El mito del gigante (parte 1)

El mito del gigante (parte 1)

El mito del gigante

 

imagen de David Reñé : Guía de los seres mitológicos españoles

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Desde tiempo inmemorial existen leyendas acerca de la existencia en tiempos remotos de una antigua raza anterior a los hombres de proporciones gigantescas. Era creencia establecida y muy difundida que, antes de la llegada del ser humano, la tierra había sido poblada por seres antropomórficos de una altura colosal.

Los relatos sobre gigantes constituyen uno de los mitos o leyendas más importantes de los pueblos antiguos. Uno de los relatos más antiguos acerca de gigantes es el antiguo texto sumerio conocido como La epopeya de Gilgamesh. En esta historia, Enkidu acompaña al mítico héroe Gilgamesh a largo de sus proezas y aventuras.

Según cuenta la leyenda, los dioses habrían creado a Gilgamesh mucho antes que a Enkidu. Este último llega a enfrentarse a Gilgamesh en un combate feroz del que no sale victorioso. Aunque como humano Enkidu es muy fuerte, Gilgamesh, que mide unos tres metros de altura, tiene unas facultades superiores. El mito no lo llama propiamente gigante, pero a raíz de la descripción que se nos presenta parece una evidencia del mito del gigante.

Más explícita es la cita que podemos encontrar en la Biblia, concretamente en el libro de Génesis 6: 4: «Los Nefilim se hallaban en la tierra en aquellos días, y también después, cuando los hijos del Dios [Verdadero] continuaron teniendo relaciones con las hijas de los hombres y ellas le dieron a luz hijos, estos fueron los poderosos que eran de la antigüedad, los hombres de fama»[1].

A su vez, en el Libro de los Números 13: 32 y 33 se cita:

 

“Y siguieron presentando a los hijos de Israel un informe malo acerca de la tierra que habían espiado. La tierra, por la cual pasamos a espiarla, es una tierra que se come a sus habitantes; y toda la gente que vimos en medio de ella son hombres de tamaño extraordinario. Y allí vimos a los Nefilim, los hijos de Anac, de modo que llegamos a ser a nuestros propios ojos como saltamontes, y así mismo llegamos a ser a los ojos de ellos”[2].

La historia de estos míticos gigantes aparece incompleta, con grandes lagunas en su redacción. No explica del todo de dónde surgieron, por qué tenían ese tamaño y ese agresivo comportamiento.

 

Para ello queremos acudir a un viejo texto considerado apócrifo por muchas de las iglesias cristianas, conocido como El libro de Enoc. Allí se encuentra la historia completa de los nefilim. Dios había ordenado a una patrulla angélica conocida bajo el nombre de «los vigilantes» controlar a los seres humanos. Pero resulta que «los hijos de Dios»[3] vieron a «las hijas de los hombres» y quedaron prendados de su belleza. Según se cuenta, se mezclaron carnalmente con los humanos y tuvieron descendencia[4].

                                                                   imagen de pixabay.com

 

Fruto de esa unión salieron seres de tamaño colosal incapaces de controlar sus más bajos instintos. Solo conocían la barbarie y la violencia, siendo la guerra cruenta la mayor de sus pasiones[5]. Eran muy superiores en tamaño y fuerza a los humanos, por lo que no tardaron en poner a la raza humana al borde de la extinción. Estos serían conocidos como los nefilim (los caídos), gigantes salvajes y fuera de control fruto de una unión contra natura.

Los gigantes se multiplicaron de tal forma que la única manera de salvar a la raza humana fue un diluvio que ahogara a todos los nefilim. Como eran de gran tamaño, el diluvio tuvo una duración de 40 días y 40 noches para que el nivel del agua subiera lo suficiente como para poder ahogarlos. No solo fueron castigados los nefilim, sino que los vigilantes, unos 200 según el texto, fueron condenados a permanecer en la tierra hasta el fin de los tiempos por su indiscreción[6].

Tenemos otro ejemplo de creencias en gigantes entre los antiguos helenos. Según la mitología griega: los gigantes eran hijos del Cielo y la Tierra o, según Hesíodo, nacidos de la sangre que brotó de la herida de Urano. Se los describe con fuerzas monstruosas, mirada terrible, cabellos muy largos, barba copiosa, piernas en forma de cola y serpiente, con cien brazos y cincuenta cabezas. Declararon la guerra a los dioses y, resueltos a destronar a Zeus (Júpiter), lo sitiaron en su propio trono. Lanzaron sobre los dioses rocas que, al caer al mar, se convirtieron en islas, o en montañas si daban en la tierra. Fueron vencidos finalmente por Hércules[7].

Los nórdicos también creían en gigantes. En Escandinavia, tenemos la leyenda de Thor y el gigante llamado Thrym, quien roba al primero su mágico martillo, con el cual podía matar a sus machos cabríos que tiraban de su carro, comerlos y con solo poner su martillo sobre las pieles inertes los animales cobraban nueva vida[8].

El mito se perpetua en épocas posteriores, como en tiempos cristianos. Fray Luis de Torquemada en su tratado Jardín de flores curiosas:

No faltan testimonios para darles crédito; porque si queremos mirar a las antigüedades hallaremos lo que el señor Luis ha dicho en la Sagrada Escritura de los gigantes que con Nembrot, después del Diluvio, edificaron aquella torre para salvarse en ella cuando otro viniese (o, según la opinión de algunos autores gentiles, para hacer guerra a los dioses y tomarles el cielo por fuerza); y todos estos debían de ser, para con los hombres de agora, de una grandeza espantable. Y viniendo a otros tiempos que han sido cerca de los nuestros, a todos nos es notorio lo que está escrito y confirmado por autoridad de la Iglesia de la vida de San Cristóbal, por la cual se entiende haber sido tan grande como los más de los que aquí hablemos nombrado; y conforme a un colmillo suyo que me dicen que está en la iglesia de Coria, y a la parte de una quijada que está en la iglesia de Astorga y tienenla por muy preciosa reliquia, la cual yo he visto muchas veces, no podía dejar de ser tan grande como una muy alta torre. Porque la muela entera es tan grande como un puño de un hombre, cerrado, y, proporcionando todo el cuerpo conforme a ella, o conforme a la parte de la quijada, viene a ser tan grande que pone admiración a los que lo están considerando.

Y también, sin esto, he yo oído decir a algunas personas que han estado en el monasterio de Roncesvalles que hay allí algunos huesos los cuales dicen ser de los que murieron en la batalla que Carlo Magno fue vencido por el rey don Alonso de León, en la cual por el grande esfuerzo de Bernardo del Carpio fueron muertos muchos de los doce Pares de Francia, y que estos huesos son de tanta grandeza que parecen de gigantes; y así, un fraile que traía medida de una canilla de pierna me la mostró, y pareciome que era casi tan grande como tres canillas de las comunes, y en esto refiérome a los que las o vieren visto; que yo digo lo que me contaron. Y también me dijeron que había algunas armas tan grandes y pesadas que daban buen testimonio de la grandeza de los que las traían y meneaban[9].

 

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Bibliografía

 

[1] R. Gutiérrez, Óscar: «Quinametin (gigantes) del mundo mesoamericano y algunos otros de la mitología universal», Instituto de Investigaciones Históricas, Antropológicas y Arqueológicas 2 (1996): 25–34, <iihaa.usac.edu.gt/archivohemerografico/wp…/29_estudios_ago_1996_gutierrez.pdf%0A>. (27)

[2] R. Gutiérrez, Óscar: «Quinametin (gigantes) del mundo mesoamericano y algunos otros de la mitología universal», op. cit. pág 27.

[3] La expresión «los hijos de Dios» se trata por supuesto de un nombre en clave. La misma pretende poner de manifiesto que se trata de unas criaturas más cercanas a Dios en la jerarquía. Dicho de otro modo, son hijos de Dios porque participan en mayor medida de su naturaleza.

[4] «Todos sus jefes tomaron para sí mujeres y cada uno escogió entre todas. Comenzaron a entrar en ellas y a contaminarse con ellas, a enseñarles la brujería, la magia y el corte de raíces y a enseñarles sobre las plantas. Quedaron embarazadas de ellos y parieron gigantes de unos tres mil codos de altura que nacieron sobre la tierra y conforme a su niñez crecieron; y devoraban el trabajo de todos los hijos de los hombres hasta que los humanos ya no lograban abastecerles. Entonces, los gigantes se volvieron contra los humanos para matarlos y devorarlos». El libro de Enoc, 4.a (Málaga: Hojas de luz, 2015), capítulo 7.

[5] «Y los espíritus de los gigantes, de los Nefilim, que afligen, oprimen, invaden, combaten y destruyen sobre la tierra y causan penalidades, ellos, aunque no comen tienen hambre y sed y causan daños». El libro de Enoc, 4.a (Málaga: Hojas de luz, 2015), capítulo 15.

[6] Aquí estarán los vigilantes que se han conectado por su propia cuenta con mujeres. Sus espíritus, asumiendo muy diversas apariencias, se han corrompido y han descarriado a los humanos para que sacrifiquen a demonios y dioses, hasta el día del gran juicio, en que serán juzgados y encontrarán su final». El libro de Enoc, 4.a (Málaga: Hojas de luz), capítulo 19.

[7] R. Gutiérrez, Óscar: «Quinametin (gigantes) del mundo mesoamericano y algunos otros de la mitología universal», op. cit. pág. 25.

[8] R. Gutiérrez, Óscar: «Quinametin…», op. cit. pág. 27.

[9] De Torquemada, A.: Jardín de flores curiosas, pág. 52.

 

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