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La verdad sobre los vampiros: lo que hay detrás del mito

La verdad sobre los vampiros: lo que hay detrás del mito

La verdad sobre los vampiros: lo que hay detrás del mito

Por Pablo Ruiz Osuna, escritor y folclorista

En el vídeo que comparto al final de esta entrada, «La verdad sobre los vampiros: el origen real», vuelvo sobre un tema que me acompaña desde hace años: esas criaturas que chupan sangre, salen de noche y se niegan a morirse del todo.

Como escritor y folclorista, llevo mucho tiempo rastreando este tipo de historias. En mi libro Guía de los seres mitológicos españoles ya dedico varias entradas a muertos inquietos, revenants y figuras “vampíricas” de nuestro propio folclore peninsular, que poco tienen que envidiar a Drácula. Y en distintas entrevistas y charlas —como mi participación en el programa 3×7 Cuadrado, o en otros podcasts sobre mitología y terror— siempre aparece la misma pregunta:

¿De verdad hubo “vampiros” o todo es literatura y cine?

La respuesta corta es: no hubo vampiros como los de Hollywood… pero sí hubo miedos, cadáveres sospechosos, enfermedades raras y mucha imaginación colectiva. Y de esa mezcla sale el monstruo.


Antes de Drácula: madres devoradoras y muertos inquietos

Cuando pensamos en vampiros solemos irnos directamente a Transilvania, pero el arquetipo es mucho más antiguo. En mis lecturas de fuentes clásicas, y también trabajando materiales para la Guía de los seres mitológicos españoles, aparecen varias figuras con rasgos “vampíricos”:

  • Lamia y las empusas griegas, demonios femeninos que devoran niños o seducen a hombres para alimentarse de ellos.

  • Las striges romanas, aves o mujeres brujas que chupan la sangre de los bebés.

  • En el folclore europeo medieval tenemos a los revenants: muertos que vuelven de la tumba para molestar a los vivos, contagiar pestes o, sencillamente, no estarse quietos.

En crónicas medievales, como las de Guillermo de Newburgh o Walter Map, ya aparecen relatos de cadáveres que salen del cementerio, apestan a corrupción y solo encuentran descanso cuando se les abre la tumba, se les corta la cabeza o se les atraviesa el pecho. Es decir: el kit vampírico ya estaba completo siglos antes de Bram Stoker.


El miedo se hace carne: “vampiros” históricos

Cuando preparo entrevistas o charlas sobre este tema suelo mencionar algunos casos que ayudan a entender por qué la gente creía (de verdad) que había vampiros:

  • Jure Grando, un campesino de Istria del siglo XVII, cuyo cadáver supuestamente se levantaba por las noches para perseguir a los vecinos. La solución fue abrir la tumba, cortarle la cabeza y clavarle una estaca.

  • Vlad Țepeș, el famoso “empalador”. No era un vampiro, sino un príncipe brutal en un contexto político muy complicado. Pero su fama de sanguinario, unida a su apellido “Drăculea”, inspiró a Stoker para construir a su conde.

  • Elizabeth Báthory, la llamada “condesa sangrienta”, acusada de torturar y asesinar a jóvenes. La leyenda dice que se bañaba en su sangre para conservar la juventud. No es exactamente un vampiro, pero su mito alimenta esa asociación entre aristocracia decadente, sangre y eternidad.

Cuando uno repasa estas historias con calma —como hice preparando mi libro y distintas entrevistas— se da cuenta de que el vampiro nace donde se cruzan violencia real, superstición y ganas de escandalizar al vecino.


Enfermedades que parecen sacadas de una película de terror

Otro aspecto que comento tanto en el vídeo como en mis proyectos de divulgación es el papel de ciertas enfermedades reales que, vistas con ojos pre-científicos, encajan demasiado bien con el arquetipo vampírico.

La más citada es la porfiria, un conjunto de trastornos metabólicos con síntomas muy llamativos:

  • Fotosensibilidad extrema: la luz del sol provoca ampollas, quemaduras y cicatrices.

  • Retracción de encías y coloración rojiza de los dientes, que hacen que sobresalgan como colmillos.

  • Piel pálida, anemia, debilidad…

Si unes alguien que huye del sol, tiene aspecto enfermizo, dientes inquietantes y una enfermedad misteriosa, el resultado, en una aldea del siglo XVIII, es bastante previsible.

A esto se suman otras posibles explicaciones:

  • La rabia, que provoca agresividad, hipersensibilidad a estímulos y miedo al agua.

  • La tuberculosis, con su combinación de palidez, pérdida de peso y sangre en la boca.

  • Los propios procesos de descomposición de un cadáver: cuerpos que parecen “crecer” en la tumba porque se retraen las encías y uñas, sangre líquida en la boca, gases que hacen gemir al cuerpo al pincharlo…

Todo eso, observado de noche, con una vela y muchas ganas de asustarse, termina dando lugar al diagnóstico más lógico de la época: “es un vampiro”.


Del folclore al icono pop

En mis investigaciones y en las entrevistas donde hablo de todo esto intento insistir en algo que a veces olvidamos: el vampiro literario es un refinado producto de la modernidad.

Primero llega el vampiro romántico de relatos como El Vampiro de Polidori; luego, a finales del XIX, Stoker publica Drácula, que mezcla folclore, medicina, viajes victorianos y mucho miedo a la sexualidad y a “lo extranjero”.

A partir de ahí, la criatura se convierte en icono cinematográfico: Nosferatu, Bela Lugosi, Christopher Lee… hasta llegar al vampiro adolescente, atormentado, glitter o superhéroe, según la década.

Cada época reinterpreta el mismo monstruo para hablar de sus propias obsesiones: el sexo, la aristocracia decadente, las enfermedades contagiosas, las adicciones, la explotación, la soledad…


España también tiene sus vampiros (aunque no los llame así)

En Guía de los seres mitológicos españoles me interesaba precisamente eso: recordar que no hace falta irse a Transilvania para encontrar figuras vampíricas. En distintos rincones de la península aparecen:

  • Brujas y meigas que “chupan” la energía o la salud de niños y ganado.

  • Muertos que vuelven a casa para exigir promesas incumplidas o reclamar justicia.

  • Espíritus familiares que se alimentan, simbólicamente, de la casa y de la familia a la que sirven.

Son relatos que, aunque no usen la palabra “vampiro”, comparten la misma intuición:

lo más inquietante no es lo que viene de fuera, sino lo que debería estar muerto… y no termina de irse.

En mis entrevistas suelo contar cómo muchas personas, al leer el libro o escuchar un programa, me escriben al blog para contar la historia del pueblo, de la abuela, del vecino que “se apareció” después del entierro. Es decir, el mito sigue vivo, solo que ahora lo canalizamos a través de podcasts, series y redes sociales.


Por qué me siguen fascinando los vampiros

Como folclorista, los vampiros me interesan menos como monstruos “reales” y más como espejos:

  • Nos hablan del miedo a la muerte, pero también del miedo a que otros vivan de nosotros.

  • Nos recuerdan que hemos utilizado la palabra “monstruo” para etiquetar a enfermos, marginados y disidentes.

  • Y muestran cómo una comunidad, cuando no comprende algo, construye una explicación sobrenatural muy coherente con sus valores y temores.

El vídeo que enlazo al final es, al fin y al cabo, una pieza más en ese trabajo de ir desentrañando capas: folclore, medicina, historia, literatura… Lo mismo que intento hacer en mis libros y en las entrevistas donde me invitan a hablar de estos temas.


Epílogo: matar al vampiro… o entenderlo

En los viejos relatos, la única forma de acabar con el vampiro era clavarle una estaca, quemarlo o decapitarlo. Hoy, el “ritual” es otro: conocer la historia, estudiar las enfermedades, revisar las fuentes, comparar tradiciones.

Pero hay algo que no cambia: seguimos necesitando historias de monstruos. Porque a través de ellos hablamos de lo que no nos atrevemos a decir directamente.

Si te interesan estas criaturas y su relación con otros seres del imaginario español, te invito a echar un vistazo a mi Guía de los seres mitológicos españoles y a las entrevistas y podcasts donde sigo explorando estos temas. Y, por supuesto, a ver el vídeo del programa, que fue el punto de partida de esta reflexión.

¿QUIERES SABER MÁS? ESCUCHA NUESTRO PROGRAMA CON TODO LUJO DE DETALLES AQUÍ:

LA MUERTE DEL INVIERNO Y SUS TRADICIONES POPULARES

LA MUERTE DEL INVIERNO Y SUS TRADICIONES POPULARES

LA MUERTE DEL INVIERNO Y SUS TRADICIONES POPULARES

La muerte del invierno es un proceso simbólico marcando el paso de las estaciones. La muerte del invierno y la llegada del Dios más antiguo anunciaban un periodo de fertilidad.el antiguo Dies Natalis Invictis Solis mitraico de los romanos, al que el Cristianismo superpuso el nacimiento de Jesús (el sol verdadero que triunfaba sobre el sol pagano), marca el inicio de un período de frío y hambre que sólo se verá atenuado con la esperanza que surge en primavera: “Hasta que nace el Niño, ni frío ni hambre”. “Hasta Navidad, ni hambre ni frío pasarás”. “Del Niño en adelante, frío y hambre” (Martínez Kleiser, 1945: 307).»

Mircea Eliade sostiene en El Mito del Eterno Retorno que el hombre ha necesitado desde los albores de los tiempos remarcar cíclicamente determinadas fechas para celebrar el acto de creación primigenio. Frente a nuestra concepción lineal, el campesino experimentaba el tiempo en su quehacer agrario de una manera circular y así, al igual que sus plantas germinaban, crecían, fructificaban y morían, el ciclo anual se aparecía como un ente dotado de vida que nace, envejece y muere, para volver a resurgir en una espiral sin fin. Por eso los meses se representan no pocas veces en la iconografía medieval como las distintas etapas vitales de un hombre, desde su nacimiento hasta su decrepitud, o bien como un agricultor que desempeña cada mes una tarea específica con un estado de ánimo diferente (Campo tejedor, 2006)

En las culturas agrícolas y rurales de la Península Ibérica, el paso de las estaciones marcaba el ritmo de la vida cotidiana. El invierno es la representación de la introspección, del reposo, la muerte temporal de la tierra, la oscuridad. El regreso del sol era la llegada de ceremonias, ritos y celebraciones en honor al renacimiento y la fertilidad. Aunque tiempo después muchas de estas fiestas pasaron a manos cristianas.

Desde la antigüedad y hasta época reciente, el año se ha vivido en el imaginario popular y se ha representado en los calendarios iconográficos o pictóricos como un círculo, una rueda en la que el hombre tiene actividades fijas tanto en el trabajo como en la fiesta. La circularidad está implícita en la propia etimología de ‘año’, del latín annus, que a su vez se tomó de la partícula an equivalente a circum (en torno). El año es pues el tiempo circular, como una serpiente que se muerde la cola –así se representa en muchas culturas–, como un anillo (literalmente ‘círculo pequeño’, annulus), intrínsecamente redondo, inalterable y eterno pues, como mantenía Aristóteles, lo que es eterno es circular y lo que es circular es eterno.(Campo tejedor, 2006).

Una tradición muy popular en España es la quema de Judas. Se fabrica un muñeco con trapos viejos, paja o madera. Representa a Judas pero en muchos lugares también encarna todo lo negativo: el mal, el dolor o incluso el invierno que ya cumplió su ciclo. El ritual culmina con la quema del muñeco, acto de purificación colectiva y renovación. En algunos lugares, los niños lo golpean o lo destrozan antes de quemarlo. En otros lugares podemos ver tradiciones populares en Galicia como es el Entroido, en Valencia, las fallas. Y la celebración más simbólica e importante, San Juan. Todas estas celebraciones paganas el fuego es un elemento de transformación y limpieza, y el uso de un muñeco como objeto que concentra los males o el ciclo que termina. La figura quemada representa la parte de la vida que debe morir para que algo nuevo pueda surgir.

En el País Vasco y en Navarra están arraigadas deter-minadas creencias y cultos en torno a Andramari Martxoko o Amahir:iina Jfartxoko ‘Nuestra Señora de Marzo’, que el puehlo suele celehrar cada 25 de marzo.los días finales de marzo son considerados nefastos para el ganado -fenómeno que tiene una motivación meteorológica y ecológica evidente-, y que ello ha generado dos tipos de reflejo en la mentalidad y la vida comunitarias: uno puramente supersticioso, que pone énfasis sobre lo nefasto de los días zozomikoteak o artzaitxoaren; otro, más estructurado y complejo, que eleva a la categoría de culto católico y conmemoración anual las creencias sobre la divinidad asociada y al mismo tiempo protectora contra tales días nefastos.

 

 

 

 

 

 

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BIBLIOGRAFÍA

Campo Tejedor, A. del. (2006). El verano contra el invierno. Mimesis y subversión ritual en la religiosidad popular [Summer against winter. Mimesis and ritual subversion in popular religiousness]. BIBLID, 28, 55–83.

Pedrosa, J. M. (1995). «Si marzo tuerce el rabo, ni pastores ni ganados»: ecología, superstición, cuento popular, mito pagano y culto católico del mes de marzo. Disparidades. Revista De Antropología50(2), 267–293. https://doi.org/10.3989/rdtp.1995.v50.i2.323

El origen mítico de los diablos de yare.

El origen mítico de los diablos de yare.

El origen mítico de los diablos de yare.

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Hace siglos, según la tradición oral, el pueblo de San Francisco de Yare fue asediado por un espíritu maligno que trajo consigo enfermedades y desastres naturales. La comunidad, aterrorizada, no encontraba manera de librarse de esta maldición. En su desesperación, los ancianos decidieron acudir al Santísimo Sacramento para pedir protección. 

Una noche, durante la vigilia, un grupo de hombres vestidos con ropa rojas y máscaras grotescas apareció en el pueblo. Estos hombres, que se identificaron como «diablos protectores», afirmaron que habían sido enviados por las fuerzas divinas para combatir al espíritu maligno que atormentaba a la comunidad.

 La leyenda sobre los diablos danzantes nos cuenta que, hace siglos, una sequía devastó la región de Yare, poniendo en peligro a sus habitantes. A causa de su desesperación y desquicia, prometieron al Santísimo Sacramento (que es) realizar una danza cada año si eran salvados. Tiempo después, la lluvia llegó, y la comunidad cumplió su promesa, instaurando la tradición que ha perdurado hasta la actualidad. En esta mitología los diablos simbolizan las fuerzas malignas que, aunque poderosas, terminan rindiéndose ante lo divino.

Su origen se remonta al siglo XVIII,1​ siendo esta la hermandad más antigua del continente americano y la más grande del mundo. La fraternidad de diablos está dividida en un orden jerárquico, representado en sus máscaras. Cada jueves de Corpus Christi (9 jueves después del Jueves Santo) se hace una danza ritual de los llamados diablos danzantes, donde se rinde culto al Santísimo Sacramento del Altar y se celebra el triunfo del bien sobre el mal.1​ Se visten con trajes completamente de color rojo y máscaras de apariencia grotesca, además del uso de cruces, escapularios, rosarios y otros amuletos como protección contra los malos espíritus.

Uno de los aspectos que constituye la génesis de la celebración del Corpus Christi, la fundación de la Cofradía del Santísimo Sacramento de los Diablos Danzantes de Yare, es el ofrecimiento de pago de promesa por personas o devotos de ambos sexos de la religión católica, que se aprecia como parte de las prácticas religiosas de los pueblos de América, transmitida por la Iglesia Católica desde la conquista hasta nuestros
tiempos (Marzal, 2002).

Durante la danza ritual, estás fuerzas son representadas por bailarines que portan máscaras grotescas, cuernos y atuendos llamativos, quienes se inclinan frente a la iglesia y al Santísimo Sacramento como un acto de sumisión y derrota ante el bien. En la mitología de los Diablos de Yare, el diablo representa un símbolo de dualidad, un recordatorio de que el caos y el orden son partes intrínsecas del universo y del ser humano. Las máscaras que llevan estos diablos son un reflejo de esta dualidad. Los diseños de la vestidura que portan son diseños grotescos y extravagantes que representan el desorden y el peligro, mientras que los colores vivos aluden a la energía vital que puede ser transformada y canalizada hacia el bien. Así, el ritual de los Diablos Danzantes no sólo representa la victoria sobre el mal, sino también la reconciliación de estos elementos opuestos. 

La danza ritual de los Diablos de Yare es un acto simbólico cargado de significado espiritual.

El zapatero, representa la lucha entre el bien y el mal.

Los círculos, simbolizan la protección y el cierre de energías negativas.

Y las referencias, son un acto de sumisión del diablo ante la divinidad.

Además, el repique de los tambores conecta a los danzantes con sus ancestros y con las fuerzas espirituales, creando un puente entre el pasado, el presente y lo eterno.

Está danza venezolana es un reflejo de que dicho país donde lo sagrado y lo profano, lo ancestral y lo moderno, coexisten y se enriquecen mutuamente. Está tradición simboliza la lucha eterna entre el bien y el mal, invitando a los espectadores a reflexionar sobre su propia dualidad y a reconocer que, al igual que los diablos se inclinan ante el Santísimo, todos llevamos dentro la capacidad de armonizar nuestras energías opuestas.

 

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Reseña del libro » Duendes, diablos y espíritus familiares»

Reseña del libro » Duendes, diablos y espíritus familiares»

Reseña del libro » Duendes, diablos y espíritus familiares»

Hoy os traigo la reseña de este libro que escribió Pablo Ruiz @pabloruiz.escritor publicado con la editorial Nyktelios de @brujeria_iberica . Este libro está dedicado a aquellas personas que quieran adentrarse en profundidad a la mitología del duende. Primero nos habla acerca de ellos en diferentes lugares del mundo pero conforme avanza el libro se centra en la mitología y leyendas ibéricas. Se lleva a cabo una introducción a los espíritus de la naturaleza y diferencias entre algunos de estos seres, acerca de su naturaleza, su aspecto, su origen e incluso su comportamiento. De igual manera, se aborda un capítulo entero sobre los duendes, el pacto y la subyugación del espíritu del duende en la hechicería para ponerlos al servicio propio a través de ofrendas de amistad o invocaciones a través de objetos mágicos. También se dedica un capítulo a responder las preguntas de dónde encontrarlos, cómo poder verlos y cómo poder deshacerse de ellos, porque contrario a lo que muchas personas piensan acerca de los duendes, no suelen ser criaturas precisamente benéficas y adorables, de hecho ¡suele ser lo contrario!. Se explican también las diferencias con el trasgo e incluso se habla de la asociación que a veces se ha hecho de los duendes con los demonios. Por otro lado, se trata el tema de algunos mitos españoles sobre los duendes donde se nombran criaturas como los hombres corteza, el malismo, los trasgos, el trenti, los follets, etc. Para finalizar, el libro nos deleita con algunas leyendas actuales y testimonios del siglo XX muy interesantes acerca de estas criaturas.

En general, es un libro muy ameno, fácil de leer ya que no es un libro académico, con lo cual se recomienda como una lectura amena para aprender sobre el tema por lo que tiene un preciado hueco en mi estantería. Si queréis adquirirlo dejo el enlace donde podéis encontrarlo por aquí:

https://brujeriaiberica.bigcartel.com/product/duendes-diablos-y-espiritus-familiares-tapa-blanda

Índice:
– Prólogo de Diego García
– Capítulo I. Introducción a los espíritus de la naturaleza: gnomos, duendes y familiares
Los enanos en la Antigüedad
¿Existen o existieron gnomos en España?
– Capítulo II. Acerca del origen y naturaleza de los duendes
Del extraño aspecto y comportamiento de los duendes
Sobre la existencia y el hábitat de los duendes
– Capítulo III. Sobre el pacto, la brujería y las invocaciones de los duendes para ponerlos a nuestro servicio
Acerca de la amistad con el duende mediante ofrendas o invocaciones
La subyugación de los duendes mediante objetos mágicos
– Capítulo IV. Sobre dónde encontrar, cómo ver o cómo deshacerse de los duendes
– Capítulo V. Algunos mitos españoles sobre los duendes
Los hombres corteza. El malismo. La Freba. Los tardos. El duende martinico. La
gallina que era un duende. Leyendas sobre trasgos. El duende de Zaragoza.
Duendes de los bosques y los cultivos. El trenti. Los genios de las nubes. Los
follets. Los frailecillos. Los duendes protectores de los niños. El diañu burlón. El
duende y la tradición oral hoy. Leyendas actuales y testimonios del siglo XX.

Los gigantes en la mitología

Los gigantes en la mitología

                                     Los gigantes en la mitología

imagen de: https://www.pinterest.es/pin/251286854202153228/

Si he llegado más lejos que otros, es porque me subí a hombros de gigantes” decía Newton en una de sus cartas. Caminar a hombros de gigantes quiere decir que, para lograr nuestras metas o avances, nos hemos apoyado en el conocimiento y el precedente que otros sentaron antes.

Pero… ¿Quiénes son en realidad los gigantes?

Son seres legendarios de gran fuerza y tamaño que representan la naturaleza salvaje e indómita, a veces destructiva y caótica. Sin embargo, no son la representación del mal, aunque en ocasiones son violentos o aplastan y comen niños según los relatos e historias del folklore. Las referencias de hombres gigantes o seres de gran altura no hacen más que remarcar la diferencia con los humanos, denota un tamaño colosal y monstruoso.

Aparecen en cuentos de hadas, en fuentes históricas y bíblicas y en el imaginario popular. Según nos cuenta Saxo Gramaticus, los gigantes debieron existir porque alguien tuvo que construir los ciclópeos muros y monumentos que hoy en día vemos. Y, en cierto modo, era la explicación más lógica. Para Pausanias, los gigantes son las criaturas que se enfrentan a los dioses en la famosa Gigantomaquia (del griego antiguo γιγαντo-μαχια, “guerra de los gigantes”) que quedó plasmada en el escudo de la Atenea de Fidias.

Mucho antes ya aparecieron gigantes en la epopeya de Gilgamesh y en varios pasajes de la Biblia, de entre los cuales destaca el famoso enfrentamiento entre David y el gigante Goliat, que a pesar de su envergadura y tamaño fue vencido con una pequeña piedra, representando así el triunfo del orden sobre el caos. También en el Génesis aparece nombrada una raza de gigantes llamada Nemrod.

Sin embargo, si hay una cultura que destaque por sus referencias y continuas apariciones de gigantes es la nórdica, pues ellos son el origen de la mayoría de monstruos y criaturas de su mitología. Tras la unión del hielo y el fuego surgió el primer ente viviente, el gigante Ymir, quien dio lugar a toda una estirpe de gigantes de hielo que nacieron de su sudor al contacto con el fuego. Estos Jötnar (plural de Jotunn) estaban en constante conflicto con los dioses, a pesar de que algunos se casaron con ellos y dieron lugar a los dioses más importantes. Se cuenta que uno de ellos construyó las murallas de Asgard (hogar de los dioses, como el Olimpo para los griegos). A cambio pedía la mano de la diosa más bella: Freya; pero no lo consiguió, Loki se transformó en yegua y distrajo al caballo que ayudaba al gigante a transportar las ciclópeas piedras. Al ser Loki también un Jotunn (vivía entre los dioses), surgió de esa unión una criatura: un caballo de 8 patas. También son hijos suyos Fenrir (lobo gigante) y Jörmungandr (gigantesca serpiente marina que rodea la Tierra).

A día de hoy, conservamos tradiciones en las que los gigantes hacen aparición, como en las fiestas de gigantes y cabezudos en algunos pueblos o la tradición vasca del Olentzero, que no es otro que un gigante de la mitología vasca que con la llegada del cristianismo se convirtió en Papá Noel.

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el lado oscuro de las hadas (parte 2)

el lado oscuro de las hadas (parte 2)

                  El lado oscuro de las hadas (parte 2)

Hace unos días comenzamos en este blog un pequeño apartado en que reflexionaba sobre la parte oscura del mundo feérico. Muchos me pidieron que ahondara en tan extraña cuestión y, tras mucho detenimiento, he decidido redactar estas líneas.

En el anterior post nos referimos a esa oscura aura que envuelve estas criaturas y sus encuentros con los humanos. Pues bien, conviene ahora que profundicemos sobre dicha cuestión, con la esperanza de que uno se guarde y mucho de tomarse a la ligera los avistamientos de estas entidades.

Su naturaleza es distinta a la nuestra a la nuestra y, por ende, su propio devenir puede ser nocivo para los humanos. Contaba  el reverendo Robert Kirk allá en el 1691 en su tratado, La comunidad secreta, algunas de las costumbres de las hadas que podían ser nocivas para los humanos. Por ejemplo, las hadas tienden a bailar durante horas en una especie de gran círculo mágico. Si el humano topa con  dicho ritual, debe guardarse de no unirse a ellas, pues ese trance puede durar días y puede provocar la muerte al sujeto bien  por agotamiento o por inanición.

A veces el solo avistamiento del hada provoca un enamoramiento febril en el hombre ( o mujer) hasta tal punto que, quienes dicen haberlas visto caían en una profunda melancolía si no podían volver a verlas e, incluso, morían tras una larga agonía. Podemos ver un ejemplo en el celebérrima leyenda de Bécquer «la mujer de ojos verdes»:

Herido va el ciervo… herido va; no hay duda. Se ve el rastro de la sangre entre las zarzas del monte, y al saltar uno de esos lentiscos han flaqueado sus piernas… Nuestro joven señor comienza por donde otros acaban… en cuarenta años de montero no he visto mejor golpe… ¡Pero por San Saturio, patrón de Soria! cortadle el paso por esas carrascas, azuzad los perros, soplad en esas trompas hasta echar los hígados, y hundidle á los corceles una cuarta de hierro en los ijares: ¿no véis que se dirige hacia la fuente de los Álamos, y si la salva antes de morir podemos darle por perdido?

Las cuencas del Moncayo repitieron de eco en eco el bramido de las trompas, el latir de la jauría desencadenada y las voces de los pajes resonaron con nueva furia, y el confuso tropel de hombres, caballos y perros se dirigió al punto que Iñigo, el montero mayor de los marqueses de Almenar, señalara como el más á propósito para cortarle el paso á la res.

Pero todo fué inútil. Cuando el más ágil de los lebreles llegó á las carrascas jadeante y cubiertas las fauces de espuma, ya el ciervo, rápido como una saeta, las había salvado de un solo brinco, perdiéndose entre los matorrales de una trocha que conducía á la fuente.

—¡Alto!… ¡Alto todo el mundo! gritó Iñigo entonces; estaba de Dios que había de marcharse. Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron las trompas, y los lebreles dejaron refunfuñando la pista á la voz de los cazadores. En aquel momento se reunía á la comitiva el héroe de la fiesta, Fernando de Argensola, el primogénito de Almenar.

—¿Qué haces? exclamó dirigiéndose á su montero, y en tanto, ya se pintaba el asombro en sus facciones, ya ardía la cólera en sus ojos. ¿Qué haces, imbécil? ¡Ves que la pieza está herida, que es la primera que cae por mi mano, y abandonas el rastro y la dejas perder para que vaya á morir en el fondo del bosque! ¿Crees acaso que he venido á matar ciervos para festines de lobos?

—Señor, murmuró Iñigo entre dientes, es imposible pasar de este punto.

—¡Imposible! ¿y por qué?

—Porque esa trocha, prosiguió el montero, conduce á la fuente de los Alamos; la fuente de los Alamos, en cuyas aguas habita un espíritu del mal. El que osa enturbiar su corriente, paga caro su atrevimiento. Ya la res habrá salvado sus márgenes; ¿cómo la salvaréis vos sin atraer sobre vuestra cabeza alguna calamidad horrible? Los cazadores somos reyes del Moncayo, pero reyes que pagan un tributo. Pieza que se refugia en esa fuente misteriosa, pieza perdida.

—¡Pieza perdida! Primero perderé yo el señorío de mis padres, y primero perderé el ánima en manos de Satanás, que permitir que se me escape ese ciervo, el único que ha herido mi venablo, la primicia de mis excursiones de cazador… ¿Lo ves?… ¿lo ves?… Aún se distingue á intervalos desde aquí… las piernas le faltan, su carrera se acorta; déjame… déjame… suelta esa brida, ó te revuelco en el polvo.. ¿Quién sabe si no le daré lugar para que llegue á la fuente? y si llegase, al diablo ella, su limpidez y sus habitadores. ¡Sus! ¡Relámpago! ¡sus, caballo mío! si lo alcanzas, mando engarzar los diamantes de mi joyel en tu serreta de oro.

Caballo y jinete partieron como un huracán.

Iñigo los siguió con la vista hasta que se perdieron en la maleza; después volvió los ojos en derredor suyo; todos, como él, permanecían inmóviles y consternados.

El montero exclamó al fin:

—Señores, vosotros lo habéis visto; me he expuesto á morir entre los pies de su caballo por detenerle. Yo he cumplido con mi deber. Con el diablo no sirven valentías. Hasta aquí llega el montero con su ballesta; de aquí adelante, que pruebe á pasar el capellán con su hisopo.

II

—Tenéis la color quebrada; andáis mustio y sombrío; ¿qué os sucede? Desde el día, que yo siempre tendré por funesto, en que llegásteis á la fuente de los Álamos en pos de la res herida, diríase que una mala bruja os ha encanijado con sus hechizos.

Ya no váis á los montes precedido de la ruidosa jauría, ni el clamor de vuestras trompas despierta sus ecos. Sólo con esas cavilaciones que os persiguen, todas las mañanas tomáis la ballesta para enderezaros á la espesura y permanecer en ella hasta que el sol se esconde. Y cuando la noche oscurece y volvéis pálido y fatigado al castillo, en balde busco en la bandolera los despojos de la caza. ¿Qué os ocupa tan largas horas lejos de los que más os quieren?

Mientras Iñigo hablaba, Fernando, absorto en sus ideas, sacaba maquinalmente astillas de su escaño de ébano con el cuchillo de monte.

Después de un largo silencio, que sólo interrumpía el chirrido de la hoja al resbalarse sobre la pulimentada madera, el joven exclamó dirigiéndose á su servidor, como si no hubiera escuchado una sola de sus palabras.

—Iñigo, tú que eres viejo, tú que conoces todas las guaridas del Moncayo, que has vivido en sus faldas persiguiendo á las fieras, y en tus errantes excursiones de cazador subiste más de una vez á su cumbre, dime: ¿has encontrado por acaso una mujer que vive entre sus rocas?

—¡Una mujer! exclamó el montero con asombro y mirándole de hito en hito.

—Sí, dijo el joven; es una cosa extraña lo que me sucede, muy extraña… Creí poder guardar ese secreto eternamente, pero no es ya posible; rebosa en mi corazón y asoma á mi semblante. Voy, pues, á revelártelo… Tú me ayudarás á desvanecer el misterio que envuelve á esa criatura, que al parecer solo para mí existe, pues nadie la conoce, ni la ha visto, ni puede darme razón de ella. El montero, sin despegar los labios, arrastró su banquillo hasta colocarle junto al escaño de su señor, del que no apartaba un punto los espantados ojos. Este, después de coordinar sus ideas, prosiguió así:

—Desde el día en que á pesar de tus funestas predicciones llegué á la fuente de los Álamos, y atravesando sus aguas recobré el ciervo que vuestra superstición hubiera dejado huir, se llenó mi alma del deseo de la soledad.

Tú no conoces aquel sitio. Mira, la fuente brota escondida en el seno de una peña, y cae resbalándose gota á gota por entre las verdes y flotantes hojas de las plantas que crecen al borde de su cuna. Aquellas gotas que al desprenderse brillan como puntos de oro y suenan como las notas de un instrumento, se reúnen entre los céspedes, y susurrando, susurrando como un ruido semejante al de las abejas que zumban en torno de las flores, se alejan por entre las arenas, y forman un cauce, y luchan con los obstáculos que se oponen á su camino, y se repliegan sobre sí mismas, y saltan, y huyen, y corren, unas veces con risa, otras con suspiros, hasta caer en un lago. En el lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres, cantares, yo no sé lo que he oído en aquel rumor cuando me he sentado solo y febril sobre el peñasco, á cuyos pies saltan las aguas de la fuente misteriosa para estancarse en una balsa profunda, cuya inmóvil superficie apenas riza el viento de la tarde.

Todo es allí grande. La soledad con sus mil rumores desconocidos, vive en aquellos lugares y embriaga el espíritu en su inefable melancolía. En las plateadas hojas de los álamos, en los huecos de las peñas, en las ondas del agua, parece que nos hablan los invisibles espíritus de la naturaleza, que reconocen un hermano en el inmortal espíritu del hombre.

Cuando al despuntar la mañana me veías tomar la ballesta y dirigirme al monte, no fué nunca para perderme entre sus matorrales en pos de la caza, no; iba á sentarme al borde de la fuente, á buscar en sus ondas… no sé qué, ¡una locura! El día en que salté sobre ella con mi Relámpago, creí haber visto brillar en su fondo una cosa extraña… muy extraña… los ojos de mujer.

Tal vez sería un rayo de sol que serpeó fugitivo entre su espuma; tal vez una de esas flores que flotan entre las algas de su seno, y cuyos cálices parecen esmeraldas… no sé: yo creí ver una mirada que se clavó en la mía; una mirada que encendió en mi pecho un deseo absurdo, irrealizable: el de encontrar una persona con unos ojos como aquellos.

En su busca fui un día y otro á aquel sitio.

Por último, una tarde… yo me creí juguete de un sueño… pero no, es verdad, la he hablado ya muchas veces, como te hablo á tí ahora… una tarde encontré sentada en mi puesto, y vestida con unas ropas que llegaban hasta las aguas y flotaban sobre su haz, una mujer hermosa sobre toda ponderación. Sus cabellos eran como el oro; sus pestañas brillaban como hilos de luz, y entre las pestañas volteaban inquietas unas pupilas que yo había visto… sí; porque los ojos de aquella mujer eran los ojos que yo tenía clavados en la mente; unos ojos de un color imposible; unos ojos…

—¡Verdes! exclamó Iñigo con un acento de profundo terror, é incorporándose de un salto en su asiento.

Fernando le miró á. su vez como asombrado de que concluyese lo que iba á decir, y le preguntó con una mezcla de ansiedad y de alegría:

—¿La conoces?

—¡Oh, no! dijo el montero. ¡Líbreme Dios de conocerla! Pero mis padres, al prohibirme llegar hasta esos lugares, me dijeron mil veces que el espíritu, trasgo, demonio ó mujer que habita en sus aguas, tiene los ojos de ese color. Yo os conjuro, por lo que más améis en la tierra, á no volver á la fuente de los Álamos. Un día ú otro os alcanzará su venganza, y expiaréis, muriendo, el delito de haber encenagado sus ondas.

—¡Por los que más amo!… murmuró el joven con una triste sonrisa.

—¡Sí, prosiguió el anciano; por vuestros padres, por vuestros deudos, por las lágrimas de la que el cielo destina para vuestra esposa, por las de un servidor que os ha visto nacer…

—¿Sabes tú lo que más amo en este mundo? ¿Sabes tú por qué daría yo el amor de mi padre, los besos de la que me dió la vida, y todo el cariño que pueden atesorar todas las mujeres de la tierra? Por una mirada, por una sola mirada de esos ojos… ¡Cómo podré yo dejar de buscarlos!

Dijo Fernando estas palabras con tal acento, que la lágrima que temblaba en los párpados de Iñigo se resbaló silenciosa por su mejilla, mientras exclamó con acento sombrío: ¡Cúmplase la voluntad del cielo!

III

—¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu patria? ¿En dónde habitas? Yo vengo un día y otro en tu busca, y ni veo el corcel que te trae á estos lugares, ni á los servidores que conducen tu litera. Rompe de una vez el misterioso velo en que te envuelves como en una noche profunda, yo te amo, y, noble ó villana, seré tuyo, tuyo siempre…

El sol había traspuesto la cumbre del monte; las sombras bajaban á grandes pasos por su falda; la brisa gemía entre los álamos de la fuente, y la niebla, elevándose poco á poco de la superficie del lago, comenzaba á envolver las rocas de su margen.

Sobre una de estas rocas, sobre una que parecía próxima á desplomarse en el fondo de las aguas, en cuya superficie se retrataba temblando el primogénito de Almenar, de rodillas á los pies de su misteriosa amante, procuraba en vano arrancarle el secreto de su existencia.

Ella era hermosa, hermosa y pálida, como una estatua de alabastro. Uno de sus rizos caía sobre sus hombros, deslizándose entre los pliegues del velo como un rayo de sol que atraviesa las nubes, y en el cerco de sus pestañas rubias brillaban sus pupilas como dos esmeraldas sujetas en una joya de oro.

Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios se removieron como para pronunciar algunas palabras, pero sólo exhalaron un suspiro, un suspiro débil, doliente, como el de la ligera onda que empuja una brisa al morir entre los juncos.

—¡No me respondes! exclamó Fernando al ver burlada su esperanza; ¿querrás que dé crédito á lo que de tí me han dicho? ¡Oh! No… Háblame: yo quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo amarte, si eres una mujer…

—O un demonio… ¿Y si lo fuese?

El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió por sus miembros; sus pupilas se dilataron al fijarse con más intensidad en las de aquella mujer, y fascinado por su brillo fosfórico, demente casi, exclamó en un arrebato de amor:

—Si lo fueses… te amaría… te amaría como te amo ahora, como es mi destino amarte, hasta más allá de esta vida, si hay algo más allá de ella.

—Fernando, dijo la hermosa entonces con una voz semejante á una música: yo te amo más aún que tú me amas; yo, que desciendo hasta un mortal, siendo un espíritu puro. No soy una mujer como las que existen en la tierra; soy una mujer digna de tí, que eres, superior á los demás hombres. Yo vivo en el fondo de estas aguas; incorpórea como ellas, fugaz y trasparente, hablo con sus rumores y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al que osa turbar la fuente donde moro; antes le premio con mi amor, como á un mortal superior á las supersticiones del vulgo, como á un amante capaz de comprender mi cariño extraño y misterioso.

Mientras ella hablaba así, el joven, absorto en la contemplación de su fantástica hermosura, atraído como por una fuerza desconocida, se aproximaba más y más al borde de la roca. La mujer de los ojos verdes prosiguió así:

—¿Ves, ves el límpido fondo de ese lago, ves esas plantas de largas y verdes hojas que se agitan en su fondo?… Ellas nos darán un lecho de esmeraldas y corales… y yo… yo te daré una felicidad sin nombre, esa felicidad que has soñado en tus horas de delirio, y que no puede ofrecerte nadie… Ven, la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino… las ondas nos llaman con sus voces incomprensibles, el viento empieza entre los álamos sus himnos de amor; ven… ven…

La noche comenzaba á extender sus sombras, la luna rielaba en la superficie del lago, la niebla se arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos que corren sobre el haz de las aguas infectas… Ven… ven… estas palabras zumbaban en los oídos de Fernando como un conjuro. Ven… y la mujer misteriosa le llamaba al borde del abismo, donde estaba suspendida, y parecía ofrecerle un beso… un beso…

Fernando dió un paso hacia ella… otro… y sintió unos brazos delgados y flexibles que se haban á su cuello, y una sensación fría en sus labios ardorosos, un beso de nieve… y vaciló… y perdió pie, y cayó al agua con un rumor sordo y lúgubre.

Las aguas saltaron en chispas de luz, y se cerraron sobre su cuerpo, y sus círculos de plata fueron ensanchándose, ensanchándose hasta espirar en las orillas.

Tras la lectura de estas líneas, la conclusión es que  el hada ejerce sobre el incauto joven una poderosa influencia que enturbia su mente hasta tal punto que le lleva a la muerte….

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Bibliografía

-Becquer, Gustavo Adolfo «Rimas y leyendas»

-Ruiz Osuna, Pablo y Reñé Quilés, David «Guía de los seres mitológicos españoles»

-https://es.wikisource.org/wiki/Los_ojos_verdes

 

 

el diablo burlón/ el diañu burlón(parte 1)

el diablo burlón/ el diañu burlón(parte 1)

El diaño burlón

 

 

el diaño burlón. Ilustración de Alberto Álvarez Peña

ilustración de Alberto Álvarez Peña.

 

Desde tiempo inmemorial en España(principalmente en la zona de Asturias) se cree en un enigmático ser apodado «diablo burlón» (diaño burlón el asturiano). Al parecer, se trata de un diablillo de pequeño tamaño y patas de cabra que se dedica a gastar pesadas bromas a los incautos que se atreven a adentrarse en sus dominios. No obstante, tras un análisis pormenorizado del personaje, nos persuadimos de que este relato tradicional guarda más secretos de lo que parece.

Para empezar, su aspecto nos recuerda a las criaturas feéricas  de las que hemos estado hablando en este blog. Su apariencia, comportamiento e incluso poderes guardan una estrecha relación con el mundo de los duendes. No es difícil afirmar que, antaño, este diablo no fue sino una deidad feérica. Véase su capacidad para cambiar su forma en un animal salvaje(generalmente un macho cabrío) aumentar su peso y tamaño, o incluso tomar forma humana. Probablemente este mito sea el resultado de la fusión de creencias paganas y cristianas. Por un lado, esa antigua deidad de los bosques y minas y, por otro, el del demonio o diablo.

Entre sus travesuras más comunes cabe citar la del burro blanco que se ofrece como montura al caminante y que una vez montado crece y crece sin cesar, el caballo que después de una galopada infernal devuelve al jinete al mismo lugar de donde partió, le arroja de cabeza al río o le quema los pantalones. También se cuenta que se transforma en macho cabrío, de color rojo, que se deja coger por el pastor, y cada vez va pesando más hasta dejar extenuado al hombre y meándole encima.

En la senda del camín  encantáu de  Ardisana (Llanes) el Diañu Burlón, nos dice:

 

«Soy el Diañu Burlón y
a podrás atraparme.

Ni los romanos pudieron
y esos sí que eran listos,
no como tú.

Puedo cambiar de forma y engañarte
para que hagas lo que yo quiera.
Ay, que tontos sois los humanos» .

 

El Diañu burlón | Los Oscos Rural

 

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Bibliografía

https://mitologiaiberica.fandom.com/es/wiki/Dia%C3%B1u_burl%C3%B3n

http://www.senderismoenasturias.es/eldianu.htm

 

El mito del dragón(parte 1)

El mito del dragón(parte 1)

El mito del dragón

Seguro que habéis escuchado alguna leyenda sobre los míticos dragones. ¿Y si os dijera que en España, además de dragones, se han contado historias sobre serpientes legendarias?

Muchas de estas leyendas han llegado a nuestros días como viejas consejas, fábulas y viejos cancioneros, pero tras su aparente carácter juvenil, estas historias tienen multitud de contenido simbólico.

¡Adéntrate a su mundo!

En la biblioteca mágica hemos recogido algunas leyendas de nuestro libro  que compartimos con todos vosotros. ¡Que las disfrutéis! :

                                                                 EL HERENSUGE


Hoy quedan muy pocos para recordarlo. Pero según cuentan en las tierras del norte una gran bestia alada surcaba los cielos.

Su tamaño era colosal y su rugido atravesaba montañas y valles. Se decía que se criaba en grandes selvas y, cada año, le crecía una nueva cabeza hasta llegar a la séptima. Solo aquellos de gran valor se enfrentaron a él.
Quizás el herensuge hace tiempo que dejó estas tierras o solo esté al acecho de algún incauto viajero…

 

              EL CUÉLEBRE 

La aldea de Suto no era muy grande, pero era un buen lugar donde vivir, pero un día sus habitantes oyeron los terroríficos silbos de un cuélebre y las pobres gentes echaron a correr para refugiarse en sus casas, no todos lo consiguieron, el que menos corrió fue devorado.

Alarmados y sabiendo que una vez que un cuélebre se instalaba cerca de una aldea ya no la abandonaba, decidieron reunirse con los ancianos para que en asamblea se tomara una determinación y acabar con el problema. Reunido el pueblo en el ayuntamiento, empezaron las deliberaciones. Al principio todos hablaban al mismo tiempo, pues el miedo los tenía alborotados, pero el más anciano de la aldea puso orden y preguntó a los concurrentes si alguien sabía cuál era la mejor manera de matar al cuélebre.

Delmiro dijo que él había oído contar que solo tenía un punto débil, la garganta, y que la noche de San Juan era el mejor momento para atacarlo, pues esa noche los cuélebres se quedaban un poco adormilados. Aquello parecía una buena solución, pero la noche de San Juan estaba lejos y ¿qué harían hasta entonces?

Nuevamente se montó un alboroto hasta que Cundo, que normalmente no hablaba mucho, propuso que lo mejor era disparar una flecha dirigida a la garganta del cuélebre y el problema estaría terminado. No parecía descabellada la idea, pero ¿quién sabía disparar una flecha?, los habitantes de la aldea lo único que sabían disparar eran piedras para espantar a los pájaros que atacaban los sembrados, por lo que ¿quién tiraría las flechas entonces? Después de acaloradas discusiones, el más anciano propuso lo siguiente: todos los días se fabricaría una boroña enorme que se le entregaría al cuélebre para que al estar bien alimentado no se comiera a nadie más y entre tanto todos los hombres del pueblo, jóvenes o viejos, debería de proveerse de un arco y flechas y practicar todos los días y el que demostrara más habilidad, sería el elegido para matar al monstruo. La idea fue acogida con entusiasmo y todos se marcharon ilusionados para comenzar estas nuevas tareas.

La fabricación de la boroña no supuso ningún problema que no fuera su gran tamaño y todos los días cuatro aldeanos salían al camino que conducía al bosque y gritando a pleno pulmón decían:

«Abre la boca, culebrón que ahí te va el boroñón»

Pero lo del arco y las flechas ya era otro cantar, con tantos ensayos no quedó pita, gocho, perro o algún que otro aldeano que no probara la medicina que se le intentaba dar al cuélebre, hasta tal punto que los aldeanos ya casi preferían tener de vecino a este que a los improvisados arqueros. Visto que el tema arco y flecha no sería la solución, sino más bien otro problema añadido, el más anciano volvió a convocar a los vecinos para cambiar la estrategia y fue entonces cuando Céfero, el herrero, propuso que se buscara una piedra grande que tuviera la forma de la boroña y que calentándola al fuego le fuese entregada al cuélebre en lugar del pan[1].

[1] Recuperado el día 01/06/19 a las 13:07 h de: <https://patriciajimenezbenito.files.wordpress.com/2016/…/leyenda-el-cuc3a9lebre.doc>.

 

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  La leyenda de Tombatossals

  La leyenda de Tombatossals

   La leyenda de Tombatossals

Tombatossals fue un gigante que nació del derrumbe rocoso producido entre sus padres, dos montañas: Penyeta Roja y Tossal Gros

Tombatossals es hijo de dos montañas Penyeta Roja y Tossal Gros, y su nacimiento se debe a la intervención de Bufanúvols, personaje que provoca una gran tempestad capaz de hacer caer las montañas.

Tombatossals vive, junto con sus amigos, en la Cueva de las Maravillas, de la cual se ausentan para atender la llamada de auxilio de los hijos del rey Barbut, que querían volver recuperar las tierras que habían heredado. Al prestar ayuda a estos herederos, el grupo de amigos se viven numerosas aventuras y desventuras, como la guerra contra los habitantes de las Columbretes por la conquista de las islas.

Elisa Rivero Tarvos nos ayuda esta semana con unos fotomontajes sobre dicho ser que nos van a servir para ilustrar a tan enigmático personaje.

 

Tombatossals, como buen héroe de leyenda, también tenía una amada, la Serena de la mar, a la que dedicaba bellas canciones. Aseguran incluso que el paraje de El Pinar del Grau fue un obsequio que el gigante creó para conquistar a su estimada sirena.

Por el contrario, el antagonista para Tombatossals es el malvado príncipe Garxolí del Senillar, que pretende anexionarse todos los dominios del rey Barbut y así conseguir la mano de La Infanta Inés. Papel importante en las aventuras de este personaje legendario de Castellón tienen las islas Columbretes, que sirven como inmejorable escenario para sus peripecias.

Según Carles Bellver, el origen de las leyendas sobre Tombatossals se pierde en la antigüedad.

El historiador romano Caelius Rufus hace referencia a «Gigantes autem erant super planitiam in diebus illis …» [por entonces había gigantes sobre la Plana].

En el Renacimiento existe un libro latino titulado «Magnum Innominandum» que se atribuye a Joseph Blay (1460-c.1520?), en el que, según el “Libro del Bien y el Mal” y el “Libro Verde” (Archivo Municipal de Castellón), se  recoge una tradición: el nacimiento de los gigantes en las montañas; su hegemonía en la Plana, en la Mar y en las Islas Columbretes; el enfrentamiento con los primeros agricultores; el uso de la magia negra por parte de éstos y, finalmente, la expulsión y el confinamiento de los gigantes.

Por último, y como dato curioso, recientemente se ha estrenado una película para niños sobre dicho personaje :

 

 

 

Bibliografía:

https://www.elperiodicomediterraneo.com/noticias/castellon/conoces-leyenda-tombatossalseuros_1152089.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Tombatossals_(personaje_de_ficci%C3%B3n)

https://www.venancioguntinas.com/tombatossals

La leyenda de la Tragantia

La leyenda de la Tragantia

 La Tragantia 


Hoy   os traemos la leyenda de la Tragantia. Esperamos que la disfrutéis.

Cuenta la tradición que cuando el rey moro de Cazorla supo que los cristianos, comandados por el arzobispo de Toledo, iban a invadir sus dominios, concluyó que la resistencia violenta no sería la solución. Triste y apesadumbrado, observaba desde el mirador del castillo de Cazorla cómo sus siervos abandonaban la ciudad llevando sus pertenencias en carros, huyendo del horror que se avecinaba. Igual que sucediese tiempo antes en Quesada, los cristianos tomarían el empobrecido reino de Cazorla entrando en la ciudad por las bravas, arruinando cosechas y casas, y terminando con su reinado. En un alarde de preocupación por su pueblo, permitió que sus vasallos huyesen del lugar hasta que las cosas se hubiesen calmado, y sus súbditos se marcharon por el camino de Baza. Habiendo puesto a salvo a todo el que pudo, el rey vagó por el casi vacío castillo como un alma en pena, haciendo tiempo hasta el momento de la invasión.

Mientras los leales al rey se impacientaban por abandonar el lugar, el monarca retrasaba como podía el abandono del castillo, debido a que su hija estaba oculta en una de las salas secretas del castillo, un lugar solo conocido por el mismo rey. Pese a que la muchacha estaba bien aprovisionada para sobrevivir, su preocupado padre no se decidía a abandonarla a su suerte. Pero la desgracia se cebó aún más en el rey, ya que una vez que se decidió a partir y mientras atravesaba el puente del castillo, una flecha le alcanzó en el cuello y lo derribó de su montura, y falleció al alba del día de San Juan antes de poder pronunciar una sola palabra. La ciudad fue conquistada por los cristianos, que al contrario de lo que temía el rey, no devastaron la ciudad, sino que se instalaron en ella trayendo además a colonos de otras regiones. En poco tiempo, Cazorla recuperó la vida de sus calles, aunque con diferentes inquilinos en sus hogares.

 

Mientras tanto, la princesa continuaba enclaustrada en el interior de su refugio-prisión, atenta al más mínimo sonido que escuchaba, y con el paso de los días y las semanas, su angustia se tornó en desesperanza, y la desesperanza en demencia, hasta que finalmente se terminaron sus provisiones. Resignada al destino que le aguardaba, la princesa se tumbó bajo unas mantas dispuesta a dejar que el segador se la llevase, pero para su sorpresa, lo que ocurrió fue bien distinto.

Tras pasar un tiempo indeterminado presa de terribles pesadillas, en medio de un inquieto sueño, la princesa sintió que sus piernas estaban entumecidas, así que usó sus manos para devolverles la sensibilidad, pero el tacto de sus miembros inferiores resultaba frío y viscoso. Un escalofrío de terror recorrió su espalda, seguido de una profunda sensación de repulsión, e inmediatamente se dio cuenta de que había dejado de sentir hambre. Cuando a oscuras examinó su cuerpo, comprobó horrorizada que su mitad inferior se había tornado en una cola de serpiente.

Con el paso del tiempo, la princesa quedó transformada en un horror indescriptible, dedicada a reptar en la oscuridad de los pasillos del castillo de Cazorla. Cuenta la leyenda que, cada noche de San Juan, se puede escuchar su voz entre muros cantando una canción:

 «Yo soy la tragantía, hija del rey moro, el que me oiga cantar no verá la luz del día  ni la noche de San Juan»

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Fuente : Ruiz Osuna, Pablo y REÑÉ QUILÉS, David  «Guía de los seres mitológicos de España» Ed. Círculo rojo, Sevilla, 2020, pp. 230

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