Navegando por
Etiqueta: seres mágicos

Duendes de las selvas amazónicas

Duendes de las selvas amazónicas

Duendes de las selvas amazónicas

El shapshico

imagen de Jean Baptiste

 

En la jungla hay espíritus que pueden causar un daño serio. Uno de ellos es el shapshim o chullachaqui, que posee un jardín en la selva y es muy celoso de él. Es el guardián de las plantas y los animales. El siguiente relato de José Huaniri sugiere que el shapshico es un espíritu encarnado en un animal. La aparente contradicción entre ser un animal y ser invisible se resuelve al tratarse de un espíritu incorporado, que puede tener ambas propiedades simultáneamente:

«Este shapshico tiene su jardín en la selva. Si cortas un árbol en su jardín, te lastima. Es un hombrecillo que vive allí, un animal, un pequeño demonio. El shapshico usa proyectiles. El sanador extraerá el proyectil (virale) y te calmarás. No puedes ver a un shapshico ni hablar con él.» (TKU 871194)

Leyenda del shapshico

La intensa oscuridad del bosque, los eternos caminos trazados por los machetes, la espesa maleza que impide el paso a los pálidos transeúntes de la noche, la monotonía de la luna, el aullar de los otorongos y la leve sensación de conocer el mismo Hades acompañaron a José durante el largo recorrido hacia la cocha. Era de noche y José esperaba llegar con los primeros rayos del sol a las espesas aguas de la cocha Typishca. El camino fue pesado, pero tenía que pescar para poder alimentar a su familia. Atrás, en su humilde casa de madera, quedaron sus hijos y su mujer, orando al dios ausente. Para José, sus únicos compañeros durante la travesía fueron su arpón y la malgastada tarrafa que heredó de su abuelo.

Marchaba sin mirar atrás, con algunos tragos de aguardiente para disipar el miedo, pues se decía que aquella cocha estaba maldita.

En el trayecto se encontró con algunos mashos inertes en el suelo. La sangre de aquellos seres de la noche hedía, invadiendo su nariz con su olor putrefacto. En respuesta al nauseabundo olor, José se tapó la nariz usando la sucia manga de su camiseta. Aquellos desdichados mashos habían sufrido una muerte extraña. Tenían el estómago abierto y se podían apreciar sus vísceras. Este incidente le llamó mucho la atención y prosiguió su camino, pensando en aquella abominable escena.

Los efectos del aguardiente habían desaparecido y aún le quedaban tres horas de caminata cuando, súbitamente, un sonido desgarrador invadió sus oídos.

«Una mujer, estoy seguro, pobre de ella», se dijo José.

Continuó avanzando por el sendero que días antes había trazado con Andrés, el mayor de sus hijos. La noche se volvía más densa. El miedo se apoderaba de él. La desesperación por llegar a su destino invadía su alma. De pronto, sintió nostalgia, pero no una nostalgia propia de los viajeros por su tierra natal. La de José era diferente; sentía como si una parte de su alma pidiera regresar y abrazar a su familia. Sí, sentía nostalgia por su familia, sentía que, si esa fuera su última noche sobre el estrepitoso suelo amazónico, querría pasarla al lado de ellos. Pero, como dije antes, José tenía que pescar para poder sobrevivir y llevar comida a su hogar.

Por fin llegó a la cocha y empezó a preparar sus cosas para la faena, pero de pronto apareció un demonio con grandes cuernos y rabo caprino. Era como le habían contado sus antepasados. Tenía el cuerpo alargado pero de proporciones gnómicas, y el color rojo carmesí de su piel resaltaba entre la oscura noche. De inmediato, José comenzó a vomitar desde lo más profundo de sus entrañas el pango que su mujer le había preparado con tanto amor.

«¿Qué quieres de mí, maldito?», dijo José.

«Tu sangre. Quiero devorar tus tripas y hacer un festín con tus extremidades», dijo violentamente aquel monstruo que había escapado del averno.

«Tendrás que venir por mí, demonio», dijo José con voz temerosa.

«¿Qué? ¿No sabes quién soy, humano? Soy el shapshico, y esta será tu tumba.»

Valiéndose del viejo arpón, José se abalanzó contra el demonio. Aquel intento de salvar su vida no sirvió de nada. El demonio esquivó la estocada y lo golpeó violentamente. La sangre escarlata brotaba de su pálida cara. La luz del alba comenzaba a aparecer entre los árboles de cedro. Era casi la hora de cerrar la puerta del averno, cuando los demonios regresan a la eterna guarida de sus miserables vidas, de modo que el shapshico desapareció, no sin antes advertirle que si lo encontraba de nuevo lo mataría sin titubear.

El pescador regresó a casa fatigado, pero con la recompensa de haber tenido una buena jornada. «No hay nada mejor que ver a la familia esperando en la puerta tu llegada», pensó José. Pero esa felicidad se tornó efímera cuando recordó que pronto tendría que regresar nuevamente a aquella cocha maldita.

Pues el alimento se acabará pronto, y con arpón y tarrafa en mano, José emprenderá nuevamente el viaje a los confines de lo desconocido… a la cocha del shapshico.

Mayantu

According to legend, deep in the Amazon rainforest of Peru, lurks the Mayantu, a reptilian, goblin-like creature with a scaly body and the face of a toad. The creature is shown in a dark, dense jungle setting, surrounded by thick foliage, towering trees, and mist. Its body is covered in dark, slimy scales, with a grotesque toad-like face, wide mouth, bulging eyes, and sharp teeth. The atmosphere is eerie and foreboding, with shadows and dim light filtering through the jungle canopy, creating an ominous, mysterious scene.

 

El Mayantu simboliza a la fuerza espiritual de la selva, es un ente que vaga entre dos planos dimensionales: el físico y el espiritual, para manifestarse adquiere una forma pseudo animal que ocasiona la confusión, pero las personas que lo han visto, de no haberlo hecho hubieran perecido por alguno de los inciertos peligros que refugia la selva amazónica, puesto que es un duende anfibio reptiloide, que ayuda a hombres necesitados, sólo a aquellos que no representan peligro o detrimento para la vida silvestre, ya que es un ser protector de la biodiversidad ecológica generada en el caldo biológico de la Amazonía

Leyenda tradicional del Mayantu:

Mi abuelo cuenta lo que sucedió en un tiempo cuando la Amazonia no estaba muy poblada y los españoles aún no habían llegado a la selva. Solo los aborígenes habitaban esta vasta selva, que respiraba aires de tranquilidad y misticismo, porque ellos protegían y cuidaban cada elemento de la naturaleza, como el agua, los árboles y los animales.

Un día, muy dentro de la selva, los indígenas yaguas estaban celebrando sus fiestas típicas. Todos estaban reunidos en su maloca, desde los más grandes hasta los más pequeños. Las mujeres danzaban para el pueblo. El curaca, que era el jefe máximo, se encargaba de velar por el bienestar de su comunidad junto con otros hombres valientes, y ellos eran los únicos que podían ver al mayantú, el demonio de la selva. Este les daba instrucciones sobre cómo cazar, pescar y curar.

Sin embargo, la mujer del curaca estaba empeñada en conocer al mayantú, aunque su marido le había advertido que era peligroso, pues el encuentro era solo para hombres. Pero ante tanta insistencia de su mujer, el curaca accedió y le dijo que a la medianoche irían muy adentro del monte y que ella debía estar preparada porque el mayantú era muy feo, y que tan solo sentir su presencia podía crear un mal aire y propiciar la muerte.

Llegó el momento indicado y el curaca comenzó a llamar al mayantú en su idioma yagua. De repente, el mayantú se acercó emitiendo estruendosos sonidos. El curaca, al sentir su presencia, se postró y le dijo que estaba a su disposición para recibir sus instrucciones. De pronto, su mujer, que había estado escondida entre los follajes y hojarascas, salió de su escondite. Cuando el mayantú se percató de su presencia, dio un grito espantoso que hizo que la mujer cayera desmayada al suelo. Mientras tanto, el mayantú le recriminaba al curaca por haberle hecho enfadar al traer a su mujer, y se alejaba diciendo que nunca más regresaría y que, por eso, tendrían que sufrir.

El curaca se levantó y corrió hacia donde estaba su mujer desmayada. Hizo unos rezos invocando a los espíritus de los árboles para que le ayudaran a vivir, pero ellos se negaron; invocó a los espíritus de las aguas y también se negaron; por último, invocó a los espíritus de los animales, pero tampoco accedieron a su petición.

La sacha runa (madre del monte), que se encontraba cerca, oyó los gritos desesperados del hombre y le dijo que su mujer ya no viviría, y que si quería tener de vuelta al mayantú, debía sacrificar a su mujer y regar su sangre por todo el monte. El curaca se negó y regresó a su pueblo, donde estaba su tribu. Desesperados, le dijeron que llevaban dos días sin comer porque no podían cazar, ya que no encontraban ningún animal; que muchos de los suyos estaban muriendo, pues ya no sabían cómo curar sus enfermedades, y, lo que era peor, no sabían qué había sucedido con el mayantú.

Entonces, el curaca les contó la verdad y ellos no esperaron más. Hicieron tal como la sacha runa había indicado y regaron la sangre de la mujer por todo el monte, invocando el regreso del demonio. De repente, el mayantú se apareció transformado en hombre, y les dijo que seguiría enseñándoles cómo cazar, pescar y curar sus enfermedades, con la condición de que cuidaran el bosque.

Desde entonces, esta tribu de la Amazonia peruana celebra cada mes de febrero el día del mayantú, realizando una gran fiesta de disfraces de diablos, agradeciéndole y prometiéndole su obediencia.

El Supay

A depiction of the mythical Mayantú, a demon spirit of the Amazon jungle, as described in folklore. The Mayantú has large horns, a caprine tail, and crimson red skin. It has a humanoid but elongated and gnomic body, standing ominously in a dark, dense jungle at night. The figure appears fearsome with glowing eyes, partially hidden in the shadows, surrounded by towering trees, vines, and mist. The atmosphere is eerie, with only a sliver of moonlight piercing through the thick jungle canopy, highlighting the demon’s grotesque features and creating a sense of dread.

 

supay en el idioma quechua se refiere a un demonio o duende. Es un
espíritu al que le gusta hacer bromas, y sobre todo, hacer extraviar a los
que andan por el bosque al que protege en sus dominios.

Supay es un tipo de entidades espirituales dentro de la mitología Inca. De acuerdo al diccionario quechua-castellano de 1560 del fraile Domingo de Santo Tomás, el término en su forma original era neutral y podía ser utilizado para referirse a un espíritu moralmente bueno.Supay es comúnmente descrito con una apariencia «demoníaca», pues tenía largos cuernos, ojos vidriosos y penetrantes, un rostro felinico poblado de largos colmillos y largas orejas. Supay también tiene la habilidad de transformarse en un hombre inca apuesto o mujer inca muy bella. Estas habilidades lo volvían un ser muy peligroso para aquellos que no le mostraban respeto.

Leyenda tradiconal del Supay

Cajocuma es un caserío ubicado a orillas de la quebrada que lleva su nombre. Esta quebrada desemboca en el río Tigre. En este pueblo vivía Omar con su mujer Claudia y sus dos pequeños hijos. Cada día, él se levantaba muy temprano para ir a su chacra, que estaba a dos horas del pueblo. El caserío estaba rodeado por la majestuosa vegetación de la zona, y las casas estaban construidas separadas unas de otras, con un espacio libre de aproximadamente cincuenta metros entre ellas, cubierto de grama y muchos árboles frutales.

Omar regresaba antes del atardecer todos los días con algún racimo de plátano y carne fresca del monte. Después de un breve y reconfortante descanso bajo el árbol de lupuna, que desde hace mucho tiempo yacía acostado imponente en la mitad del camino hacia la chacra de Omar, probablemente debido a una fuerte tormenta que lo había obligado a abandonar sus alturas y quedar relegado para siempre en el suelo del bosque.

En aquella época hubo una escasez de alimentos. La cocha a la que solían ir a pescar se estaba secando, y los peces salían de ella buscando un lugar más amplio. Por eso, Omar decidió ir de pesca a otra cocha en compañía de su vecino Luis, un hombre mayor, de aspecto vehemente, que al igual que Omar también era pescador. El lago al que deseaban ir estaba a unos cuatro días del pueblo, navegando por un pequeño riachuelo y a una hora de viaje surcando el río. Debían partir pronto, ya que la situación se complicaba cada vez más porque la cocha se secaba rápidamente. El día anterior prepararon todo para el viaje: redes, arpones, mucha fariña y todo lo indispensable para este tipo de travesía.

Cuando salieron, la mañana estaba despejada, y parecía que nada fuera de lo común sucedería. Después del largo viaje, ambos tenían amplias sonrisas dibujadas en sus rostros, pues los peces ya se metían en la red. «Es buen momento, porque nadie más conoce esta cocha,» dijo Omar sonriente, mientras Luis se disponía a subir los peces a su canoa.

El lugar estaba deshabitado. Muchos árboles imponentes se alzaban alrededor del lago.

—»Luis, vamos por un poco de carne fresca para salar», dijo Omar. «Hay muchos sajinos por estos lugares, veshito.»

—»Vamos antes de que el sol caliente más», contestó Luis.

En el campamento que ambos habían levantado muy cerca de la orilla, dejaron sus cosas junto a algunas quirumas que encontraron por ahí, y se internaron en el bosque. La selva por donde se movían era muy tupida; solo se oían algunos monos gritando, pájaros cantando y su quieta respiración.

—»Shh… puedes verlos. Allá, entre esos arbustos…», dijo Omar mientras se preparaba para disparar el arma que llevaba consigo.

—»Con mucho cuidado, no los vayas a espantar, veshito», respondió Luis.

Se oyó el retumbante sonido en la inmensidad de la selva, y al instante estaban tras un pequeño grupo de sajinos que se movían velozmente entre la abundante vegetación. En la intensa cacería, se toparon con las huellas de un jaguar que también seguía los pasos de los animales, al igual que ellos… pero continuaron hechizados por la caza.

De repente, hubo una profunda pausa que pareció durar una eternidad, hasta que llegaron a un claro y volvieron a la realidad. El sol se ocultaba rápidamente, y el anochecer estaba por llegar. Se asustaron, pues sabían que, debido a la distancia, no llegarían a tiempo a su campamento y no querían pasar la noche en la selva, a merced de las fieras.

Abandonando todo deseo de continuar con la caza de los sajinos, comenzaron la ardua tarea de regresar a salvo al campamento.

—»Debemos encontrar el arroyo que desemboca en la cocha donde está el campamento, veshito», sugirió Luis.

—»Vamos, Luis, es por acá», le dijo Omar, señalando con el dedo en la dirección donde creía que estaba el campamento. «Si nos apuramos, llegaremos a tiempo.»

Omar iba delante a paso acelerado, y Luis le seguía de cerca, moviéndose entre la maleza y los árboles que encontraban a su paso.

—»No vayas tan rápido», dijo Luis, ya cansado por el largo trayecto que habían recorrido, mientras se sentaba sobre el tronco de un pequeño árbol tendido en el camino.

—»Falta poco, veshito. Vamos», respondió Omar.

Pero, en realidad, se estaban adentrando cada vez más en el centro de esa tupida selva. De pronto, Luis se estremeció y un sudor frío recorrió su cuerpo. Por un momento, mientras bajaba la cabeza, no se percató del destino que le aguardaba. Al levantarla para decirle a Omar que creía que estaban caminando en círculos, se dio cuenta de que el hombre al que con gran esfuerzo estaba siguiendo no era más que un pequeño hombrecito a lo lejos, quien, con una risita burlona, le dirigía una mirada antes de desaparecer en un instante, dejando su risa flotando en el aire.


Hacía mucho tiempo que Luis había perdido el rastro de Omar en aquel alocado recorrido. Mientras tanto, Omar, preocupado porque Luis no le seguía, regresó sobre sus pasos, llamándolo a grandes voces sin obtener ninguna respuesta; solo la inmensidad de la selva devolvía el eco de su voz. Lo buscó hasta el cansancio, pero no pudo encontrarlo. Temiendo perderse al igual que su desafortunado compañero, Omar continuó solo por el camino de regreso. Ahora comprendía que el supay les estaba jugando una de sus acostumbradas patrañas con el propósito de extraviarlos.

Con suerte, llegó hasta la corriente que desembocaba en la cocha y, aferrándose a un tronco a manera de balsa, muy cansado, logró regresar al campamento. Allí encontró sus cosas muy revueltas, como si alguien hubiera querido jugarle una broma pesada. Finalmente, Omar regresó a su pueblo triste y agotado, aunque con el alimento que necesitaban. Pero Luis no tuvo la misma suerte.

Omar y otros vecinos regresaron al mismo lugar para buscar a Luis, con la esperanza de encontrarlo sano. Sin embargo, a pesar de todos sus esfuerzos, no lo lograron.

La selva tiene muchos secretos muy bien guardados. Este es uno de ellos. Nadie sabe qué fue lo que pasó con Luis… solo el supay lo sabe.

¿QUIERES SABER MÁS DE MITOLOGÍA?

LINKS 

DRAGONES:

DUENDES, DIABLOS Y ESPÍRITUS FAMILIARES 

GUÍA DE LOS SERES MITOLÓGICOS ESPAÑOLES 

EL PADRE LOBO Y LAS BRUJAS EN HORTSAVINYÀ

HOMBRES LOBO Y OTROS DEPREDADORES DE LA MITOLOGÍA 

DE VENEFICIS 

Bibliografía

KAMPPINEN, MAITI, «ESPIRITUS INCORPORADOS: THE ROLES OF PLANTS
AND ANIMALS IN THE AMAZONIAN MESTIZO FOLKLORE», ,. Ethnoblol. 6(2):1998, 141-146

https://leyendarioamazonico.blogspot.com/2008/04/mayantu.html

EL MAYANTÚ Y OTROS ESCRITOS Mito y folclore de la Amazonia peruanaUniversidad Nacional de la Amazonia Peruana (UNAP)

Cuentas Ormachea, Enrique (1986). «La Diablada: una expresión de coreografía mestiza del altiplano del Collao». Boletín de Lima (Lima) (44): 35.

 

el lado oscuro de las hadas (parte 2)

el lado oscuro de las hadas (parte 2)

                  El lado oscuro de las hadas (parte 2)

Hace unos días comenzamos en este blog un pequeño apartado en que reflexionaba sobre la parte oscura del mundo feérico. Muchos me pidieron que ahondara en tan extraña cuestión y, tras mucho detenimiento, he decidido redactar estas líneas.

En el anterior post nos referimos a esa oscura aura que envuelve estas criaturas y sus encuentros con los humanos. Pues bien, conviene ahora que profundicemos sobre dicha cuestión, con la esperanza de que uno se guarde y mucho de tomarse a la ligera los avistamientos de estas entidades.

Su naturaleza es distinta a la nuestra a la nuestra y, por ende, su propio devenir puede ser nocivo para los humanos. Contaba  el reverendo Robert Kirk allá en el 1691 en su tratado, La comunidad secreta, algunas de las costumbres de las hadas que podían ser nocivas para los humanos. Por ejemplo, las hadas tienden a bailar durante horas en una especie de gran círculo mágico. Si el humano topa con  dicho ritual, debe guardarse de no unirse a ellas, pues ese trance puede durar días y puede provocar la muerte al sujeto bien  por agotamiento o por inanición.

A veces el solo avistamiento del hada provoca un enamoramiento febril en el hombre ( o mujer) hasta tal punto que, quienes dicen haberlas visto caían en una profunda melancolía si no podían volver a verlas e, incluso, morían tras una larga agonía. Podemos ver un ejemplo en el celebérrima leyenda de Bécquer «la mujer de ojos verdes»:

Herido va el ciervo… herido va; no hay duda. Se ve el rastro de la sangre entre las zarzas del monte, y al saltar uno de esos lentiscos han flaqueado sus piernas… Nuestro joven señor comienza por donde otros acaban… en cuarenta años de montero no he visto mejor golpe… ¡Pero por San Saturio, patrón de Soria! cortadle el paso por esas carrascas, azuzad los perros, soplad en esas trompas hasta echar los hígados, y hundidle á los corceles una cuarta de hierro en los ijares: ¿no véis que se dirige hacia la fuente de los Álamos, y si la salva antes de morir podemos darle por perdido?

Las cuencas del Moncayo repitieron de eco en eco el bramido de las trompas, el latir de la jauría desencadenada y las voces de los pajes resonaron con nueva furia, y el confuso tropel de hombres, caballos y perros se dirigió al punto que Iñigo, el montero mayor de los marqueses de Almenar, señalara como el más á propósito para cortarle el paso á la res.

Pero todo fué inútil. Cuando el más ágil de los lebreles llegó á las carrascas jadeante y cubiertas las fauces de espuma, ya el ciervo, rápido como una saeta, las había salvado de un solo brinco, perdiéndose entre los matorrales de una trocha que conducía á la fuente.

—¡Alto!… ¡Alto todo el mundo! gritó Iñigo entonces; estaba de Dios que había de marcharse. Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron las trompas, y los lebreles dejaron refunfuñando la pista á la voz de los cazadores. En aquel momento se reunía á la comitiva el héroe de la fiesta, Fernando de Argensola, el primogénito de Almenar.

—¿Qué haces? exclamó dirigiéndose á su montero, y en tanto, ya se pintaba el asombro en sus facciones, ya ardía la cólera en sus ojos. ¿Qué haces, imbécil? ¡Ves que la pieza está herida, que es la primera que cae por mi mano, y abandonas el rastro y la dejas perder para que vaya á morir en el fondo del bosque! ¿Crees acaso que he venido á matar ciervos para festines de lobos?

—Señor, murmuró Iñigo entre dientes, es imposible pasar de este punto.

—¡Imposible! ¿y por qué?

—Porque esa trocha, prosiguió el montero, conduce á la fuente de los Alamos; la fuente de los Alamos, en cuyas aguas habita un espíritu del mal. El que osa enturbiar su corriente, paga caro su atrevimiento. Ya la res habrá salvado sus márgenes; ¿cómo la salvaréis vos sin atraer sobre vuestra cabeza alguna calamidad horrible? Los cazadores somos reyes del Moncayo, pero reyes que pagan un tributo. Pieza que se refugia en esa fuente misteriosa, pieza perdida.

—¡Pieza perdida! Primero perderé yo el señorío de mis padres, y primero perderé el ánima en manos de Satanás, que permitir que se me escape ese ciervo, el único que ha herido mi venablo, la primicia de mis excursiones de cazador… ¿Lo ves?… ¿lo ves?… Aún se distingue á intervalos desde aquí… las piernas le faltan, su carrera se acorta; déjame… déjame… suelta esa brida, ó te revuelco en el polvo.. ¿Quién sabe si no le daré lugar para que llegue á la fuente? y si llegase, al diablo ella, su limpidez y sus habitadores. ¡Sus! ¡Relámpago! ¡sus, caballo mío! si lo alcanzas, mando engarzar los diamantes de mi joyel en tu serreta de oro.

Caballo y jinete partieron como un huracán.

Iñigo los siguió con la vista hasta que se perdieron en la maleza; después volvió los ojos en derredor suyo; todos, como él, permanecían inmóviles y consternados.

El montero exclamó al fin:

—Señores, vosotros lo habéis visto; me he expuesto á morir entre los pies de su caballo por detenerle. Yo he cumplido con mi deber. Con el diablo no sirven valentías. Hasta aquí llega el montero con su ballesta; de aquí adelante, que pruebe á pasar el capellán con su hisopo.

II

—Tenéis la color quebrada; andáis mustio y sombrío; ¿qué os sucede? Desde el día, que yo siempre tendré por funesto, en que llegásteis á la fuente de los Álamos en pos de la res herida, diríase que una mala bruja os ha encanijado con sus hechizos.

Ya no váis á los montes precedido de la ruidosa jauría, ni el clamor de vuestras trompas despierta sus ecos. Sólo con esas cavilaciones que os persiguen, todas las mañanas tomáis la ballesta para enderezaros á la espesura y permanecer en ella hasta que el sol se esconde. Y cuando la noche oscurece y volvéis pálido y fatigado al castillo, en balde busco en la bandolera los despojos de la caza. ¿Qué os ocupa tan largas horas lejos de los que más os quieren?

Mientras Iñigo hablaba, Fernando, absorto en sus ideas, sacaba maquinalmente astillas de su escaño de ébano con el cuchillo de monte.

Después de un largo silencio, que sólo interrumpía el chirrido de la hoja al resbalarse sobre la pulimentada madera, el joven exclamó dirigiéndose á su servidor, como si no hubiera escuchado una sola de sus palabras.

—Iñigo, tú que eres viejo, tú que conoces todas las guaridas del Moncayo, que has vivido en sus faldas persiguiendo á las fieras, y en tus errantes excursiones de cazador subiste más de una vez á su cumbre, dime: ¿has encontrado por acaso una mujer que vive entre sus rocas?

—¡Una mujer! exclamó el montero con asombro y mirándole de hito en hito.

—Sí, dijo el joven; es una cosa extraña lo que me sucede, muy extraña… Creí poder guardar ese secreto eternamente, pero no es ya posible; rebosa en mi corazón y asoma á mi semblante. Voy, pues, á revelártelo… Tú me ayudarás á desvanecer el misterio que envuelve á esa criatura, que al parecer solo para mí existe, pues nadie la conoce, ni la ha visto, ni puede darme razón de ella. El montero, sin despegar los labios, arrastró su banquillo hasta colocarle junto al escaño de su señor, del que no apartaba un punto los espantados ojos. Este, después de coordinar sus ideas, prosiguió así:

—Desde el día en que á pesar de tus funestas predicciones llegué á la fuente de los Álamos, y atravesando sus aguas recobré el ciervo que vuestra superstición hubiera dejado huir, se llenó mi alma del deseo de la soledad.

Tú no conoces aquel sitio. Mira, la fuente brota escondida en el seno de una peña, y cae resbalándose gota á gota por entre las verdes y flotantes hojas de las plantas que crecen al borde de su cuna. Aquellas gotas que al desprenderse brillan como puntos de oro y suenan como las notas de un instrumento, se reúnen entre los céspedes, y susurrando, susurrando como un ruido semejante al de las abejas que zumban en torno de las flores, se alejan por entre las arenas, y forman un cauce, y luchan con los obstáculos que se oponen á su camino, y se repliegan sobre sí mismas, y saltan, y huyen, y corren, unas veces con risa, otras con suspiros, hasta caer en un lago. En el lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres, cantares, yo no sé lo que he oído en aquel rumor cuando me he sentado solo y febril sobre el peñasco, á cuyos pies saltan las aguas de la fuente misteriosa para estancarse en una balsa profunda, cuya inmóvil superficie apenas riza el viento de la tarde.

Todo es allí grande. La soledad con sus mil rumores desconocidos, vive en aquellos lugares y embriaga el espíritu en su inefable melancolía. En las plateadas hojas de los álamos, en los huecos de las peñas, en las ondas del agua, parece que nos hablan los invisibles espíritus de la naturaleza, que reconocen un hermano en el inmortal espíritu del hombre.

Cuando al despuntar la mañana me veías tomar la ballesta y dirigirme al monte, no fué nunca para perderme entre sus matorrales en pos de la caza, no; iba á sentarme al borde de la fuente, á buscar en sus ondas… no sé qué, ¡una locura! El día en que salté sobre ella con mi Relámpago, creí haber visto brillar en su fondo una cosa extraña… muy extraña… los ojos de mujer.

Tal vez sería un rayo de sol que serpeó fugitivo entre su espuma; tal vez una de esas flores que flotan entre las algas de su seno, y cuyos cálices parecen esmeraldas… no sé: yo creí ver una mirada que se clavó en la mía; una mirada que encendió en mi pecho un deseo absurdo, irrealizable: el de encontrar una persona con unos ojos como aquellos.

En su busca fui un día y otro á aquel sitio.

Por último, una tarde… yo me creí juguete de un sueño… pero no, es verdad, la he hablado ya muchas veces, como te hablo á tí ahora… una tarde encontré sentada en mi puesto, y vestida con unas ropas que llegaban hasta las aguas y flotaban sobre su haz, una mujer hermosa sobre toda ponderación. Sus cabellos eran como el oro; sus pestañas brillaban como hilos de luz, y entre las pestañas volteaban inquietas unas pupilas que yo había visto… sí; porque los ojos de aquella mujer eran los ojos que yo tenía clavados en la mente; unos ojos de un color imposible; unos ojos…

—¡Verdes! exclamó Iñigo con un acento de profundo terror, é incorporándose de un salto en su asiento.

Fernando le miró á. su vez como asombrado de que concluyese lo que iba á decir, y le preguntó con una mezcla de ansiedad y de alegría:

—¿La conoces?

—¡Oh, no! dijo el montero. ¡Líbreme Dios de conocerla! Pero mis padres, al prohibirme llegar hasta esos lugares, me dijeron mil veces que el espíritu, trasgo, demonio ó mujer que habita en sus aguas, tiene los ojos de ese color. Yo os conjuro, por lo que más améis en la tierra, á no volver á la fuente de los Álamos. Un día ú otro os alcanzará su venganza, y expiaréis, muriendo, el delito de haber encenagado sus ondas.

—¡Por los que más amo!… murmuró el joven con una triste sonrisa.

—¡Sí, prosiguió el anciano; por vuestros padres, por vuestros deudos, por las lágrimas de la que el cielo destina para vuestra esposa, por las de un servidor que os ha visto nacer…

—¿Sabes tú lo que más amo en este mundo? ¿Sabes tú por qué daría yo el amor de mi padre, los besos de la que me dió la vida, y todo el cariño que pueden atesorar todas las mujeres de la tierra? Por una mirada, por una sola mirada de esos ojos… ¡Cómo podré yo dejar de buscarlos!

Dijo Fernando estas palabras con tal acento, que la lágrima que temblaba en los párpados de Iñigo se resbaló silenciosa por su mejilla, mientras exclamó con acento sombrío: ¡Cúmplase la voluntad del cielo!

III

—¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu patria? ¿En dónde habitas? Yo vengo un día y otro en tu busca, y ni veo el corcel que te trae á estos lugares, ni á los servidores que conducen tu litera. Rompe de una vez el misterioso velo en que te envuelves como en una noche profunda, yo te amo, y, noble ó villana, seré tuyo, tuyo siempre…

El sol había traspuesto la cumbre del monte; las sombras bajaban á grandes pasos por su falda; la brisa gemía entre los álamos de la fuente, y la niebla, elevándose poco á poco de la superficie del lago, comenzaba á envolver las rocas de su margen.

Sobre una de estas rocas, sobre una que parecía próxima á desplomarse en el fondo de las aguas, en cuya superficie se retrataba temblando el primogénito de Almenar, de rodillas á los pies de su misteriosa amante, procuraba en vano arrancarle el secreto de su existencia.

Ella era hermosa, hermosa y pálida, como una estatua de alabastro. Uno de sus rizos caía sobre sus hombros, deslizándose entre los pliegues del velo como un rayo de sol que atraviesa las nubes, y en el cerco de sus pestañas rubias brillaban sus pupilas como dos esmeraldas sujetas en una joya de oro.

Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios se removieron como para pronunciar algunas palabras, pero sólo exhalaron un suspiro, un suspiro débil, doliente, como el de la ligera onda que empuja una brisa al morir entre los juncos.

—¡No me respondes! exclamó Fernando al ver burlada su esperanza; ¿querrás que dé crédito á lo que de tí me han dicho? ¡Oh! No… Háblame: yo quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo amarte, si eres una mujer…

—O un demonio… ¿Y si lo fuese?

El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió por sus miembros; sus pupilas se dilataron al fijarse con más intensidad en las de aquella mujer, y fascinado por su brillo fosfórico, demente casi, exclamó en un arrebato de amor:

—Si lo fueses… te amaría… te amaría como te amo ahora, como es mi destino amarte, hasta más allá de esta vida, si hay algo más allá de ella.

—Fernando, dijo la hermosa entonces con una voz semejante á una música: yo te amo más aún que tú me amas; yo, que desciendo hasta un mortal, siendo un espíritu puro. No soy una mujer como las que existen en la tierra; soy una mujer digna de tí, que eres, superior á los demás hombres. Yo vivo en el fondo de estas aguas; incorpórea como ellas, fugaz y trasparente, hablo con sus rumores y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al que osa turbar la fuente donde moro; antes le premio con mi amor, como á un mortal superior á las supersticiones del vulgo, como á un amante capaz de comprender mi cariño extraño y misterioso.

Mientras ella hablaba así, el joven, absorto en la contemplación de su fantástica hermosura, atraído como por una fuerza desconocida, se aproximaba más y más al borde de la roca. La mujer de los ojos verdes prosiguió así:

—¿Ves, ves el límpido fondo de ese lago, ves esas plantas de largas y verdes hojas que se agitan en su fondo?… Ellas nos darán un lecho de esmeraldas y corales… y yo… yo te daré una felicidad sin nombre, esa felicidad que has soñado en tus horas de delirio, y que no puede ofrecerte nadie… Ven, la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino… las ondas nos llaman con sus voces incomprensibles, el viento empieza entre los álamos sus himnos de amor; ven… ven…

La noche comenzaba á extender sus sombras, la luna rielaba en la superficie del lago, la niebla se arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos que corren sobre el haz de las aguas infectas… Ven… ven… estas palabras zumbaban en los oídos de Fernando como un conjuro. Ven… y la mujer misteriosa le llamaba al borde del abismo, donde estaba suspendida, y parecía ofrecerle un beso… un beso…

Fernando dió un paso hacia ella… otro… y sintió unos brazos delgados y flexibles que se haban á su cuello, y una sensación fría en sus labios ardorosos, un beso de nieve… y vaciló… y perdió pie, y cayó al agua con un rumor sordo y lúgubre.

Las aguas saltaron en chispas de luz, y se cerraron sobre su cuerpo, y sus círculos de plata fueron ensanchándose, ensanchándose hasta espirar en las orillas.

Tras la lectura de estas líneas, la conclusión es que  el hada ejerce sobre el incauto joven una poderosa influencia que enturbia su mente hasta tal punto que le lleva a la muerte….

¿QUIERES SABER MÁS DE MITOLOGÍA?

LINKS 

DRAGONES:

DUENDES, DIABLOS Y ESPÍRITUS FAMILIARES 

GUÍA DE LOS SERES MITOLÓGICOS ESPAÑOLES 

EL PADRE LOBO Y LAS BRUJAS EN HORTSAVINYÀ

HOMBRES LOBO Y OTROS DEPREDADORES DE LA MITOLOGÍA 

DE VENEFICIS 

 

Bibliografía

-Becquer, Gustavo Adolfo «Rimas y leyendas»

-Ruiz Osuna, Pablo y Reñé Quilés, David «Guía de los seres mitológicos españoles»

-https://es.wikisource.org/wiki/Los_ojos_verdes

 

 

El mito del dragón(parte 1)

El mito del dragón(parte 1)

El mito del dragón

Seguro que habéis escuchado alguna leyenda sobre los míticos dragones. ¿Y si os dijera que en España, además de dragones, se han contado historias sobre serpientes legendarias?

Muchas de estas leyendas han llegado a nuestros días como viejas consejas, fábulas y viejos cancioneros, pero tras su aparente carácter juvenil, estas historias tienen multitud de contenido simbólico.

¡Adéntrate a su mundo!

En la biblioteca mágica hemos recogido algunas leyendas de nuestro libro  que compartimos con todos vosotros. ¡Que las disfrutéis! :

                                                                 EL HERENSUGE


Hoy quedan muy pocos para recordarlo. Pero según cuentan en las tierras del norte una gran bestia alada surcaba los cielos.

Su tamaño era colosal y su rugido atravesaba montañas y valles. Se decía que se criaba en grandes selvas y, cada año, le crecía una nueva cabeza hasta llegar a la séptima. Solo aquellos de gran valor se enfrentaron a él.
Quizás el herensuge hace tiempo que dejó estas tierras o solo esté al acecho de algún incauto viajero…

 

              EL CUÉLEBRE 

La aldea de Suto no era muy grande, pero era un buen lugar donde vivir, pero un día sus habitantes oyeron los terroríficos silbos de un cuélebre y las pobres gentes echaron a correr para refugiarse en sus casas, no todos lo consiguieron, el que menos corrió fue devorado.

Alarmados y sabiendo que una vez que un cuélebre se instalaba cerca de una aldea ya no la abandonaba, decidieron reunirse con los ancianos para que en asamblea se tomara una determinación y acabar con el problema. Reunido el pueblo en el ayuntamiento, empezaron las deliberaciones. Al principio todos hablaban al mismo tiempo, pues el miedo los tenía alborotados, pero el más anciano de la aldea puso orden y preguntó a los concurrentes si alguien sabía cuál era la mejor manera de matar al cuélebre.

Delmiro dijo que él había oído contar que solo tenía un punto débil, la garganta, y que la noche de San Juan era el mejor momento para atacarlo, pues esa noche los cuélebres se quedaban un poco adormilados. Aquello parecía una buena solución, pero la noche de San Juan estaba lejos y ¿qué harían hasta entonces?

Nuevamente se montó un alboroto hasta que Cundo, que normalmente no hablaba mucho, propuso que lo mejor era disparar una flecha dirigida a la garganta del cuélebre y el problema estaría terminado. No parecía descabellada la idea, pero ¿quién sabía disparar una flecha?, los habitantes de la aldea lo único que sabían disparar eran piedras para espantar a los pájaros que atacaban los sembrados, por lo que ¿quién tiraría las flechas entonces? Después de acaloradas discusiones, el más anciano propuso lo siguiente: todos los días se fabricaría una boroña enorme que se le entregaría al cuélebre para que al estar bien alimentado no se comiera a nadie más y entre tanto todos los hombres del pueblo, jóvenes o viejos, debería de proveerse de un arco y flechas y practicar todos los días y el que demostrara más habilidad, sería el elegido para matar al monstruo. La idea fue acogida con entusiasmo y todos se marcharon ilusionados para comenzar estas nuevas tareas.

La fabricación de la boroña no supuso ningún problema que no fuera su gran tamaño y todos los días cuatro aldeanos salían al camino que conducía al bosque y gritando a pleno pulmón decían:

«Abre la boca, culebrón que ahí te va el boroñón»

Pero lo del arco y las flechas ya era otro cantar, con tantos ensayos no quedó pita, gocho, perro o algún que otro aldeano que no probara la medicina que se le intentaba dar al cuélebre, hasta tal punto que los aldeanos ya casi preferían tener de vecino a este que a los improvisados arqueros. Visto que el tema arco y flecha no sería la solución, sino más bien otro problema añadido, el más anciano volvió a convocar a los vecinos para cambiar la estrategia y fue entonces cuando Céfero, el herrero, propuso que se buscara una piedra grande que tuviera la forma de la boroña y que calentándola al fuego le fuese entregada al cuélebre en lugar del pan[1].

[1] Recuperado el día 01/06/19 a las 13:07 h de: <https://patriciajimenezbenito.files.wordpress.com/2016/…/leyenda-el-cuc3a9lebre.doc>.

 

¿QUIERES SABER MÁS DE MITOLOGÍA?

LINKS 

DRAGONES:

DUENDES, DIABLOS Y ESPÍRITUS FAMILIARES 

GUÍA DE LOS SERES MITOLÓGICOS ESPAÑOLES 

EL PADRE LOBO Y LAS BRUJAS EN HORTSAVINYÀ

HOMBRES LOBO Y OTROS DEPREDADORES DE LA MITOLOGÍA 

DE VENEFICIS 

 

 

                                  

error: Content is protected !!