El Santo Grial: cuando la reliquia se convierte en mito
Pocas imágenes tienen tanta fuerza en la imaginación occidental como la del Santo Grial. Una copa, una reliquia, una piedra, un misterio templario, un objeto perdido, una promesa de salvación, una búsqueda interior… El Grial es todo eso y, precisamente por ello, sigue fascinándonos siglos después de su aparición en la literatura medieval.
Hace poco participé en el programa “El verdadero origen del Santo Grial”, junto a 3 7 cuadrado, donde conversamos sobre una de las leyendas más poderosas de la tradición cristiana y artúrica. El programa puede verse aquí:
La pregunta de fondo era sencilla, pero enorme: ¿qué es realmente el Santo Grial?
Durante siglos se nos ha presentado como la copa utilizada por Cristo en la Última Cena, o como el recipiente con el que José de Arimatea habría recogido la sangre de Jesús tras la crucifixión. Sin embargo, cuando uno se adentra en los textos medievales, descubre que la historia es mucho más compleja. El Grial no nace de una sola fuente, ni aparece desde el principio como una reliquia perfectamente definida. Al contrario: es un símbolo en transformación.
En la literatura medieval, el Grial aparece vinculado al ciclo artúrico, a la figura de Perceval, al castillo del Rey Pescador y a la idea de una búsqueda reservada solo a los caballeros más puros. En Chrétien de Troyes, uno de los grandes autores que introduce el motivo del Grial en la literatura europea, el objeto todavía no es explicado del todo. No es exactamente “la copa de Cristo” tal como la imaginamos hoy, sino un recipiente misterioso, cargado de sentido espiritual, alrededor del cual se organiza una prueba moral y caballeresca.
Ahí está una de las claves del mito: el Grial no importa solo por lo que es, sino por lo que exige de quien lo busca.
No todos pueden encontrarlo. No basta con la fuerza, la nobleza de nacimiento o la valentía guerrera. La búsqueda del Grial exige una transformación interior. El caballero debe pasar por la duda, el fracaso, la penitencia y el aprendizaje. En ese sentido, el Grial funciona como un espejo: revela la verdadera condición espiritual del buscador.
Por eso el mito conecta tan bien con la tradición artúrica. Camelot representa el ideal de una sociedad ordenada por la justicia, la caballería y la virtud. Pero el Grial introduce una tensión más profunda: no basta con construir un reino perfecto desde fuera; también hay que purificar el alma desde dentro. La aventura deja de ser únicamente militar o heroica y se convierte en una peregrinación espiritual.
Durante el programa también hablamos de la confusión, muy habitual, entre el Grial literario y los distintos cálices venerados como reliquias históricas. A lo largo de los siglos se han propuesto diferentes candidatos: el Santo Cáliz de Valencia, el cáliz de doña Urraca en León, el Sacro Catino de Génova, el cáliz de O Cebreiro y otros objetos asociados a tradiciones locales, devocionales o legendarias. Cada uno posee su propia historia, su contexto y su valor simbólico, pero no siempre es fácil separar la devoción, la tradición, la propaganda cultural y la investigación histórica.
Y ahí el Grial se vuelve todavía más interesante. Porque no es solo un objeto: es una idea que viaja.
Viaja desde los relatos medievales hasta las leyendas templarias. Desde la espiritualidad cristiana hasta las interpretaciones esotéricas. Desde la Materia de Bretaña hasta la cultura popular contemporánea. Lo encontramos en novelas, películas, videojuegos, teorías conspirativas y obras de fantasía. Cada época ha proyectado sobre el Grial sus propias obsesiones: la salvación, el linaje sagrado, el conocimiento oculto, la inmortalidad, el poder, la pureza perdida o la búsqueda del sentido.
Quizá por eso el Santo Grial nunca se agota. Porque, más que una copa, representa una pregunta.
¿Qué buscamos cuando buscamos el Grial?
¿Una reliquia auténtica? ¿Una prueba histórica? ¿Un símbolo religioso? ¿Un secreto oculto por templarios? ¿La posibilidad de tocar físicamente lo sagrado? ¿O una imagen de aquello que nos falta y que creemos que podría salvarnos?
Mi impresión es que el Grial permanece vivo porque une dos dimensiones que rara vez conviven con tanta fuerza: el misterio exterior y la transformación interior. Por fuera, es una búsqueda arqueológica, histórica y legendaria. Por dentro, es una búsqueda espiritual, ética y existencial.
El Grial nos recuerda que hay objetos que se vuelven poderosos no solo por su materia, sino por la red de relatos que los rodea. Una copa puede ser una copa. Pero también puede convertirse en el centro de una civilización imaginaria, en la meta de los caballeros de Arturo, en el símbolo de la gracia divina o en la promesa de que existe algo más allá del mundo ordinario.
Ese fue, precisamente, uno de los grandes atractivos del programa: poder hablar del Santo Grial no solo como una reliquia, sino como un mito vivo. Un mito que atraviesa la historia, la literatura, la religión y la imaginación popular.
Porque, al final, quizá el verdadero secreto del Grial no sea dónde está.
Quizá el verdadero secreto sea por qué seguimos buscándolo.
«Según santo Tomás de Aquino a cada uno nos corresponde un destino: ir al cielo o al infierno, una decisión que dependerá enteramente de nuestro propio comportamiento en vida.»
Entre los humanos, el mundo de los muertos será un concepto por el que la sociedad medieval estaría tremendamente aterrorizada. Desde la antigüedad existía mucha veneración a los difuntos, sí que se temía de aquellos que entran en las características de la «mala muerte». La sociedad llega incluso a preparar defensas ante ellos, porque están seguros de que estos muertos podrán salir de aquellos lugares donde se llevó a cabo su enterramiento. Por ejemplo, algunas personas creían que si no se enterraba a alguien de la manera correcta, su espíritu podía regresar para atormentar a los vivos. Lo que hacían para evitar esto era cerrar las ataúdes con clavos, o colocar piedras en la boca del cadáver. En este vídeo vamos a ver un poco el por qué de esos miedos y vamos a explorar esa creencia que había una vez que las personas morían y cómo influía esto en sus vidas cotidianas. De hecho algunas de estas costumbres han llegado prácticamente intactas hasta nuestros días.
En la edad media la muerte era algo en lo que se pensaba constantemente puesto que era algo bastante natural y que siempre estaba cerca de la población fuese cual fuese su edad, género o estatus social. Esta presencia o pensamiento en la muerte no se debía solo a las enfermedades, las hambrunas o las guerras que siempre estaban a la orden del día, sino también porque para las personas de esta época la muerte no era el final. Aquí es donde entra el papel de la iglesia que enseñaba acerca de las creencias en el más allá. Según esta creencia religiosa, al morir, el alma se juzgaba al instante, y habría 3 destinos posibles. Primero estaba el cielo. Si no habías cometido ningún pecado según la palabra de Dios, ibas ahí, pero seamos sinceros puesto que nadie de nosotros está libre de pecados, así que nadie iba realmente al cielo. Después tenemos el infierno, que era un lugar que daba pavor, era un sitio lleno de fuego, de demonios y tormento, algo que parecía sacado de las pesadillas de Dante. Entre el cielo y el infierno había un tercer lugar que era el purgatorio. Este no era tan terrible como el infierno ni tan maravilloso como el cielo. Este lugar era interesante porque si ibas al purgatorio y las personas en vida rezaban por ti o pagaban a la iglesia, podías salir antes. La devoción a las almas del purgatorio se convierte en una expresión de solidaridad y compasión hacia aquellos que han fallecido y que aún están en proceso de purificación. De hecho es de aquí de donde surge la creencia en las ánimas benditas del purgatorio en la hechicería popular española porque conserva esas raíces animistas, pues se cree que las hechiceras se valían de la ayuda de las ánimas benditas para poder hacer sus trabajos hechiceriles a cambio de que estas rezaran por ellas, lo cual les proporcionaba ese descanso. Se dice que si no se les reza no se cumplen esos favores. Por ejemplo, mi bisabuela le rezaba a las ánimas benditas para que la levantaran temprano por la mañana, y yo misma empecé a rezarles para levantarme a las 7 de la mañana y no había día que no me levantaba cuando lo hacía. A diferencia de los muertos sin descanso, las ánimas no buscan venganza sino que solo necesitan ser vistas y acompañadas en su tránsito en el purgatorio. Aunque algunas creencias sostienen que si no se cumplen las promesas realizadas al anima sola, la persona podría enfrentar consecuencias espirituales negativas como mala suerte, enfermedad o problemas personales. Se cree que anima sola puede retirar su favor o protección si no se cumplen las promesas hechas en su nombre. El concepto del purgatorio tuvo sus raíces en el pensamiento cristiano desde el siglo III, influenciado por las reflexiones de Clemente de Alejandría y Orígenes, así como por el Apocalipsis de Pablo durante la Edad Media. Sin embargo, fue en el siglo XIII cuando la iglesia católica le otorgó un reconocimiento oficial en consonancia con las propuestas teológicas de San Agustín. Esta creencia fue vital en la mentalidad occidental, promoviendo la relación entre el purgatorio y la penitencia para salvar a las almas condenadas. Estas imágenes representan la intercesión divina y un recordatorio de la importancia de la oración por los difuntos para acortar su tiempo en el purgatorio. La expresión de miedo en las personas es característico ya que están siendo purificadas por el fuego del purgatorio. Sin embargo también se pueden ver caras de esperanza porque esperan alcanzar esa purificación y llegar al cielo. En algunas representaciones se pueden ver escenas de penitencia, donde las almas están realizando actos de contrición para expiar sus pecados. Estas representaciones formaban parte de la estrategia de la iglesia católica para consolidar la fé, creando vívidas imágenes sobre la muerte y la vida después de esta y fomentando una dinámica devocional activa y rentable.
Todo esto que comento acerca de las creencias después de la muerte contrasta mucho con las creencias paganas que el cristianismo trató de erradicar. Según estas creencias existía el alma múltiple a través de la cual se creía que una parte del alma, a la cual se le llamaba doble, se quedaba vagando en forma de espíritu o bien a veces de forma totalmente corpórea.
Según Allan Kardec:
«El hombre está formado por tres principios que se disocian en el momento de la muerte: el cuerpo, que perece; el alma, principio inmortal que en el momento de la muerte trata de desprenderse de la materia, pues permanece cierto tiempo prisionera del periespíritu, envoltura fluídica que a veces puede hacerse visible e incluso manifestarse de forma tangible; y el periespíritu, que constituye el vínculo entre el espíritu y la materia durante la vida del cuerpo.»
Aquello que Kardec llama periespíritu otros lo llaman cuerpo astral o doble, que es la base de la creencia en el retorno de los muertos de forma corpórea y por eso se aplicaban medidas para acabar con ellos. Como ejemplo de esto tenemos a los strigoi de Rumanía. Según esta creencia el alma no muere con el cuerpo, y es la clara explicación de los fantasmas, los aparecidos y la raíz principal de la necromancia.
Este pensamiento fragmentado del alma lo encontramos en culturas indoeuropeas, germánicas, escandinavas y mediterráneas. Para nuestros antepasados, el alma no era un concepto abstracto sino una entidad divisible, y sobre todo visible, que podía manifestarse fuera del cuerpo, tomar formas animales, advertir peligros, actuar en sueños y viajar a otros planos. Si el alma fuera única, no se podría explicar la experiencia del viaje de la consciencia fuera del cuerpo sin que el cuerpo muriera. Por lo tanto se creía que el alma constaba de distintas partes aunque bajo el cristianismo se unificó en un alma única. La creencia en el doble permite explicar muchos fenómenos como la bilocación, la metamorfosis de las brujas y muchas otras experiencias. Entre estas nociones encontramos el “ka” egipcio, el “prana” indú, el “daimón” griego o el “genius” romano.
La vida en la edad media era frágil y bastaba con un soplido para que pudieras morir a consecuencia como ya decíamos de las guerras, el hambre y las enfermedades. Así que si no te mataba una cosa, no te preocupes que había algo otro a la vuelta de la esquina. Había pequeñas peleas de vecinos que luchaban por tierras hasta guerras como las cruzadas que eran bastante enormes y había mucha mucha gente involucrada en ellas.
Por otro lado, teniendo en cuenta que en la edad media no había supermercados con super producción, si no había trigo pues no había pan. Por lo tanto cuando el hambre aprieta y se encontraban débiles eran presas de cualquier enfermedad. Hablando de enfermedades tenemos a la peste negra, que llegó sobre el 1347, y en unos cuantos años se llevó a 1/3 de la población Europea. Había tantos muertos que tenían que apilarlos en fosas comunes porque sino no había espacio. La preparación para la muerte se convirtió en una preocupación importante, especialmente después de la peste negra en el siglo XV. La publicación de textos como el «Ars Moriendi» enfatizó la importancia del buen morir. Este libro se compone de dos textos estrechamente relacionados que ofrecen consejos sobre los protocolos y prácticas para afrontar la muerte de manera apropiada y conforme a los principios cristianos. Estos textos proporcionan directrices sobre cómo morir bien según la cosmovisión cristiana de la época.
Como ya vemos la muerte era tan común que prácticamente todo el mundo tenía que estar espiritualmente preparado para cuando llegara. La iglesia tenía un papel importante porque no solo controlaba lo que pasaba después de la muerte sino que también recordaban día si y día también que o ibas al cielo o al infierno. Es por eso que en los sermones tenían descripciones detalladas de todos los tormentos que te esperaban si ibas al infierno. Las iglesias estaban repletas de pinturas con cadáveres en descomposición, con escenas de muerte como un recordatorio visual de que la muerte estaba siempre acechando y que la salvación sólo llegaría a los verdaderos creyentes.
También teniendo en cuenta que las personas creían que el juicio final estaba a la vuelta de la esquina, con más razón para estar preparados para ese fin del mundo. Los sermones medievales tuvieron tres objetivos: En primer lugar, eliminar o rectificar los males que están presente en la sociedad; en segundo lugar, castigar a aquellos que lo merezcan, y en tercer lugar, acabar con todo lo que pareciera opuesto a la moral cristiana. Además, saben perfectamente a que público dirigirse, van a por las capas populares. El principal elemento que se usa en el sermón medieval es el miedo a Dios. Se conduce el discurso hacia el temor sobre la vida después de la muerte que les espera si no se distancian de una vida pecaminosa. El temor a dios es propio de toda la Edad Media, pero a partir del siglo XII se incluye también el miedo al Juicio Final. Si añadimos que la sociedad es fervientemente religiosa y que además el público al que iba dirigido estos sermones era en su mayoría inculto, era un perfecto caldo de cultivo para el discurso del miedo, una manera perfecta para controlar a la población. Por otro lado, está la imagen del demonio, que se presenta como aterradora. El miedo que trae consigo el demonio va conectado con el temor a los muertos, y es que el diablo representa la cara negativa de aquellas creencias paganas que se querían demonizar. En grandes rasgos, la finalidad del demonio en la Edad Media es la de intentar a través de trucos engañar al ser humano y llevarlo hacia el mal, corromperlo, y por último, condenarlo eternamente.
A partir de aqui surgieron grupos un poco extremos como los flagelantes:grupo de personas que se azotaban públicamente a modo de penitencia. Creían que si se castigaban a ellos mismos Dios dejaría de estar tan enfadado. Habiendo dicho esto, vamos a ver cuales eran las supersticiones y creencias en cuanto a la muerte y cuales eran las costumbres tenían estas personas. Ya hemos dicho que en esta época se le daba mucha importancia a aquello que pasaba después de la muerte pero por supuesto también antes de ella. Rondaban muchas historias de muertos que no se quedaban quietos en sus tumbas, algunos decían que volvían como fantasmas y otros como cadáveres reanimados. Todo esto ocurría cuando no se cumplía con la realización de ciertos ritos y prácticas al morir. Si no se llevaban a cabo el alma, según las creencias paganas, el doble, quedaba atrapado entre los dos mundos como un espíritu errante. ¿Y porqué os hablo de algunas creencias paganas y cristianas como estáis viendo? Porque al final todo son mezclas y sincretismo, no olvidemos que el cristianismo coge todo lo pagano y lo hace suyo a su antojo.
Con lo cual desde épocas más antiguas, las personas pensaban que si el cadáver recién muerto no se trataba de la forma correcta, el espíritu podía quedar atrapado. Una de las prácticas que tomaba como medida para que esto no sucediera era clavar clavos en los ataúdes para evitar que el alma del difunto se escapara y pudiera rondar por ahí. No solo en el ataúd sino que a veces se clavaban en el pecho o la boca del muerto. El miedo era tan grande que se pensaba que si no se hacía esto el alma podría escaparse y salir a perturbar a los vivos. Y esto pasaba en Rumanía hasta hace bien poco, si es que aún la costumbre no se ha perdido en algunos pueblos de montaña.
También se acudían a medidas como poner piedras en la boca porque se pensaba que si el cadáver no tenía algo en la boca, el alma podía regresar al cuerpo y de esta manera podría hablar, gritar e incluso levantarse y visitar a los vivos. Así que por si acaso se le ponía piedras en la boca y de esta manera no hacía ruido. Incluso se creía que las piedras mantenían el alma atrapada en la tumba como si fuera una especie de candado invisible.
Durante los entierros se elegían los lugares más especiales para hacerlo y se pensaba que los lugares que se consideraban sagrados protegían a los vivos. Aunque en algunos casos los cadáveres se enterraban de una manera como de lado a modo de trampa, para que el alma no pudiese encontrar el camino de vuelta y no tuviera la oportunidad de volver al cuerpo y éste pudiese levantarse.
Durante la noche antes del entierro, la familia y los amigos se quedaban al lado del cadáver haciendo una especie de vigilia o velatorio. Esto consistía en no dejar que el muerto estuviera solo, se quedaban junto al cuerpo rezando y cantando himnos y haciendo todo lo posible para que el alma pudiese cruzar sin problemas al otro lado. La vigilia tenía que durar toda la noche hasta el amanecer y cuando salía el sol, esa luz le guiaba a su camino al más allá. Si en esas vigilias se daba algún movimiento extraño o ruidos, la gente se lo tomaba como señal de que el alma no estaba todavía en paz o que seguía dando vueltas sin rumbo.
Otra costumbre curiosa era enterrar cosas con el difunto, lo que se llama como el ajuar mortuorio que esto viene de hace siglos y de culturas como las mesopotámicas, egipcia, las culturas mediterráneas de grecia y roma e incluso en lugares del norte de Europa como Escandinavia. En la edad media todavía se llevaban estas prácticas y se usaban monedas, joyas o armas porque la gente pensaba que el alma del difunto necesitaba estos objetos para la buena llegada de su alma al más allá. El uso de las monedas podía venir también de las culturas mediterráneas de Grecia y Roma donde se pagaba con monedas al barquero Caronte para que llevara a las almas a cruzar el río Estigia. Las joyas se utilizaban no para lucirlos o para que estuvieran más elegantes sino porque ejercían un poder protector en ese camino del alma al más allá. Pero no solo se enterraban con cosas sino que a veces se enterraban con otras personas o con animales.
El tema de dónde se enterraba a los difuntos era también importante porque sino les enterraban en territorio consagrado, el alma podría quedarse atrapada en la tierra sin poder ir al cielo ni al infierno. Estas almas perdidas si no se enterraban correctamente iban vagando por ahí causando desastres, con lo cual podrían traer enfermedades, accidentes, etc. Así que todo el mundo quería asegurarse de que el muerto fuera bien enterrado en un sitio seguro y que el alma se fuera al otro lado sin problema. Por eso había iglesias y monasterios justo donde se enterraban a los muertos, en los llamados cementerios, porque el suelo consagrado era la clave. Si estabas enterrado en suelo donde había una iglesia tu alma iba a poder descansar en paz.
En esta época también la gente se preocupaba por el mal de ojo, porque la gente no solo pensaba que alguien te podía mirar mal y ya está, sino que se creía que si te miraban con mala intención se podía echar una especie de maldición, voluntaria o involuntaria que causaba todo tipo de males, desde enfermedades hasta la muerte. Para esto siempre eran necesarios los amuletos. Pero de este tema voy a hablar más extendidamente en otro vídeo o en algún artículo. 😉
El tema de las campanas en la iglesia es interesante porque no solo servían para decir que era la hora de rezar o para marcar la hora del día, sino que de igual manera, cuando alguien moría, era como si las campanas se convirtieran en las guías del alma hacia el más allá. Era un sonido muy importante y la gente lo asociaba a esa ayuda hacia el alma del difunto a encontrar su camino al cielo.
Pero había ciertas condiciones, si la muerte era muy violenta, las campanas no sonaban como normalmente lo hacían, sino que cambiaban de tono a uno mucho más sombrío y grave porque según se creía, los espíritus de las personas que morían en estas circunstancias podrían quedar atrapados entre el mundo de los vivos y los muertos causando caos. Incluso si alguien se suicidaba en estos lugares, las campanas ni siquiera se tocaban porque en aquellos tiempos el suicidio era visto como un pecado enorme así que el alma de esa persona no recibía la misma ayuda espiritual y ni siquiera las campanas repicaban para guiar su alma. Incluso en algunos casos el cuerpo se solía enterrar en un lugar fuera de lo que solía ser el camposanto. A ojos de la sociedad es la muerte más terrible, no hay muerte más deshonrosa. Está muy mal vista por la sociedad cristiana desde la Edad Media, ya que se veía necesario que el ser humano completase su ciclo natural de la vida al ser una creación de Dios. Lo mínimo que se espera del individuo en esa sociedad Medieval es que recorra el camino que Dios ha preparado para él. Por lo tanto, existe un pensamiento establecido en la sociedad que rechaza y condena a todos aquellos que no cumplen con el plan de Dios y lo acortan a su voluntad. Aquel que toma el suicidio como método de evasión de este mundo queda condenado y maldecido. Y debemos también hacer hincapié en otra consecuencia producida por este tipo de muerte: Al haber fallecido sin que su hora hubiera llegado el muerto nunca podrá descansar en el mundo de los muertos. Es, por así decirlo, una condenación eterna. Se creía que el suicida podía albergar al demonio, por lo que debían de ser enterrados lejos de los espacios sagrados.
Los funerales por supuesto tampoco eran como los de hoy en día. Tenían que llevarse de manera correcta porque el no hacerlo implicaba correr ciertos riesgos. Una de las cosas que temían era que por ejemplo una vela se apagara durante el velatorio porque eso se consideraba un mal presagio. La luz de la vela era aquella luz que guiaba el alma y si se apagaba suponía que el alma no podía encontrar su camino hacia el más allá.
Otro riesgo tenía que ver con la mortaja que era la tela que envolvía al cuerpo. Pues bien, si la mortaja no se ponía justo como debía, esto no era bueno porque se creía que si no se colocaba bien, el alma del muerto no iba a poder encontrar el camino correcto y se quedaría dando vueltas como un espíritu errante.
Otra superstición era la de los animales considerados «de mal agüero» que podían pasar en el momento de la muerte o durante el velatorio y que podían ser consideradas también como mal augurio como gatos, cuervos y búhos, casualmente todos asociados a la bruja y que en esta época fueron muy demonizados. Además animales como los cuervos en aquella época eran como los buitres, siempre merodeando por donde había algún muerto, por lo que esta asociación era común.
Además, otro tema interesante es el de la sombra del muerto. Esta es una creencia muy resonada así que es algo que ha llegado a nuestros días. Se creía que si alguien se acercaba demasiado al cadáver o pasaba cerca de la caja, en especial si pasabas por la sombra, se decía que quedabas marcado por una especie de maldición y por lo tanto ese muerto te dejaría esa sombra que te iba a perseguir, por lo tanto ibas a cargar con la sombra del muerto. Por eso, la gente no se acercaba mucho a la tumba hasta que no pasaba un buen tiempo y si tenían que hacerlo se armaban de protección rezando o poniéndose amuletos.
Si nos fijamos en en ciertas pinturas de la edad media donde Jesucristo está separando a los elegidos de los condenados, el miedo a lo desconocido, estaba tan presente en la vida de los medievales que los artistas los reflejaban en cada rincón. Una de las formas más impactantes de representar este miedo era la famosa danza macabra, una de las imágenes más emblemáticas de la edad media. Un esqueleto con una guadaña conocida como la muerte iba agarrando de la mano a personas de todo tipo; a reyes, sacerdotes, campesinos, nobles. Todos iban danzando hacia la tumba sin importar lo que habían hecho en la vida, por lo tanto el mensaje está clarísimo: la muerte no discrimina, al final todos nos vamos a encontrar con ella seamos más ricos o seamos más pobres. Al final te ayuda a ver que lo que más importa no son los logros terrenales, que al final sí, ya que estamos viviendo vivamos la vida al máximo haciendo todo aquello que queremos y nos gusta, pero hay que recordar que nos vamos a morir, que lo seguro es eso y es necesario cuidar no solo nuestro cuerpo si no nuestra alma en ese trayecto de vida. El concepto de la danza macabra no solo estaba en pinturas sino también en esculturas y en los frescos de las iglesias. Estas pinturas de estas danzas macabras eran esa forma de enseñar la lección de que absolutamente nadie se escapa de las garras de la muerte.