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Las Erinias

Las Erinias

Las Erinias

imagen de: Natasha Fitch

 

Son deidades femeninas ligadas al inframundo y a las fuerzas ctónicas. Hijas de la Noche y de Cronos, residían en el Érebo, un reino oscuro donde gobiernan las sombras y habitan los muertos (J. Méndez, abril de 2022. Las Erinias. Roma infinita). Su origen se remonta con total seguridad a la Madre en su forma de Serpiente, una figura que simboliza su papel como guardiana de la vida y portadora de la muerte. Las Erinias son deidades que evocan la figura arquetípica de la «Madre» o la «Gran Madre», una entidad que en diversas culturas antiguas estaba asociada con la naturaleza y la creación. El origen antiguo de las Erinias está vinculado con la imagen de una «Madre primordial» simbolizada por una serpiente, que gobierna tanto la vida como la muerte, siendo una de las figuras más poderosas y fundamentales de la mitología y el pensamiento antiguo. En el Neolítico, fue venerada en altares domésticos y se la representaba con serpientes en lugar de cabello, lo que simbolizaba su sabiduría y omnisciencia (López A. «De Erinias y Euménides: Derecho y Simbolismo»).

Aunque Homero y otros poetas mencionan a una o más Erinias, no es hasta el siglo V a.C. que estos nombres aparecen claramente en las tragedias de la mitología griega, conocidas como:

  • Megera, también conocida como «la celosa», representa el rencor, la envidia y, por supuesto, los celos. Es la encarnación del odio y la responsable de sembrar disputas, quejas y conflictos entre los hombres. Castiga especialmente los crímenes relacionados con el matrimonio, en particular los de infidelidad. Megera es la Erinia más vengativa, susurra constantemente en los oídos de sus víctimas, recordándoles sus errores hasta que no logran escapar jamás.
  • Alecto, «la implacable», representa la rabia y la manía. Es la Erinia que siempre está enfadada y jamás descansa. Ella impone castigos rigurosos a las faltas morales, como la ira y el orgullo, desatando plagas y maldiciones en consecuencia. Persigue sin descanso al delincuente con antorchas encendidas, impidiéndole tener un sueño tranquilo.
  • Tisífone, «la vengadora», sigue incansablemente todos los homicidios, prestando especial atención a los parricidios, fratricidios y otros asesinatos. Representa la venganza, atormentando a los culpables de tal manera que se vuelven locos.

Como las Erinias eran fuerzas superiores antes de la llegada de los dioses, no se sometían a la autoridad de Zeus. Actuaban con justicia, aunque de forma implacable, torturando incluso a los condenados que se encontraban en el Tártaro, la región del Érebo donde residen los espíritus de los muertos. Se las invocaba mediante la maldición realizada por quien reclamaba venganza. Son deidades femeninas que no utilizan el razonamiento ni sus emociones, ya que su furia y sentido de justicia hacen que sus trabajos sean realizados de forma rápida y eficaz.

Son protectoras del cosmos frente al caos. Las Erinias se presentan bajo la imagen de una mujer mayor, con rasgos envejecidos y piel oscura y tenebrosa. De su espalda despliegan grandes alas de murciélago; sus ojos, oscuros y llenos de furia, parecen ensangrentados. En sus brazos llevan serpientes enrolladas y sobre su cabeza, portan látigos largos y antorchas encendidas. Son muchos los relatos griegos que hablan de su presencia, desde Las Euménides hasta La Ilíada.

 

Hay una festividad en honor a las Erinias, llamada Nefalia, en la que se las honra con libaciones de aguamiel y ofrendas de ovejas negras como forma de sacrificio. A ellas les estaban consagradas la tórtola blanca y la flor del narciso. Su santuario estaba ubicado en Atenas y en Colono, donde, además de un santuario, había una arboleda cuya entrada estaba totalmente prohibida, castigando con ira a quienes osaban incumplir la norma. El culto de las Erinias también se encontraba en Megalópolis, donde se las conocía con el nombre de Manías, «las que te hacen enloquecer». Por su apariencia y por no estar bajo el poder de los demás dioses, a menudo se las confundía con las Gorgonas y las Arpías (J. Méndez, abril de 2022. Las Erinias. Roma infinita).

imagen de: Gema morales pino

La furia de las Erinias solo podía ser apaciguada mediante un ritual de purificación y la realización de una tarea asignada para expiar las culpas. Estas diosas también servían a Hades y Perséfone en el Inframundo, donde supervisaban el castigo de los criminales en las Mazmorras de los Condenados. Las Sorores Genitae Nocte (Hermanas nacidas de la noche) o Erinias eran divinidades implacables, portadoras de fatalidad. Custodiaban las puertas diamantinas de las mazmorras mientras peinaban las serpientes negras que colgaban de sus cabellos. Tisífone, con su cabello desordenado, sacudía sus mechones blancos y apartaba las serpientes que cubrían su rostro. La temible diosa tomó una antorcha empapada en sangre, se vistió con una túnica roja manchada de sangre goteante y enrolló una serpiente alrededor de su cintura. La siniestra Erinia se levantó, extendiendo sus brazos entrelazados con serpientes, y al sacudir su cabello, las serpientes se desprendieron emitiendo silbidos. Algunas reptaban por sus hombros, mientras que otras se deslizaban por su pecho, escupiendo veneno y agitando sus lenguas con un silbido espeluznante. Luego arrancó dos serpientes de su cabello con un propósito fatal y las lanzó hacia Atamante e Ino. Las serpientes, al retorcerse y exhalar su aliento pestilente, no dejaron heridas visibles, pero sus colmillos venenosos afectaron las mentes de sus víctimas. Además, Tisífone preparó un veneno con espuma de Cerbero, veneno de Equidna, delirios, locura, cegueras mentales y deseos de asesinato. Mezcló estos ingredientes con sangre fresca en un caldero de bronce, agitando la mezcla con una vara de cicuta verde. Una vez que la poción estuvo lista, la derramó sobre los pechos de sus víctimas, llevándolos al borde de la locura. Luego agitó su antorcha, creando círculos de fuego, y liberó la serpiente que llevaba ceñida a su cintura (Metamorfosis, IV, 451 y ss.).

La creencia principal en torno a las Euménides radica en la maldición que recae sobre quien destruye la felicidad y paz de su familia, una maldición que un padre invoca. Además de castigar los crímenes tras la muerte, las Euménides también eran vistas como diosas del destino, quienes, junto con Zeus y las Parcas, condenaban a los hombres a sufrir miseria y desgracia (Il. XIX. 87, Od. XV. 234). Ninguna oración, sacrificio o lágrima podía conmoverlas o proteger a su objetivo, y cuando temían que un criminal pudiera escapar, invocaban la ayuda de Dicé, con quien estaban estrechamente vinculadas, teniendo como único propósito la preservación de la justicia estricta. En la era moderna, su representación ha evolucionado según el período y su iconografía, manteniendo una fuerte presencia en el arte pictórico y literario, como se observa en obras como el Infierno de Dante o el Fausto de Goethe, donde las furias también hacen su aparición (Bejarano, A. A. Consideraciones de las Erinias. XXX Seminario de Iconografía Clásica UCM: Monstruos y seres híbridos. MYTHOS UCM).

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La leyenda de la Tragantia

La leyenda de la Tragantia

 La Tragantia 


Hoy   os traemos la leyenda de la Tragantia. Esperamos que la disfrutéis.

Cuenta la tradición que cuando el rey moro de Cazorla supo que los cristianos, comandados por el arzobispo de Toledo, iban a invadir sus dominios, concluyó que la resistencia violenta no sería la solución. Triste y apesadumbrado, observaba desde el mirador del castillo de Cazorla cómo sus siervos abandonaban la ciudad llevando sus pertenencias en carros, huyendo del horror que se avecinaba. Igual que sucediese tiempo antes en Quesada, los cristianos tomarían el empobrecido reino de Cazorla entrando en la ciudad por las bravas, arruinando cosechas y casas, y terminando con su reinado. En un alarde de preocupación por su pueblo, permitió que sus vasallos huyesen del lugar hasta que las cosas se hubiesen calmado, y sus súbditos se marcharon por el camino de Baza. Habiendo puesto a salvo a todo el que pudo, el rey vagó por el casi vacío castillo como un alma en pena, haciendo tiempo hasta el momento de la invasión.

Mientras los leales al rey se impacientaban por abandonar el lugar, el monarca retrasaba como podía el abandono del castillo, debido a que su hija estaba oculta en una de las salas secretas del castillo, un lugar solo conocido por el mismo rey. Pese a que la muchacha estaba bien aprovisionada para sobrevivir, su preocupado padre no se decidía a abandonarla a su suerte. Pero la desgracia se cebó aún más en el rey, ya que una vez que se decidió a partir y mientras atravesaba el puente del castillo, una flecha le alcanzó en el cuello y lo derribó de su montura, y falleció al alba del día de San Juan antes de poder pronunciar una sola palabra. La ciudad fue conquistada por los cristianos, que al contrario de lo que temía el rey, no devastaron la ciudad, sino que se instalaron en ella trayendo además a colonos de otras regiones. En poco tiempo, Cazorla recuperó la vida de sus calles, aunque con diferentes inquilinos en sus hogares.

 

Mientras tanto, la princesa continuaba enclaustrada en el interior de su refugio-prisión, atenta al más mínimo sonido que escuchaba, y con el paso de los días y las semanas, su angustia se tornó en desesperanza, y la desesperanza en demencia, hasta que finalmente se terminaron sus provisiones. Resignada al destino que le aguardaba, la princesa se tumbó bajo unas mantas dispuesta a dejar que el segador se la llevase, pero para su sorpresa, lo que ocurrió fue bien distinto.

Tras pasar un tiempo indeterminado presa de terribles pesadillas, en medio de un inquieto sueño, la princesa sintió que sus piernas estaban entumecidas, así que usó sus manos para devolverles la sensibilidad, pero el tacto de sus miembros inferiores resultaba frío y viscoso. Un escalofrío de terror recorrió su espalda, seguido de una profunda sensación de repulsión, e inmediatamente se dio cuenta de que había dejado de sentir hambre. Cuando a oscuras examinó su cuerpo, comprobó horrorizada que su mitad inferior se había tornado en una cola de serpiente.

Con el paso del tiempo, la princesa quedó transformada en un horror indescriptible, dedicada a reptar en la oscuridad de los pasillos del castillo de Cazorla. Cuenta la leyenda que, cada noche de San Juan, se puede escuchar su voz entre muros cantando una canción:

 «Yo soy la tragantía, hija del rey moro, el que me oiga cantar no verá la luz del día  ni la noche de San Juan»

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Fuente : Ruiz Osuna, Pablo y REÑÉ QUILÉS, David  «Guía de los seres mitológicos de España» Ed. Círculo rojo, Sevilla, 2020, pp. 230

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