El mito del vampiro (PARTE 1)

El mito del vampiro (PARTE 1)

     El mito del vampiro

¿Conoces la historia del mito del vampiro?
Fue la novela de Bram Stoker, Drácula, la que catapultó la historia del vampiro a la fama mundial. Pero antes de la célebre publicación de la novela, ya venían contándose mitos y leyendas de vampiros desde hacía siglos.

Lo cierto es que historias de vampiros ya existían desde la noche de los tiempos. Los primeros testimonios podemos encontrarlos entre los acadios y los sumerios, de los que bebe el mito hebreo de Lilith. En la Grecia Clásica se creía en las lamias, seres mitad vampiro y mitad mujer que vivían en los cementerios, desenterraban los cadáveres y se comían sus carnes.

Los romanos creían en las strige o strix, pájaros vampiro que se creía que eran la reencarnación de aquellos que en vida habían sido maléficos. Las strix volaban durante la noche sobre las cunas de los niños y les chupaban la sangre[1]. Los casos de vampiro no se reportan tan solo en Europa, sino que se encuentran dispersos alrededor del globo[2]. Por tanto, hay que entender el mito del vampiro como un sustrato cultural común a casi la práctica totalidad de las culturas.

En cuanto al origen del término «vampiro», es probable que provenga de palabra magiar vampyr. Este término de origen eslavo aparece también en ruso, polaco, checo, serbio, y búlgaro (si bien encontramos también las variantes rusas upir / upyr y upuir en el sur de Rusia; búlgaras vapir / vepir; rutenas tlepyr / vopyr / opyr y la variante polaca upier)[3].

Se ha discutido hasta la saciedad cómo se originó el mito del vampiro, sin que hasta la fecha haya una tesis concluyente. Algunos han visto en una vieja enfermedad, la porfiria, el origen de los mitos relacionados al vampiro. Quien padece la enfermedad tiene palidez, eritrodontia, fotosensibilidad, cambios oculares, hipertricosis e incluso daño óseo[4. En algunos casos, «el exceso de porfirinas, además de afectar la piel, provoca un compromiso sistémico crónico, especialmente de tipo hepático o biliar y, lo más grave, origina crisis neuro‑psiquiátricas que pueden llevar a alucinaciones, trastornos de personalidad, parálisis de extremidades y paros respiratorios, con riesgo de muerte»[5].

Sin embargo, como bien afirma Salomé Guadalupe, la catalepsia no explicaría la no descomposición de los cuerpos con que se asocian los mitos vampíricos[6]. La falta de descomposición en los cadáveres por la falta de oxígeno en la tumba[7], la baja temperatura o la saponificación[8] podrían en parte explicar el fenómeno, mas no del todo.

Puede que no exista una única forma de entender el mito del vampiro. Sino que es muy probable que, en la gestación de la leyenda hayan contribuido episodios de distinta índole. Con tan solo la ciencia no puede entenderse en su complejidad el mito del vampiro, pues lleva a una tesis imperfecta y reduccionista[9]. Lo más prudente para mí es no pronunciarme y dejar que cada uno decida de qué trata este mito. Si es leyenda, superstición, patología, mito o realidad. Fueran las que fueran las circunstancias que dieron vida al mito del vampiro, lo cierto es que este sobrevivió a la época antigua.

En la Edad Media, el mito del vampiro resurgiría con fuerza. Los primeros padres de la Iglesia vieron en el vampiro una manifestación del diablo. La figura del vampiro, asociada ahora a la acción del maligno, tomaría carices muy distintos. Una parte de los curas asociaría el vampiro con una clase de demonios llamados súcubos. La explicación era que el diablo necesitaba semen humano para crear su progenie. De este modo, San Agustín indicaba:

[…] que los demonios no pueden producir semen, a pesar de tener pasiones similares a las humanas. Por ello lo toman del cuerpo de diez hombres para inyectarlo después en el cuerpo de las mujeres dormidas y dejarlas embarazadas. Santo Tomás de Aquino es quizás más específico, cuando indicaba que, como el diablo no puede producir semen, se convierte en súcubo para recibir el semen del hombre y posteriormente en íncubo para trasmitirlo a la mujer[10].

 

BIBLIOGRAFÍA

[1] Agustí Aparisi, Carme: «Calmet y el vampiro…», op. cit. pág. 181.

[2] El repertorio de seres vampirescos es mucho más extenso y entre ellos pueden citarse los ekimmus en Asiria, guls entre los árabes, jigar-khor en la India, los ch’ing-shihs en China, los jikinikis en Japón o los khu en Egipto, entre otros. Otro ejemplo todavía más lejano es el antiguo mito del dios murciélago en las culturas mesoamericanas vinculado a la sangre, a la noche, a la oscuridad y relacionado con otras criaturas del inframundo a su vez asociadas a los decapitados en ciertos sanguinarios sacrificios rituales (entre esas criaturas se cuenta de nuevo la araña, el búho y el alacrán). Puede decirse que el mito de la sangre como fuente de juventud y vida es una constante prácticamente universal.

[3] Ingelmo Guadalupe, Salomé: «La sangre es la vida, a la caza del vampiro semítico», Isimu 11 (1999): 143–64, <https://revistas.uam.es/isimu/article/download/3689/3927>. (143)

[4] «Las porfirias son un grupo heterogéneo de desórdenes metabólicos congénitos y/o adquiridos que consisten en una falla en la biosíntesis del grupo hem de la hemoglobina, cuya consecuencia es el depósito anormal de porfirinas en distintos tejidos como la piel, sangre, hueso y dentina, además de heces y orina. Los pacientes de dicha enfermedad presentan algunos de los síntomas algo similares a los que presenta el vampiro en el mito». Díaz‑Rosales, Juan de Dios E. Romo Jesús: Mitos y ciencia: Porfiria y vampirismo, op. cit. pág. 45.

[5] Díaz‑Rosales, Juan de Dios E. Romo Jesús, op. cit. pág. 46.

[6] «Pero sin embargo la catalepsia no explicaría en absoluto la no descomposición de los cuerpos. Esta teoría obligaría por tanto a sostener que todos los cuerpos que según las crónicas fueron desenterrados y presentaban síntomas de vampirismo, fueron desenterrados poquísimo tiempo después de su defunción y sabemos a través de las crónicas que esto no es cierto». Guadalupe Ingelmo, Salomé: «La sangre es la vida», op. cit. pág 162-163.

[7] «El primero en este hallazgo fue un importante personaje histórico que merece ser nombrado, es el austriaco Gerard von Sweiten (1700-1772), quien fue médico de cabecera de la emperatriz María Teresa y director de la Facultad de Medicina de la Universidad de Viena. Su importancia radica en haber sido uno de los primeros científicos en oponerse a las supersticiones sobre los vampiros. En su Discurso sobre la existencia de los fantasmas (Abhandlung des Daseyns der Gespenster), Sweiten expone argumentos racionales en contra de este mito. Menciona, por ejemplo, que la falta de oxígeno en algunas tumbas evitaba el proceso de fermentación en los cuerpos y que esta era la causa de que al exhumar algunos cadáveres no se apreciara una descomposición. Como consecuencia de este reporte, la emperatriz María Teresa emitió un comunicado que dictaminaba la prohibición de prácticas como el empalamiento, la decapitación y la cremación de los difuntos». Salazar Morales, Miguel Fernando y Cea Bonilla, María Alicia del Sagrado Corazón: «Licántropos, hematófagos y brujas…», op. cit. pág 8.

[8] «En cualquier caso, podría existir una explicación científica para la no descomposición de los cuerpos al margen de las bajas temperaturas: la saponificación. Este proceso puede desarrollarse en lugares húmedos y consiste en la conversión de los tejidos subcutáneos en una substancia similar a la cera, que permite que el cuerpo se conserve durante años. Son las grasas las que se convierten en jabón, actuando como catalizadores de la reacción los fermentos denominados lipasas». Guadalupe Ingelmo, Salomé, op. cit. pág. 163.

[9] «El racionalismo y la todopoderosa ciencia han intentado explicar a través de la medicina, con todas las propuestas imaginables, el mito del vampiro, estudiando las epidemias de vampirismo declaradas en los Balcanes a fines del siglo XVII e inicios del XVIII. Parece que los médicos se olvidan absolutamente de todo el bagaje cultural que existe alrededor del vampiro y no se dan cuenta de que sus sesudas explicaciones servirían, como mucho, para explicar los casos “recientes” de vampirismo atestados en Europa, pero en absoluto para explicar el nacimiento del mito en si en las sociedades antiguas. Además, dado lo arraigada que se encuentra la figura del vampiro en el inconsciente colectivo desde probablemente la más tierna infancia del hombre, no resulta necesario ni siquiera intentar explicar el fenómeno reciente a través de causas médicas, dado que no hay que perder de vista la sugestión». Guadalupe Ingelmo, Salomé, op. cit. pág. 162.

[10] Guadalupe Ingelmo, Salomé, op. cit. pág. 148.

 

 

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