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Las damas blancas (parte 1)

Las damas blancas (parte 1)

 

 

Las damas blancas (parte 1)

 

by LaVolpeCimina

Con anterioridad, en este blog hemos dedicado un espacio para tratar sobre las llamas apariciones o presagios de muerte. Hemos hablado sobre la procesión de almas, la santa compaña o la mítica Rolda. Ahora bien, valda decir que existen un sinfín de tradiciones recurrentes que hablan de unas bellísimas mujeres de tez pálida como la fría nieve. Al parecer el encuentro con estas misteriosas entidades tiene funestas consecuencias, aunque, en algunos casos, pueden resultar entidades benevolentes.

El hecho es que las damas blancas pertenecen al folklore europeo y así se atestigua en una amplia tradición leyendística Por ejemplo, en Escocia y Alemania se conoce así a unos seres sobrenaturales que se consideraban ligados a la suerte de ciertas familias. Así, según una leyenda que circula por Berlín y otros lugares, una dama blanca, mujer vestida de blanco, con máscara y guantes negros, hace su aparición a
medianoche y a veces al mediodía; se dice que la aparición anuncia a quienes la ven la muerte del cabeza de familia o de un personaje importante. Fue vista por primera vez en 1486 en Plassenburg, y en otras ocasiones; incluso se dice que fue vista por Napoleón en la campaña de Rusia, y se dijo que la aparición anunció en 1.888 la muerte de Guillermo I. Con variantes, se encuentra también en Yugoslavia y en Países Bajos. De todos modos, no son ni cuentos ni leyendas ni motivos sólo de ámbito europeo. En América, por ejemplo, esta actuación espectral es concordante con el mismo patrón de “La llorona”, entidad fantasmagórica que aparece en los primeros años del México colonial anunciando desgracias.

¡Hemos recopilado algunas de estas leyendas que esperamos que disfrutéis!

 

SENHORA DAS NEVES

Andava uma rapariga a guardar ovelhas e a chorar. Apareceu-lhe uma mulher, que era a Senhora das Neves, e perguntou-lhe o que tinha. A rapariga disse que a mãe lhe não tinha dado pão. A mulher tornou-lhe que fosse pedir pão à mãe, que esta tinha uma arca cheia de pão. Enquanto a mulher lhe ficou a guardar as ovelhas, a rapariga foi e contou à mãe. Esta mandou-a à arca e efectivamente estava cheia de pão. A
rapariga tirou para si e voltou para o monte; as ovelhas estavam lá, mas a mulher não. No terceiro dia tornou a aparecer à rapariga e disse-lhe que fosse ter com a mãe para esta madar fazer uma casa de oração, que o dinheiro apareceria. É esta a origem da actual igreja da Senhora das Neves. (Foi um velho que me contou isto em 1890, mas não me soube dar mais explicações)..

 

El auxilio de la dama blanca

Cuando se dio cuenta de que se había perdido, Joaquín dejó rodar por sus mejillas dos gruesas y silenciosas lágrimas. El manojo de espárragos que aprisionaba en la mano se fue aflojando poco a poco hasta caer suavemente sobre la hierba. Ya era sol puesto. La niebla, ahora espesa, parecía haberse tragado todo el panorama de los alrededores. La indecisión lo desalentó. Fue a sentarse en una pequeña roca que había allí cerca, al lado de un cerro poco prominente. No pasó mucho tiempo, cuando el niño se dio cuenta de un cambio atmosférico. El viento había cesado y una luz que cada vez se hacía más y más intensa invadió un punto en lo alto del cerro. Joaquín, sin comprender, abrió los ojos. En aquel momento quiso oír una música celestial y lejana. A pocos pasos de él, entre el resplandor de la luz ya cegadora, apareció una señora vestida de blanco, con un manto azul. El niño abrió la boca de asombro… Sus ojos no pestañearon. A los pocos segundos oyó que le decía:
– SOY TU MADRE DEL CIELO.
Joaquín era un niño sensible. Aquella voz, aquellas palabras, lo invadieron de ternura. Repentinamente se arrodilló. De nuevo la voz de la Señora, una voz que parecía tener eco:
– VEN -le dijo-.
Como un sonámbulo, Joaquín se levantó lentamente, atraído por la voz y la figura. Cuando llegó a su lado, la Señora lo cubrió con su manto azul, en un abrazo tierno. El niño no sabía qué decir, se tragaba las palabras. Pero ahora sentía un gozo infinito. Un calor de nido le recorría todo el cuerpo. Luego, en su imaginación infantil, le parecía estar en el lecho de plumas de Dª Julia, su maestra de escuela, y pensaba
con alegría si no estaría ya en el cielo. Permanecía inmóvil, por miedo a que el más mínimo movimiento hiciera desaparecer la visión. De repente ocurrió algo extraordinario. Empezaron a caer copos de nieve, espesos y abundantes. Lo más extraño era que a él no le tocaban. En esa pequeña circunferencia había como un fuego que los derretía. Joaquín no sentía ningún frío. El calor que emanaba la Señora le hizo
entrar en una dejada somnolencia. Cerró los ojos y se durmió profundamente.

Juan y Vicenta habían sido acogidos en una huerta de los alrededores. Con las primeras luces del nuevo día salieron a buscar el niño . Sus ojos escudriñaban con avidez el paisaje, creyendo adivinar su figura en cualquier bulto aparente. La esperanza no les abandonó. Con pasos cansados llegaron a un lugar donde se divisaba el cerro de la aparición. Juan fue el primero que se fijó en aquella mancha roja que destacaba de los campos.
– ¡Es él, es su chaleco rojo! ¡Es Joaquín… !
El tono de su voz parecía resucitar. Fueron corriendo, él y ella, abandonando el cansancio. Joaquín estaba dormido con la cabeza apoyada entre los brazos. Su semblante inspiraba serenidad, parecía un ángel. La emoción de sus padres lo despertó. Las preguntas se multiplicaron, pero él tan sólo acertaba a decirles:
– Vi una señora que me tapó con su manto y me dormí. No tuve frío, de verdad,
no tuve

     La Dama blanca d’Aubinyà

En el pasado gobernó en estas tierras un obispo injusto y opresor. Nada hacía cambiar su actitud, ni siquiera las advertencias de ser castigado por la Dama Blanca, una hermosa mujer siempre vestida de blanco. Una noche, al pasar con sus soldados por el río Aubinyà, el obispo vio a una misteriosa mujer al pie de una cascada. Deslumbrado por su belleza, la siguió entre las aguas y (supuestamente) desapareció para siempre. Poco después un lobo muy feroz empezó a atacar los rebaños de los alrededores. Parecía imposible cazarlo, hasta que el síndico de Andorra consiguió abatir la bestia, pero cayó enfermo al instante. Entonces apareció la Dama Blanca afirmando que el obispo, convertido en lobo, había causado la enfermad del síndico. Ella no podría salvar al moribundo, pero prometió que desde ese momento protegería para siempre el Principado

 

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Bibliografía

https://www.grandvalira.com/sites/default/files/files/Llegenda%20La%20dama%20blanca%20d’Aubinya.pdf

Martos Núñez, Eloy, La casa encantada: estudios sobre cuentos, mitos y leyendas de España y Portugal : seminario interuniversitario de estudios sobre la tradición, Junta de Extremadura, Editora Regional de Extremadura, 1997, pp. 100-110.

A. Limpo Píriz: Olivenza Antología esencial. P. 310-2, texto de m. Dolores
Mira.

 

La santa Compaña(parte 1)

La santa Compaña(parte 1)

La santa compaña

 

 

De cuantas tradiciones existen en España en torno a la muerte, quizá la más famosa de todas ellas sea la Santa compaña. La Santa Compaña (Fairy Host en Irlanda; sluagh en Escocia; toili en Gales), es también conocida en Galicia y Asturias occidental como a compañía, a compañía das ánimas, a procesión das ánimas, ensamio, estadea, estandaiña, estandinha, estantigua, estantiga, hoste, hueste, antaruxada, huestia, hostilla, rolda, ronda, a visión, as divisas, o enterro, as da noite, o home do oso, a facha, as luces, as xans, pantalla, a pastoriña, a semuldanza, visita, y con otras denominaciones más. Definida, en síntesis, la Compaña es una procesión nocturna de almas o difuntos que portan luminosas luces (antorchas o velas), y que acarrean el féretro de un vecino cuya próxima muerte anuncian de esta forma[1].

 

Cuenta la leyenda que cuando cae la noche, un grupo de almas en pena patrulla en procesión por los caminos y bosques solitarios. Esa procesión de almas malditas porta luceros o cirios dependiendo de la leyenda. No debe encontrarte, pues son huestes enemigas que buscan hacer el mal. Si por desventura cruzaras tu camino con ellas, recuerda no cruzar tu mirada ni aceptar nada que te ofrezcan. Puede que no sea suficiente con tal precaución, por lo que el viejo conjuro universal de protección, el círculo, será tu mayor defensa si no se quiere pasar a formar parte de la Compaña[2].

Existe la excepción de la persona que no muere a causa de un encuentro con la Compaña, mas debe servirles de por vida:

Donde yo nací había una mujer, María a camiseira se llamaba, que salía con la Santa Compaña. Venían a buscarla y tenía que levantarse y marchar. Avisaba que iba a haber una muerte, pero nunca, nunca especificaba el nombre del difunto.

Cuentan que una vez, yendo con la Santa Compaña, llegó a la casa de una vecina con la que mantenía una excelente relación. Al empezar a subir la escalera del piso, intentó volver atrás, pero los del acompañamiento la abofetearon sin miramientos. Tantas bofetadas le dieron para que siguiese hasta donde tenía que ir, que le arrancaron los dientes[3].

Como puede verse, la persona en cuestión no muere en algunas circunstancias, pero pierde su voluntad y debe cumplir cualquier orden que la Huestia le dé. Si no la cumpliera, la Compaña bien podría decidir retirar su indulto. En otro relato, el obligado a llevar la cruz, el maldito que debe acompañar a la Santa Compaña puede librarse de ese cometido. Sin embargo, parece que la solución es moralmente reprochable, pues conviene que sea otro quien deba llevar la cruz en su lugar:

En Penaverde anduvo con las de la noche un cuñado mío. Se murió en Barcelona. Le pasaron la cruz. Él sabía quién se la había pasado, pero no podía descubrirlo… Cada vez que salían las de la noche, él tenía que salir con la cruz. La mujer no sabía cuándo se marchaba porque el cuerpo siempre estaba en la cama. Para la mujer constaba que su marido estaba con ella. Tenía que salir cuando iba a haber un muerto… Él ya sabía cuándo tenía que salir… Nunca hablaba con las de la noche, iba delante con la cruz…, no veía más que las luces; tocaban la esquila. Mi cuñado no sé a quién le consiguió pasar la cruz, pero se la pasó a otro[4].

 

En otra tradición no se trata únicamente de ceder la cruz al propio desdichado con el que se encuentren, pues además necesitarán un cubo de agua bendita y el hisopo:

Un padre y su hijo, que ya era un hombre hecho y derecho, regresaban de noche de un viaje y tuvieron la desgracia de tomar, sin darse cuenta, un camino que pasaba cerca del atrio de una iglesia. Su descuido los llevó a encontrarse en una curva con la Santa Compaña, que, como todas las noches, salía a las doce para hacer su ronda. Vieron aterrados las luces verdosas de los hachos que portaban las almas en pena y oyeron el murmullo de las plegarias.

Intentaron huir, pero no lo consiguieron. El padre, ya viejo y débil, tropezó y cayó al suelo, donde quedó sin fuerzas para valerse. El hijo llegó un poco más lejos, pero mejor le hubiera sido caer al lado de su padre para ahorrarse graves contratiempos. Ninguno de los dos tuvo saber ni ánimos para trazar un círculo en el suelo, dibujar una cruz en el medio y meterse dentro, como es costumbre para defenderse de las cosas de otro mundo.

El padre, de bruces en el camino, sintió cómo los difuntos de la Santa Compaña le pisaban el cuerpo y lo dejaban baldado. Con mucho esfuerzo levantó la cabeza y buscó a su hijo con la mirada. Mas como era de noche, no logró verlo. Escuchó. Supuso que lo había llevado la Santa compaña para portar la cruz, el cubo de agua bendita y el hisopo. Luego perdió el conocimiento.

Volvió en sí al amanecer. Le dolía el cuerpo, estaba cansado y sin fuerzas. Quiso ponerse en pie y las piernas no le sostenían. Al cabo, mal como pudo, casi a rastras, pálido como un difunto, llegó a su casa. Su hijo todavía no había vuelto.

Al hijo lo encontraron los vecinos. Apareció dormido al pie del crucero de la parroquia, abrazado al fuste. El padre apenas tardó tres días en morir. El hijo aguantó un poco más, pero no mucho. Nadie le sonsacó ni lo más más mínimo, porque el que anda con los difuntos no puede revelar ni lo que ve ni lo que le ordenan hacer. Tampoco puede girar la cabeza para ver quién viene detrás. Por eso nunca ninguno da explicaciones. El único recurso que le queda al que va con la hueste es, si se da la oportunidad, ponerle en la mano a un desventurado que encuentre en el camino la cruz, el cubo de agua bendita y el hisopo. Así se libra de esa obligación y se la pasa al otro. De todas maneras, desde que se libera de esa carga poco tarda en morir, porque ya está acabado. Al no dormir de noche va perdiendo vigor y se va consumiendo más y más cada día.

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Bibliografía

[1] Alberro, M.: «La Santa Compaña en el NO de la Península Ibérica y en otros países célticos como Irlanda, Escocia y Gales», Revista de Folklore 336, n.º Tomo 28b. (2008): 183–87, <http://www.cervantesvirtual.com/obra/revista-de-folklore-200/>.

 

[2] «Si alguien se encuentra con la Compaña y no se previene, es atraído inexorablemente por la misma y ha de unirse a la procesión de muertos. El peligro para los infortunados que se topan de noche con la Compaña es que sus miembros les seduzcan y atraigan para que se unan a ellos. Y una vez dentro de sus filas, ya no tendrán forma alguna de poder escapar. Por ello, en el caso de encontrarse con una Compaña, en Galicia recomiendan hacer lo siguiente:

  • no mirarlos directamente, simular que no se les ha visto, y apartarse calladamente de su
  • trazar un círculo en el suelo con la Estrella de Salomón dentro, y colocarse en su
  • en casos inopinados, o extremos, tirarse inmediatamente al suelo boca abajo, y mantenerse así hasta que hayan pasado todos los miembros de la procesión.

En Asturias recomiendan que, al encontrarse por la noche con una huestia, y para evitar que se lo lleven a uno consigo, se haga también algo parecido a lo de Galicia:

  • el primer paso, y el fundamental, es evitar por todos los medios el entrar a formar parte de la comitiva.
  • dibujar en el suelo el Círculo de Salomón, meterse dentro del mismo, y no mirar a la huestia ni salirse del círculo hasta que hayan pasado todos los espíritus». Alberro, M.: «La Santa Compaña en el NO de la Península Ibérica y en otros países célticos como Irlanda, Escocia y Gales», cit. pág 183.

 

[3] Mariño Ferrero, Xosé Ramón: Leyendas, mitos y creencias de Galicia, 1.a ed. (Pontevedra: Elago Ediciones, 2008), pág 129.

 

[4] Fraga Liste, Enrique: «Costumbres heterodoxas en Galicia», Revista AEPE 36–37 (1986): 189–96, <https://cvc.cervantes.es/ensenanza/biblioteca_ele/aepe/pdf/revista_36-37_19-20_89/revista_36-37_19-20_89_22.pdf>. (191)

 

 

el lado oscuro de las hadas (parte 2)

el lado oscuro de las hadas (parte 2)

                  El lado oscuro de las hadas (parte 2)

Hace unos días comenzamos en este blog un pequeño apartado en que reflexionaba sobre la parte oscura del mundo feérico. Muchos me pidieron que ahondara en tan extraña cuestión y, tras mucho detenimiento, he decidido redactar estas líneas.

En el anterior post nos referimos a esa oscura aura que envuelve estas criaturas y sus encuentros con los humanos. Pues bien, conviene ahora que profundicemos sobre dicha cuestión, con la esperanza de que uno se guarde y mucho de tomarse a la ligera los avistamientos de estas entidades.

Su naturaleza es distinta a la nuestra a la nuestra y, por ende, su propio devenir puede ser nocivo para los humanos. Contaba  el reverendo Robert Kirk allá en el 1691 en su tratado, La comunidad secreta, algunas de las costumbres de las hadas que podían ser nocivas para los humanos. Por ejemplo, las hadas tienden a bailar durante horas en una especie de gran círculo mágico. Si el humano topa con  dicho ritual, debe guardarse de no unirse a ellas, pues ese trance puede durar días y puede provocar la muerte al sujeto bien  por agotamiento o por inanición.

A veces el solo avistamiento del hada provoca un enamoramiento febril en el hombre ( o mujer) hasta tal punto que, quienes dicen haberlas visto caían en una profunda melancolía si no podían volver a verlas e, incluso, morían tras una larga agonía. Podemos ver un ejemplo en el celebérrima leyenda de Bécquer «la mujer de ojos verdes»:

Herido va el ciervo… herido va; no hay duda. Se ve el rastro de la sangre entre las zarzas del monte, y al saltar uno de esos lentiscos han flaqueado sus piernas… Nuestro joven señor comienza por donde otros acaban… en cuarenta años de montero no he visto mejor golpe… ¡Pero por San Saturio, patrón de Soria! cortadle el paso por esas carrascas, azuzad los perros, soplad en esas trompas hasta echar los hígados, y hundidle á los corceles una cuarta de hierro en los ijares: ¿no véis que se dirige hacia la fuente de los Álamos, y si la salva antes de morir podemos darle por perdido?

Las cuencas del Moncayo repitieron de eco en eco el bramido de las trompas, el latir de la jauría desencadenada y las voces de los pajes resonaron con nueva furia, y el confuso tropel de hombres, caballos y perros se dirigió al punto que Iñigo, el montero mayor de los marqueses de Almenar, señalara como el más á propósito para cortarle el paso á la res.

Pero todo fué inútil. Cuando el más ágil de los lebreles llegó á las carrascas jadeante y cubiertas las fauces de espuma, ya el ciervo, rápido como una saeta, las había salvado de un solo brinco, perdiéndose entre los matorrales de una trocha que conducía á la fuente.

—¡Alto!… ¡Alto todo el mundo! gritó Iñigo entonces; estaba de Dios que había de marcharse. Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron las trompas, y los lebreles dejaron refunfuñando la pista á la voz de los cazadores. En aquel momento se reunía á la comitiva el héroe de la fiesta, Fernando de Argensola, el primogénito de Almenar.

—¿Qué haces? exclamó dirigiéndose á su montero, y en tanto, ya se pintaba el asombro en sus facciones, ya ardía la cólera en sus ojos. ¿Qué haces, imbécil? ¡Ves que la pieza está herida, que es la primera que cae por mi mano, y abandonas el rastro y la dejas perder para que vaya á morir en el fondo del bosque! ¿Crees acaso que he venido á matar ciervos para festines de lobos?

—Señor, murmuró Iñigo entre dientes, es imposible pasar de este punto.

—¡Imposible! ¿y por qué?

—Porque esa trocha, prosiguió el montero, conduce á la fuente de los Alamos; la fuente de los Alamos, en cuyas aguas habita un espíritu del mal. El que osa enturbiar su corriente, paga caro su atrevimiento. Ya la res habrá salvado sus márgenes; ¿cómo la salvaréis vos sin atraer sobre vuestra cabeza alguna calamidad horrible? Los cazadores somos reyes del Moncayo, pero reyes que pagan un tributo. Pieza que se refugia en esa fuente misteriosa, pieza perdida.

—¡Pieza perdida! Primero perderé yo el señorío de mis padres, y primero perderé el ánima en manos de Satanás, que permitir que se me escape ese ciervo, el único que ha herido mi venablo, la primicia de mis excursiones de cazador… ¿Lo ves?… ¿lo ves?… Aún se distingue á intervalos desde aquí… las piernas le faltan, su carrera se acorta; déjame… déjame… suelta esa brida, ó te revuelco en el polvo.. ¿Quién sabe si no le daré lugar para que llegue á la fuente? y si llegase, al diablo ella, su limpidez y sus habitadores. ¡Sus! ¡Relámpago! ¡sus, caballo mío! si lo alcanzas, mando engarzar los diamantes de mi joyel en tu serreta de oro.

Caballo y jinete partieron como un huracán.

Iñigo los siguió con la vista hasta que se perdieron en la maleza; después volvió los ojos en derredor suyo; todos, como él, permanecían inmóviles y consternados.

El montero exclamó al fin:

—Señores, vosotros lo habéis visto; me he expuesto á morir entre los pies de su caballo por detenerle. Yo he cumplido con mi deber. Con el diablo no sirven valentías. Hasta aquí llega el montero con su ballesta; de aquí adelante, que pruebe á pasar el capellán con su hisopo.

II

—Tenéis la color quebrada; andáis mustio y sombrío; ¿qué os sucede? Desde el día, que yo siempre tendré por funesto, en que llegásteis á la fuente de los Álamos en pos de la res herida, diríase que una mala bruja os ha encanijado con sus hechizos.

Ya no váis á los montes precedido de la ruidosa jauría, ni el clamor de vuestras trompas despierta sus ecos. Sólo con esas cavilaciones que os persiguen, todas las mañanas tomáis la ballesta para enderezaros á la espesura y permanecer en ella hasta que el sol se esconde. Y cuando la noche oscurece y volvéis pálido y fatigado al castillo, en balde busco en la bandolera los despojos de la caza. ¿Qué os ocupa tan largas horas lejos de los que más os quieren?

Mientras Iñigo hablaba, Fernando, absorto en sus ideas, sacaba maquinalmente astillas de su escaño de ébano con el cuchillo de monte.

Después de un largo silencio, que sólo interrumpía el chirrido de la hoja al resbalarse sobre la pulimentada madera, el joven exclamó dirigiéndose á su servidor, como si no hubiera escuchado una sola de sus palabras.

—Iñigo, tú que eres viejo, tú que conoces todas las guaridas del Moncayo, que has vivido en sus faldas persiguiendo á las fieras, y en tus errantes excursiones de cazador subiste más de una vez á su cumbre, dime: ¿has encontrado por acaso una mujer que vive entre sus rocas?

—¡Una mujer! exclamó el montero con asombro y mirándole de hito en hito.

—Sí, dijo el joven; es una cosa extraña lo que me sucede, muy extraña… Creí poder guardar ese secreto eternamente, pero no es ya posible; rebosa en mi corazón y asoma á mi semblante. Voy, pues, á revelártelo… Tú me ayudarás á desvanecer el misterio que envuelve á esa criatura, que al parecer solo para mí existe, pues nadie la conoce, ni la ha visto, ni puede darme razón de ella. El montero, sin despegar los labios, arrastró su banquillo hasta colocarle junto al escaño de su señor, del que no apartaba un punto los espantados ojos. Este, después de coordinar sus ideas, prosiguió así:

—Desde el día en que á pesar de tus funestas predicciones llegué á la fuente de los Álamos, y atravesando sus aguas recobré el ciervo que vuestra superstición hubiera dejado huir, se llenó mi alma del deseo de la soledad.

Tú no conoces aquel sitio. Mira, la fuente brota escondida en el seno de una peña, y cae resbalándose gota á gota por entre las verdes y flotantes hojas de las plantas que crecen al borde de su cuna. Aquellas gotas que al desprenderse brillan como puntos de oro y suenan como las notas de un instrumento, se reúnen entre los céspedes, y susurrando, susurrando como un ruido semejante al de las abejas que zumban en torno de las flores, se alejan por entre las arenas, y forman un cauce, y luchan con los obstáculos que se oponen á su camino, y se repliegan sobre sí mismas, y saltan, y huyen, y corren, unas veces con risa, otras con suspiros, hasta caer en un lago. En el lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres, cantares, yo no sé lo que he oído en aquel rumor cuando me he sentado solo y febril sobre el peñasco, á cuyos pies saltan las aguas de la fuente misteriosa para estancarse en una balsa profunda, cuya inmóvil superficie apenas riza el viento de la tarde.

Todo es allí grande. La soledad con sus mil rumores desconocidos, vive en aquellos lugares y embriaga el espíritu en su inefable melancolía. En las plateadas hojas de los álamos, en los huecos de las peñas, en las ondas del agua, parece que nos hablan los invisibles espíritus de la naturaleza, que reconocen un hermano en el inmortal espíritu del hombre.

Cuando al despuntar la mañana me veías tomar la ballesta y dirigirme al monte, no fué nunca para perderme entre sus matorrales en pos de la caza, no; iba á sentarme al borde de la fuente, á buscar en sus ondas… no sé qué, ¡una locura! El día en que salté sobre ella con mi Relámpago, creí haber visto brillar en su fondo una cosa extraña… muy extraña… los ojos de mujer.

Tal vez sería un rayo de sol que serpeó fugitivo entre su espuma; tal vez una de esas flores que flotan entre las algas de su seno, y cuyos cálices parecen esmeraldas… no sé: yo creí ver una mirada que se clavó en la mía; una mirada que encendió en mi pecho un deseo absurdo, irrealizable: el de encontrar una persona con unos ojos como aquellos.

En su busca fui un día y otro á aquel sitio.

Por último, una tarde… yo me creí juguete de un sueño… pero no, es verdad, la he hablado ya muchas veces, como te hablo á tí ahora… una tarde encontré sentada en mi puesto, y vestida con unas ropas que llegaban hasta las aguas y flotaban sobre su haz, una mujer hermosa sobre toda ponderación. Sus cabellos eran como el oro; sus pestañas brillaban como hilos de luz, y entre las pestañas volteaban inquietas unas pupilas que yo había visto… sí; porque los ojos de aquella mujer eran los ojos que yo tenía clavados en la mente; unos ojos de un color imposible; unos ojos…

—¡Verdes! exclamó Iñigo con un acento de profundo terror, é incorporándose de un salto en su asiento.

Fernando le miró á. su vez como asombrado de que concluyese lo que iba á decir, y le preguntó con una mezcla de ansiedad y de alegría:

—¿La conoces?

—¡Oh, no! dijo el montero. ¡Líbreme Dios de conocerla! Pero mis padres, al prohibirme llegar hasta esos lugares, me dijeron mil veces que el espíritu, trasgo, demonio ó mujer que habita en sus aguas, tiene los ojos de ese color. Yo os conjuro, por lo que más améis en la tierra, á no volver á la fuente de los Álamos. Un día ú otro os alcanzará su venganza, y expiaréis, muriendo, el delito de haber encenagado sus ondas.

—¡Por los que más amo!… murmuró el joven con una triste sonrisa.

—¡Sí, prosiguió el anciano; por vuestros padres, por vuestros deudos, por las lágrimas de la que el cielo destina para vuestra esposa, por las de un servidor que os ha visto nacer…

—¿Sabes tú lo que más amo en este mundo? ¿Sabes tú por qué daría yo el amor de mi padre, los besos de la que me dió la vida, y todo el cariño que pueden atesorar todas las mujeres de la tierra? Por una mirada, por una sola mirada de esos ojos… ¡Cómo podré yo dejar de buscarlos!

Dijo Fernando estas palabras con tal acento, que la lágrima que temblaba en los párpados de Iñigo se resbaló silenciosa por su mejilla, mientras exclamó con acento sombrío: ¡Cúmplase la voluntad del cielo!

III

—¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu patria? ¿En dónde habitas? Yo vengo un día y otro en tu busca, y ni veo el corcel que te trae á estos lugares, ni á los servidores que conducen tu litera. Rompe de una vez el misterioso velo en que te envuelves como en una noche profunda, yo te amo, y, noble ó villana, seré tuyo, tuyo siempre…

El sol había traspuesto la cumbre del monte; las sombras bajaban á grandes pasos por su falda; la brisa gemía entre los álamos de la fuente, y la niebla, elevándose poco á poco de la superficie del lago, comenzaba á envolver las rocas de su margen.

Sobre una de estas rocas, sobre una que parecía próxima á desplomarse en el fondo de las aguas, en cuya superficie se retrataba temblando el primogénito de Almenar, de rodillas á los pies de su misteriosa amante, procuraba en vano arrancarle el secreto de su existencia.

Ella era hermosa, hermosa y pálida, como una estatua de alabastro. Uno de sus rizos caía sobre sus hombros, deslizándose entre los pliegues del velo como un rayo de sol que atraviesa las nubes, y en el cerco de sus pestañas rubias brillaban sus pupilas como dos esmeraldas sujetas en una joya de oro.

Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios se removieron como para pronunciar algunas palabras, pero sólo exhalaron un suspiro, un suspiro débil, doliente, como el de la ligera onda que empuja una brisa al morir entre los juncos.

—¡No me respondes! exclamó Fernando al ver burlada su esperanza; ¿querrás que dé crédito á lo que de tí me han dicho? ¡Oh! No… Háblame: yo quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo amarte, si eres una mujer…

—O un demonio… ¿Y si lo fuese?

El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió por sus miembros; sus pupilas se dilataron al fijarse con más intensidad en las de aquella mujer, y fascinado por su brillo fosfórico, demente casi, exclamó en un arrebato de amor:

—Si lo fueses… te amaría… te amaría como te amo ahora, como es mi destino amarte, hasta más allá de esta vida, si hay algo más allá de ella.

—Fernando, dijo la hermosa entonces con una voz semejante á una música: yo te amo más aún que tú me amas; yo, que desciendo hasta un mortal, siendo un espíritu puro. No soy una mujer como las que existen en la tierra; soy una mujer digna de tí, que eres, superior á los demás hombres. Yo vivo en el fondo de estas aguas; incorpórea como ellas, fugaz y trasparente, hablo con sus rumores y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al que osa turbar la fuente donde moro; antes le premio con mi amor, como á un mortal superior á las supersticiones del vulgo, como á un amante capaz de comprender mi cariño extraño y misterioso.

Mientras ella hablaba así, el joven, absorto en la contemplación de su fantástica hermosura, atraído como por una fuerza desconocida, se aproximaba más y más al borde de la roca. La mujer de los ojos verdes prosiguió así:

—¿Ves, ves el límpido fondo de ese lago, ves esas plantas de largas y verdes hojas que se agitan en su fondo?… Ellas nos darán un lecho de esmeraldas y corales… y yo… yo te daré una felicidad sin nombre, esa felicidad que has soñado en tus horas de delirio, y que no puede ofrecerte nadie… Ven, la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino… las ondas nos llaman con sus voces incomprensibles, el viento empieza entre los álamos sus himnos de amor; ven… ven…

La noche comenzaba á extender sus sombras, la luna rielaba en la superficie del lago, la niebla se arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos que corren sobre el haz de las aguas infectas… Ven… ven… estas palabras zumbaban en los oídos de Fernando como un conjuro. Ven… y la mujer misteriosa le llamaba al borde del abismo, donde estaba suspendida, y parecía ofrecerle un beso… un beso…

Fernando dió un paso hacia ella… otro… y sintió unos brazos delgados y flexibles que se haban á su cuello, y una sensación fría en sus labios ardorosos, un beso de nieve… y vaciló… y perdió pie, y cayó al agua con un rumor sordo y lúgubre.

Las aguas saltaron en chispas de luz, y se cerraron sobre su cuerpo, y sus círculos de plata fueron ensanchándose, ensanchándose hasta espirar en las orillas.

Tras la lectura de estas líneas, la conclusión es que  el hada ejerce sobre el incauto joven una poderosa influencia que enturbia su mente hasta tal punto que le lleva a la muerte….

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GUÍA DE LOS SERES MITOLÓGICOS ESPAÑOLES 

EL PADRE LOBO Y LAS BRUJAS EN HORTSAVINYÀ

HOMBRES LOBO Y OTROS DEPREDADORES DE LA MITOLOGÍA 

DE VENEFICIS 

 

Bibliografía

-Becquer, Gustavo Adolfo «Rimas y leyendas»

-Ruiz Osuna, Pablo y Reñé Quilés, David «Guía de los seres mitológicos españoles»

-https://es.wikisource.org/wiki/Los_ojos_verdes

 

 

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