La diosa Mari

La diosa Mari

La diosa Mari

 

 

                                                                             imagen de canva.com

 

La diosa Mari es una de las deidades más poderosas del panteón ibérico. A Mari se la representa como la Madre de los elementos. Ella posee las llaves del sol, el viento, las aguas y la tierra. También es dueña de los saberes mágicos sobre los animales (generalmente de especies cinegéticas) y sobre la agricultura primitiva.

Muchos han defendido la posibilidad de que el culto a la Diosa Madre fuera tan seductor y potente que terminara absorbiendo a otros seres mitológicos y cultos[1]. De ese modo, algunos personajes de la mitología habrían perdido «su poder» para cederlo a la entronizada diosa de la tierra, Mari. La importancia de la Diosa Madre en los pueblos del norte de la península no ha pasado desapercibida para los investigadores, que han visto explicaciones culturales[2] y psicológicas[3] a este fenómeno. Ciertamente, la cantidad de referencias a elementos femeninos (sol y luna) como a la diosa evidencian una pervivencia de lo matriarcal.

No faltan referencias de Mari haciendo uso de sus facultades como señora de las tormentas y de los vientos. Se dice de ella que cuando la tormenta está en todo su fragor, aparece surcando los aires montada en siete machos cabríos o en caballos y que dirige los nubarrones entre relámpagos[1]. Tales poderes no deberían sorprendernos, el gran Zeus, señor del Olimpo de la mitología griega, era capaz de lanzar relámpagos. También poseía tales poderes el dios Thor de la mitología nórdica, y Yahvé, por su parte, era capaz de modificar el clima a su antojo, pues envió un diluvio que inundó la tierra.

 

LEYENDA DE MARI

Había una vez una niña muy pobre que trabajaba de pastora para una familia muy rica en los alrededores del monte Amboto. Había estado todo el día con el rebaño de ovejas por el monte y cuando se disponía a encerrar el rebaño se percató de que una le faltaba. La niña, preocupada por lo que su patrón le pudiera decir, decidió salir en busca de la oveja, y buscando y buscando se topó en el bosque con Mari. La niña, al verla, le preguntó:

―¿Has visto a la oveja que he perdido?

A lo que Mari le contestó que sí, que su oveja estaba en la cocina de su cueva, que si quería recuperarla debía acompañarla hasta su cueva, y la niña aceptó y se fue hasta la cueva con Mari. Una vez allí, Mari le enseñó su oveja y cuando la niña se disponía a cogerla para marchar esta le propuso un trato. Le dijo a la niña que si se quedaba con ella durante los próximos siete años en su cueva le daría bienes que le arreglarían la vida en forma de agradecimiento. La niña era muy pobre, no tenía familia y, por lo tanto, nada tenía que perder, por lo que aceptó quedarse en la cueva con Mari. Pasaron los años, Mari enseñó a la niña a cocinar, a esquilar las ovejas, a tejer la lana, a trabajar el barro y la madera y siempre se portó muy bien con ella… Habían pasado siete años ya y Mari recordó a la niña que si quería ya podía marcharse, ya había cumplido su parte del trato. La niña al principio pensó que para qué se iba a marchar si nada le faltaba allí, pero Mari le dijo que debía salir de la cueva para que ella pudiera cumplir con su parte del trato. Mari le dijo a la niña que debía salir de la cueva de la misma manera en la que había entrado. Cuando la niña se disponía a salir, Mari le dijo que cogiera unos trozos de carbón de la cocina y se los llevara con ella, le dijo que era su pago por haber cumplido con su parte del trato, la niña miró el carbón y, confundida, decepcionada y triste a la vez, salió de la cueva, de espaldas, caminando hacia atrás como Mari se lo había indicado…

Cuál fue la sorpresa de la niña cuando al salir de la cueva vio cómo el carbón se convertía en

¡oro macizo! Mari había cumplido con su promesa, le prometió que le daría una buena vida después de los siete años en la cueva con ella, la niña pudo comprar una buena casa con terreno para sembrar, pudo comprar un buen rebaño de ovejas y nunca más tuvo que trabajar para otros ni volvió a pasar hambre[1].

 

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BIBLIOGRAFÍA:

 

[1] Aguirre Castro, Mercedes y Alicia Esteban, op. cit., pág. 42.

[2] Barandiaran de, José Miguel: Mitología vasca, op. cit.

[3] «¿Cabe considerar a la diosa vasca Mari como antepasada totémica femenina de las tribus vascas? Cabe considerarla, en efecto, como antepasada mítica representante de la colectividad tribal interpretada femeninamente. En este sentido, cabe asimismo tenerla como máximo espíritu guardián, “Manitú” o ayudante-tótem, es decir, como la Maga o espíritu del bosque y de los animales, cuya fertilidad fecundidad simboliza bajo el totemismo último de la sierpe draconiana como dueña de las aguas y señora de la vida y de la muerte: es decir, como ánima-animal sagrado por excelencia, a cuyo través mágico se realiza la iniciación humana, o sea, la obtención de la vida, la confrontación con la muerte y la visión mistérica de la existencia a nivel tanto teórico (mítico) como práctico (y ritual)». Oses Ortiz, Andrés: «La diosa vasca en contexto antropológico», Kobie (Serie Etnográfica). Bilbao 1 (1984): 8–16, <www.bizkaia.eus/…/Kobie_1_Etnografia_«LA DIOSA VASCA EN SU>. (8)

[4] «La necesidad de causalidad nos hace intentar buscar una explicación a este predominio femenino, que nunca será casual y sí parece relacionado con la gran fijación materna que creemos ver en la psicología del vasco. Este ligar psicología y mitología ha sido objeto de numerosos trabajos a partir de los descubrimientos geniales de Freud, cuando buceó en la mente humana algo más allá de la consciencia. Partiendo de él han trabajado numerosos investigadores, Abrahán, Rank, Silverer, etc., entre los ortodoxos (psicoanalíticamente hablando) y C. G. Jung principalmente, con brillo propio». Lasa, J. J.: «El genio Mari y la madre terrible», Munibe 8, n.º 3 (n.d.): 214–21, <www.aranzadi.eus/fileadmin/docs/Munibe/1956214221.pdf.> (215). Continúa el mismo autor: «Respecto al arquetipo madre copiamos. “La madre es en absoluto una de las más poderosas imágenes heredadas”. Pienso que se puede interpretar en dicho sentido jungiano de madre terrible a esa Mari, Dama, Señora o maligna, genio de las montañas, cuevas, simas, que junto con el horno (Mari la del horno) son claros simbolismos no sólo femeninos, sino maternos. Barandiarán interpreta a Mari como un símbolo de la tierra, que a su vez no es en el fondo sino también madre (madre tierra)» Lasa, J. J.: «El genio Mari y la madre terrible», op. cit., pág. 216.

 

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