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Etiqueta: Fantasía

Los gigantes en la mitología

Los gigantes en la mitología

                                     Los gigantes en la mitología

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Si he llegado más lejos que otros, es porque me subí a hombros de gigantes” decía Newton en una de sus cartas. Caminar a hombros de gigantes quiere decir que, para lograr nuestras metas o avances, nos hemos apoyado en el conocimiento y el precedente que otros sentaron antes.

Pero… ¿Quiénes son en realidad los gigantes?

Son seres legendarios de gran fuerza y tamaño que representan la naturaleza salvaje e indómita, a veces destructiva y caótica. Sin embargo, no son la representación del mal, aunque en ocasiones son violentos o aplastan y comen niños según los relatos e historias del folklore. Las referencias de hombres gigantes o seres de gran altura no hacen más que remarcar la diferencia con los humanos, denota un tamaño colosal y monstruoso.

Aparecen en cuentos de hadas, en fuentes históricas y bíblicas y en el imaginario popular. Según nos cuenta Saxo Gramaticus, los gigantes debieron existir porque alguien tuvo que construir los ciclópeos muros y monumentos que hoy en día vemos. Y, en cierto modo, era la explicación más lógica. Para Pausanias, los gigantes son las criaturas que se enfrentan a los dioses en la famosa Gigantomaquia (del griego antiguo γιγαντo-μαχια, “guerra de los gigantes”) que quedó plasmada en el escudo de la Atenea de Fidias.

Mucho antes ya aparecieron gigantes en la epopeya de Gilgamesh y en varios pasajes de la Biblia, de entre los cuales destaca el famoso enfrentamiento entre David y el gigante Goliat, que a pesar de su envergadura y tamaño fue vencido con una pequeña piedra, representando así el triunfo del orden sobre el caos. También en el Génesis aparece nombrada una raza de gigantes llamada Nemrod.

Sin embargo, si hay una cultura que destaque por sus referencias y continuas apariciones de gigantes es la nórdica, pues ellos son el origen de la mayoría de monstruos y criaturas de su mitología. Tras la unión del hielo y el fuego surgió el primer ente viviente, el gigante Ymir, quien dio lugar a toda una estirpe de gigantes de hielo que nacieron de su sudor al contacto con el fuego. Estos Jötnar (plural de Jotunn) estaban en constante conflicto con los dioses, a pesar de que algunos se casaron con ellos y dieron lugar a los dioses más importantes. Se cuenta que uno de ellos construyó las murallas de Asgard (hogar de los dioses, como el Olimpo para los griegos). A cambio pedía la mano de la diosa más bella: Freya; pero no lo consiguió, Loki se transformó en yegua y distrajo al caballo que ayudaba al gigante a transportar las ciclópeas piedras. Al ser Loki también un Jotunn (vivía entre los dioses), surgió de esa unión una criatura: un caballo de 8 patas. También son hijos suyos Fenrir (lobo gigante) y Jörmungandr (gigantesca serpiente marina que rodea la Tierra).

A día de hoy, conservamos tradiciones en las que los gigantes hacen aparición, como en las fiestas de gigantes y cabezudos en algunos pueblos o la tradición vasca del Olentzero, que no es otro que un gigante de la mitología vasca que con la llegada del cristianismo se convirtió en Papá Noel.

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Kobolds: Los Intrigantes Habitantes del Mundo Subterráneo

Kobolds: Los Intrigantes Habitantes del Mundo Subterráneo

Kobolds: Los Intrigantes Habitantes del Mundo Subterráneo

imagen de: Jean Baptiste Mongue

En el vasto mundo de la fantasía, existe una miríada de criaturas misteriosas y fascinantes que capturan la imaginación de los aficionados a la literatura y los juegos de rol. Entre ellas, los Kobolds se destacan como unas de las razas más enigmáticas y subestimadas.

¿Qué son los Kobolds?

De hecho, la palabra «Kobold» proviene del alemán «Kobalt», que significa «espíritu del cobre», ya que se creía que estos seres escondían minerales preciosos en la tierra.En la mitología germana, un kobold era un tipo de espíritu menor que habitaba en cuadrascuevas y casas. Se dedicaba a las labores domésticas cuando sus dueños se ausentaban de la casa, es decir, iba a por agua, partía la leña, daba de comer al ganado.Aunque normalmente es invisible, un kobold puede materializarse en forma de animal, fuego, ser humano y vela. Las representaciones más comunes de kobolds los muestran como figuras humanas del tamaño de niños pequeños. Los kóbolds que viven en hogares humanos visten la ropa de los campesinos; los que viven en las minas son encorvados y feos; Los kobolds que viven en barcos fuman pipas y visten ropa de marinero.

Las leyendas describen a los kobolds de las minas desde ancianos de 0,6 metros de altura vestidos como mineros hasta criaturas bajas y encorvadas con rasgos «feos», incluyendo, en algunos relatos, la piel negra. En 1820, la espiritista Emma Hardinge Britten registró una descripción de los kobolds de las minas de una tal Madame Kalodzy, que se alojaba con unos campesinos llamados Dorothea y Michael Engelbrecht:

Estábamos a punto de sentarnos a tomar el té cuando Mdlle. Gronin llamó nuestra atención sobre una luz fija, redonda y del tamaño de un plato de queso, que apareció de repente en la pared del pequeño jardín, justo enfrente de la puerta de la cabaña en la que estábamos sentados.

Antes de que ninguno de nosotros pudiera levantarse para examinarla, aparecieron casi simultáneamente cuatro luces más, con la misma forma y que sólo variaban de tamaño. Alrededor de cada una de ellas se dibujaba la tenue silueta de una pequeña figura humana, negra y grotesca, más parecida a una pequeña imagen tallada en madera negra y brillante, que a cualquier otra cosa a la que pueda asemejarlas. Dorotea besó las manos ante aquellas espantosas figuritas, y Miguel se inclinó con gran reverencia. En cuanto a mí y a mis compañeros, estábamos tan asombrados y a la vez divertidos ante aquellas formas cómicas, que no pudimos movernos ni hablar hasta que ellas mismas parecieron revolotear en una especie de danza vacilante, y luego desaparecer, una a una.

La mayoría de las veces, los kobolds permanecen completamente invisibles Aunque el rey Goldemar (o Goldmar), un famoso kobold del castillo de Hardenstein, tenía las manos «delgadas como las de una rana, frías y suaves al tacto», nunca se dejó ver. El señor del castillo de Hundermühlen, donde vivía Heinzelmann, convenció al kobold para que le dejara tocarle una noche. Los dedos del kobold eran infantiles y su cara parecía una calavera, sin calor corporal. Una leyenda cuenta que una sirvienta se encaprichó del kobold de su casa y pidió verlo. El kobold se niega, alegando que mirarlo sería aterrador. La criada insiste y el kobold le dice que se reúna con él más tarde y que le traiga un cubo de agua fría. El kobold espera a la doncella desnudo y con un cuchillo de carnicero clavado en la espalda. La doncella se desmaya al verlo y el kobold la despierta con el agua fría[ En una variante, la doncella ve un bebé muerto flotando en un barril lleno de sangre; años antes, la mujer había tenido un hijo bastardo, lo había matado y lo había escondido en ese barril Las leyendas cuentan que quienes intentan engañar a un kobold para que se deje ver son castigados por la fechoría. Por ejemplo, Heinzelmann engañó a un noble haciéndole creer que el kobold se escondía en una jarra. Cuando el noble tapó la boca de la jarra para atrapar a la criatura, el kobold le reprendió:

Si no me hubiera enterado hace tiempo por otras personas de que eres un necio, ahora podría saberlo por mí mismo, ya que pensaste que estaba sentado en una jarra vacía, y fuiste a taparla con la mano, como si me tuvieras atrapado. No creo que merezcas la pena, pues de lo contrario te habría dado, hace tiempo, tal lección, que te acordarías de mí lo suficiente. Pero antes de que pase mucho tiempo te llevarás un ligero revolcón.

Kobolds en la Literatura y los Juegos

Los Kobolds han aparecido en una amplia variedad de medios, desde la literatura fantástica hasta los juegos de rol y videojuegos. Uno de los ejemplos más notables es su presencia en el juego de rol «Dungeons & Dragons», donde son criaturas comunes que actúan como enemigos o aliados según la trama. En este juego, se les representa como seres ingeniosos que aprovechan su número y su astucia para superar a los aventureros más fuertes.

Kobolds en la Cultura Popular

A pesar de su relativa oscuridad en comparación con otras razas fantásticas, los Kobolds han dejado una huella en la cultura popular. Los fanáticos de los juegos de rol y la fantasía a menudo aprecian su papel como desafiantes opositores en aventuras subterráneas. Además, su estética única y su carácter distintivo los convierten en elecciones populares para disfraces y cosplays en convenciones de fanáticos.

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el lado oscuro de las hadas (parte 2)

el lado oscuro de las hadas (parte 2)

                  El lado oscuro de las hadas (parte 2)

Hace unos días comenzamos en este blog un pequeño apartado en que reflexionaba sobre la parte oscura del mundo feérico. Muchos me pidieron que ahondara en tan extraña cuestión y, tras mucho detenimiento, he decidido redactar estas líneas.

En el anterior post nos referimos a esa oscura aura que envuelve estas criaturas y sus encuentros con los humanos. Pues bien, conviene ahora que profundicemos sobre dicha cuestión, con la esperanza de que uno se guarde y mucho de tomarse a la ligera los avistamientos de estas entidades.

Su naturaleza es distinta a la nuestra a la nuestra y, por ende, su propio devenir puede ser nocivo para los humanos. Contaba  el reverendo Robert Kirk allá en el 1691 en su tratado, La comunidad secreta, algunas de las costumbres de las hadas que podían ser nocivas para los humanos. Por ejemplo, las hadas tienden a bailar durante horas en una especie de gran círculo mágico. Si el humano topa con  dicho ritual, debe guardarse de no unirse a ellas, pues ese trance puede durar días y puede provocar la muerte al sujeto bien  por agotamiento o por inanición.

A veces el solo avistamiento del hada provoca un enamoramiento febril en el hombre ( o mujer) hasta tal punto que, quienes dicen haberlas visto caían en una profunda melancolía si no podían volver a verlas e, incluso, morían tras una larga agonía. Podemos ver un ejemplo en el celebérrima leyenda de Bécquer «la mujer de ojos verdes»:

Herido va el ciervo… herido va; no hay duda. Se ve el rastro de la sangre entre las zarzas del monte, y al saltar uno de esos lentiscos han flaqueado sus piernas… Nuestro joven señor comienza por donde otros acaban… en cuarenta años de montero no he visto mejor golpe… ¡Pero por San Saturio, patrón de Soria! cortadle el paso por esas carrascas, azuzad los perros, soplad en esas trompas hasta echar los hígados, y hundidle á los corceles una cuarta de hierro en los ijares: ¿no véis que se dirige hacia la fuente de los Álamos, y si la salva antes de morir podemos darle por perdido?

Las cuencas del Moncayo repitieron de eco en eco el bramido de las trompas, el latir de la jauría desencadenada y las voces de los pajes resonaron con nueva furia, y el confuso tropel de hombres, caballos y perros se dirigió al punto que Iñigo, el montero mayor de los marqueses de Almenar, señalara como el más á propósito para cortarle el paso á la res.

Pero todo fué inútil. Cuando el más ágil de los lebreles llegó á las carrascas jadeante y cubiertas las fauces de espuma, ya el ciervo, rápido como una saeta, las había salvado de un solo brinco, perdiéndose entre los matorrales de una trocha que conducía á la fuente.

—¡Alto!… ¡Alto todo el mundo! gritó Iñigo entonces; estaba de Dios que había de marcharse. Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron las trompas, y los lebreles dejaron refunfuñando la pista á la voz de los cazadores. En aquel momento se reunía á la comitiva el héroe de la fiesta, Fernando de Argensola, el primogénito de Almenar.

—¿Qué haces? exclamó dirigiéndose á su montero, y en tanto, ya se pintaba el asombro en sus facciones, ya ardía la cólera en sus ojos. ¿Qué haces, imbécil? ¡Ves que la pieza está herida, que es la primera que cae por mi mano, y abandonas el rastro y la dejas perder para que vaya á morir en el fondo del bosque! ¿Crees acaso que he venido á matar ciervos para festines de lobos?

—Señor, murmuró Iñigo entre dientes, es imposible pasar de este punto.

—¡Imposible! ¿y por qué?

—Porque esa trocha, prosiguió el montero, conduce á la fuente de los Alamos; la fuente de los Alamos, en cuyas aguas habita un espíritu del mal. El que osa enturbiar su corriente, paga caro su atrevimiento. Ya la res habrá salvado sus márgenes; ¿cómo la salvaréis vos sin atraer sobre vuestra cabeza alguna calamidad horrible? Los cazadores somos reyes del Moncayo, pero reyes que pagan un tributo. Pieza que se refugia en esa fuente misteriosa, pieza perdida.

—¡Pieza perdida! Primero perderé yo el señorío de mis padres, y primero perderé el ánima en manos de Satanás, que permitir que se me escape ese ciervo, el único que ha herido mi venablo, la primicia de mis excursiones de cazador… ¿Lo ves?… ¿lo ves?… Aún se distingue á intervalos desde aquí… las piernas le faltan, su carrera se acorta; déjame… déjame… suelta esa brida, ó te revuelco en el polvo.. ¿Quién sabe si no le daré lugar para que llegue á la fuente? y si llegase, al diablo ella, su limpidez y sus habitadores. ¡Sus! ¡Relámpago! ¡sus, caballo mío! si lo alcanzas, mando engarzar los diamantes de mi joyel en tu serreta de oro.

Caballo y jinete partieron como un huracán.

Iñigo los siguió con la vista hasta que se perdieron en la maleza; después volvió los ojos en derredor suyo; todos, como él, permanecían inmóviles y consternados.

El montero exclamó al fin:

—Señores, vosotros lo habéis visto; me he expuesto á morir entre los pies de su caballo por detenerle. Yo he cumplido con mi deber. Con el diablo no sirven valentías. Hasta aquí llega el montero con su ballesta; de aquí adelante, que pruebe á pasar el capellán con su hisopo.

II

—Tenéis la color quebrada; andáis mustio y sombrío; ¿qué os sucede? Desde el día, que yo siempre tendré por funesto, en que llegásteis á la fuente de los Álamos en pos de la res herida, diríase que una mala bruja os ha encanijado con sus hechizos.

Ya no váis á los montes precedido de la ruidosa jauría, ni el clamor de vuestras trompas despierta sus ecos. Sólo con esas cavilaciones que os persiguen, todas las mañanas tomáis la ballesta para enderezaros á la espesura y permanecer en ella hasta que el sol se esconde. Y cuando la noche oscurece y volvéis pálido y fatigado al castillo, en balde busco en la bandolera los despojos de la caza. ¿Qué os ocupa tan largas horas lejos de los que más os quieren?

Mientras Iñigo hablaba, Fernando, absorto en sus ideas, sacaba maquinalmente astillas de su escaño de ébano con el cuchillo de monte.

Después de un largo silencio, que sólo interrumpía el chirrido de la hoja al resbalarse sobre la pulimentada madera, el joven exclamó dirigiéndose á su servidor, como si no hubiera escuchado una sola de sus palabras.

—Iñigo, tú que eres viejo, tú que conoces todas las guaridas del Moncayo, que has vivido en sus faldas persiguiendo á las fieras, y en tus errantes excursiones de cazador subiste más de una vez á su cumbre, dime: ¿has encontrado por acaso una mujer que vive entre sus rocas?

—¡Una mujer! exclamó el montero con asombro y mirándole de hito en hito.

—Sí, dijo el joven; es una cosa extraña lo que me sucede, muy extraña… Creí poder guardar ese secreto eternamente, pero no es ya posible; rebosa en mi corazón y asoma á mi semblante. Voy, pues, á revelártelo… Tú me ayudarás á desvanecer el misterio que envuelve á esa criatura, que al parecer solo para mí existe, pues nadie la conoce, ni la ha visto, ni puede darme razón de ella. El montero, sin despegar los labios, arrastró su banquillo hasta colocarle junto al escaño de su señor, del que no apartaba un punto los espantados ojos. Este, después de coordinar sus ideas, prosiguió así:

—Desde el día en que á pesar de tus funestas predicciones llegué á la fuente de los Álamos, y atravesando sus aguas recobré el ciervo que vuestra superstición hubiera dejado huir, se llenó mi alma del deseo de la soledad.

Tú no conoces aquel sitio. Mira, la fuente brota escondida en el seno de una peña, y cae resbalándose gota á gota por entre las verdes y flotantes hojas de las plantas que crecen al borde de su cuna. Aquellas gotas que al desprenderse brillan como puntos de oro y suenan como las notas de un instrumento, se reúnen entre los céspedes, y susurrando, susurrando como un ruido semejante al de las abejas que zumban en torno de las flores, se alejan por entre las arenas, y forman un cauce, y luchan con los obstáculos que se oponen á su camino, y se repliegan sobre sí mismas, y saltan, y huyen, y corren, unas veces con risa, otras con suspiros, hasta caer en un lago. En el lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres, cantares, yo no sé lo que he oído en aquel rumor cuando me he sentado solo y febril sobre el peñasco, á cuyos pies saltan las aguas de la fuente misteriosa para estancarse en una balsa profunda, cuya inmóvil superficie apenas riza el viento de la tarde.

Todo es allí grande. La soledad con sus mil rumores desconocidos, vive en aquellos lugares y embriaga el espíritu en su inefable melancolía. En las plateadas hojas de los álamos, en los huecos de las peñas, en las ondas del agua, parece que nos hablan los invisibles espíritus de la naturaleza, que reconocen un hermano en el inmortal espíritu del hombre.

Cuando al despuntar la mañana me veías tomar la ballesta y dirigirme al monte, no fué nunca para perderme entre sus matorrales en pos de la caza, no; iba á sentarme al borde de la fuente, á buscar en sus ondas… no sé qué, ¡una locura! El día en que salté sobre ella con mi Relámpago, creí haber visto brillar en su fondo una cosa extraña… muy extraña… los ojos de mujer.

Tal vez sería un rayo de sol que serpeó fugitivo entre su espuma; tal vez una de esas flores que flotan entre las algas de su seno, y cuyos cálices parecen esmeraldas… no sé: yo creí ver una mirada que se clavó en la mía; una mirada que encendió en mi pecho un deseo absurdo, irrealizable: el de encontrar una persona con unos ojos como aquellos.

En su busca fui un día y otro á aquel sitio.

Por último, una tarde… yo me creí juguete de un sueño… pero no, es verdad, la he hablado ya muchas veces, como te hablo á tí ahora… una tarde encontré sentada en mi puesto, y vestida con unas ropas que llegaban hasta las aguas y flotaban sobre su haz, una mujer hermosa sobre toda ponderación. Sus cabellos eran como el oro; sus pestañas brillaban como hilos de luz, y entre las pestañas volteaban inquietas unas pupilas que yo había visto… sí; porque los ojos de aquella mujer eran los ojos que yo tenía clavados en la mente; unos ojos de un color imposible; unos ojos…

—¡Verdes! exclamó Iñigo con un acento de profundo terror, é incorporándose de un salto en su asiento.

Fernando le miró á. su vez como asombrado de que concluyese lo que iba á decir, y le preguntó con una mezcla de ansiedad y de alegría:

—¿La conoces?

—¡Oh, no! dijo el montero. ¡Líbreme Dios de conocerla! Pero mis padres, al prohibirme llegar hasta esos lugares, me dijeron mil veces que el espíritu, trasgo, demonio ó mujer que habita en sus aguas, tiene los ojos de ese color. Yo os conjuro, por lo que más améis en la tierra, á no volver á la fuente de los Álamos. Un día ú otro os alcanzará su venganza, y expiaréis, muriendo, el delito de haber encenagado sus ondas.

—¡Por los que más amo!… murmuró el joven con una triste sonrisa.

—¡Sí, prosiguió el anciano; por vuestros padres, por vuestros deudos, por las lágrimas de la que el cielo destina para vuestra esposa, por las de un servidor que os ha visto nacer…

—¿Sabes tú lo que más amo en este mundo? ¿Sabes tú por qué daría yo el amor de mi padre, los besos de la que me dió la vida, y todo el cariño que pueden atesorar todas las mujeres de la tierra? Por una mirada, por una sola mirada de esos ojos… ¡Cómo podré yo dejar de buscarlos!

Dijo Fernando estas palabras con tal acento, que la lágrima que temblaba en los párpados de Iñigo se resbaló silenciosa por su mejilla, mientras exclamó con acento sombrío: ¡Cúmplase la voluntad del cielo!

III

—¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu patria? ¿En dónde habitas? Yo vengo un día y otro en tu busca, y ni veo el corcel que te trae á estos lugares, ni á los servidores que conducen tu litera. Rompe de una vez el misterioso velo en que te envuelves como en una noche profunda, yo te amo, y, noble ó villana, seré tuyo, tuyo siempre…

El sol había traspuesto la cumbre del monte; las sombras bajaban á grandes pasos por su falda; la brisa gemía entre los álamos de la fuente, y la niebla, elevándose poco á poco de la superficie del lago, comenzaba á envolver las rocas de su margen.

Sobre una de estas rocas, sobre una que parecía próxima á desplomarse en el fondo de las aguas, en cuya superficie se retrataba temblando el primogénito de Almenar, de rodillas á los pies de su misteriosa amante, procuraba en vano arrancarle el secreto de su existencia.

Ella era hermosa, hermosa y pálida, como una estatua de alabastro. Uno de sus rizos caía sobre sus hombros, deslizándose entre los pliegues del velo como un rayo de sol que atraviesa las nubes, y en el cerco de sus pestañas rubias brillaban sus pupilas como dos esmeraldas sujetas en una joya de oro.

Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios se removieron como para pronunciar algunas palabras, pero sólo exhalaron un suspiro, un suspiro débil, doliente, como el de la ligera onda que empuja una brisa al morir entre los juncos.

—¡No me respondes! exclamó Fernando al ver burlada su esperanza; ¿querrás que dé crédito á lo que de tí me han dicho? ¡Oh! No… Háblame: yo quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo amarte, si eres una mujer…

—O un demonio… ¿Y si lo fuese?

El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió por sus miembros; sus pupilas se dilataron al fijarse con más intensidad en las de aquella mujer, y fascinado por su brillo fosfórico, demente casi, exclamó en un arrebato de amor:

—Si lo fueses… te amaría… te amaría como te amo ahora, como es mi destino amarte, hasta más allá de esta vida, si hay algo más allá de ella.

—Fernando, dijo la hermosa entonces con una voz semejante á una música: yo te amo más aún que tú me amas; yo, que desciendo hasta un mortal, siendo un espíritu puro. No soy una mujer como las que existen en la tierra; soy una mujer digna de tí, que eres, superior á los demás hombres. Yo vivo en el fondo de estas aguas; incorpórea como ellas, fugaz y trasparente, hablo con sus rumores y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al que osa turbar la fuente donde moro; antes le premio con mi amor, como á un mortal superior á las supersticiones del vulgo, como á un amante capaz de comprender mi cariño extraño y misterioso.

Mientras ella hablaba así, el joven, absorto en la contemplación de su fantástica hermosura, atraído como por una fuerza desconocida, se aproximaba más y más al borde de la roca. La mujer de los ojos verdes prosiguió así:

—¿Ves, ves el límpido fondo de ese lago, ves esas plantas de largas y verdes hojas que se agitan en su fondo?… Ellas nos darán un lecho de esmeraldas y corales… y yo… yo te daré una felicidad sin nombre, esa felicidad que has soñado en tus horas de delirio, y que no puede ofrecerte nadie… Ven, la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino… las ondas nos llaman con sus voces incomprensibles, el viento empieza entre los álamos sus himnos de amor; ven… ven…

La noche comenzaba á extender sus sombras, la luna rielaba en la superficie del lago, la niebla se arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos que corren sobre el haz de las aguas infectas… Ven… ven… estas palabras zumbaban en los oídos de Fernando como un conjuro. Ven… y la mujer misteriosa le llamaba al borde del abismo, donde estaba suspendida, y parecía ofrecerle un beso… un beso…

Fernando dió un paso hacia ella… otro… y sintió unos brazos delgados y flexibles que se haban á su cuello, y una sensación fría en sus labios ardorosos, un beso de nieve… y vaciló… y perdió pie, y cayó al agua con un rumor sordo y lúgubre.

Las aguas saltaron en chispas de luz, y se cerraron sobre su cuerpo, y sus círculos de plata fueron ensanchándose, ensanchándose hasta espirar en las orillas.

Tras la lectura de estas líneas, la conclusión es que  el hada ejerce sobre el incauto joven una poderosa influencia que enturbia su mente hasta tal punto que le lleva a la muerte….

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Bibliografía

-Becquer, Gustavo Adolfo «Rimas y leyendas»

-Ruiz Osuna, Pablo y Reñé Quilés, David «Guía de los seres mitológicos españoles»

-https://es.wikisource.org/wiki/Los_ojos_verdes

 

 

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