en la apropiación?
La respuesta está en reconocer el territorio que habitamos. Las raíces espirituales europeas e incluso de otras partes del mundo también contienen su propio linaje de trance, de comunicación con los muertos y con los espíritus de la tierra. Está por ejemplo en la brujería tradicional europea, en los misterios de Eleusis, en los cultos dionisíacos y en los ritos agrícolas que celebraban el descenso y el renacimiento. En todos ellos como he explicado en mis vídeos cuando he hablado sobre ellos había éxtasis, posesión, comunión con lo invisible, y a menudo el uso de enteógenos, plantas que abrían la percepción y permitían al alma atravesar los velos de este plano.

Uno de los estudios más conocidos del siglo XX es el de Michael Harner, quien, en obras como La senda del chamán o La cueva y el cosmos, analizó más de quinientas culturas chamánicas y concluyó que solo un 15% utilizaban sustancias visionarias, frente a un 85% que alcanzaban el trance mediante ritmos repetitivos, sobre todo el tambor. Harner lo que hizo fue tratar de sintetizar las estructuras universales del viaje chamánico y creó un método adaptado al contexto occidental. Aunque simplificado, su aporte permitió que muchas personas experimentaran, por primera vez, una forma controlada de viaje espiritual.

Autores como Claude Lecouteux y Carlo Ginzburg también exploraron estas raíces. Ginzburg muestra cómo los benandanti italianos —campesinos que decían salir en espíritu para luchar por la fertilidad de los campos— compartían una misma lógica que los chamanes siberianos. En ambos casos, el alma se desprende del cuerpo, combate en otro plano y regresa con poder o con información. Al igual que los licántropos de livonia que al final también ejercían un trabajo comunitario a través de la salida del alma del cuerpo, por lo tanto tenemos esas formas de chamanismo también en lugares de Europa.

Mircea Eliade, en El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, fue aún más lejos. Para él, el chamán es el primer técnico del alma: aquel que se adentra en el cosmos invisible con una estructura simbólica precisa. En su visión, el universo se divide en tres niveles: el mundo inferior, el mundo medio y el mundo superior. El chamán viaja entre ellos: desciende al inframundo en busca de fragmentos de alma perdidos o asciende a los cielos para obtener guía y sabiduría. Cada nivel está habitado por espíritus y entidades con las que puede establecerse relación.

Desde esta comprensión, el trabajo chamánico puede incluir muchas acciones: pedir consejo o adivinación; solicitar sanación para uno mismo o para otros; recuperar animales de poder perdidos y rescatar fragmentos de alma que quedaron atrapados tras un trauma.
El alma, bajo esta visión, puede fragmentarse. Cuando algo nos rompe, una parte de nosotros se separa y queda suspendida en otro plano. El chamán lo que hace es que viaja para traerla de vuelta. Esa recuperación es, en el fondo, una forma de reintegración del ser.

Por otro lado, el chamán nunca trabaja solo y esto es por lo que hablábamos de esta concepción que tiene basada en el animismo. Los espíritus de poder, de esta manera, le acompañan y le indican hasta dónde puede actuar. Esos espíritus son los verdaderos sanadores: él solo sirve de canal.

Existe también una distinción importante entre el totemismo y los animales de poder. En las culturas totémicas, el clan o la familia descienden de un animal, planta o mineral específico. Ese tótem es un ancestro colectivo, pero no se le invoca ni se trabaja con él: se le honra y se le respeta. El animal de poder, en cambio, es un espíritu aliado personal. Puede acompañarnos toda la vida o aparecer solo en determinados momentos. Su función es prestarnos su energía, su instinto y su sabiduría. Hay quien tiene varios; algunos son permanentes, otros cambian.  Del mismo modo que hay animales aliados, también existen maestros espirituales o ancestros con los que se puede trabajar. De hecho el culto a los ancestros en la brujería proviene de esta raíz chamánica. Todo lo que somos procede de nuestros ancestros, y su fuerza puede ser invocada en los procesos de sanación o aprendizaje.

En muchas cosmovisiones chamánicas se considera que, tras la muerte, el alma puede reencarnarse. Lo fascinante es que esta idea aparece en culturas que jamás tuvieron contacto entre sí: pueblos de América, Asia, Europa y Oceanía comparten estructuras casi idénticas. Esto sugiere que el chamán no accede a una fantasía cultural, sino a un espacio arquetípico compartido, una realidad simbólica común a la humanidad.

Existen dos tipos principales de trance:
El primero, orientado a la sanación y el conocimiento: el chamán viaja para curar, aconsejar o aprender.
El segundo, ligado a la batalla espiritual: lucha contra fuerzas que amenazan a su pueblo o a su entorno.

En la Europa medieval, los licantropos de Livonia, según los procesos inquisitoriales, afirmaban salir de sus cuerpos en forma de lobos para combatir a los demonios que arruinaban las cosechas. Luchaban por la fertilidad de la tierra. Para ellos, el trance era tanto una guerra como un servicio.

Para aprender estas técnicas es necesario asumir claves primordiales: aprender a hacer el viaje espiritual —es decir, dominar el trance—; lograr la entrada al trance mediante respiraciones conscientes, tambores, sonidos repetitivos; viajar a los mundos superiores, inferiores o intermedios y contactar con guías, espíritus de poder o ancestros. Para llegar a esto no basta con una visualización relajante: estos trabajos demandan un grado de concentración profundo y un espacio ritual apto para sostener el trance.

El chamanismo y brujería guardan vínculos esenciales: ambos hablan del vuelo del espíritu, del trance como herramienta para cruzar los límites del mundo cotidiano, del contacto con espíritus auxiliares, del cambio de forma, de una visión animista del universo, del respeto hacia los ancestros y de la transmisión por los sueños. En muchos casos la brujería recogió esos restos antiguos del chamanismo camuflados en medio de la represión religiosa, y los adaptó a su simbología y necesidades locales.

Como decía antes cuando nombraba a autores destacados en el tema, Claude Lecouteux ha sido uno de los estudiosos más relevantes que han rastreado la persistencia del chamanismo en Europa a través del mito del doble o “alma múltiple”, que de hecho hablé de él en mi vídeo sobre licantropía que os voy a dejar por aquí 🙂 Según él, muchas de las figuras fantásticas, los espíritus domésticos, los aparecidos, los mitos de transformación y desdoblamiento tienen raíces confluentes con prácticas chamánicas europeas. Esa continuidad viene de un fondo de creencias europeo que nunca fue erradicado por completo.

Lecouteux rescata tres nociones clave dentro del imaginario nórdico germánico: fylgjahamr y hugr, vocablos que designan diferentes aspectos del alma, del doble que como decía anteriormente, se tenía la creencia de que se podía fragmentar, por lo tanto vemos esta concepción animista del ser humano. Las sagas, los mitos y la magia popular medieval los exploran en relatos donde el alma puede separarse, transformarse, actuar en otros planos o sufrir heridas en el cuerpo del doble que repercuten en el cuerpo físico mientras este doble anda vagando por ahí.

La fylgja —“la seguidora”— es un doble espiritual tutelar que nos acompaña durante toda la vida. Aparece en sueños o visiones, a veces como animal, a veces como figura humana o sombra. Actúa como espejo del destino: su presencia avisa, protege o advierte. En muchas sagas se afirma que si alguien ve su propia fylgja, su muerte es cercana.

El hamr es la forma corporal del alma, el vehículo que permite al ser proyectarse más allá del cuerpo en trance o sueño profundo. El hamr puede asumir formas animales o humanas, cambiar de apariencia, desplazarse. En las narraciones medievales, cuando el hamr es lastimado en un viaje espiritual, el cuerpo despierta con esas mismas marcas. Las brujas, en la tradición medieval, se decía que asistían al aquelarre no con su cuerpo físico, sino mediante la proyección de su hamr, su doble espiritual, asociado con animales o con espíritus auxiliares. El familiar de la bruja, ese espíritu animal que la acompaña, tiene equivalencia simbólica con el animal de poder chamánico.

El hugr es el principio vital, la mente espiritual, el impulso que anima al alma. Es más impersonal que los otros dos: un soplo que puede manifestarse en cada individuo pero fluye desde una fuente universal. El hugr es el motor interior, la intención, la energía que impulsa el desdoblamiento. Cuando el hugr es débil, el alma pierde fuerza y  cuando es vibrante, toda la estructura interna se activa.

Combinados, estos tres principios sostienen una visión plural del ser: la fylgja como sombra tutelar, el hamr como forma viajera, el hugr como fuerza vital que da intención. Para Lecouteux, muchas de las criaturas míticas del folklore europeo —hadas, duendes, fallecidos, ciertos animales, vampiros, e incluso la bruja como entidad espiritual entendida como la pesadilla de la que hablaré en otro vídeo— no son simplemente superstición sin raíces, sino manifestaciones de la figura del doble múltiple en sus diversas máscaras.

Dentro de esa concepción plural, existe también la idea del alma ósea: la porción del espíritu que habita en los huesos, que mantiene memoria y fuerza vital en la estructura corpórea. En muchas culturas chamánicas, los huesos son sagrados porque aún contienen la chispa que puede reavivarse. Por eso en las iglesias aún seguimos encontrando reliquias, porque en el fondo todavía perdura esta antigua creencia de que una parte del alma todavía se encuentra en los huesos, lo cual es también la base de la práctica de la necromancia.

En Europa encontramos el mito de Thor en el que al matar a sus animales y luego volver a colocar sus huesos sobre la piel, estos reviven: “Al atardecer llegaron a la casa de un granjero, y tuvieron el permiso para pasar la noche allí. Caída la noche, Thor tomó sus bucos y los mató a los dos. Luego fueron despellejados y puestos en un caldero. Todo el mundo comió y luego Thor puso el pellejo de los bucos entre el fuego y la puerta y dijo al granjero y a los suyos que pusiesen los huesos sobre ellos. Thor tomó su martillo y lanzó un hechizo sobre los pellejos de los bucos y resucitaron.”

El relato de Sibila y Pierina, dos mujeres acusadas de pactar con el cortejo de Diana durante la Inquisición, presenta un paraleliso con esta historia bastante sorprendente: cuentan que, tras un ritual de banquete con bueyes, colocaban los huesos sobre las pieles y su guía (Madona Oriente) accionaba una llave espiritual con su bastón para resucitar los animales. Esa narración se acerca más de lo que parece al mito nórdico: habla de una magia ósea, de una creencia en que el alma inferior (la que permanece en el hueso) puede ser activada si se la coloca en un orden correcto.

La Caza Salvaje es otro fenómeno que tiene una mezcla de chamanismo y mito europeo: es un cortejo espectral nocturno, liderado por una figura arquetípica como Odín, por ejemplo, que va guiando a un grupo de espíritus que realmente forman parte de ese doble espiritual. En ocasiones me he preguntado y de hecho estoy segura de ello, de que hay personas que son capaces de proyectar su doble sin ser conscientes de ello, y su doble anda vagando sin que esas personas quizá lo sepan. Por lo tanto creo que no solamente se proyecta el doble de manera consciente, sino que inconscientemente estoy segura de que también puede atravesar diferentes planos.

Así que dentro de todo esto yace una concepción chamánica profunda: que somos más que carne y hueso, que podemos extendernos hacia otros mundos, que podemos sanar fragmentaciones profundas y que sobretodo, podemos dialogar con lo invisible.

Os recomiendo muchísimo leer los libros de Michael Harner y de Mircea Eliade para ahondar en los conocimientos de todo acerca del chamanismo si es que tenéis curiosidad y por supuesto autores como Claude Lecouteux que merece muchísimo la pena. También recomiendo que vayáis a visitar el canal de Encrucijada Pagana porque también he aprendido mucho a lo largo de este tiempo de sus vídeos y hablan de temas muy interesantes, aunque ahora el programa está inactivo siempre es una buena referencia!

La verdad sobre los vampiros: lo que hay detrás del mito

La verdad sobre los vampiros: lo que hay detrás del mito

La verdad sobre los vampiros: lo que hay detrás del mito

Por Pablo Ruiz Osuna, escritor y folclorista

En el vídeo que comparto al final de esta entrada, «La verdad sobre los vampiros: el origen real», vuelvo sobre un tema que me acompaña desde hace años: esas criaturas que chupan sangre, salen de noche y se niegan a morirse del todo.

Como escritor y folclorista, llevo mucho tiempo rastreando este tipo de historias. En mi libro Guía de los seres mitológicos españoles ya dedico varias entradas a muertos inquietos, revenants y figuras “vampíricas” de nuestro propio folclore peninsular, que poco tienen que envidiar a Drácula. Y en distintas entrevistas y charlas —como mi participación en el programa 3×7 Cuadrado, o en otros podcasts sobre mitología y terror— siempre aparece la misma pregunta:

¿De verdad hubo “vampiros” o todo es literatura y cine?

La respuesta corta es: no hubo vampiros como los de Hollywood… pero sí hubo miedos, cadáveres sospechosos, enfermedades raras y mucha imaginación colectiva. Y de esa mezcla sale el monstruo.


Antes de Drácula: madres devoradoras y muertos inquietos

Cuando pensamos en vampiros solemos irnos directamente a Transilvania, pero el arquetipo es mucho más antiguo. En mis lecturas de fuentes clásicas, y también trabajando materiales para la Guía de los seres mitológicos españoles, aparecen varias figuras con rasgos “vampíricos”:

  • Lamia y las empusas griegas, demonios femeninos que devoran niños o seducen a hombres para alimentarse de ellos.

  • Las striges romanas, aves o mujeres brujas que chupan la sangre de los bebés.

  • En el folclore europeo medieval tenemos a los revenants: muertos que vuelven de la tumba para molestar a los vivos, contagiar pestes o, sencillamente, no estarse quietos.

En crónicas medievales, como las de Guillermo de Newburgh o Walter Map, ya aparecen relatos de cadáveres que salen del cementerio, apestan a corrupción y solo encuentran descanso cuando se les abre la tumba, se les corta la cabeza o se les atraviesa el pecho. Es decir: el kit vampírico ya estaba completo siglos antes de Bram Stoker.


El miedo se hace carne: “vampiros” históricos

Cuando preparo entrevistas o charlas sobre este tema suelo mencionar algunos casos que ayudan a entender por qué la gente creía (de verdad) que había vampiros:

  • Jure Grando, un campesino de Istria del siglo XVII, cuyo cadáver supuestamente se levantaba por las noches para perseguir a los vecinos. La solución fue abrir la tumba, cortarle la cabeza y clavarle una estaca.

  • Vlad Țepeș, el famoso “empalador”. No era un vampiro, sino un príncipe brutal en un contexto político muy complicado. Pero su fama de sanguinario, unida a su apellido “Drăculea”, inspiró a Stoker para construir a su conde.

  • Elizabeth Báthory, la llamada “condesa sangrienta”, acusada de torturar y asesinar a jóvenes. La leyenda dice que se bañaba en su sangre para conservar la juventud. No es exactamente un vampiro, pero su mito alimenta esa asociación entre aristocracia decadente, sangre y eternidad.

Cuando uno repasa estas historias con calma —como hice preparando mi libro y distintas entrevistas— se da cuenta de que el vampiro nace donde se cruzan violencia real, superstición y ganas de escandalizar al vecino.


Enfermedades que parecen sacadas de una película de terror

Otro aspecto que comento tanto en el vídeo como en mis proyectos de divulgación es el papel de ciertas enfermedades reales que, vistas con ojos pre-científicos, encajan demasiado bien con el arquetipo vampírico.

La más citada es la porfiria, un conjunto de trastornos metabólicos con síntomas muy llamativos:

  • Fotosensibilidad extrema: la luz del sol provoca ampollas, quemaduras y cicatrices.

  • Retracción de encías y coloración rojiza de los dientes, que hacen que sobresalgan como colmillos.

  • Piel pálida, anemia, debilidad…

Si unes alguien que huye del sol, tiene aspecto enfermizo, dientes inquietantes y una enfermedad misteriosa, el resultado, en una aldea del siglo XVIII, es bastante previsible.

A esto se suman otras posibles explicaciones:

  • La rabia, que provoca agresividad, hipersensibilidad a estímulos y miedo al agua.

  • La tuberculosis, con su combinación de palidez, pérdida de peso y sangre en la boca.

  • Los propios procesos de descomposición de un cadáver: cuerpos que parecen “crecer” en la tumba porque se retraen las encías y uñas, sangre líquida en la boca, gases que hacen gemir al cuerpo al pincharlo…

Todo eso, observado de noche, con una vela y muchas ganas de asustarse, termina dando lugar al diagnóstico más lógico de la época: “es un vampiro”.


Del folclore al icono pop

En mis investigaciones y en las entrevistas donde hablo de todo esto intento insistir en algo que a veces olvidamos: el vampiro literario es un refinado producto de la modernidad.

Primero llega el vampiro romántico de relatos como El Vampiro de Polidori; luego, a finales del XIX, Stoker publica Drácula, que mezcla folclore, medicina, viajes victorianos y mucho miedo a la sexualidad y a “lo extranjero”.

A partir de ahí, la criatura se convierte en icono cinematográfico: Nosferatu, Bela Lugosi, Christopher Lee… hasta llegar al vampiro adolescente, atormentado, glitter o superhéroe, según la década.

Cada época reinterpreta el mismo monstruo para hablar de sus propias obsesiones: el sexo, la aristocracia decadente, las enfermedades contagiosas, las adicciones, la explotación, la soledad…


España también tiene sus vampiros (aunque no los llame así)

En Guía de los seres mitológicos españoles me interesaba precisamente eso: recordar que no hace falta irse a Transilvania para encontrar figuras vampíricas. En distintos rincones de la península aparecen:

  • Brujas y meigas que “chupan” la energía o la salud de niños y ganado.

  • Muertos que vuelven a casa para exigir promesas incumplidas o reclamar justicia.

  • Espíritus familiares que se alimentan, simbólicamente, de la casa y de la familia a la que sirven.

Son relatos que, aunque no usen la palabra “vampiro”, comparten la misma intuición:

lo más inquietante no es lo que viene de fuera, sino lo que debería estar muerto… y no termina de irse.

En mis entrevistas suelo contar cómo muchas personas, al leer el libro o escuchar un programa, me escriben al blog para contar la historia del pueblo, de la abuela, del vecino que “se apareció” después del entierro. Es decir, el mito sigue vivo, solo que ahora lo canalizamos a través de podcasts, series y redes sociales.


Por qué me siguen fascinando los vampiros

Como folclorista, los vampiros me interesan menos como monstruos “reales” y más como espejos:

  • Nos hablan del miedo a la muerte, pero también del miedo a que otros vivan de nosotros.

  • Nos recuerdan que hemos utilizado la palabra “monstruo” para etiquetar a enfermos, marginados y disidentes.

  • Y muestran cómo una comunidad, cuando no comprende algo, construye una explicación sobrenatural muy coherente con sus valores y temores.

El vídeo que enlazo al final es, al fin y al cabo, una pieza más en ese trabajo de ir desentrañando capas: folclore, medicina, historia, literatura… Lo mismo que intento hacer en mis libros y en las entrevistas donde me invitan a hablar de estos temas.


Epílogo: matar al vampiro… o entenderlo

En los viejos relatos, la única forma de acabar con el vampiro era clavarle una estaca, quemarlo o decapitarlo. Hoy, el “ritual” es otro: conocer la historia, estudiar las enfermedades, revisar las fuentes, comparar tradiciones.

Pero hay algo que no cambia: seguimos necesitando historias de monstruos. Porque a través de ellos hablamos de lo que no nos atrevemos a decir directamente.

Si te interesan estas criaturas y su relación con otros seres del imaginario español, te invito a echar un vistazo a mi Guía de los seres mitológicos españoles y a las entrevistas y podcasts donde sigo explorando estos temas. Y, por supuesto, a ver el vídeo del programa, que fue el punto de partida de esta reflexión.

¿QUIERES SABER MÁS? ESCUCHA NUESTRO PROGRAMA CON TODO LUJO DE DETALLES AQUÍ:

El origen mítico de los diablos de yare.

El origen mítico de los diablos de yare.

El origen mítico de los diablos de yare.

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Hace siglos, según la tradición oral, el pueblo de San Francisco de Yare fue asediado por un espíritu maligno que trajo consigo enfermedades y desastres naturales. La comunidad, aterrorizada, no encontraba manera de librarse de esta maldición. En su desesperación, los ancianos decidieron acudir al Santísimo Sacramento para pedir protección. 

Una noche, durante la vigilia, un grupo de hombres vestidos con ropa rojas y máscaras grotescas apareció en el pueblo. Estos hombres, que se identificaron como «diablos protectores», afirmaron que habían sido enviados por las fuerzas divinas para combatir al espíritu maligno que atormentaba a la comunidad.

 La leyenda sobre los diablos danzantes nos cuenta que, hace siglos, una sequía devastó la región de Yare, poniendo en peligro a sus habitantes. A causa de su desesperación y desquicia, prometieron al Santísimo Sacramento (que es) realizar una danza cada año si eran salvados. Tiempo después, la lluvia llegó, y la comunidad cumplió su promesa, instaurando la tradición que ha perdurado hasta la actualidad. En esta mitología los diablos simbolizan las fuerzas malignas que, aunque poderosas, terminan rindiéndose ante lo divino.

Su origen se remonta al siglo XVIII,1​ siendo esta la hermandad más antigua del continente americano y la más grande del mundo. La fraternidad de diablos está dividida en un orden jerárquico, representado en sus máscaras. Cada jueves de Corpus Christi (9 jueves después del Jueves Santo) se hace una danza ritual de los llamados diablos danzantes, donde se rinde culto al Santísimo Sacramento del Altar y se celebra el triunfo del bien sobre el mal.1​ Se visten con trajes completamente de color rojo y máscaras de apariencia grotesca, además del uso de cruces, escapularios, rosarios y otros amuletos como protección contra los malos espíritus.

Uno de los aspectos que constituye la génesis de la celebración del Corpus Christi, la fundación de la Cofradía del Santísimo Sacramento de los Diablos Danzantes de Yare, es el ofrecimiento de pago de promesa por personas o devotos de ambos sexos de la religión católica, que se aprecia como parte de las prácticas religiosas de los pueblos de América, transmitida por la Iglesia Católica desde la conquista hasta nuestros
tiempos (Marzal, 2002).

Durante la danza ritual, estás fuerzas son representadas por bailarines que portan máscaras grotescas, cuernos y atuendos llamativos, quienes se inclinan frente a la iglesia y al Santísimo Sacramento como un acto de sumisión y derrota ante el bien. En la mitología de los Diablos de Yare, el diablo representa un símbolo de dualidad, un recordatorio de que el caos y el orden son partes intrínsecas del universo y del ser humano. Las máscaras que llevan estos diablos son un reflejo de esta dualidad. Los diseños de la vestidura que portan son diseños grotescos y extravagantes que representan el desorden y el peligro, mientras que los colores vivos aluden a la energía vital que puede ser transformada y canalizada hacia el bien. Así, el ritual de los Diablos Danzantes no sólo representa la victoria sobre el mal, sino también la reconciliación de estos elementos opuestos. 

La danza ritual de los Diablos de Yare es un acto simbólico cargado de significado espiritual.

El zapatero, representa la lucha entre el bien y el mal.

Los círculos, simbolizan la protección y el cierre de energías negativas.

Y las referencias, son un acto de sumisión del diablo ante la divinidad.

Además, el repique de los tambores conecta a los danzantes con sus ancestros y con las fuerzas espirituales, creando un puente entre el pasado, el presente y lo eterno.

Está danza venezolana es un reflejo de que dicho país donde lo sagrado y lo profano, lo ancestral y lo moderno, coexisten y se enriquecen mutuamente. Está tradición simboliza la lucha eterna entre el bien y el mal, invitando a los espectadores a reflexionar sobre su propia dualidad y a reconocer que, al igual que los diablos se inclinan ante el Santísimo, todos llevamos dentro la capacidad de armonizar nuestras energías opuestas.

 

¿QUIERES SABER MÁS DE MITOLOGÍA?

LINKS 

DRAGONES:

DUENDES, DIABLOS Y ESPÍRITUS FAMILIARES 

GUÍA DE LOS SERES MITOLÓGICOS ESPAÑOLES 

EL PADRE LOBO Y LAS BRUJAS EN HORTSAVINYÀ

HOMBRES LOBO Y OTROS DEPREDADORES DE LA MITOLOGÍA 

DE VENEFICIS 

 

Nueva colaboración de Eyra Lundberg

Nueva colaboración de Eyra Lundberg

Buenos días a todos:

Nuestra colaboradora, Eyra Lundberg, ha participado en el programa Ecos del Abismo, donde reflexionó sobre la práctica tradicional de la brujería, desvelando mitos y prejuicios preconcebidos. Allí demostró sus conocimientos junto a dos grandes referentes del mundo brujeril: Solitud of Alanna y Cardo Espino. Pudimos apreciar los puntos en común que a veces existen entre el cristianismo y la brujería tradicional, algo que muchos han negado (quizá sin razón), cuando la evidencia muestra el uso de santos en la brujería tradicional y de hechizos que recuerdan a salmos cristianos.

También tuvimos la oportunidad de escuchar el maravilloso testimonio de estos tres practicantes de la brujería tradicional, que nos invita a reencontrarnos con nuestro pasado mítico.

Nos alegra enormemente ver que cada vez más personas se interesan por el folclore tradicional.

 

Aquí os dejamos su intervención:

Los dragones en la mitología asiática/Dragons in western mythology

Los dragones en la mitología asiática/Dragons in western mythology

Los dragones en la mitología asiática/Dragons in western mythology

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SPANISH:

El majestuoso y serpentino dragón japonés (ryu) se entrelaza con los antiguos mitos, inspirando asombro y respeto. Simboliza la fuerza, la sabiduría y la inmortalidad, y se cree que trae riqueza y felicidad (Sola, 2024: 88). Según se creía, los dragones tardaban casi un milenio en desarrollarse, comenzando como una serpiente y luego transformándose en una carpa. Varios siglos después, desarrolla la característica perilla, para finalmente formar patas con garras y una cola.

Los dragones, especialmente los dragones marinos como Wyujin, encarnan el imponente poder y la majestad de la naturaleza. Son criaturas de una belleza y un terror asombrosos, capaces tanto de otorgar fortuna como de desatar destrucción. Como sucede a menudo en las creencias tradicionales, esta dualidad refleja la reverencia y el temor humanos hacia el mundo natural, una relación que reconoce el delicado equilibrio entre beneficiarse de los dones de la tierra y ser víctima de su furia.

En cuanto a China llegamos a la conclusión de que las ideas sobre el dragón que prevalecen en China en la actualidad son exactamente las mismas que en los tiempos más remotos. Es un animal acuático, emparentado con la serpiente, que acostumbra a dormir en estanques durante el invierno y se levanta en primavera. Es el dios del trueno, que trae buenas cosechas cuando aparece en los campos de arroz (como lluvia) o en el cielo (como nubes oscuras y amarillas), es decir, cuando hace que la lluvia fertilice la tierra.

Pero cuando vuela demasiado alto y no puede regresar, la tierra sedienta debe esperar en vano por sus bendiciones, y la tristeza prevalece. Siendo este ser benéfico pleno de Yang, simboliza a aquellos entre los hombres que están más llenos de Luz, es decir, los grandes hombres, y su aparición se considera un presagio de su llegada, es decir, de su nacimiento.

En primer lugar, el más grande y pleno de Yang entre todos ellos, el Emperador, por supuesto, está simbolizado por el dragón. De hecho, es el representante del poder imperial (Wason, 1918).

«En cuanto a su carácter como ser, la naturaleza del dragón es áspera y feroz; sin embargo, teme al hierro y le gustan las cosas preciosas.»El cuerno del dragón macho es puntiagudo, cóncavo y empinado; es fuerte en la parte superior, pero se vuelve muy fino hacia abajo. El dragón hembra tiene un hocico recto, una melena redonda, escamas delgadas y una cola fuerte (Kwang poh wuh chi).

En cuanto a su nacimiento y desarrollo El Shuh i ki  afirma que «Una serpiente de agua (shui yuen, 水蛇) después de quinientos años se transforma en un kiao (蛟), un kiao después de mil años se convierte en un lung (龍, dragón), un lung después de quinientos años se transforma en un kioh-lung (角龍, ‘dragón con cuernos’) y después de mil años en un ying-lung (應龍, ‘dragón alado’).»

Es también digno de mención que,
por ejemplo, los emperadores se proclamaban como “Hijo del Cielo del
Verdadero Dragón” (Zhēnlóng Tiānzǐ 真龙天子). El dragón pasó así
poco a poco a convertir en imperial casi todo lo que tocaba con su presencia, de este modo, era fundamental que los miembros de la familia
real —incluido, por supuesto, el propio emperador—, llevaran en sus
vestimentas bordados de diferentes tipos de dragones que indicaban su
pertenencia a la realeza y su rango dentro de la compleja jerarquía de la
nobleza. El dragón se convirtió asimismo en figura ineludible del blasón
de los monumentos imperiales, dejando constancia de la grandeza y honorabilidad del lugar.(Miranda Márquez, 2021)

En la era Kwansei (1789-1800), había en Yedo un sacerdote budista que iba de un lado a otro prediciendo que pronto un dragón ascendería al cielo en medio de una fuerte tempestad, por lo que aconsejaba a la gente quedarse en casa. Cuando un samurái le preguntó cómo sabía esto de antemano, el sacerdote respondió: «Lo sé por experiencia. Siempre que el cielo ha estado despejado durante mucho tiempo y de repente comienza a llover, como ocurre ahora, un dragón asciende».

«¿Acaso eres tú el dragón?», preguntó el samurái, y cuando el sacerdote respondió afirmativamente, le pidió que ascendiera al cielo de inmediato. «No puedo hacerlo», respondió el bonzo, «porque no tengo agua». «¿No tienes agua?», exclamó el otro, «hay mucha agua en el río cercano». «Esa no me sirve», comentó el sacerdote, «porque es agua que fluye, y lo que necesito es agua celestial (lluvia)». «Bien, entonces te daré algo de agua de lluvia», dijo el samuráiY le dio una botella de agua mezclada con tinta (usada para humedecer el suzuri, la piedra de tinta). El sacerdote la tomó y se fue alegre, declarando que ahora podría ascender al cielo. En efecto, unos días después, estalló una violenta tormenta acompañada de fuertes lluvias y viento. Cuando la tormenta cesó, los árboles y la hierba habían quedado completamente negros. Solo el samurái conocía la razón: era el agua con tinta que había dado al sacerdote, quien la había usado para ascender a las nubes.(Wason, 1918: 221-222).

ENGLISH

The majestic and serpentine Japanese dragon (ryu) intertwines with ancient myths, inspiring awe and respect. It symbolizes strength, wisdom, and immortality and is believed to bring wealth and happiness (Sola, 2024: 88). According to legend, dragons took nearly a millennium to develop, starting as a snake and then transforming into a carp. Several centuries later, they would grow a distinctive beard, eventually forming clawed legs and a tail.

Dragons, especially sea dragons like Wyujin, embody the imposing power and majesty of nature. They are creatures of astonishing beauty and terror, capable of bestowing fortune or unleashing destruction. As is often the case in traditional beliefs, this duality reflects humanity’s reverence and fear of the natural world—a relationship that acknowledges the delicate balance between benefiting from the earth’s gifts and becoming a victim of its wrath.

Regarding China, we find that the ideas about dragons prevailing in modern China are the same as in ancient times. It is an aquatic animal, related to the snake, that habitually sleeps in ponds during winter and rises in spring. It is the god of thunder, bringing good harvests when it appears in rice fields (as rain) or the sky (as dark yellow clouds), fertilizing the earth with rain.

However, when it flies too high and cannot return, the parched earth must wait in vain for its blessings, and sorrow prevails. As a benevolent being full of Yang, the dragon symbolizes those among humans who are filled with the most Light—that is, great men—and its appearance is considered an omen of their arrival or birth.

First and foremost, the greatest and fullest of Yang among them, the Emperor, is symbolized by the dragon. Indeed, the dragon represents imperial power (Wason, 1918).

“As for its nature as a being, the dragon’s disposition is rough and fierce; however, it fears iron and loves precious things. The male dragon’s horn is sharp, concave, and steep; strong at the top but tapering downwards. The female dragon has a straight snout, a rounded mane, thin scales, and a strong tail” (Kwang poh wuh chi).

Regarding its birth and development, the Shuh i ki states: «A water snake (shui yuen, 水蛇) after five hundred years transforms into a kiao (蛟), a kiao after a thousand years becomes a lung (龍, dragon), a lung after five hundred years becomes a kioh-lung (角龍, ‘horned dragon’), and after a thousand years, it becomes a ying-lung (應龍, ‘winged dragon’).»

It is also noteworthy, for example, that emperors proclaimed themselves the «Heavenly Son of the True Dragon» (Zhēnlóng Tiānzǐ, 真龙天子). Thus, the dragon gradually became imperial, elevating almost everything it touched with its presence. It became essential for members of the royal family—including the Emperor himself—to wear garments embroidered with various types of dragons, indicating their royal status and rank within the complex nobility hierarchy. The dragon also became an indispensable figure in the heraldry of imperial monuments, leaving a record of the site’s grandeur and honorability (Miranda Márquez, 2021).

During the Kwansei era (1789–1800), there was a Buddhist priest in Yedo who traveled around predicting that a dragon would soon ascend to the sky amidst a violent storm, advising people to stay home. When a samurai asked him how he knew this in advance, the priest replied: «I know from experience. Whenever the sky has been clear for a long time and it suddenly starts to rain, as it is now, a dragon ascends.»

“Are you the dragon, then?” the samurai asked, and when the priest answered affirmatively, he demanded that he ascend to the sky immediately. «I cannot,» the monk replied, «because I have no water.» «No water?» the other exclaimed, «There is plenty of water in the nearby river.» «That won’t do,» the priest said, «because it is flowing water, and I need celestial water (rain).» «Fine, then I’ll give you some rainwater,» said the samurai, handing him a bottle of water mixed with ink (used to wet the suzuri, the inkstone). The priest took it happily, declaring he could now ascend to the sky. Indeed, a few days later, a violent storm broke out, accompanied by heavy rain and wind. When the storm subsided, the trees and grass were completely black. Only the samurai knew the reason: it was the inked water he had given to the priest, who had used it to ascend to the clouds (Wason, 1918: 221–222).

Discover more abaput Japanese mytholgoy In this book. Link here 

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Sola, A. (2024). Discover Japanese Mythology. (1ra ed.).

EL MUNDO FUNERARIO EN LA ANTIGUA ROMA/THE FUNERARY WORLD IN ANCIENT ROME

EL MUNDO FUNERARIO EN LA ANTIGUA ROMA/THE FUNERARY WORLD IN ANCIENT ROME

 

 

EL MUNDO FUNERARIO EN LA ANTIGUA ROMA

Esto contiene una imagen de: Ara di T. Statilius Aper con strumenti scrittorii

SPANISH:

 

Las costumbres y los ritos funerarios en Roma tuvieron una larga y variada evolución a lo largo de la Historia. En los tiempos más antiguos, cuando Roma todavía no era una república, no existía un conjunto unificado de rituales y costumbres a seguir. Es decir, algunos romanos seguían las costumbres de los pequeños pueblos del centro de Italia, otros las costumbres etruscas y otros simplemente intentaban adaptar costumbres griegas. Con el pasar de los años, y los intercambios culturales con otras civilizaciones, la sociedad romana fue desarrollando sus propios y elaborados ritos fúnebres. Por ello, los monumentos funerarios romanos van desde las catacumbas, hasta palacios monumentales.

En Roma existieron casi tantas concepciones de la muerte como corrientes filosóficas; el pueblo llano parece más bien que imaginaba al muerto viviendo en la tumba, donde su vitalidad debía ser convenientemente renovada mediante ofrendas de comida y bebida, olivo e incluso sangre o invocándoles a participar en los banquetes funerarios que celebran en su honor.

Como en todas las culturas del mundo, es común que, cuando un ser querido muere, se celebren unos ritos funerarios con una ceremonia en honor al difunto y se le despida con honores. Significaba la transición de la vida terrenal a una nueve vida. En el mundo romano también era frecuente celebrar este tipo de actos, de hecho siempre hubo una preocupación por los muertos, a quienes veneraban y temían al mismo tiempo. Así que la religión y el mundo funerario se dan la mano con el fin de garantizar una potencial existencia en el más allá, con el fin de asegurar un descanso. Cabe destacar que los romanos tenían un pensamiento muy supersticioso y religioso y eran muy exigentes con el cumplimiento de los ritos funerarios. Pero esto no solo pasaba en Roma sino en muchas otras culturas europeas. Estos ritos eran importantes porque si no se llevaban a cabo de una manera adecuada podía afectar al descanso del alma de esa persona convirtiendose en lemures o quedarían vagando por las orillas del río Estigua. Y como por ejemplo en ciertas partes de Europa donde el muerto se podía convertir en un ser vampírico. Pero de esto hablaré en otro vídeo. A continuación, vamos a proceder a exponer cómo se celebraba un ritual funerario en la época de los antiguos romanos:

Cuando uno de los miembros de la familia moría, generalmente pasaba a formar parte de los antepasados a los que había que rendir culto y pasaba a ocupar un lugar en el altar doméstico junto con los demás protectores de la familia, los Manes, a los que se rendía culto. La tumba adquiría la cateogría de altar y debía estar en el suelo, no podía cambiar de lugar, ya que los Manes exigían una morada fja a la que estaban vinculados todos los difuntos de la familia.

En el ritual funerario se encuentran 5 fases: una de preparación del cuerpo, otra de procesión del difunto, la tercera de cremación o inhumación, una de elogio en honor al fallecido y por último una conmemoración y celebración. El rito y tipo de entierro variaba por supuesto de la clase social del difunto. Los ricos eran incinerados durante el día y los pobres y niños eran inhumados, es decir enterrados, de noche, no cremados porque la cremación era más cara.

La cremación, que se celebró hasta finales del siglo II d.C., era importante porque según las creencias el fuego y el alma eran de naturaleza similar, por lo tanto, si la cremación se llevaba a cabo, el alma del difunto llegaría más rápido a su destino, aunque más tarde se llevaría a cabo la inhumación, con la aparición del cristianismo a partir del siglo III d. C, aunque esto ya lo llevaba a cabo poblaciones como los judios, fenicios y árabes. La cremación de difuntos fue realizada dentro del propio locus, en quemaderos (ustrina) a cielo abierto para que el humo se fuese libremente. También consta decir que la muerte era considerada por los romanos un acto contaminante que debía ser expiado mediante la celebración de ritos de purificación generalmente antes y después del funeral.

Siempre que las circunstancias y la muerte lo permitían, el funeral daba inicio en casa del difunto. La familia acompañana al moribundo a su lecho o lo ponían en el suelo en contacto con la tierra, y le daban el último beso. Luego se llevaba a cabo el conclamatio, que era pronunciar el nombre del fallecido tres veces para la comprobación de que realmente había fallecido. A veces este conclamatio se hacía una vez en el velatorio. A su vez, normalmente era su hijo quien le cerraba los ojos mientras las mujeres exteriorizaban su dolor con lamentaciones. Después se les lavaba con agua caliente, se les amortajaba y se les depositaba en el atrio de la casa. Se colocaba con los pies mirando hacia la entrada que estaría decorada con ramas de ciprés mirto o laurel para que se supiera que en esa vivienda se había producido un óbito. El cadaver se vestía de acuerdo a la posición social del difunto. Si no era una persona relevante se le ponía una toga normal pero si había sido una persona relevante se le ponía alguna toga especial. Además si había llevado una vida virtuosa se le ponía una corona de flores sobre la cabeza.

Siguiendo la costumbre griega se depositaba en la mano o la boca del cadáver una moneda para que Caronte transportara su alma en barca y atravesar así la laguna Estigia hacia el reino de los muertos. Los romanos creían que las almas de los difuntos viajaban al mundo subterráneo donde reinaba el dios Plutón. Aquí vemos la asociación del agua con el mundo de ultratumba, con el paso hacia el más allá, al mundo ctónico.

El mundo subterráneo a su vez, estaba custodiado por un perro de tres cabezas: el Cancerbero. Vemos también curiosamente la asociación del perro (y en otro momento veremos que el lobo también) se le asociaba con el mundo de los muertos. Allí las almas eran juzgadas y tras el veredicto eran conducidas a la región de las almas bondadosas o malvadas. Siete eran las zonas que se diferenciaban en le mundo de los muertos: La primera estaba destinada a los niños, no natos, y no podían haber sido juzgados. La segunda es donde estaban los inocentes ajusticiados injustamente. La tercera correspondía a los suicidas, la cuarta era donde permanecían los amantes infieles. La quinta estaba habitada por héroes crueles en vida, la sexta era el Tártaro donde se procedía al castigo de los malvados y por último la séptima, los Campos Elíseos, donde moraban en la eterna felicidad las almas bondadosas. Allí la primavera era eterna y se podían bañar en las aguas termales del río Leteo, que hacían olvidar a los muertos su vida pasada.

Depiction of feasting was a common motif in Roman funerary art. The diner is represented reclining on a couch, with other furniture and dining gear. This is the tombstone of auxiliary cavalryman M. Aemilius Durises from Bonn, Germany. Photograph Barbara McManus (Vroma), Bonn, Rheinisches Landesmuseum.

Tras esto comenzaba el velatorio y la duración podía ser de varios días. Durante la exposición del cadáver se sacaba una muestra de su rostro en cera a modo de máscara, el cerae. Esta máscara sería conservada después en la casa familiar junto a las de los restantes miembros fallecidos de la familia. La noche del velatorio se marchaba en procesión desde el domicilio del finado hasta la necrópolis y generalmente los miembros de la familia portaban las máscaras del resto de los manes de la familia a modo de séquito.

Después sería transportado por los familiares más cercanos y los demás acompañantes llevarían también antorchas, velones y lucernas. Las llamas simbolizaban la luz que el difunto ha perdido o no ve tras fallecer y que le serviría para llegar al más allá. Destacables también es la presencia de las plañideras que lloraban incansablemente al difunto y entonan cánticos laudatorios. Por último podía haber un flautista que aportaba una nota musical lúgubre a la comitiva. En algunas ocasiones puntuales se podían detener para que algún familiar realizara la llamada “laudatio funebris” que era una especie de discurso en el que se recordaba al difunto y sus logros.

La tumba se consagraba con el sacrificio de una cerda según ciertas fuentes y una vez construida se llamaba tres veces al alma del difunto para que entrara en la morada que se le había preparado. Durante la ceremonia funeral se realizaba un acto de purificación para las personas que habían estado en contacto con el cadáver. Antes de la sepultura la tumba se purificaba barriéndola o limpiándola.

La creencia de otra vida tras la muerte motivaba que el individuo fuese enterrado con objetos que utilizaba durante su vida y que ahora podían acompañarle y servirle en esta nueva vida: ropa, cerámica, utensilios de trabajo, etc. Entre estos objetos también se colocaban otros relacionados con el ritual finerario: la lucerna que iluminaba su camino hacia el más allá, así como recipientes para alimentos o unguentarios para los perfumes, o también algunas figuras de deidades.

Durante los nueve días siguientes al funeral, se realizaban ritos que finalizaban con una comida y el sacrificio de un animal. Los alimentos y la sangre de los animales sacrificados eran ofrecidos a los antepasados del difunto, los dioses Manes, y al individuo fallecido para así divinizar su alma y situarla junto a las divinidades protectoras de la familia.

Después del funeral los parientes debían someterse a una suffitio que era un rito de purificación mediante fuego y agua y después se llevaba acabo celebraciones destinadas a asegurar la memoria del difunto. Las atenciones al difunto seguían continuando después de este tiempo para asegurar su descanso eterno. Las ofrendas de comida: pan, vino, frutas, uva, pasteles, etc. y flores como violetas y rosas eran habituales y se hacían llegar al difunto a través de un conducto de cerámica o de un orificio situado en la cubierta de la tumba, el tubo de libaciones. Estos actos eran realizados por la familia el día de cumpleaños del difunto y también eran honrados de forma general los días de Parentalia, que tenían lugar entre los días 13 y 21 de febrero. Otras fiestas dedicadas a los difuntos y más antiguas fueron las Lemurias, celebradas el 9, 11 y 13 de mayo. Durante estos días las almas cuyos cuerpos no habían recibido sepultura rondaban las casas y el padre de familia realizaba un ritual con habas negras para alejar a los espíritus errantes, de hecho hablo de ello en este vídeo.

Los difuntos a los que no se había dado sepultura o celebrado el ritual funerario vagaban errantes sin morada, causando la desgracia a los seres vivos y asustándolos con apariciones nocturnas, hasta que daban sepultura a sus restos y se cumplía el ritual funerario. Se dice que estos difuntos eran corpóreos en algunas culturas aunque a veces se manifestaba mostrando sus deseos a los vivos a través de los  sueños. Por todo ello, incluso a los que morían lejos de la familia y su cuerpo era enterrado en otras tierras, se le celebraba el ritual completo.

En cambio la ceremonia de incineración se celebraba sobre una pira con forma de altar, sobre la que se depositaba el ataúd con el cadáver. Antes de quemar el cadáver se le cortaba un dedo y se arrojaban tres puñados de tierra que simbolizaban su enterramiento. Según algunas fuentes se le abrían los ojos en este rito para que simbólicamente pudiera mirar como su alma de dirigía hacia el cielo. Se sacrificaban animales queridos por el difunto y se incineraban también junto a él y las cenizas normalmente eran entregadas al familiar más cercano para adorarlo con sus otros ancestros.

Como manifiesto de dolor los familiares y amigos más íntimos arrojaban sobre la pira ofrendas de alimentos y perfumes. Se le nombraba por última vez y volviendo la cara se incendia la pira con las antorchas llevadas en el cortejo fúnebre. El rito concluía vertiendo agua y vino sobre la pira. Se despedía a los asistentes y éstos se despedían del difunto deseándole que la tierra le fuera leve.

Las principales inscripciones funerarias de los romanos eran D.M.S., Dis Manibus Sacrum («Consagrado a los Dioses Manes»), H.S.E., -Hic Situs Est- («aquí está enterrado»), o S.T.T.L., -Sit Tibi Terra Levis- («que la tierra te sea leve»). En córdoba aparecieron inscripciones como “in fronte pedes y “in agro pedes”

“Aquí, con mis despojos encerrados en la tumba, ha terminado la dura fatiga que he soportado desde la infancia; se acabó el penoso trabajo; se acabaron las preocupaciones” (Epitafio de un sacerdote)

En las tumbas romanas, tanto de ricos como de plebeyos con buen pasar era normal, además de las escenas mitológicas, encontrarnos con bajo relieves y mosaicos de la vida cotidiana de los difuntos. Gracias al estudio de estos se pudo llegar a comprender en mayor medida como era la vida de los esclavos, las mujeres y la clase trabajadora de Roma, así como muchos otros aspectos e la sociedad romana.

En definitiva, los rituales funerarios eran tomados con mucha seriedad llegando esa costumbre hasta incluso nuestros días donde este rito funerario tiene una vital importancia para poder garantizar el descanso del difunto. Algunas de estas creencias se han mantenido pero otras de ellas han ido adaptándose y evolucionando a otras religiones y a la propia evolución natural de cada territorio. Todo esto junto con el culto a los ancestros es algo que viene desde el paganismo, por eso el culto a los ancestros es una base importante en el paganismo incluso en la brujería para muchos de los que praticamos. Al final siempre serán una puerta de contacto hacia el otro lado, en el que nos pueden guiar y proporcionar ayuda siempre que seamos respetuosos y les rindamos el culto que se merecen. Del culto a los ancestros hablaré en otro vídeo 😉

Espero que os haya gustado el vídeo, si es así dadle a me gusta y suscribiros a mi canal, ya que me ayudaría mucho y me gustaría que aportárais cualquier cosa en los comentarios que pueda ser de interes. Os mando un abrazo a todos, feliz semana y hasta pronto 🙂

ENGLISH

 

Funeral customs and rites in Rome underwent a long and varied evolution throughout history. In ancient times, when Rome was not yet a republic, there was no unified set of rituals or customs to follow. In other words, some Romans adhered to the traditions of small central Italian towns, others followed Etruscan customs, and still others tried to adapt Greek practices. Over the years, and through cultural exchanges with other civilizations, Roman society developed its own elaborate funerary rites. This is why Roman funerary monuments range from catacombs to monumental palaces.

In Rome, there were almost as many concepts of death as there were philosophical schools of thought. The common people seemed to imagine the deceased living within the tomb, where their vitality needed to be renewed with offerings of food and drink, olive oil, and even blood, or by inviting them to participate in funerary banquets held in their honor.

As in all cultures around the world, it was common to hold funerary rites with a ceremony to honor the deceased and bid them farewell with dignity. This marked the transition from earthly life to a new existence. In Roman culture, it was also common to celebrate such events. In fact, there was always a concern for the dead, who were both venerated and feared. Thus, religion and the funerary world went hand in hand to ensure a potential existence in the afterlife and to secure the deceased’s rest. It is worth noting that the Romans were highly superstitious and religious, and they were very strict about observing funerary rites. However, this was not unique to Rome but was present in many other European cultures. These rites were important because, if not properly performed, they could affect the soul’s rest, turning them into lemures or leaving them to wander along the shores of the River Styx. Similarly, in certain parts of Europe, the dead could transform into vampiric beings—but I’ll discuss this in another video. Next, we’ll delve into how funerary rituals were celebrated in ancient Rome:

When a family member died, they generally became part of the ancestors who had to be worshipped and took a place at the household altar alongside the other protectors of the family, the Manes, who were revered. The tomb acquired the status of an altar and had to remain in the ground; it could not be moved, as the Manes required a fixed dwelling that was linked to all deceased family members.

The funerary ritual consisted of five stages: preparation of the body, procession of the deceased, cremation or burial, a eulogy in honor of the departed, and finally, commemoration and celebration. The rites and types of burial naturally varied depending on the deceased’s social class. The wealthy were cremated during the day, while the poor and children were buried at night, not cremated, as cremation was more expensive.

Cremation, practiced until the end of the 2nd century AD, was important because, according to beliefs, fire and the soul shared a similar nature. Therefore, cremation ensured that the soul of the deceased would reach its destination more quickly. However, with the rise of Christianity in the 3rd century AD, burial became more common, a practice already observed among Jews, Phoenicians, and Arabs. Cremation was conducted in open-air pyres (ustrina) so that the smoke could rise freely. It’s also worth mentioning that death was considered by the Romans to be a contaminating act that had to be purified through rituals, both before and after the funeral.

Whenever possible, the funeral began at the deceased’s home. The family would accompany the dying person to their bed or place them on the ground to connect with the earth, offering them a final kiss. Then, a conclamatio was performed, calling the deceased’s name three times to confirm their death. Sometimes this was repeated during the vigil. Usually, it was the son who closed the deceased’s eyes while the women expressed their grief through lamentations. The body was then washed with hot water, shrouded, and laid in the atrium of the house, with the feet pointing toward the entrance, which was decorated with branches of cypress, myrtle, or laurel to signal a death had occurred in the household. The body was dressed according to the deceased’s social status. If they were not significant figures, they wore a standard toga, but distinguished individuals were dressed in special togas. A flower crown was placed on the heads of those who had lived virtuous lives.

Following Greek customs, a coin was placed in the deceased’s hand or mouth to pay Charon for ferrying their soul across the Styx to the realm of the dead. The Romans believed that the souls of the dead journeyed to the underworld ruled by Pluto. Here we see the association of water with the afterlife and the passage to the chthonic world.

The underworld was guarded by a three-headed dog, Cerberus. Interestingly, dogs (and, at times, wolves) were associated with the world of the dead. There, the souls were judged, and after the verdict, they were sent to either the realm of virtuous souls or the wicked. Seven regions were distinguished in the underworld: the first was for unborn children who couldn’t be judged, the second for the innocent wrongly executed, the third for suicides, the fourth for unfaithful lovers, the fifth for cruel heroes, the sixth was Tartarus for punishing the wicked, and the seventh was the Elysian Fields, where virtuous souls dwelled in eternal happiness.

 

Puedes ver el contenido de esta entrada en formato vídeo aquí:

 

 

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Bibliografía:

 

VAQUERIZO GIL, Desiderio:  Funus Florentinorum. Muerte y ritos funerario en la Iliberri Romana. Universidad de Córdoba

La primavera en la mitología

La primavera en la mitología

   La primavera en la mitología 

Tras el paso de los idus de marzo que tanto recordamos por un histórico asesinato, el de Julio César en el año 44 a.C., damos pie al período más florido del año: la primavera

Y para hablar del origen de esta y otras estaciones hemos de volver de nuevo al mito de Perséfone y Hades, al que nos referimos en números anteriores.

Perséfone (Proserpina para los romanos) es la hija de Zeus (Júpiter) y Deméter (Ceres o Cibeles en Roma), diosa de los campos, la cosecha y la agricultura. El hecho de que Hades fuera su tío no le disuadió para pretenderla como esposa y llevarla al inframundo. Tras su rapto y desaparición, la desesperada madre Deméter empieza a desatender sus funciones como protectora de las cosechas; las tierras dejan de ser fértiles, las flores se marchitan, los árboles no crecen y para los mortales empieza a peligrar su vida. Al ver esto, Zeus acude raudo a pedir a su hermano que deje libre a Perséfone, pero ella ya había probado la comida en el inframundo y tendría que permanecer allí.

Finalmente, llegan al acuerdo de que, al haber comido solo la mitad de la granada pase la mitad del tiempo con su madre y la otra mitad con Hades. Es así como nacen las estaciones, pues el tiempo que ella está con su madre todo florece, Deméter encuentra en su hija esa ayuda que necesita para asegurar las cosechas y mantener un alto ritmo de trabajo. Pero cuando su hija falta, ella está preocupada, desganada y no hace crecer nada. Esta es la forma en la que tanto griegos como romanos lo explicaban.

Para los egipcios, en cambio, la primavera era representada por el dios Osiris, asesinado por su propio hermano Set para obtener el poder. Fue su esposa, Isis, quien lo resucitó reuniendo las partes de su cuerpo y reconstruyéndolo. Así, el ciclo de la muerte y resurrección de su principal dios representa para los egipcios la llegada de la primavera y el surgimiento de vida nueva, el fin de un ciclo y comienzo de otro nuevo. Ciclo que también vemos en la Pascua cristiana, con la muerte y la resurrección de Jesús.

En la tradición cristiana son también típicas las representaciones de conejos y huevos de Pascua, que se regalan durante estas fechas. Esto tiene su origen en el antiguo Egipto, pues el ave fénix resucitó tras quemarse en su nido y más tarde en las tradiciones paganas del norte y centro de Europa se utilizaron los huevos como símbolo del ciclo de la vida y la fertilidad propia de esta época. Por eso, la diosa germánica Eostre es la que da nombre a esta festividad en inglés ‘easter’, la misma que para los nórdicos es Ostara, que da nombre a una de sus etapas en la rueda del año, iniciada por el equinocio. Esta diosa es representada rodeada de conejos, flores y huevos de pascua.

ENFERMEDADES, PLAGAS Y EPIDEMIAS EN LA MITOLOGÍA

ENFERMEDADES, PLAGAS Y EPIDEMIAS EN LA MITOLOGÍA

ENFERMEDADES, PLAGAS Y EPIDEMIAS EN LA MITOLOGÍA/DISEASES, PLAGUES, AND EPIDEMICS IN MYTHOLOGY

En vista de los tiempos que corren y ya que de pandemias y enfermedad va la cosa estos meses, no puedo evitar dedicar unas líneas a tratar aquí el tema y hacer referencia a algunas de las más destacadas epidemias, plagas y devastaciones que, según algunas mitologías, asolaron la humanidad. Muchas de estas plagas fueron enviadas o creadas por sus dioses con una determinada finalidad: dañar a la humanidad o castigarla por un comportamiento que no pensaban tolerar. Aunque, en ocasiones son los mismos dioses quienes frenan a otros y evitan la calamidad.

De entre todas estas calamidades, destaca la de la plagas de Egipto, que supongo que todos conocemos. Aquella en la que Yahveh envía, una tras otra, hasta 10 plagas para que los egipcios liberen a su pueblo de la esclavitud. Envió ranas, langostas, piojos e incluso peste al ganado.

Similar a estas fueron las plagas de Louhi o Loviatar, diosa finesa que nace de Tuoni y Tuonetar (dioses del inframundo) y  tras quedar embarazada del viento del Este dio a luz a 9 desastres y enfermedades. Según el Kalévala (poema finés escrito en el siglo XIX), la diosa llevó a estas nueve criaturas pesadas en su seno y nadie quiso darle cobijo ni ayudarle. Solamente una reina, considerada una bruja, le ayudó a dar a luz tras 9 años de sufrimiento. Al nacer, fueron conocidos como «todas las enfermedades y plagas de las tierras del norte» (Cáncer, Cólico, Gota, Fiebre, Úlcera, etc.). Según los eruditos de la Edad Media, estas eran las enfermedades más comunes en la época. A esta diosa se la conoce también como «Madre de los 9 desastres«. Se dice que lo último que dio a luz fue la Envidia, la peor de todas las plagas.

Otra de las ‘plagas’ más conocidas de la mitología es aquella que desata Pandora al abrir su «caja» (frasco o jarro en realidad, mala traducción heredada del siglo XVI por Erasmo de Rotterdam).  Hesíodo nos dice en el mito que, al abrir este recipiente, la humanidad pasa de la Edad de Oro a la de Plata; una era de enfermedad, catástrofe y muerte. Hay que recordar que este regalo le fue enviado por los dioses como castigo porque Prometeo les robó el fuego para los humanos.  No podemos olvidar tampoco la epidemia que en el siglo IV a.C. asoló Grecia, en concreto Tebas. Ocasionada por los actos del rey Edipo y su estirpe maldita, pues los dioses provocaron que se desataran estas consecuencias como castigo. En realidad, se cree que pudo ser consecuencia de la ingestión de leche no filtrada o carne de vacas infectadas. Pero no sólo Tucídides nos habla de esta epidemia durante la Guerra del Peloponeso, ya en la Ilíada se nos cuenta que una epidemia mermaba a los aqueos sus fuerzas y el ejército griego sufre muchas bajas por esta causa.

En otras mitologías como la Egipcia podemos encontrar epidemias o enfermedades que los dioses envían como castigo. Es el caso de Sekhmet o La Terrible, diosa de la guerra y la venganza, a la que el dios supremo Ra envió para castigar a la humanidad por adorar a otros dioses cuando él se empezó a aburrir de los humanos. Sekhmet creó enfermedades y epidemias que, cuando Ra se arrepintió, ya eran imparables. Así que tintó toneles de cerveza y los hizo pasar por sangre. Ella, emborrachándose al bebérsela, cayó en un sueño y tras esto, Ra creó nuevos dioses protectores, pues las enfermedades pasaron a formar parte de la humanidad.

Esta no es la única referencia Egipcia que tenemos de una diosa que se convierte en una plaga. Ya hablamos antes de la famosa plaga de las ranas, enviada por el dios judío. Esta plaga se asocia con la diosa Heket, a quienes las egipcias adoraban, puesto que simbolizaba la fertilidad y protección. Matar a una rana estaba prohibido y castigado. Por ello, se les envió esta plaga, para que en vez de adorar a esta diosa, pasasen a odiarla de inmediato y dejar de confiar en la protección de una vida larga y eterna.

Si incluimos otras mitologías como la hindú o la tibetana, encontramos también referencias de enfermedades o epidemias. En el primer caso, el mundo se crea de dos huevos y surgen todas las enfermedades infecciosas y armas dañinas de la cáscara de uno de ellos: el que crean el dios Munpa Zerden y la deidad oscura femenina; mientras que los hindúes consideran que todas las enfermedades nacen de la gota de sudor de uno de sus dioses principales, Shiva, intentando dar caza al animal que sacrificarían en el banquete al que no le invitaron. Él mismo prometió esparcirlas y disgregarlas para que no fueran tan dañinas, si finalmente le invitaban.

ENGLISH

In light of current times and the focus on pandemics and illness in recent months, I cannot help but dedicate a few lines to this subject and reference some of the most notable epidemics, plagues, and devastations that, according to various mythologies, ravaged humanity. Many of these plagues were sent or created by their gods for a specific purpose: to harm or punish humanity for behavior they would not tolerate. However, at times, it is the gods themselves who intervene to stop others and prevent disaster.

Among all these calamities, the plagues of Egypt stand out, which I suppose everyone knows. This is where Yahweh sends, one after another, up to 10 plagues to compel the Egyptians to release his people from slavery. He sent frogs, locusts, lice, and even pestilence upon the livestock.

Similar to these are the plagues of Louhi or Loviatar, the Finnish goddess born of Tuoni and Tuonetar (gods of the underworld). After becoming pregnant by the East Wind, she gave birth to nine disasters and diseases. According to the Kalevala (a Finnish poem written in the 19th century), the goddess carried these nine heavy creatures in her womb, but no one would shelter her or offer her help. Only one queen, considered a witch, assisted her in giving birth after nine years of suffering. Upon birth, they were known as «all the diseases and plagues of the northern lands» (Cancer, Colic, Gout, Fever, Ulcer, etc.). According to medieval scholars, these were the most common diseases of the time. This goddess is also known as the «Mother of the Nine Disasters.» It is said that the last thing she gave birth to was Envy, the worst of all plagues.

Another of the most famous «plagues» in mythology is the one unleashed by Pandora when she opens her «box» (actually a jar, a mistranslation inherited from the 16th century by Erasmus of Rotterdam). Hesiod tells us in the myth that, upon opening this container, humanity transitions from the Golden Age to the Silver Age, an era of disease, catastrophe, and death. It’s important to remember that this gift was sent by the gods as punishment because Prometheus stole fire for the humans.

We must also not forget the epidemic that ravaged Greece, specifically Thebes, in the 4th century BC. It was caused by the actions of King Oedipus and his cursed lineage, as the gods unleashed these consequences as punishment. In reality, it is believed to have been due to the ingestion of unfiltered milk or meat from infected cows. But it wasn’t just Thucydides who wrote about this epidemic during the Peloponnesian War; in the Iliad, we are also told of an epidemic that weakened the Achaeans, and the Greek army suffered many losses because of it.

In other mythologies, like the Egyptian, we can find epidemics or diseases sent by the gods as punishment. This is the case with Sekhmet, or «The Terrible,» the goddess of war and vengeance, whom the supreme god Ra sent to punish humanity for worshiping other gods when he grew bored of humans. Sekhmet created diseases and epidemics that, once Ra regretted it, had already become unstoppable. So, he dyed barrels of beer to make them look like blood. She, getting drunk after drinking it, fell into a deep sleep, and afterward, Ra created new protective gods, as the diseases had become part of humanity.

This is not the only Egyptian reference we have of a goddess becoming a plague. We already mentioned the famous plague of frogs, sent by the Jewish god. This plague is associated with the goddess Heket, whom Egyptian women worshiped, as she symbolized fertility and protection. Killing a frog was forbidden and punishable. For this reason, this plague was sent, so that instead of worshiping this goddess, they would immediately come to despise her and lose trust in her protection of a long and eternal life.

 

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El mito de Aracne, la tejedora

El mito de Aracne, la tejedora

El mito de Aracne, la tejedora

 

imagen de: Paolobarbieriart.com

 

Buenos días amigos. Gracias a la ayuda de Laura Salas, (Boudica para los amigos)  volvemos con otra hsitoria mitológica: El mito de Aracne. Sin más preámbulo os dejo con su pluma para que os entretenga… ¡Todo tuyo chica!

 

Español:

Aracne es una joven lidia capaz de tejer mejor que ninguna otra mortal, pues aprendió gracias al oficio de su padre, quien tintaba y trabajaba con telas. Fue él quien le enseñó a tejer y a tratar todo tipo de tejidos; y ella lo hacía tan bien que las tapicerías que dibujaba eran un reclamo para las ninfas de la campiña que acudían a verlas.

La fama de Aracne se extendió tanto que llegó a pecar de soberbia y de hybris, creyéndose mejor que la propia diosa Atenea, patrona de las tejedoras y diosa de la sabiduría y la estrategia. Esto le llevó a atreverse a decir que no tenía nada que envidiarle a la diosa e incluso a retarla en un arrebato de gallardía, jurando que era mucho mejor tejedora que la propia diosa.

Esto no pasó desapercibido en el Olimpo, por eso, la diosa decidió acudir disfrazada de anciana a hablar con ella y ver si se arrepentía de haber dicho aquello y de su vanidad. Le advirtió de que debía ser más modesta.

Atenea pretendía ver en ella algún signo de arrepentimiento o remordimiento. Le advirtió de que debía ser más modesta; pero lejos de desmentirlo, Aracne retó e insultó de nuevo a la diosa y esta se enfureció, mostrándose en todo su esplendor, desvelando su identidad. Así, organizó el certamen y se enfrentó a la joven e insolente Aracne.

Mientras Atenea realizó un hermoso telar que mostraba castigos que los dioses habían impuesto a otros mortales por causa de su soberbia y su alarde de vanidad, Aracne elaboró un telar bellísimo y perfectamente ejecutado, burlándose de los amores de Zeus, padre de Atenea. Este telar resultó ser de gran destreza técnica, de modo que Atenea debió reconocerlo y, además, ver reflejados en él la gran cantidad de amores infieles que había tenido su padre.

Atenea, enfurecida rabia tras este ultraje y el agravio no sólo hacia ella, sino también hacia su padre, dirigió toda su furia hacia la joven tejedora y la maldijo mientras rompió su tapiz. Entonces, la joven intentó ahorcarse sintiéndose ultrajada; pero en su lugar, Atenea guardaba otro castigo para ella, pues creyó que sería una gran pérdida que tamaña tejedora pereciera.

HAZME UNA ILUSTRACIÓN DE ARACNE

Y tomando ungüentos de la diosa Hécate pronunció:  «Vive pues, pero cuelga eternamente de tu tela»

Fue entonces cuando el cuerpo de Aracne comenzó a tornarse muy diferente al que era hasta entonces… Se derramaron sus largos cabellos junto con su nariz y sus orejas; su cabeza comenzó a empequeñecer hasta volverse mínima… en todo su cuerpo comenzaron a disminuir los miembros y toda ella se hizo mucho más pequeña. Sus piernas comienzan a convertirse en pequeñas patas negras, multiplicándose…dos…cuatro…y así hasta ocho. ¡Ocho horrendos miembros negros llenos de minúsculos pelos!

Finalmente, todo lo ocupa el vientre y acaba de un hilo pendiente, convertida en una araña.

Así, desde entonces y eternamente manipula y trabaja sus antiguas telas.

*hybris: en griego antiguo ὕβρις (hýbris), es un concepto que se traduce como ‘desmesura’ o ‘soberbia’ entendida como un intento de transgresión de los límites impuestos por las deidades, más que como un simple impulso irracional y desequilibrado. Es algo premeditado, inspirado por furia u orgullo.

En la moral griega no existía como tal el concepto del pecado de la mentalidad judeocristiana, por eso existía este concepto, de desmesura que debía ser castigado; pues la regla en la moralidad griega era basar todo en la medida justa, en el punto medio (μηδὲν ἄγαν = nada en exceso)

La historia de Aracne inspiró uno de los cuadros más interesantes de Velázquez, popularmente conocido como Las hilanderas, en el que el pintor representa dos de los momentos importantes del mito. Al frente, el concurso de Aracne y la diosa (tejedora anciana) y al fondo el Rapto de Europa (uno de los motivos que representa Aracne en su telar, el amor entre Zeus y la joven mortal hija de Agenor. Esta representación es una copia de la versión de Tiziano.

ENGLISH

Arachne is a young Lydian woman capable of weaving better than any other mortal, as she learned from her father’s craft, who dyed and worked with fabrics. It was he who taught her to weave and handle all types of textiles; and she did it so well that the tapestries she created were a draw for the nymphs of the countryside who came to see them.

Arachne’s fame spread so much that she fell into the sin of arrogance and hubris, believing herself better than the goddess Athena herself, the patron of weavers and the goddess of wisdom and strategy. This led her to dare to say that she had nothing to envy from the goddess and even to challenge her in a burst of gallantry, swearing that she was a much better weaver than the goddess herself. This did not go unnoticed in Olympus, so the goddess decided to come disguised as an old woman to talk to her and see if she regretted having said that and her vanity. She warned her that she should be more modest. Athena intended to see in her some sign of repentance or remorse. She warned her that she should be more modest; but far from denying it, Arachne challenged and insulted the goddess again and she became enraged, showing herself in all her splendor, revealing her identity. Thus, she organized the contest and faced the young and insolent Arachne. While Athena created a beautiful loom that showed punishments that the gods had imposed on other mortals because of their arrogance and vanity, Arachne made a beautifully executed loom, mocking the loves of Zeus, Athena’s father. This loom turned out to be of great technical skill, so Athena had to acknowledge it and, in addition, see reflected in it the great number of unfaithful loves her father had had. Athena, enraged with rage after this outrage and the affront not only towards her but also towards her father, directed all her fury towards the young weaver and cursed her while she tore her tapestry. Then, the young woman tried to hang herself feeling outraged; but in her place, Athena had another punishment for her, as she believed it would be a great loss for such a weaver to perish. And taking ointments from the goddess Hecate she pronounced: «Live then, but hang forever from your web» It was then that Arachne’s body began to turn very different from what it had been until then… Her long hair poured out along with her nose and ears; her head began to shrink until it became tiny… all her limbs began to diminish and she herself became much smaller. Her legs began to turn into small black paws, multiplying…two…four…and so on up to eight. Eight horrendous black limbs full of tiny hairs! Finally, all is occupied by the belly and she ends up hanging from a thread, turned into a spider. Thus, since then and forever, she manipulates and works her old webs.

*hybris: in ancient Greek ὕβρις (hýbris), is a concept that translates as ‘excess’ or ‘arrogance’ understood as an attempt to transgress the limits imposed by the deities, rather than as a simple irrational and unbalanced impulse. It is something premeditated, inspired by fury or pride. In Greek morality, there was no such concept as the sin of Judeo-Christian mentality, hence this concept, of excess that had to be punished; for the rule in Greek morality was to base everything on the just measure, in the middle point (μηδὲν ἄγαν = nothing in excess)

The story of Arachne inspired one of Velázquez’s most interesting paintings, popularly known as The Spinners, in which the painter depicts two important moments of the myth. In the foreground, the contest between Arachne and the goddess (old weaver) and in the background the Abduction of Europa (one of the motifs that Arachne represents on her loom, the love between Zeus and the young mortal daughter of Agenor. This representation is a copy of the version by Titian.

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