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El chamán y el vuelo del alma: trance, espíritu y memoria ancestral entre culturas

El chamán y el vuelo del alma: trance, espíritu y memoria ancestral entre culturas

El chamán y el vuelo del alma: trance, espíritu y memoria ancestral entre culturas

Desde que el ser humano comenzó a tratar de atravesar los velos del mundo visible, emergió una figura que ha interesado a muchos y esta es la del chamán: aquel que voluntariamente cruza el umbral del trance, desdobla su conciencia y habla con los espíritus en busca de conocimiento o sanación para ayudar a su comunidad. Pero el término chamanismo no es realmente ancestral: es una construcción moderna usada por las ciencias sociales para englobar diversos saberes y prácticas espirituales que comparten una matriz común, que es el uso del éxtasis, la capacidad de proyectar el espíritu y el trabajo con fuerzas espirituales para restablecer el orden natural. En esencia, dentro de esa matriz está la sanación —no solo corporal, sino también espiritual— y también la búsqueda de conocimiento.

Este uso del término no pretende aglutinar todo bajo una misma etiqueta homogénea, sino señalar resonancias profundas entre diferentes culturas. Aunque asociamos el chamanismo con sociedades indígenas y tribales, muchas culturas consideradas más “avanzadas” (y enfatizo mucho en las comillas) han conservado memoria de esas técnicas: ya sea en supersticiones, en el lenguaje simbólico, en tradiciones locales, etc. En Europa misma han permanecido vestigios y ecos de esas prácticas que, con el tiempo, se transformaron, se ocultaron o se reinterpretaron y hablaremos también de ello en este vídeo.

Pero empecemos por el principio: El término chamán proviene de la lengua tungusa hablada en Siberia y llegó a Occidente a través del ruso. En su raíz original se encuentra la palabra “saber”, pero ese saber no era un conocimiento teórico, sino un saber espiritual, una maestría sobre el trato con los espíritus. Entre los pueblos siberianos y centroasiáticos, cada cultura tenía su propio término para designar a esta figura, pero todas compartían la idea de que el chamán es quien sabe cómo cruzar entre mundos y comunicarse con los espíritus. Esta idea de que pertenece a un clan indica que su labor no es individualista, sino comunitaria: viaja por los planos invisibles en busca de información y lo hace en servicio a su pueblo, su tierra, su clan o su entorno.

La clave del chamanismo es, por supuesto, el estado alterado de la consciencia. El chamán es capaz de entrar voluntariamente en esos estados y desplazarse por ellos con control. Desde ahí contacta con espíritus: animales, vegetales, ancestros, fuerzas de la naturaleza o almas humanas. Por lo tanto el chamán está íntimamente ligado a su territorio, a los espíritus del lugar y a la ecología invisible que sostiene la vida. Es a través de esta creencia animista que tienen del mundo a raíz de lo cual pueden establecer este contacto con los espíritus. Algo muy importante no solo era el trance sino también los estados de ensueño o el trabajo con los sueños porque es a través de ellos como también el alma puede desdoblarse y encontrarse en otros mundos sutiles que para aquellas culturas también eran otras realidades, no solo el mundo de la vigilia era el “real”. Además el plano onírico es otra manera de disponer de información que no recibimos de otra manera en la vigilia, con lo cual esto es algo muy potente.

Ahora bien, cabe remarcar que no todo trance o estado alterado de la consciencia es chamanismo. Hay místicos, profetas, santos o artistas que alcanzan estados alterados de conciencia sin ser chamanes. Un buen ejemplo es Hildegarda de Bingen, por ejemplo, experimentó visiones poderosas y místicas, pero no se consideraba a sí misma chamana. El trance chamánico es funcional y ritual: tiene estructura, propósito, guía. Que por cierto hace no mucho hablé en un vídeo sobre la vida de esta mujer así que os remito por aquí a ese vídeo por si os da curiosidad.

Más tarde, cuando la modernidad empezó a reinterpretar el chamanismo desde la lejanía digamos, comenzaron a aparecer distorsiones. Uno de los ejemplos más notorios es el Nahualismo de Carlos Castañeda, una mezcla de antropología y ficción que, aunque inspiró a muchas personas interesadas en el tema, terminó generando confusión porque aquello que describía no representaba ninguna tradición indígena real. Lo mismo ha sucedido con la New Age: hay muchos textos que mezclan fragmentos de distintas tradiciones, adaptados al consumo occidental, sacados totalmente de contexto.

El auge espiritual de las últimas décadas ha tenido aspectos positivos porque ha permitido que muchas personas reconecten con ese lado más numinoso, con lo cual ha conseguido que se rompieran viejos tabúes religiosos, al igual que esa exploración de la conciencia. Pero también abrió la puerta a lo que algunos antropólogos llaman el neocolonialismo espiritual. Esto es: la apropiación de prácticas indígenas por parte de sociedades industrializadas que las transforman en productos, terapias o espectáculos. El chamanismo no puede —mejor dicho, no debe— ser exportado como un paquete universal, por lo que no podemos extraer sus técnicas sin asumir también su historia.

Cuando alguien practica chamanismo dentro de una cultura occidentalizada, las técnicas no pueden replicarse tal cual lo hacen en los entornos donde normalmente se practica. Las condiciones del paisaje, del entorno social y del tejido espiritual circundante cambian. Por eso muchas veces esas versiones “modernas” se deforman, pierden coherencia, se comercializan y de esta forma, sin quererlo, se banalizan. Eso es peligroso: porque en esa deformación se traiciona la sabiduría profunda que las tradiciones originarias han cuidado durante siglos. Se aplican técnicas superficiales sin entender su raíz, se difuminan los medios y los fines, y se hace un daño simbólico a quienes las practican con herencia ancestral.

La apropiación espiritual no es un conflicto entre continentes, sino entre la cultura del consumo y las tradiciones vivas. No importa el origen étnico: incluso también una persona nacida en un lugar como Siberia, por ejemplo, puede caer en el mismo error si se aproxima a las prácticas nativas si no tiene un vínculo real con las comunidades. Por tanto, el verdadero acceso a un conocimiento de raíz exige humildad, trabajo, y sobre todo, ese reconocimiento comunitario.

Porque hay una cosa SUPER importante que debemos saber: El chamán no se autoproclama como chamán, sino que es la comunidad la que lo reconoce como tal. Ser chamán no es un título profesional ni un oficio autónomo, sino una función social. La figura del chamán no surge porque alguien “siente que quiere ser chamán”, sino porque la comunidad lo reconoce como tal, porque ha pasado por un proceso iniciático —casi siempre doloroso— y porque cumple una labor espiritual para los demás. Por eso nadie puede llamarse a sí mismo chamán sin haber sido nombrado como tal por su pueblo.

Los occidentales no nacimos dentro de culturas chamánicas. Por tanto, lo más honesto no es apropiarse del título, sino hablar de nosotros como practicantes de técnicas chamánicas o trabajadores del trance y del vuelo del espíritu, reconociendo el límite y la diferencia. Eso no resta valor al trabajo sino que lo hace más consciente y ético.

La pregunta es entonces: ¿cómo podemos incorporar estas prácticas sin caer en la apropiación?
La respuesta está en reconocer el territorio que habitamos. Las raíces espirituales europeas e incluso de otras partes del mundo también contienen su propio linaje de trance, de comunicación con los muertos y con los espíritus de la tierra. Está por ejemplo en la brujería tradicional europea, en los misterios de Eleusis, en los cultos dionisíacos y en los ritos agrícolas que celebraban el descenso y el renacimiento. En todos ellos como he explicado en mis vídeos cuando he hablado sobre ellos había éxtasis, posesión, comunión con lo invisible, y a menudo el uso de enteógenos, plantas que abrían la percepción y permitían al alma atravesar los velos de este plano.

Uno de los estudios más conocidos del siglo XX es el de Michael Harner, quien, en obras como La senda del chamán o La cueva y el cosmos, analizó más de quinientas culturas chamánicas y concluyó que solo un 15% utilizaban sustancias visionarias, frente a un 85% que alcanzaban el trance mediante ritmos repetitivos, sobre todo el tambor. Harner lo que hizo fue tratar de sintetizar las estructuras universales del viaje chamánico y creó un método adaptado al contexto occidental. Aunque simplificado, su aporte permitió que muchas personas experimentaran, por primera vez, una forma controlada de viaje espiritual.

Autores como Claude Lecouteux y Carlo Ginzburg también exploraron estas raíces. Ginzburg muestra cómo los benandanti italianos —campesinos que decían salir en espíritu para luchar por la fertilidad de los campos— compartían una misma lógica que los chamanes siberianos. En ambos casos, el alma se desprende del cuerpo, combate en otro plano y regresa con poder o con información. Al igual que los licántropos de livonia que al final también ejercían un trabajo comunitario a través de la salida del alma del cuerpo, por lo tanto tenemos esas formas de chamanismo también en lugares de Europa.

Mircea Eliade, en El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, fue aún más lejos. Para él, el chamán es el primer técnico del alma: aquel que se adentra en el cosmos invisible con una estructura simbólica precisa. En su visión, el universo se divide en tres niveles: el mundo inferior, el mundo medio y el mundo superior. El chamán viaja entre ellos: desciende al inframundo en busca de fragmentos de alma perdidos o asciende a los cielos para obtener guía y sabiduría. Cada nivel está habitado por espíritus y entidades con las que puede establecerse relación.

Desde esta comprensión, el trabajo chamánico puede incluir muchas acciones: pedir consejo o adivinación; solicitar sanación para uno mismo o para otros; recuperar animales de poder perdidos y rescatar fragmentos de alma que quedaron atrapados tras un trauma.
El alma, bajo esta visión, puede fragmentarse. Cuando algo nos rompe, una parte de nosotros se separa y queda suspendida en otro plano. El chamán lo que hace es que viaja para traerla de vuelta. Esa recuperación es, en el fondo, una forma de reintegración del ser.

Por otro lado, el chamán nunca trabaja solo y esto es por lo que hablábamos de esta concepción que tiene basada en el animismo. Los espíritus de poder, de esta manera, le acompañan y le indican hasta dónde puede actuar. Esos espíritus son los verdaderos sanadores: él solo sirve de canal.

Existe también una distinción importante entre el totemismo y los animales de poder. En las culturas totémicas, el clan o la familia descienden de un animal, planta o mineral específico. Ese tótem es un ancestro colectivo, pero no se le invoca ni se trabaja con él: se le honra y se le respeta. El animal de poder, en cambio, es un espíritu aliado personal. Puede acompañarnos toda la vida o aparecer solo en determinados momentos. Su función es prestarnos su energía, su instinto y su sabiduría. Hay quien tiene varios; algunos son permanentes, otros cambian.  Del mismo modo que hay animales aliados, también existen maestros espirituales o ancestros con los que se puede trabajar. De hecho el culto a los ancestros en la brujería proviene de esta raíz chamánica. Todo lo que somos procede de nuestros ancestros, y su fuerza puede ser invocada en los procesos de sanación o aprendizaje.

En muchas cosmovisiones chamánicas se considera que, tras la muerte, el alma puede reencarnarse. Lo fascinante es que esta idea aparece en culturas que jamás tuvieron contacto entre sí: pueblos de América, Asia, Europa y Oceanía comparten estructuras casi idénticas. Esto sugiere que el chamán no accede a una fantasía cultural, sino a un espacio arquetípico compartido, una realidad simbólica común a la humanidad.

Existen dos tipos principales de trance:
El primero, orientado a la sanación y el conocimiento: el chamán viaja para curar, aconsejar o aprender.
El segundo, ligado a la batalla espiritual: lucha contra fuerzas que amenazan a su pueblo o a su entorno.

En la Europa medieval, los licantropos de Livonia, según los procesos inquisitoriales, afirmaban salir de sus cuerpos en forma de lobos para combatir a los demonios que arruinaban las cosechas. Luchaban por la fertilidad de la tierra. Para ellos, el trance era tanto una guerra como un servicio.

Para aprender estas técnicas es necesario asumir claves primordiales: aprender a hacer el viaje espiritual —es decir, dominar el trance—; lograr la entrada al trance mediante respiraciones conscientes, tambores, sonidos repetitivos; viajar a los mundos superiores, inferiores o intermedios y contactar con guías, espíritus de poder o ancestros. Para llegar a esto no basta con una visualización relajante: estos trabajos demandan un grado de concentración profundo y un espacio ritual apto para sostener el trance.

El chamanismo y brujería guardan vínculos esenciales: ambos hablan del vuelo del espíritu, del trance como herramienta para cruzar los límites del mundo cotidiano, del contacto con espíritus auxiliares, del cambio de forma, de una visión animista del universo, del respeto hacia los ancestros y de la transmisión por los sueños. En muchos casos la brujería recogió esos restos antiguos del chamanismo camuflados en medio de la represión religiosa, y los adaptó a su simbología y necesidades locales.

Como decía antes cuando nombraba a autores destacados en el tema, Claude Lecouteux ha sido uno de los estudiosos más relevantes que han rastreado la persistencia del chamanismo en Europa a través del mito del doble o “alma múltiple”, que de hecho hablé de él en mi vídeo sobre licantropía que os voy a dejar por aquí 🙂 Según él, muchas de las figuras fantásticas, los espíritus domésticos, los aparecidos, los mitos de transformación y desdoblamiento tienen raíces confluentes con prácticas chamánicas europeas. Esa continuidad viene de un fondo de creencias europeo que nunca fue erradicado por completo.

Lecouteux rescata tres nociones clave dentro del imaginario nórdico germánico: fylgjahamr y hugr, vocablos que designan diferentes aspectos del alma, del doble que como decía anteriormente, se tenía la creencia de que se podía fragmentar, por lo tanto vemos esta concepción animista del ser humano. Las sagas, los mitos y la magia popular medieval los exploran en relatos donde el alma puede separarse, transformarse, actuar en otros planos o sufrir heridas en el cuerpo del doble que repercuten en el cuerpo físico mientras este doble anda vagando por ahí.

La fylgja —“la seguidora”— es un doble espiritual tutelar que nos acompaña durante toda la vida. Aparece en sueños o visiones, a veces como animal, a veces como figura humana o sombra. Actúa como espejo del destino: su presencia avisa, protege o advierte. En muchas sagas se afirma que si alguien ve su propia fylgja, su muerte es cercana.

El hamr es la forma corporal del alma, el vehículo que permite al ser proyectarse más allá del cuerpo en trance o sueño profundo. El hamr puede asumir formas animales o humanas, cambiar de apariencia, desplazarse. En las narraciones medievales, cuando el hamr es lastimado en un viaje espiritual, el cuerpo despierta con esas mismas marcas. Las brujas, en la tradición medieval, se decía que asistían al aquelarre no con su cuerpo físico, sino mediante la proyección de su hamr, su doble espiritual, asociado con animales o con espíritus auxiliares. El familiar de la bruja, ese espíritu animal que la acompaña, tiene equivalencia simbólica con el animal de poder chamánico.

El hugr es el principio vital, la mente espiritual, el impulso que anima al alma. Es más impersonal que los otros dos: un soplo que puede manifestarse en cada individuo pero fluye desde una fuente universal. El hugr es el motor interior, la intención, la energía que impulsa el desdoblamiento. Cuando el hugr es débil, el alma pierde fuerza y  cuando es vibrante, toda la estructura interna se activa.

Combinados, estos tres principios sostienen una visión plural del ser: la fylgja como sombra tutelar, el hamr como forma viajera, el hugr como fuerza vital que da intención. Para Lecouteux, muchas de las criaturas míticas del folklore europeo —hadas, duendes, fallecidos, ciertos animales, vampiros, e incluso la bruja como entidad espiritual entendida como la pesadilla de la que hablaré en otro vídeo— no son simplemente superstición sin raíces, sino manifestaciones de la figura del doble múltiple en sus diversas máscaras.

Dentro de esa concepción plural, existe también la idea del alma ósea: la porción del espíritu que habita en los huesos, que mantiene memoria y fuerza vital en la estructura corpórea. En muchas culturas chamánicas, los huesos son sagrados porque aún contienen la chispa que puede reavivarse. Por eso en las iglesias aún seguimos encontrando reliquias, porque en el fondo todavía perdura esta antigua creencia de que una parte del alma todavía se encuentra en los huesos, lo cual es también la base de la práctica de la necromancia.

En Europa encontramos el mito de Thor en el que al matar a sus animales y luego volver a colocar sus huesos sobre la piel, estos reviven: “Al atardecer llegaron a la casa de un granjero, y tuvieron el permiso para pasar la noche allí. Caída la noche, Thor tomó sus bucos y los mató a los dos. Luego fueron despellejados y puestos en un caldero. Todo el mundo comió y luego Thor puso el pellejo de los bucos entre el fuego y la puerta y dijo al granjero y a los suyos que pusiesen los huesos sobre ellos. Thor tomó su martillo y lanzó un hechizo sobre los pellejos de los bucos y resucitaron.”

El relato de Sibila y Pierina, dos mujeres acusadas de pactar con el cortejo de Diana durante la Inquisición, presenta un paraleliso con esta historia bastante sorprendente: cuentan que, tras un ritual de banquete con bueyes, colocaban los huesos sobre las pieles y su guía (Madona Oriente) accionaba una llave espiritual con su bastón para resucitar los animales. Esa narración se acerca más de lo que parece al mito nórdico: habla de una magia ósea, de una creencia en que el alma inferior (la que permanece en el hueso) puede ser activada si se la coloca en un orden correcto.

La Caza Salvaje es otro fenómeno que tiene una mezcla de chamanismo y mito europeo: es un cortejo espectral nocturno, liderado por una figura arquetípica como Odín, por ejemplo, que va guiando a un grupo de espíritus que realmente forman parte de ese doble espiritual. En ocasiones me he preguntado y de hecho estoy segura de ello, de que hay personas que son capaces de proyectar su doble sin ser conscientes de ello, y su doble anda vagando sin que esas personas quizá lo sepan. Por lo tanto creo que no solamente se proyecta el doble de manera consciente, sino que inconscientemente estoy segura de que también puede atravesar diferentes planos.

Así que dentro de todo esto yace una concepción chamánica profunda: que somos más que carne y hueso, que podemos extendernos hacia otros mundos, que podemos sanar fragmentaciones profundas y que sobretodo, podemos dialogar con lo invisible.

Os recomiendo muchísimo leer los libros de Michael Harner y de Mircea Eliade para ahondar en los conocimientos de todo acerca del chamanismo si es que tenéis curiosidad y por supuesto autores como Claude Lecouteux que merece muchísimo la pena. También recomiendo que vayáis a visitar el canal de Encrucijada Pagana porque también he aprendido mucho a lo largo de este tiempo de sus vídeos y hablan de temas muy interesantes, aunque ahora el programa está inactivo siempre es una buena referencia!

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