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La verdad sobre los vampiros: lo que hay detrás del mito

La verdad sobre los vampiros: lo que hay detrás del mito

La verdad sobre los vampiros: lo que hay detrás del mito

Por Pablo Ruiz Osuna, escritor y folclorista

En el vídeo que comparto al final de esta entrada, «La verdad sobre los vampiros: el origen real», vuelvo sobre un tema que me acompaña desde hace años: esas criaturas que chupan sangre, salen de noche y se niegan a morirse del todo.

Como escritor y folclorista, llevo mucho tiempo rastreando este tipo de historias. En mi libro Guía de los seres mitológicos españoles ya dedico varias entradas a muertos inquietos, revenants y figuras “vampíricas” de nuestro propio folclore peninsular, que poco tienen que envidiar a Drácula. Y en distintas entrevistas y charlas —como mi participación en el programa 3×7 Cuadrado, o en otros podcasts sobre mitología y terror— siempre aparece la misma pregunta:

¿De verdad hubo “vampiros” o todo es literatura y cine?

La respuesta corta es: no hubo vampiros como los de Hollywood… pero sí hubo miedos, cadáveres sospechosos, enfermedades raras y mucha imaginación colectiva. Y de esa mezcla sale el monstruo.


Antes de Drácula: madres devoradoras y muertos inquietos

Cuando pensamos en vampiros solemos irnos directamente a Transilvania, pero el arquetipo es mucho más antiguo. En mis lecturas de fuentes clásicas, y también trabajando materiales para la Guía de los seres mitológicos españoles, aparecen varias figuras con rasgos “vampíricos”:

  • Lamia y las empusas griegas, demonios femeninos que devoran niños o seducen a hombres para alimentarse de ellos.

  • Las striges romanas, aves o mujeres brujas que chupan la sangre de los bebés.

  • En el folclore europeo medieval tenemos a los revenants: muertos que vuelven de la tumba para molestar a los vivos, contagiar pestes o, sencillamente, no estarse quietos.

En crónicas medievales, como las de Guillermo de Newburgh o Walter Map, ya aparecen relatos de cadáveres que salen del cementerio, apestan a corrupción y solo encuentran descanso cuando se les abre la tumba, se les corta la cabeza o se les atraviesa el pecho. Es decir: el kit vampírico ya estaba completo siglos antes de Bram Stoker.


El miedo se hace carne: “vampiros” históricos

Cuando preparo entrevistas o charlas sobre este tema suelo mencionar algunos casos que ayudan a entender por qué la gente creía (de verdad) que había vampiros:

  • Jure Grando, un campesino de Istria del siglo XVII, cuyo cadáver supuestamente se levantaba por las noches para perseguir a los vecinos. La solución fue abrir la tumba, cortarle la cabeza y clavarle una estaca.

  • Vlad Țepeș, el famoso “empalador”. No era un vampiro, sino un príncipe brutal en un contexto político muy complicado. Pero su fama de sanguinario, unida a su apellido “Drăculea”, inspiró a Stoker para construir a su conde.

  • Elizabeth Báthory, la llamada “condesa sangrienta”, acusada de torturar y asesinar a jóvenes. La leyenda dice que se bañaba en su sangre para conservar la juventud. No es exactamente un vampiro, pero su mito alimenta esa asociación entre aristocracia decadente, sangre y eternidad.

Cuando uno repasa estas historias con calma —como hice preparando mi libro y distintas entrevistas— se da cuenta de que el vampiro nace donde se cruzan violencia real, superstición y ganas de escandalizar al vecino.


Enfermedades que parecen sacadas de una película de terror

Otro aspecto que comento tanto en el vídeo como en mis proyectos de divulgación es el papel de ciertas enfermedades reales que, vistas con ojos pre-científicos, encajan demasiado bien con el arquetipo vampírico.

La más citada es la porfiria, un conjunto de trastornos metabólicos con síntomas muy llamativos:

  • Fotosensibilidad extrema: la luz del sol provoca ampollas, quemaduras y cicatrices.

  • Retracción de encías y coloración rojiza de los dientes, que hacen que sobresalgan como colmillos.

  • Piel pálida, anemia, debilidad…

Si unes alguien que huye del sol, tiene aspecto enfermizo, dientes inquietantes y una enfermedad misteriosa, el resultado, en una aldea del siglo XVIII, es bastante previsible.

A esto se suman otras posibles explicaciones:

  • La rabia, que provoca agresividad, hipersensibilidad a estímulos y miedo al agua.

  • La tuberculosis, con su combinación de palidez, pérdida de peso y sangre en la boca.

  • Los propios procesos de descomposición de un cadáver: cuerpos que parecen “crecer” en la tumba porque se retraen las encías y uñas, sangre líquida en la boca, gases que hacen gemir al cuerpo al pincharlo…

Todo eso, observado de noche, con una vela y muchas ganas de asustarse, termina dando lugar al diagnóstico más lógico de la época: “es un vampiro”.


Del folclore al icono pop

En mis investigaciones y en las entrevistas donde hablo de todo esto intento insistir en algo que a veces olvidamos: el vampiro literario es un refinado producto de la modernidad.

Primero llega el vampiro romántico de relatos como El Vampiro de Polidori; luego, a finales del XIX, Stoker publica Drácula, que mezcla folclore, medicina, viajes victorianos y mucho miedo a la sexualidad y a “lo extranjero”.

A partir de ahí, la criatura se convierte en icono cinematográfico: Nosferatu, Bela Lugosi, Christopher Lee… hasta llegar al vampiro adolescente, atormentado, glitter o superhéroe, según la década.

Cada época reinterpreta el mismo monstruo para hablar de sus propias obsesiones: el sexo, la aristocracia decadente, las enfermedades contagiosas, las adicciones, la explotación, la soledad…


España también tiene sus vampiros (aunque no los llame así)

En Guía de los seres mitológicos españoles me interesaba precisamente eso: recordar que no hace falta irse a Transilvania para encontrar figuras vampíricas. En distintos rincones de la península aparecen:

  • Brujas y meigas que “chupan” la energía o la salud de niños y ganado.

  • Muertos que vuelven a casa para exigir promesas incumplidas o reclamar justicia.

  • Espíritus familiares que se alimentan, simbólicamente, de la casa y de la familia a la que sirven.

Son relatos que, aunque no usen la palabra “vampiro”, comparten la misma intuición:

lo más inquietante no es lo que viene de fuera, sino lo que debería estar muerto… y no termina de irse.

En mis entrevistas suelo contar cómo muchas personas, al leer el libro o escuchar un programa, me escriben al blog para contar la historia del pueblo, de la abuela, del vecino que “se apareció” después del entierro. Es decir, el mito sigue vivo, solo que ahora lo canalizamos a través de podcasts, series y redes sociales.


Por qué me siguen fascinando los vampiros

Como folclorista, los vampiros me interesan menos como monstruos “reales” y más como espejos:

  • Nos hablan del miedo a la muerte, pero también del miedo a que otros vivan de nosotros.

  • Nos recuerdan que hemos utilizado la palabra “monstruo” para etiquetar a enfermos, marginados y disidentes.

  • Y muestran cómo una comunidad, cuando no comprende algo, construye una explicación sobrenatural muy coherente con sus valores y temores.

El vídeo que enlazo al final es, al fin y al cabo, una pieza más en ese trabajo de ir desentrañando capas: folclore, medicina, historia, literatura… Lo mismo que intento hacer en mis libros y en las entrevistas donde me invitan a hablar de estos temas.


Epílogo: matar al vampiro… o entenderlo

En los viejos relatos, la única forma de acabar con el vampiro era clavarle una estaca, quemarlo o decapitarlo. Hoy, el “ritual” es otro: conocer la historia, estudiar las enfermedades, revisar las fuentes, comparar tradiciones.

Pero hay algo que no cambia: seguimos necesitando historias de monstruos. Porque a través de ellos hablamos de lo que no nos atrevemos a decir directamente.

Si te interesan estas criaturas y su relación con otros seres del imaginario español, te invito a echar un vistazo a mi Guía de los seres mitológicos españoles y a las entrevistas y podcasts donde sigo explorando estos temas. Y, por supuesto, a ver el vídeo del programa, que fue el punto de partida de esta reflexión.

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La verdadera historia de la caza de brujas en Europa

La verdadera historia de la caza de brujas en Europa

La verdadera historia de la caza de brujas en Europa

 

Hola a todxs, espero que estéis muy bien. Hoy en este vídeo voy a contaros todo acerca del fenómeno de la caza de Brujas en Europa. Primero voy con esta parte y luego quiero hacer otro vídeo también de la caza de brujas en Salem que tampoco tiene desperdicio y cuya historia me marcó ya que la estudié hace años en la universidad y es algo que llama también la atención y que alguna gente desconoce. Con el paso de los años he ido investigando y también viendo el trabajo elaborado por personas que se dedican a la investigación de este tema de la historia de la brujería y me parecía interesante traerlo en un vídeo. Me parece un tema extenso y me da miedo resumirlo en este vídeo pero voy a hacerlo lo mejor que pueda para que quede lo más claro posible.

Primero de todo habría que separar a la brujería de la hechicería. La palabra hechicería se sirve de la magia que se realiza con la intención de cambiar la realidad y se puede diferenciar entre la baja magia, es decir la magia que practicaban la gente de manera intuitiva, de la alta magia que era la que se llevaba a cabo con grimorios, astrología, y de una manera más ceremonial. Así que recordemos que la hechicería hace uso de la magia, pero la brujería surge después y lo hace a través de la caza de brujas. La palabra brujería sirve para designar un CRIMEN, es la demonización de algunas prácticas folclóricas que se llevaban a cabo en las comunidades rurales.

Por tanto, la hechicería y magia son fenómenos que se han dado desde siempre en la historia del ser humano, pero la caza de brujas es un suceso que se dio desde el siglo XV hasta mediados del siglo XVIII en Europa. Como se suele creer, no es cierto que durante el periodo medieval fue cuando se dio todo este desastre sino que durante este periodo, la brujería apenas suponía una preocupación para la jerarquía eclesiástica, de hecho, se trataba de un tema en el que no creían, simplemente lo consideraban como supercherías e idioteces de la gente cateta del pueblo y que era una ilusión provocada por los demonios al practicante de magia. Por lo tanto, en este periodo el concepto de magia cambia y las diferentes culturas europeas se van adaptando al cristianismo y las creencias y prácticas antiguas se van adaptando a la nueva religión, así que aquí tenemos un coctel de muchas tradiciones diferentes antiguas que se encuentran con una cosmovisión cristiana.

Por mucho que la gente se adaptara a la nueva religión y se dejara la creencia en otros dioses la gente seguía con sus practicas habituales y esto se fue manteniendo a lo largo del tiempo, además que no fue un cambio drástico, sino algo que perduró mucho en el tiempo. Una prueba de esto es vemos hay muchas festividades que hoy en día se siguen haciendo y que reflejan en sustrato de estas creencias que eran paganas pero a través de esta creencia en la nueva religión se fueron enmascarando bajo el cristianismo.

La gente que vivía en áreas rurales creía en las brujas como un ente, era una entidad que atacaba durante el sueño, que se comía a los niños, o bien que destruía las cosechas a través de las tormentas, era una entidad contra la cual debían protegerse. En ciertas zonas como en Italia se hablaba de los Benandanti que eran personas que a través del viaje en éxtasis mediante ciertas prácticas chamánicas hacia el otro lado, donde podía luchar contra las brujas y podía obtener sabiduría y conocimiento para la comunidad. Así como en otros lugares del continente lo hacían los licántropos de Livonia, los Taltosok húngaros, los kresniks balcánicos o los mazzeri de corsica que tenían esta labor de luchar contra las brujas entendidas como una entidad en el folklore Europeo antes de que el cristianismo lo deformara todo. También en el Canon Episcopi se decía que había tales mujeres que creían y profesaban que por las noches iban con el cortejo de Diana. Otros la llamaban Herodias, otros Perchta, otros Hécate…. Todas estas reminiscencias remitían a lo mismo, a la misma figura y a un mismo fin.

Así que a raíz de distintos factores relacionados con el desarrollo de la demonología, el surgimiento de tratados de algunos teólogos como el Malleus Malleficarum entre otros y debido a temas socio-políticos también, sumado con que la iglesia consolidaba su poder autoritario, la concepción de la brujería se convirtió en un problema que dio ligar a una actitud persecutoria. Todo eso se sumó con el surgimiento de grupos étnicos minoritarios como los cátaros, judíos, los herejes y gente que socialmente estaba marginada y que no se adaptaban al nuevo orden. Todos estos grupos marginales son aquellos sobre los cuales proyectaron esta imagen de la bruja que acabó personificándose, eran los culpables de todos los males y por lo tanto las autoridades quedaban libres de las responsabilidades sobre todo lo que ocurría a nivel social y económico. En todo el meollo no había solo mujeres, sino que los hombres también, sólo que según algunos demonólogos la mujer, que era débil por naturaleza, era la que más caía en las redes del demonio, y de esta manera justificaban su misoginia.

De esta manera se pasa de un pensamiento propio de San Agustín en el que todo esto era mera superstición, a otro en el que se dice que todo esto era real. A final de la edad media la brujería se empieza a entender como un culto satánico organizado que busca la destrucción de las cristiandad y a partir de esta época comenzaron a salir muchos manuales de demonología, en los que se daba a entender que todo el mundo podía hacer uso de la magia y cualquier podía ser acusado de brujería.

Los crímenes más comunes por los que se castigaba a las supuestas brujas por parte de la inquisición eran los siguientes:

-Canibalismo e incesto
-Uso de venenos o práctica de magia maléfica
-Ir al sabbat
-Hacer daños ala comunidad (matar niños, impedir reproducción, destruir los cultivos, envenenar las aguas)
-Transformación en animal.
-Adoración o pacto con Satanás

«Después de cruzarse con un hombre de negro que les inicia, las brujas y brujos se reúnen en el sabbat o akelarre. Llegan volando hacia donde está el macho cabrío. Una vez reunidos bailan y comen. A continuación se produce un acto de adoración al demonio y luego éste mantiene relaciones carnales con todos los asistentes. Acto seguido, las brujas se untan con unos ungüentos y emprenden el vuelo. Provocan granizos que destruyen las cosechas y matan a personas y animales. Al terminar estos hechos, las brujas vuelven a casa, siempre volando, a caballo de sus demonios.» Canon Episcopi.

En las confesiones de brujas como esta vemos como todas remiten casi a lo mismo; una figura que se le aparece a la supuesta bruja, que le inicia en los poderes maléficos. Después esa persona asiste al Sabbat y ve al macho cabrío que le aporta conocimientos maléficos sobre el uso de venenos y plantas mortíferas y donde llevan prácticas tabú.

Si dejamos atrás todos los temas del tabú como los tratos carnales, o las prácticas de canibalismo, ¿No podría ser esto un paralelo con algunas religiones anteriores al cristianismo, como en los cultos mistéricos o en prácticas chamánicas, donde la persona que se inicia recibe instrucciones de un maestro, a través del vuelo del alma donde se hace en contacto con esta entidad (supuestamente el macho cabrío para los cristianos, en otras ocasiones sería Diana, Hécate, u otras de las diosas paganas) y donde se viaja a otros lugares o donde esa entidad o espíritu le aporta al practicante un conocimiento? ¿No tienen en común las mismas prácticas que los ritos mistéricos (como el de Eleusis por ejemplo) de la Antigua Grecia donde un sacerdote inicia a la persona y a través de esa iniciación tienen contacto con la divinidad? ¿No se parece al chamanismo donde un maestro te inicia y a través de ciertas prácticas extáticas puedes contactar con los espíritus que te brindan conocimientos? ¿No es acaso lo mismo?

«Hay que añadir además, que ciertas mujeres criminales convertidas a Satán, seducidas por las ilusiones y fantasmas del demonio, creen y profesan que durante las noches, con Diana, diosa de los Paganos e innumerable multitud de mujeres, cabalgan sobre ciertas bestias y atraviesan los espacios en la calma nocturna obedeciendo a sus órdenes como a las de una dueña absoluta»

Canon Episcopi c. s. X

La conclusión más rápida a la que se llega es que estas prácticas de la antigüedad y de diferentes creencias folklóricas se demonizaron por la iglesia dado que había ciertas personas que todavía lo practicaban. Y esas diosas de las que hablábamos que en realidad es una diosa única con muchos nombres, quedó totalmente reducida a la imagen del diablo cristiano tal y como lo conocemos hoy.

Y así es como la bruja como entidad, la bruja como un ser maligno nocturno acabó convirtiéndose en humana. Tanto los tabús de la sociedad, el surgimiento de estos grupos minoritarios que además tenían prácticas con los que la iglesia no estaba conforme y esos momentos de crisis general en el que la iglesia ganaba poder, hizo que todo esto se desatara.

Más tarde, ya en el siglo de las luces cuando la caza de brujas ya dejó de tener el apogeo que tuvo, comenzaron a surgir los tratados que explicaban el fenómeno de la brujería como algo en lo que no habría que creer porque el avance de la ciencia podía encontrar explicación a todo, tanto a la transformación en animal (cuya explicación era que básicamente eran ilusiones y espejismos que el diablo les mostraba a los practicantes) como a la posibilidad de estas brujas de entablar relaciones con el diablo. Absolutamente todo quedó reducido a ser una falacia y estas brujas pasaron a existir y a hacer maldades a quedar reducido a ser personas que tenían problemas mentales y que según ellos deberían estar encerradas en manicomio porque realmente el diablo solo les engañaban y les mostraban mentiras, porque creer en ello significaría atribuirle un poder grande al Diablo, y esto no interesaba.

Pero ojo, que este libro que tengo aquí: Sobre la Licantropía y Transformación de las Brujas de Jean de Nynauld es uno de los más importantes porque aparte de tratar este tema de una forma racional, el autor sin quererlo nos deja descritas algunas recetas de ungüentos de las brujas que supuestamente usaban para el vuelo espiritual y algunas historias de la transformación en animal y los transportes hacia lugares remotos, que provienen de el doble espiritual o la salida del cuerpo, con lo cual es bastante interesante.

Os preguntaréis que por qué entonces la gente hoy en día practica brujería si esto fue considerado un CRIMEN, pues bien, porque como ya he dicho, lo que la Iglesia llamaba brujería, aparte de ser la excusa para culpar a la gente de los males de la sociedad, también estaba asociado a lo que algunas personas practicaban en ritos iniciáticos o prácticas chamánicas. La cosa es que al ser demonizadas por la iglesia se le ha llamado brujería, pero es una creencia errónea atribuir actualmente a las prácticas de brujería lo que los eclesiásticos decían, todo eso solo eran mentiras, lo tergiversaron todo para su beneficio. La práctica de brujería es un camino mistérico que involucra la comunicación con el otro lado, con el otro mundo para poder establecer contacto con los espíritus a cambio de conocimiento o de aportación a la comunidad. Así vemos que estas prácticas chamánicas o vuelo espiritual en el que las mujeres se unían a la diosa Diana del Canon Episcopi es el claro precedente del Akelarre.

Se han escrito libros y han corrido ríos y ríos de tinta acerca de este tema, pero para que lo entendáis en un vídeo creo que se puede resumir bien de esta manera. Espero que os haya quedado mucho más claro este tema por si era algo que fomentaba dudas, y que os haya gustado el vídeo. Todo ello para que se de a conocer la verdadera historia tras lo que ocurrió y para que veáis lo que es capaz de hacer el fanatismo religioso y lo mucho que se tergiversan las cosas y que por culpa de ello personas inocentes tienen que sufrirlo… Con esto me despido, espero que tengáis una buena semana. ¡Un abrazo a todos y hasta pronto!

Si lo prefieres, puedes escuchar esta historia en el canal de nuestra bella y encantadora colaboradora Mariana : Aquí os lo dejamos:

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DRAGONES:

DUENDES, DIABLOS Y ESPÍRITUS FAMILIARES 

GUÍA DE LOS SERES MITOLÓGICOS ESPAÑOLES 

EL PADRE LOBO Y LAS BRUJAS EN HORTSAVINYÀ

HOMBRES LOBO Y OTROS DEPREDADORES DE LA MITOLOGÍA 

DE VENEFICIS 

 

BIBLIOGRAFÍA:

Fabián Alejandro Campagne. La Strix hispánica.
-Ginzburg, Carlo. Historia nocturna.
-Wilby, Emma. Cunning folk and familiar spirits: shamanistic visionary traditions in early modern -British witchcraft and magic.

 

el lado oscuro de las hadas (parte 2)

el lado oscuro de las hadas (parte 2)

                  El lado oscuro de las hadas (parte 2)

Hace unos días comenzamos en este blog un pequeño apartado en que reflexionaba sobre la parte oscura del mundo feérico. Muchos me pidieron que ahondara en tan extraña cuestión y, tras mucho detenimiento, he decidido redactar estas líneas.

En el anterior post nos referimos a esa oscura aura que envuelve estas criaturas y sus encuentros con los humanos. Pues bien, conviene ahora que profundicemos sobre dicha cuestión, con la esperanza de que uno se guarde y mucho de tomarse a la ligera los avistamientos de estas entidades.

Su naturaleza es distinta a la nuestra a la nuestra y, por ende, su propio devenir puede ser nocivo para los humanos. Contaba  el reverendo Robert Kirk allá en el 1691 en su tratado, La comunidad secreta, algunas de las costumbres de las hadas que podían ser nocivas para los humanos. Por ejemplo, las hadas tienden a bailar durante horas en una especie de gran círculo mágico. Si el humano topa con  dicho ritual, debe guardarse de no unirse a ellas, pues ese trance puede durar días y puede provocar la muerte al sujeto bien  por agotamiento o por inanición.

A veces el solo avistamiento del hada provoca un enamoramiento febril en el hombre ( o mujer) hasta tal punto que, quienes dicen haberlas visto caían en una profunda melancolía si no podían volver a verlas e, incluso, morían tras una larga agonía. Podemos ver un ejemplo en el celebérrima leyenda de Bécquer «la mujer de ojos verdes»:

Herido va el ciervo… herido va; no hay duda. Se ve el rastro de la sangre entre las zarzas del monte, y al saltar uno de esos lentiscos han flaqueado sus piernas… Nuestro joven señor comienza por donde otros acaban… en cuarenta años de montero no he visto mejor golpe… ¡Pero por San Saturio, patrón de Soria! cortadle el paso por esas carrascas, azuzad los perros, soplad en esas trompas hasta echar los hígados, y hundidle á los corceles una cuarta de hierro en los ijares: ¿no véis que se dirige hacia la fuente de los Álamos, y si la salva antes de morir podemos darle por perdido?

Las cuencas del Moncayo repitieron de eco en eco el bramido de las trompas, el latir de la jauría desencadenada y las voces de los pajes resonaron con nueva furia, y el confuso tropel de hombres, caballos y perros se dirigió al punto que Iñigo, el montero mayor de los marqueses de Almenar, señalara como el más á propósito para cortarle el paso á la res.

Pero todo fué inútil. Cuando el más ágil de los lebreles llegó á las carrascas jadeante y cubiertas las fauces de espuma, ya el ciervo, rápido como una saeta, las había salvado de un solo brinco, perdiéndose entre los matorrales de una trocha que conducía á la fuente.

—¡Alto!… ¡Alto todo el mundo! gritó Iñigo entonces; estaba de Dios que había de marcharse. Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron las trompas, y los lebreles dejaron refunfuñando la pista á la voz de los cazadores. En aquel momento se reunía á la comitiva el héroe de la fiesta, Fernando de Argensola, el primogénito de Almenar.

—¿Qué haces? exclamó dirigiéndose á su montero, y en tanto, ya se pintaba el asombro en sus facciones, ya ardía la cólera en sus ojos. ¿Qué haces, imbécil? ¡Ves que la pieza está herida, que es la primera que cae por mi mano, y abandonas el rastro y la dejas perder para que vaya á morir en el fondo del bosque! ¿Crees acaso que he venido á matar ciervos para festines de lobos?

—Señor, murmuró Iñigo entre dientes, es imposible pasar de este punto.

—¡Imposible! ¿y por qué?

—Porque esa trocha, prosiguió el montero, conduce á la fuente de los Alamos; la fuente de los Alamos, en cuyas aguas habita un espíritu del mal. El que osa enturbiar su corriente, paga caro su atrevimiento. Ya la res habrá salvado sus márgenes; ¿cómo la salvaréis vos sin atraer sobre vuestra cabeza alguna calamidad horrible? Los cazadores somos reyes del Moncayo, pero reyes que pagan un tributo. Pieza que se refugia en esa fuente misteriosa, pieza perdida.

—¡Pieza perdida! Primero perderé yo el señorío de mis padres, y primero perderé el ánima en manos de Satanás, que permitir que se me escape ese ciervo, el único que ha herido mi venablo, la primicia de mis excursiones de cazador… ¿Lo ves?… ¿lo ves?… Aún se distingue á intervalos desde aquí… las piernas le faltan, su carrera se acorta; déjame… déjame… suelta esa brida, ó te revuelco en el polvo.. ¿Quién sabe si no le daré lugar para que llegue á la fuente? y si llegase, al diablo ella, su limpidez y sus habitadores. ¡Sus! ¡Relámpago! ¡sus, caballo mío! si lo alcanzas, mando engarzar los diamantes de mi joyel en tu serreta de oro.

Caballo y jinete partieron como un huracán.

Iñigo los siguió con la vista hasta que se perdieron en la maleza; después volvió los ojos en derredor suyo; todos, como él, permanecían inmóviles y consternados.

El montero exclamó al fin:

—Señores, vosotros lo habéis visto; me he expuesto á morir entre los pies de su caballo por detenerle. Yo he cumplido con mi deber. Con el diablo no sirven valentías. Hasta aquí llega el montero con su ballesta; de aquí adelante, que pruebe á pasar el capellán con su hisopo.

II

—Tenéis la color quebrada; andáis mustio y sombrío; ¿qué os sucede? Desde el día, que yo siempre tendré por funesto, en que llegásteis á la fuente de los Álamos en pos de la res herida, diríase que una mala bruja os ha encanijado con sus hechizos.

Ya no váis á los montes precedido de la ruidosa jauría, ni el clamor de vuestras trompas despierta sus ecos. Sólo con esas cavilaciones que os persiguen, todas las mañanas tomáis la ballesta para enderezaros á la espesura y permanecer en ella hasta que el sol se esconde. Y cuando la noche oscurece y volvéis pálido y fatigado al castillo, en balde busco en la bandolera los despojos de la caza. ¿Qué os ocupa tan largas horas lejos de los que más os quieren?

Mientras Iñigo hablaba, Fernando, absorto en sus ideas, sacaba maquinalmente astillas de su escaño de ébano con el cuchillo de monte.

Después de un largo silencio, que sólo interrumpía el chirrido de la hoja al resbalarse sobre la pulimentada madera, el joven exclamó dirigiéndose á su servidor, como si no hubiera escuchado una sola de sus palabras.

—Iñigo, tú que eres viejo, tú que conoces todas las guaridas del Moncayo, que has vivido en sus faldas persiguiendo á las fieras, y en tus errantes excursiones de cazador subiste más de una vez á su cumbre, dime: ¿has encontrado por acaso una mujer que vive entre sus rocas?

—¡Una mujer! exclamó el montero con asombro y mirándole de hito en hito.

—Sí, dijo el joven; es una cosa extraña lo que me sucede, muy extraña… Creí poder guardar ese secreto eternamente, pero no es ya posible; rebosa en mi corazón y asoma á mi semblante. Voy, pues, á revelártelo… Tú me ayudarás á desvanecer el misterio que envuelve á esa criatura, que al parecer solo para mí existe, pues nadie la conoce, ni la ha visto, ni puede darme razón de ella. El montero, sin despegar los labios, arrastró su banquillo hasta colocarle junto al escaño de su señor, del que no apartaba un punto los espantados ojos. Este, después de coordinar sus ideas, prosiguió así:

—Desde el día en que á pesar de tus funestas predicciones llegué á la fuente de los Álamos, y atravesando sus aguas recobré el ciervo que vuestra superstición hubiera dejado huir, se llenó mi alma del deseo de la soledad.

Tú no conoces aquel sitio. Mira, la fuente brota escondida en el seno de una peña, y cae resbalándose gota á gota por entre las verdes y flotantes hojas de las plantas que crecen al borde de su cuna. Aquellas gotas que al desprenderse brillan como puntos de oro y suenan como las notas de un instrumento, se reúnen entre los céspedes, y susurrando, susurrando como un ruido semejante al de las abejas que zumban en torno de las flores, se alejan por entre las arenas, y forman un cauce, y luchan con los obstáculos que se oponen á su camino, y se repliegan sobre sí mismas, y saltan, y huyen, y corren, unas veces con risa, otras con suspiros, hasta caer en un lago. En el lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres, cantares, yo no sé lo que he oído en aquel rumor cuando me he sentado solo y febril sobre el peñasco, á cuyos pies saltan las aguas de la fuente misteriosa para estancarse en una balsa profunda, cuya inmóvil superficie apenas riza el viento de la tarde.

Todo es allí grande. La soledad con sus mil rumores desconocidos, vive en aquellos lugares y embriaga el espíritu en su inefable melancolía. En las plateadas hojas de los álamos, en los huecos de las peñas, en las ondas del agua, parece que nos hablan los invisibles espíritus de la naturaleza, que reconocen un hermano en el inmortal espíritu del hombre.

Cuando al despuntar la mañana me veías tomar la ballesta y dirigirme al monte, no fué nunca para perderme entre sus matorrales en pos de la caza, no; iba á sentarme al borde de la fuente, á buscar en sus ondas… no sé qué, ¡una locura! El día en que salté sobre ella con mi Relámpago, creí haber visto brillar en su fondo una cosa extraña… muy extraña… los ojos de mujer.

Tal vez sería un rayo de sol que serpeó fugitivo entre su espuma; tal vez una de esas flores que flotan entre las algas de su seno, y cuyos cálices parecen esmeraldas… no sé: yo creí ver una mirada que se clavó en la mía; una mirada que encendió en mi pecho un deseo absurdo, irrealizable: el de encontrar una persona con unos ojos como aquellos.

En su busca fui un día y otro á aquel sitio.

Por último, una tarde… yo me creí juguete de un sueño… pero no, es verdad, la he hablado ya muchas veces, como te hablo á tí ahora… una tarde encontré sentada en mi puesto, y vestida con unas ropas que llegaban hasta las aguas y flotaban sobre su haz, una mujer hermosa sobre toda ponderación. Sus cabellos eran como el oro; sus pestañas brillaban como hilos de luz, y entre las pestañas volteaban inquietas unas pupilas que yo había visto… sí; porque los ojos de aquella mujer eran los ojos que yo tenía clavados en la mente; unos ojos de un color imposible; unos ojos…

—¡Verdes! exclamó Iñigo con un acento de profundo terror, é incorporándose de un salto en su asiento.

Fernando le miró á. su vez como asombrado de que concluyese lo que iba á decir, y le preguntó con una mezcla de ansiedad y de alegría:

—¿La conoces?

—¡Oh, no! dijo el montero. ¡Líbreme Dios de conocerla! Pero mis padres, al prohibirme llegar hasta esos lugares, me dijeron mil veces que el espíritu, trasgo, demonio ó mujer que habita en sus aguas, tiene los ojos de ese color. Yo os conjuro, por lo que más améis en la tierra, á no volver á la fuente de los Álamos. Un día ú otro os alcanzará su venganza, y expiaréis, muriendo, el delito de haber encenagado sus ondas.

—¡Por los que más amo!… murmuró el joven con una triste sonrisa.

—¡Sí, prosiguió el anciano; por vuestros padres, por vuestros deudos, por las lágrimas de la que el cielo destina para vuestra esposa, por las de un servidor que os ha visto nacer…

—¿Sabes tú lo que más amo en este mundo? ¿Sabes tú por qué daría yo el amor de mi padre, los besos de la que me dió la vida, y todo el cariño que pueden atesorar todas las mujeres de la tierra? Por una mirada, por una sola mirada de esos ojos… ¡Cómo podré yo dejar de buscarlos!

Dijo Fernando estas palabras con tal acento, que la lágrima que temblaba en los párpados de Iñigo se resbaló silenciosa por su mejilla, mientras exclamó con acento sombrío: ¡Cúmplase la voluntad del cielo!

III

—¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu patria? ¿En dónde habitas? Yo vengo un día y otro en tu busca, y ni veo el corcel que te trae á estos lugares, ni á los servidores que conducen tu litera. Rompe de una vez el misterioso velo en que te envuelves como en una noche profunda, yo te amo, y, noble ó villana, seré tuyo, tuyo siempre…

El sol había traspuesto la cumbre del monte; las sombras bajaban á grandes pasos por su falda; la brisa gemía entre los álamos de la fuente, y la niebla, elevándose poco á poco de la superficie del lago, comenzaba á envolver las rocas de su margen.

Sobre una de estas rocas, sobre una que parecía próxima á desplomarse en el fondo de las aguas, en cuya superficie se retrataba temblando el primogénito de Almenar, de rodillas á los pies de su misteriosa amante, procuraba en vano arrancarle el secreto de su existencia.

Ella era hermosa, hermosa y pálida, como una estatua de alabastro. Uno de sus rizos caía sobre sus hombros, deslizándose entre los pliegues del velo como un rayo de sol que atraviesa las nubes, y en el cerco de sus pestañas rubias brillaban sus pupilas como dos esmeraldas sujetas en una joya de oro.

Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios se removieron como para pronunciar algunas palabras, pero sólo exhalaron un suspiro, un suspiro débil, doliente, como el de la ligera onda que empuja una brisa al morir entre los juncos.

—¡No me respondes! exclamó Fernando al ver burlada su esperanza; ¿querrás que dé crédito á lo que de tí me han dicho? ¡Oh! No… Háblame: yo quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo amarte, si eres una mujer…

—O un demonio… ¿Y si lo fuese?

El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió por sus miembros; sus pupilas se dilataron al fijarse con más intensidad en las de aquella mujer, y fascinado por su brillo fosfórico, demente casi, exclamó en un arrebato de amor:

—Si lo fueses… te amaría… te amaría como te amo ahora, como es mi destino amarte, hasta más allá de esta vida, si hay algo más allá de ella.

—Fernando, dijo la hermosa entonces con una voz semejante á una música: yo te amo más aún que tú me amas; yo, que desciendo hasta un mortal, siendo un espíritu puro. No soy una mujer como las que existen en la tierra; soy una mujer digna de tí, que eres, superior á los demás hombres. Yo vivo en el fondo de estas aguas; incorpórea como ellas, fugaz y trasparente, hablo con sus rumores y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al que osa turbar la fuente donde moro; antes le premio con mi amor, como á un mortal superior á las supersticiones del vulgo, como á un amante capaz de comprender mi cariño extraño y misterioso.

Mientras ella hablaba así, el joven, absorto en la contemplación de su fantástica hermosura, atraído como por una fuerza desconocida, se aproximaba más y más al borde de la roca. La mujer de los ojos verdes prosiguió así:

—¿Ves, ves el límpido fondo de ese lago, ves esas plantas de largas y verdes hojas que se agitan en su fondo?… Ellas nos darán un lecho de esmeraldas y corales… y yo… yo te daré una felicidad sin nombre, esa felicidad que has soñado en tus horas de delirio, y que no puede ofrecerte nadie… Ven, la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino… las ondas nos llaman con sus voces incomprensibles, el viento empieza entre los álamos sus himnos de amor; ven… ven…

La noche comenzaba á extender sus sombras, la luna rielaba en la superficie del lago, la niebla se arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos que corren sobre el haz de las aguas infectas… Ven… ven… estas palabras zumbaban en los oídos de Fernando como un conjuro. Ven… y la mujer misteriosa le llamaba al borde del abismo, donde estaba suspendida, y parecía ofrecerle un beso… un beso…

Fernando dió un paso hacia ella… otro… y sintió unos brazos delgados y flexibles que se haban á su cuello, y una sensación fría en sus labios ardorosos, un beso de nieve… y vaciló… y perdió pie, y cayó al agua con un rumor sordo y lúgubre.

Las aguas saltaron en chispas de luz, y se cerraron sobre su cuerpo, y sus círculos de plata fueron ensanchándose, ensanchándose hasta espirar en las orillas.

Tras la lectura de estas líneas, la conclusión es que  el hada ejerce sobre el incauto joven una poderosa influencia que enturbia su mente hasta tal punto que le lleva a la muerte….

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Bibliografía

-Becquer, Gustavo Adolfo «Rimas y leyendas»

-Ruiz Osuna, Pablo y Reñé Quilés, David «Guía de los seres mitológicos españoles»

-https://es.wikisource.org/wiki/Los_ojos_verdes

 

 

el diablo burlón/ el diañu burlón(parte 1)

el diablo burlón/ el diañu burlón(parte 1)

El diaño burlón

 

 

el diaño burlón. Ilustración de Alberto Álvarez Peña

ilustración de Alberto Álvarez Peña.

 

Desde tiempo inmemorial en España(principalmente en la zona de Asturias) se cree en un enigmático ser apodado «diablo burlón» (diaño burlón el asturiano). Al parecer, se trata de un diablillo de pequeño tamaño y patas de cabra que se dedica a gastar pesadas bromas a los incautos que se atreven a adentrarse en sus dominios. No obstante, tras un análisis pormenorizado del personaje, nos persuadimos de que este relato tradicional guarda más secretos de lo que parece.

Para empezar, su aspecto nos recuerda a las criaturas feéricas  de las que hemos estado hablando en este blog. Su apariencia, comportamiento e incluso poderes guardan una estrecha relación con el mundo de los duendes. No es difícil afirmar que, antaño, este diablo no fue sino una deidad feérica. Véase su capacidad para cambiar su forma en un animal salvaje(generalmente un macho cabrío) aumentar su peso y tamaño, o incluso tomar forma humana. Probablemente este mito sea el resultado de la fusión de creencias paganas y cristianas. Por un lado, esa antigua deidad de los bosques y minas y, por otro, el del demonio o diablo.

Entre sus travesuras más comunes cabe citar la del burro blanco que se ofrece como montura al caminante y que una vez montado crece y crece sin cesar, el caballo que después de una galopada infernal devuelve al jinete al mismo lugar de donde partió, le arroja de cabeza al río o le quema los pantalones. También se cuenta que se transforma en macho cabrío, de color rojo, que se deja coger por el pastor, y cada vez va pesando más hasta dejar extenuado al hombre y meándole encima.

En la senda del camín  encantáu de  Ardisana (Llanes) el Diañu Burlón, nos dice:

 

«Soy el Diañu Burlón y
a podrás atraparme.

Ni los romanos pudieron
y esos sí que eran listos,
no como tú.

Puedo cambiar de forma y engañarte
para que hagas lo que yo quiera.
Ay, que tontos sois los humanos» .

 

El Diañu burlón | Los Oscos Rural

 

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Bibliografía

https://mitologiaiberica.fandom.com/es/wiki/Dia%C3%B1u_burl%C3%B3n

http://www.senderismoenasturias.es/eldianu.htm

 

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